Japón » Descubriendo la cultura y costumbres del Japón - Shirakawa-Go

Descubriendo la cultura y costumbres del Japón

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Fecha del viaje : 
11 de Oct de 2008 - 25 de Oct de 2008
Chozas - Descubriendo la cultura y costumbres del Japón
Cosecha - Descubriendo la cultura y costumbres del Japón
Villa de Shirakawa - Descubriendo la cultura y costumbres del Japón

Desde Takayama tomamos el autobús que nos dejará poco después en Shirakawo-go, una población rural que tiene como característica principal la peculiar estructura de paja de sus tejados, diseñada para soportar las terribles nevadas que suelen darse durante el invierno. Aparte de eso, y a pesar del aluvión de visitantes que diariamente llega hasta aquí, se trata de una población apacible cuyos habitantes todavía se dedican principalmente a tareas propias del medio rural. La cotidianidad que se vive y se palpa, por tanto, es intensa. Tanto que incluso a mí mismo me sorprende. Una vez que se abandona la zona de aparcamientos y las primeras casas de entrada al pueblo (donde se concentran las tiendas se souvenirs y los restaurantes), uno puede permitirse sin excesivos problemas pasear relajadamente por el entorno donde se ubica la localidad, disfrutando sin cortapisas de la vida cotidiana en un pueblo rural.

Como curiosidad, hacemos un alto en un pequeño puesto callejero donde venden cierta clase de pescado cocinado a la brasa (no sé qué clase de pescado es, ni tampoco me importa). Nosotros pedimos uno cada uno y nos sentamos a una mesa mientras nos los preparan. Como en muchos restaurantes de por aquí, el té es gratuito y te lo puedes servir tú mismo a discreción. Justo al lado nuestro, una pareja de japoneses se han sentado también y han pedido –creo– lo mismo que nosotros. Los pescados, obviamente, se asan enteros, con cabeza y espinas. Y es entonces cuando observo que uno de los jóvenes que están a nuestro lado, y a quien acaban de servirle una pieza, lo toma entero con los palillos y tal cual se lo han puesto en el plato comienza a comérselo sin quitarle la cabeza o las espinas, como si se tratara de un trozo de carne o de una simple salchicha. Yo intento hacer lo mismo, pero abandono al primer intento: las espinas son realmente gruesas, imposibles de masticar para mí. Tengo que abrirlo con las manos y extraerle lo más cuidadosamente que puedo la espina central y, ya de paso, todas las que veo. Tenía la falsa creencia de que en Japón eran extremadamente cuidadosos a la hora de limpiar el pescado, pero ya veo que estaba equivocado: sushi aparte, las espinas también pueden ser un buen y apetecible bocado para un japonés.

Luce un sol espléndido. Algunas de las casas tradicionales han sido reconvertidas en museos y pueden visitarse, previo pago de la entrada correspondiente, claro está. Un grupo de mujeres, presumiblemente de alguna asociación femenina, vestidas todas ellas con el tradicional kimono, acaban de llegar y deambulan divertidas por el pueblo. Les pido que me dejen hacerles una fotografía y acceden encantadas. Una de ellas habla inglés y me pregunta sobre nuestro viaje, qué hemos visto y qué nos ha gustado más. No podemos conversar mucho tiempo porque las esperan para comer. Nosotros hacemos lo mismo, aunque elegimos un restaurante de ramen, más barato aunque siempre recomendable, que hay cerca de allí. Justo al lado nuestro, un grupo de japoneses con perros ridículamente vestidos se disponen a entregarse a la misma actividad que nosotros. No se ven muchos perros ni mascotas por la calle, caigo ahora, aunque los que se ven suelen dar muestras de ser objeto de una atención exquisita, casi como unos hijos. Aunque ignoro si esto que veo ahora es algo habitual o simple coincidencia.