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Descubriendo la cultura y costumbres del Japón

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Fecha del viaje : 
11 de Oct de 2008 - 25 de Oct de 2008
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Nagoya, si no estoy mal informado, es la cuarta ciudad más poblada de Japón. A priori, no parece poseer demasiados atractivos (al menos las guías no se entretienen demasiado en destacarla), a excepción de su restaurado pero aún así atractivo castillo. No obstante, la visita a esta ciudad nos deparará bastantes buenos momentos, teniendo en cuenta, eso sí, que se trata de la segunda localidad que visitamos y que, por tanto, no estamos todavía familiarizados con los estilos y las formas de vida de este país.

Un tanto ingenuamente (las distancias son mayores de lo que parecen en el plano), nos dirigimos caminando desde la zona colindante a la estación de ferrocarril, donde se encuentra nuestro hotel, hasta el castillo de los Tokuwaga, aprovechándonos del sol que, por primera vez en nuestro viaje, se ha dignado en aparecer sin el más mínimo pudor. Por cierto, nada más dejar la estación descubrimos un tanto asombrados que el área que rodea la estación ha sido calificada como “zona libre de humos”, por lo que está rigurosamente prohibido fumar en la calle. No es raro el uso de bicicletas para desplazarse por las calles de cualquier ciudad de Japón. A mí, ciertamente, me resulta curiosa una prohibición así, máxime cuando en los bares y restaurantes, espacios cerrados donde el daño causado por la nicotina es más perceptible, sí está permitido fumar. Es otro de esos aspectos de la vida en Japón de difícil comprensión para el no avezado.

La estación de ferrocarril de Nagoya, de reciente construcción, alberga en sus subterráneos todo un amplísimo y casi laberíntico complejo comercial, cuya longitud se extiende hasta más allá de algunos edificios colindantes. En Japón llueve bastante a menudo, circunstancia que impulsa la creación de estos inmensos espacios comerciales cubiertos donde coexisten todo tipo de tiendas. El de Nagoya es, desde luego, el más extenso de los que tuvimos ocasión de recorrer en nuestro viaje. Pero, en general, todas las estaciones de tren de las grandes ciudades tienen el suyo. Y hay que decir también que, por lo que pudimos apreciar, los japoneses los frecuentan muy a menudo, aunque a mí, personalmente, casi todos me parecieron artificiales, feos y nada agradables (a excepción, tal vez, del de Kioto, del que hablaré en su momento). Será una simple cuestión de gustos.

El recorrido, aunque más largo de lo esperado, nos permite ir descubriendo poco a poco algunas características urbanas comunes a la mayor parte de las ciudades de este país como, por ejemplo, cómo junto a edificios de corte tradicional, de paredes de madera, coexisten bloques de manzanas rabiosamente modernos y de altura más que reseñable. Otra cosa que me llama poderosamente la atención de esta ciudad es el olor: Nagoya, no sé exactamente el motivo, huele bien. Puede que sea alguna de las flores que van jalonando nuestro camino o el aroma desprendido por alguna planta aromática que no consigo identificar. El caso es que es ésa una sensación que no me abandonará en todo el día y que alcanzará su punto álgido en los alrededores del castillo.

El castillo que puede verse hoy en día es una reconstrucción del original, ya que éste resultó destruido por un pavoroso incendio en 1945 tras ser bombardeado por el ejército estadounidense El castillo actual es una reconstrucción, ya que el original resultó destruido por un pavoroso incendio en 1945(lo cual se convertirá en casi una constante en este país: buena parte del legado histórico de Japón acabó demolido bajo los insistentes bombardeos de la aviación aliada; lo de Hiroshima no fue más que el punto álgido de una destrucción organizada en toda regla). En realidad, sin dejar de ser interesante, ofrece lo que se supone que debe dar de sí una reconstrucción. Su interior, lejos de ofrecer el aspecto medieval del pasado, acoge un museo no exento de interés aunque tampoco especialmente recomendable donde se pueden ver fotografías que muestran cómo era antes de su destrucción, así como algunas pinturas rescatadas del desastre. Igualmente, en una de sus plantas se puede contemplar una curiosa reconstrucción de lo que podía ser la vida diaria en un pueblo de Japón. En cualquier caso, ya que la visita puede consumir una parte importante de nuestro tiempo, habría que añadir que su atractivo reside más en su estructura exterior que en otra cosa.

De vuelta, cruzamos consecutivamente la zona comercial elegante de la ciudad y la más populosa de las galerías cubiertas. En ambas, nos dejamos seducir por ese ambiente tan característico de la vida comercial nipona que en pocos días llegará a hacerse tan normal para nosotros como las máquinas expendedoras de bebidas (que abundan por doquier) o las seductoras vestimentas de las colegialas. Las tiendas que podríamos considerar de lujo rebosan esplendor y suntuosidad a raudales, parecen diseñadas para que uno se sienta partícipe de ese mundo solemne y fastuoso solo al alcance de los más pudientes; la galería comercial, por el contrario, se asemeja más a un gran zoco, y tanto los productos como el diseño de las tiendas están pensados para el consumidor más prosaico, más interesado en el contenido que en el envoltorio. Es también una zona más juvenil, más alegre si cabe, donde abundan los comercios de ropa y los locales de entretenimiento. Para nosotros, obviamente, el mayor pasatiempo reside sencillamente en dejarnos llevar y ver, sentir, observar la vida cotidiana de una tarde cualquiera en una ciudad japonesa de provincias. Con todo lo que eso conlleva.