Descubriendo la cultura y costumbres del Japón
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INTRODUCCIÓN: JAPÓN UNIVERSO DE CONTRASTES
No tenía nada claro cómo enfocar este texto sobre mi reciente viaje Japón. Ya desde antes de ponerme a escribir, me frenaba una convicción ineludible: de un breve recorrido de dieciséis días por uno de los países más complejos y contradictorios del planeta apenas es posible extraer más que una serie de sensaciones inconexas y poco definidas que de ninguna manera merecen ser elevadas a la categoría de “reflexiones”. Por otra parte, el temor a resultar pretencioso y enfático si insistía en sobredimensionar lo que no son sino meras impresiones personales (contingentes y siempre intransferibles) me impedía dar comienzo a lo que debía ser un sucinto resumen de un viaje turístico a aquel país en otoño de 2008. El riesgo, igualmente probable, de resultar demasiado prolijo en descripciones o abundar en reseñas impersonales, convirtiendo este texto en una simple pero desmañada guía turística sin interés para nadie, era el otro escollo que se presentaba ante mí. Así que me dije que lo único que de verdad estaba en condiciones de hacer era lo que he venido haciendo hasta ahora con la mayor parte de mis viajes: iniciar una descripción físico-sentimental apoyándome en las distintas circunstancias vividas y tratando de ser lo más honesto posible conmigo mismo y con el ocasional lector. No sé otra forma de abordar el relato de mis experiencias de viaje. Tratar de llegar más allá sería atribuirme unas facultades que no poseo y otorgarme una posición de observador “omnicomprensivo” que excede con mucho mi capacidad de discernimiento; es decir, jugar a un juego que no conozco y, por tanto, correr el riesgo de hacer trampas conmigo mismo. Y eso, además de estúpido, sería ridículo.
Japón, desde los más modernos barrios de sus grandes ciudades donde los rascacielos, las agobiantes luces de neón, las gigantescas y ruidosas pantallas de video, las inmensas y concurridas avenidas y los pasos de tren elevados dominan el paisaje remitiéndonos a las más delirantes películas futuristas, hasta sus abigarrados y coloridos mercados callejeros que nos devuelven siquiera por unos minutos al continente asiático más agitado y vibrante, ofrece unos contrastes tan marcados que hace difícil encontrar una sola óptica desde la que aprehender tanta diversidad y tanta abundancia. Japón es sin duda alguna un país asiático, y eso se deja ver aunque solo sea en algunos aspectos secundarios que, no obstante, surgen a la vista tras rascar levemente en su celofán de urbanismo ultramoderno. Las calles de Tokio rivalizan en caos y estrépito con otras grandes urbes asiáticas (un caos, no obstante, perfectamente ordenado y dispuesto, sin atropellos ni peligros, con calles saturadas de viandantes pero donde casi nunca hay tropiezos involuntarios); la comida, sin soslayar la sofisticación y el cuidado que la han hecho mundialmente famosa, es también indudablemente asiática: el arroz y los típicos noodles forman parte de su dieta básica; las calles de algunos barrios de la ciudad aparecen saturadas de cables eléctricos, una estampa que, alejada de la más mínima regla estética, Imagen donde se conjuga modernidad y tradición, tomada en el distrito de Kandapodría encontrarse con pocas variaciones en Bangkok, Saigon o Non Penh; por no hablar del clima, que aunque aderezado con algunas peculiaridades nacionales producto de su configuración isleña, presenta unos veranos muy calurosos y húmedos y unos inviernos fríos y lluviosos. En efecto, cuando uno viaja a Japón, debe tener en cuenta que también está viajando a Asia.
Pero Japón es, al mismo tiempo, una nación que ha alcanzado un gran desarrollo tecnológico y urbano. Es, desde esa óptica, un país occidental que ha hecho del despilfarro y el derroche energético una de sus señas distintivas. La organización social, a ojos de un turista que lo desconoce casi todo del país, aparece apenas sin fisuras, “hormíguea” me atrevería a decir: apenas hay delincuencia, el tráfico no presenta alteraciones significativas –al menos yo no presencié ninguno de esos atascos que caracterizan nuestras más boyantes ciudades, como Madrid y Barcelona– y la puntualidad de los servicios de transporte alcanza la perfección. En muchos restaurantes se ofrecen platos a partir de 290 yenes (menos de 2 euros)A pesar del escollo que supone el idioma, y que pocas veces se estará en condiciones de superar, hay pocos países donde uno pueda moverse con mayor soltura que Japón. El civismo de sus habitantes es ejemplar, y no creo haber pisado nunca una ciudad más limpia que Tokio, a pesar de la práctica inexistencia de papeleras en las vías públicas.
Más allá del tópico, la imagen del trabajador japonés que aparece a los ojos del turista cuadra sin rechinar lo más mínimo con la del obrero aplicado y concienzudo que ha llegado hasta nosotros, una imagen esquemática (pero bastante real) que los describe entregados en cuerpo y alma a la labor que les ha tocado desempeñar y dispuestos a desarrollarla de la mejor manera posible. Eso explica, quizá, el porqué de su perfecto y puntualísimo sistema de ferrocarril, exacto hasta el segundo, y que a cualquier español acostumbrado a aceptar los retrasos como la cosa más natural del mundo no puede dejar de causarle admiración.
Como ya he dicho, el país apenas presenta niveles de delincuencia reseñables, y la preocupación por no ofender al otro (es importante no confundir "no ofender" con "no molestar": la música que hasta bien entrada la noche puede escucharse en algunas calles de Kanazawa o las terribles pantallas de video que, con el sonido a todo volumen, dominan algunas plazas contradicen el comportamiento individual de sus gentes, siempre atento y exquisito) ha convertido el protocolo y la educación en la columna vertebral de las relaciones sociales. Es habitual que a uno le saluden con reverencias al entrar y al salir de cualquier comercio o local; la reverencia es la forma habitual de saludo entre los japoneses, entre otras cosas porque aquí nadie se toca, ni siquiera para solicitar tu atención. Los años en los que el shogun Tokugawa, el auténtico unificador del país allá a comienzos del siglo XVII, impuso la llamada “ley de la espada”, por la que cualquier samurai estaba en su derecho de cercenar la vida de otro si pensaba que éste le había ofendido, acabaron por producir resultados más que tangibles en el carácter de los japoneses.
Otro de los aspectos que más atraen la atención de los recién llegados es, cómo no, sus jóvenes. Japón es la cuna de muchos de los movimientos juveniles que pueden observarse actualmente el planeta. Las tribus urbanas, cuyos adeptos desbordan las atestadas zonas de Harajuku y Shibuya los fines de semana, ofrecen una gama de familias y subgrupos tan amplia que a un no iniciado como yo le resulta imposible catalogar al completo: Kogal, Kawai, Wamono, Decora, Lolitas, Gothic Lolitas… son los nombres extraños que adoptan algunas de ellas y que ya se están empezando a copiar (muchas ya lo han sido) en otros lugares del planeta. Para un extranjero resulta del todo imposible describirlas con propiedad, apreciar las sutiles diferencias que las definen y, menos aún, conocer cuál es el origen de cada una de ellas. Al final, quedarán como el punto exótico por excelencia de un sector juvenil que, tal vez renuente a entrar en el mundo ordenado y vulgar de sus mayores, ha hecho de la apropiación de unos usos sociales genuinamente infantiles y totalmente dominados por la apariencia, el último recurso para perpetuarse en un permanente estado de inmadurez.
Y por si todo esto fuera poco, la aparente impudicia de sus colegialas, quienes parecen pugnar unas con otras por ver quién ofrece la falda más minúscula o el atuendo más provocativo, lleva al visitante (al menos al masculino) a congeniar con el imaginario erótico de los japoneses, un imaginario que a su vez encuentra su alimento en sus tradicionales dibujos animados, el anime y el manga.
A este respecto, me parece oportuno referirme al artículo que, a raíz de una exposición en España de la artista nipona Erina Matsui, escribió en la página web Neomoda (http://www.neomoda.com) la periodista Irene Romero, muy indicativo de las nuevas corrientes juveniles que se dan en Japón:
«El término Kawaii es una palabra de moda entre los jóvenes japoneses, que más allá de significar guapo o mono, define toda una forma de ser y pensar basada en un cierto estrafalario nihilismo y una exaltación de la infancia. Minifaldas plisadas, lolitas en el barrio de Harajuku, adoración exacerbada por todo lo relacionado con Hello Kitty y los personajes manga, construyen un mundo onírico y delicado en el que los jóvenes japoneses se refugian y recrean su propia identidad.»
Y un poco más adelante, añade:
«En cuanto a la transformación de la sociedad japonesa también hay que añadir la metamorfosis de la figura de la mujer. Tras ser el sustento de la cultura tradicional japonesa, en la actualidad (…) las chicas pasan cada vez más tiempo en la calle, vestidas de forma ostentosa para ser vistas y fotografiadas por los ojos de los viandantes. Las shôjo, las adolescentes japonesas son el símbolo de una mutación de la sociedad. Se definen como mujeres-niña, en estado de suspensión entre la infancia y la edad adulta. Entre colegiala y femme fatale, la gyaru –del inglés girl (chica), a la japonesa– es realmente la nueva fuerza social y cultural en Japón.»
Creo que no es necesario añadir mucho más.
Por todo ello, ante tal cantidad de circunstancias y modelos de ocio ajenos a lo que representa la vida en nuestras sociedades occidentes, lo que viene a continuación no puede pasar de ser meras percepciones, destellos que han ido surgiendo poco a poco ante los ojos del viajero, sin que llegue al final a asimilarlo del todo y, menos aún, a comprenderlo en su justa medida. Es como si contemplara el país a través de un cristal irrompible, claro y límpido pero excepcionalmente grueso, y el verdadero Japón quedase siempre al otro lado, inalcanzable, incomprensible muchas veces, contradictorio siempre. Quizá ésa sea la razón por la que Japón no defrauda nunca ni deja jamás de sorprender.




