Salvador de Bahía, 'Brasil no coraçao' (2004) Parte III

Morro de Sao Paulo con su playas y sus rinconcitos está bastante bien, aunque no parece muy animado. Todo esto se entiende ya que en el verano europeo en Brasil es invierno y eso merma la afluencia de visitantes nacionales. Lo que queda de tarde y la noche lo paso de relax.

Por la mañana, con más gente, hacemos un recorrido por la isla en barco. Es rollo turista guiri pirateo total pero me gusta. Hace un sol fantástico. Nos rebozamos en arcilla roja en una playa, visitamos una isla del tamaño de un comedor que solo emerge con la marea baja, visitamos otra playa paradisíaca. Finalmente comemos en Gamboa, un pueblo no demasiado turístico. Paseo por el pueblo y me río viendo jugar a los niños de una escuela. Empieza a hacerse de noche y regresamos al pueblo, antes de llegar vemos algunos delfines. El día no da para mucho más. Estoy cansado. Ceno y salgo, pero poca cosa, antes de irme a dormir.

Regreso por la mañana a Salvador. Tomo de nuevo el catamarán pero esta vez no vomito. El mar está tranquilo. También, supongo, la tortilla de Biodraminas que he desayunado ayuda lo suyo. Me paso toda la mañana medio zombi. Soy un tío muy flojito para las drogas. Si la Biodramina me pone como me pone, no me quiero imaginar como me podrían drogas más duras o las de diseño.

A media tarde empieza a llover. No sé como, ni cuando, me quedo embobado mirando el puerto de Salvador. El cielo es bajo, de un color blanco y gris. La lluvia cae suave como supongo ha caído antes infinitas veces sobre los edificios gastados y tristes. En el puerto se ve algún carguero medio desvencijado, cansado, oxidado. A pesar de la lluvia, más cerca, mas lejos, llegan los sonidos y la vitalidad de la ciudad. Pienso: que suerte, estoy en Salvador de Bahía.

Salgo en autobús para Praia do Forte al día siguiente. La playa tiene una piscinas naturales y un especie de acuario de no se qué… La verdad, no me motiva mucho. Mientras como una excelente ‘Muqueca’ se me acerca un niño y me ofrece un dulce por un reai, le digo que gracias, pero que no. Al cabo de un rato se acerca la hermanita, una mulatita preciosa de unos cinco años y me ofrece lo mismo. Le pregunto si puedo hacerle una foto. Ella accede y se pone la cestita muy graciosa y pizpireta en la cabeza. Se ve está acostumbrada a posar para los turistas. Me veo obligado a comprarme el dulce. Me cobra dos reais. ¡Joder, parece mentira como sube la inflación en Brasil!

Esa noche me voy a dormir más tarde de lo habitual. Me despido de Salvador con unas Caipirinhas de más.

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