Salvador de Bahía, 'Brasil no coraçao' (2004) Parte II

El día lo paso paseando por las calles empedradas del Pelourinho, el centro histórico de Salvador, contemplando las iglesias, las antiguas casas coloniales de colores, la casa museo de Jorge Amado. Salvador conserva un fuerte sedimento africano y colonial que descubres en los rostros de la gente, en la arquitectura, en la comida y en la música tradicional. Con el Elevador llego al Mercado Central. Me siento animado y me sorprendo hablando en portugués. Es como el español pero con más cariño. Regateo con los tenderos mientras recorro el mercado.- ¿Qué preço ten esa figura? Et muito caro… ¡Oh, que bunita camisinha!La mujer del puesto abre los ojos desconcertada. Un niño negrito se parte de risa. Luego me entero que ‘camisinha’ no es camiseta en portugués, como yo creía, sino condón.

Como en un restaurante de ‘comida do kilo’, gran descubrimiento gastronómico por poco dinero, donde tu mismo te sirves la comida y te cobran por peso. La tarde la paso escuchando música y tomando caipirinhas. Empieza a llover. Estoy bajo un toldo y no me mojo. La música sigue sonando y las caripinhas cayendo como el agua cada vez con más fuerza. La terracita cada vez se parece más a Venecia. Estoy a punto de perder una chancleta arrastrada por la corriente.

Por la noche vuelvo al Pelourinho. La plaza y alrededores esta menos animada de lo que esperaba. Me acerco a un local rasta. Suenan las últimas notas mortecinas del concierto reggae. Se me acerca un mulato y me empieza a explicar que es escritor y que ha inventado el 'Surrealismo mágico latinoamericano', una versión moderna del 'Realismo mágico'. Me dice que esta escribiendo ‘Los mofletes de Carlinhos’ donde cuenta la historia de unos mofletes que traban amistad con Carlinhos, el niño que anda hacia atrás de la ciudad, y que viajan por el país quemando a lo bonzo los bikinis de las turistas. Al final, me cuenta, la amistad se trunca cuando Carlinhos se intenta suicidar metiéndose pajitas por la nariz. No lo consigue y con un estornudo mata a uno de los mofletes.

Yo creo que con aquel argumento el chaval esta en la antesala del éxito, si antes no le da un jamacuco por sobredosis. Porque está claro que aquella historia y aquellos ojos rojos con los que me mira no son precisamente de esnifar Valeriana ni pajitas. Así que antes de que se le vaya más la olla, y me queme el bikini, me despido muy amablemente de él y salgo del local.

A las nueve de la mañana siguiente tomo el catamarán para Morro, una isla al sur de Salvador. El trayecto es un drama. ¡Hay olas de ocho, diez... y hasta más metros! La mitad de los pasajeros acaban echando la graba en unas bolsitas muy monas que nos dan. Yo triunfo dos veces y llego a Morro amarillo como un gusanito de seda que no ha podido hacer el capullo.

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