De Natal a Recife, 'Brasil no coraçao' (2004) Parte VI
Salgo la mañana siguiente de Pipa en dirección a Olinda, a donde llego a primeras hora de la tarde. Las afueras de Olinda se funden con las de Recife, la capital. Olinda es una ciudad colonial preciosa fundada por los portugueses. Fue asediada, más tarde, por un grupo de holandeses que finalmente no la pudieron conquistar. Los frustrados holandeses viajaron entonces hacia el norte y fundaron un pueblecito llamado Nueva York.
Después de deambular embelesado, y un poco sin ton ni son por Olinda, tomo a última hora de la tarde un autobús hasta el centro de Recife. Allí en el ‘Pátio de São Pedro’, me habían contado, había una ‘Festa Negra’. Me paso la noche escuchando ritmos africanos. Y sí, la Festa es negra negra como el carbón.
Por la mañana acompañado de un guía veo Olinda. La ciudad y su barrio viejo son un regalo para la vista. Además el guía, un mulato joven de unos 25 años, salpica las explicaciones con anécdotas curiosas y despierta aún más mi interés. Por la tarde me lleva Porto Galindas, unas playas preciosas al sur de Recife.

Llegamos de milagro con el coche de un amigo suyo. El coche tiene los amortiguadores de vacaciones y cabeceaba a cada segundo. Aunque el verdadero poema viene al regreso, ya de noche, sin apenas luces. En la parte de atrás yo encendía el mechero como en un concierto para que nos vieran.
Después de cenar fuí al ‘Virgolino’, según decían, el local de moda de la ciudad. ¡Joder, con la moda, me quedé de piedra al entrar!. El local era oscuro, lúgubre, cutre, parecía el bar de una mina biolorrusia o algo así. Los mosquitos gordos como puños agujerean el denso humo y, ¡zas!, te hincaban el diente cuando menos lo esperabas. De pronto, unos abueletes subieron al escenario con una guitarrilla, un acordeón, un triángulo y un no se qué… y empezaron a tocar lo que luego me enteré que era el ‘vertseja’ o un nombre por el estilo, música típica de la región del Pernambuco pero que a mi me sonaba a las estepas biolorrusas. De verdad, todo aquello era trocolor y alucinante. Me moría de risa por dentro. El ritmo era pegadizo, repetitivo. Los lugareños bailaban y se lo pasaban en grande. Los turistas se quedaban a cuadros al entrar. Fue una noche alternativa, me lo pasé muy bien y el ritmo y el local, tras la sorpresa inicial, me encantó.
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