De Natal a Recife, 'Brasil no coraçao' (2004) Parte V

Mientras conduzco, en mis peliculillas mentales, Acarí ya se me aparece como el Macondo de García Márquez, como el Comala de Juan Rulfo,  pero a lo brasileiro. Es mediodía y el sol cae rabioso sobre la carretera. Entro en el pueblo de ‘Passe e Fica’ y envío unas postales que nunca llegaran. ¿Realmente existió aquel pueblo o todo fue producto de mis sueños febriles? Me compro una docena de plátanos. Como plátanos como un mono. ¿Realmente me comí los doce plátanos? Bueno… por el restriñimiento de los siguientes días yo diría que sí.

Me siento un aventurero ilusionado avanzando hacia mi destino: Acarí. Llevo toda una ilusión alrededor de ese pueblo. Cada vez hace más calor. El paisaje es más seco de lo que había imaginado. Me siento como en 'Apocalipsis Now', pero en vez de remontar un río lleno de peligrosos soldados amarillos, avanzo por una carretera irreal, llena de… de… peligrosos agujeros, algunos grandes como jacuzzis. Se me eriza el bello con aquel enjambre de pensamientos mientras avanzo hacia el remoto Acarí, ‘la cidade mais bonita do Brasil’.

Después de muchos sudores y más de cinco horas de viaje, por fin, veo el cartelito de Acarí. Recorro el pueblo. Con el calor no se ve un alma por las calles y sí… no esta mal pero, ¿donde está ‘la cidade mais bonita do Brasil’? Una sensación de decepción, ridículo y sudor frío me empieza a invadir. Como en un restaurante y le pregunto al camarero sobre la fama de Acarí.- La cidade mais bonita do Brasil…? Non… La cidade mais limpa. El camarero me cuenta que Acarí tiene fama por ser uno de los pueblos más limpios de Brasil. ¡Joder, para ver pueblos limpios me voy en Suiza! Me siento frustrado, confuso. Pienso con rabia, por un momento, en los dos Marco Polos que me habían hablado de Acarí como ‘la cidade mais bonita do Brasil’. Pero en seguida me doy cuenta de que el único culpable soy yo.

Según va cayendo la tarde y el calor afloja, van saliendo a la calle los acaries –que a mi me suena como a nombre de los insectos que se comen la ropa, más que a topónimo-. Paseo por el pueblo y sí, se le ve limpio y es majete pero tampoco es un bellezón. Viendo el percal, aunque venia con intención de quedarme hasta el día siguiente, decido volver a Pipa. Me meto entre pecho y espalda otros 300 kilómetros de regreso y llego a Pipa pasadas las nueve de la noche. Ceno y ahogo el cansancio y las penas bebiendo unas caipirinhas. Antes de ponerme a dormir, bajo el efecto helicóptero de la borrachera, me doy las buenas noches con una sonrisa: ‘que tonto eres, amigo, que tonto eres…’

El día siguiente lo paso en la playa recuperando mi autoestima y la pasión por Pipa. De pronto, veo una rubia de espaladas.- … Xuxa?! –pregunto en voz alta, emocionado. Se gira y veo que no, y que de ser familia, debe ser la bisabuela de Xuxa. Sin duda, estoy pasando una mala racha pero no desespero.

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