Belem, 'Brasil no coraçao' (2004) Parte VIII

Me marco una excursión a la mañana siguiente hasta un lago que hay en el centro de la isla. Apenas se ve nadie en la playa. Más adelante la playa queda totalmente desértica, virgen, paradisíaca. Solo se ve muy a lo lejos un niño pescando. Tomo un camino que tuerce hacia el interior y después de poco más de media hora llego al lago. Tumbado en una hamaca, sonriendo, está el superestresado barman. No hay nadie más. Me baño y decido comer allí mismo. El superesteresado barman no prepara platos de diseño, ni toca la cocina francesa. El superesteresado barman prepara platos de arroz, fríjoles, farofa y pescado del mar.

Pasada la media tarde regreso al pueblo. Contemplar el atardecer, oír el mar, dejar pasar el tiempo sin hacer nada, en silencio, pensar en la vaguedad de la vida mientras las olas se llevan las huellas de los pájaros en la arena, es un placer que no se paga con nada, es un momento de felicidad total.

Casi por casualidad, después de cenar, acabo en una casa particular donde se baila el Carimbó, baile típico de Algodoal. Por mucho que lo intentan no acabo de pillar el ritmo. Creo que desde pequeño tengo una especie de dislexia motriz, y hago los patrás palante y palante patrás, sin gracia, sin ritmo, como un topo torpe que se mueve mejor a su rollo que acompañado.

Conozco más tarde en un bar a un vasco pelirrojo. Acaba de desembarcar en la isla. El vasco es un viajero profesional y curtido que lleva seis meses viajando por Sur América. Antes estuvo en Asia y antes por Centro y Norte América… El vasco es uno de esos viajeros que dice me voy y se va, uno de esos viajeros a pelo, que no necesita ni un tatuaje ni un piercing en la nariz para saber donde esta el norte y donde esta el sur. El vasco es un viajero de los valientes, que vive al día y que lleva todo su equipaje, un calzoncillo y un cepillo de dientes, en una mochila del tamaño de un monedero. Me cuenta mil aventuras, siento una envidia sana y se me llena la cabeza de pájaros con sus viajes.

Por la noche, ya en mi habitación, me veo recorriendo el mundo con una mochila como la suya, del tamaño de un monedero. Escribiría historias de mis viajes para sobrevivir y las colgaría en Internet. Y la gente me diría ‘sigue, tu sigue viajando que nosotros curramos como negros y te costeamos los viajes por la cara…’. ¡Que buena es la gente en los sueños! Parece salidos de una jodida película de Frank Capra. Me dormí sonriendo e imaginando paridas de ese tipo.

La mañana siguiente la paso de regreso a Belem. En Belem aún me da tiempo de visitar un mercado de artesanías antes de ir al aeropuerto y tomar el vuelo hacia Manaus.

Comentarios

Isabel Santana dijo

Que Bello lo del atardecer en el lago, me recuerda a unos vividos pero en playas Dominicanas, y te doy toda la razón de que no tienen precio :)

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