Belem, 'Brasil no coraçao' (2004) Parte VII

Belem 

Al mediodía del día siguiente tomo el vuelo desde Recife. El avión para en Fortaleza, Teresina y Sao Luis, antes de llegar a mi destino: Belem do Pará, al norte de Brasil. El avión es como un taxi que sube y baja. Me paso el día de aeropuerto en aeropuerto y llego de noche a Belem.

Por la mañana visito la 'Estação das Docas' y el magnífico 'Mercado Ver-o-peso'. Belem es una ciudad muy animada y con mucho movimiento comercial. Entre la bruma de gritos paseo curioso por el mercado. Todo tiene dimensiones enormes: la fruta, los peces, las verduras… Me impresiona también la desembocadura de uno de los brazos del Amazonas. A su lado el Ebro parecería el río de un botijo.

Tomo un autobús pasado el mediodía que me llevará hasta Algodoal. Al cabo de una hora de trayecto son mayoría los lugareños con rasgos indígenas en el autobús. Tomamos una pista de tierra. El paisaje se vuelve más agreste y espectacular. El autobusero parece como si llevara prisa, va rapidísimo y se la juega a cada curva. Paso un miedo terrible. ‘¡Papa, no corras!’, pienso, pero no me atrevo a decirlo en voz alta. Los indígenas van tan panchos en sus asientos, van como dopados. Deben ser una tribu de esas sin miedo a la muerte, una tribu de esas medio de kamikaces, sino no se entiende. Ya de noche, y de milagro, llegamos a Marudá, la última parada. De ahí debo tomar un barco hasta Algodoal. Regateo con el patrón del barco el precio del viaje. El amigo se cierra en banda y me mira como diciendo 'lo tomas o te quedas en tierra'. Como no hay otro barco a aquellas horas acepto.

Ya en alta mar se empiezan a ver las luces de Algodoal y se oyen, a lo lejos, el sonido de los generadores. Cuando llegamos, un chico en la playa se ofrece para llevarme con su carromato al pueblo. Hace una noche muy oscura. No se ve nada. El chico insiste en que me ahorro mucho camino. El precio es razonable y subo al carromato. Unos 100 metros más allá ya estamos en el pueblo. Me siento estafado como un chino y le digo al chavalote que solo le pago la mitad. El chico sonríe y dice que sí, le pago, y de propina, le doy un caponcito alegre. Poco más tarde, cenando, conozco a una pareja de valencianos. Según me cuentan, no hay más turistas en la isla que nosotros.

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