‘Oye mi amol’ y otras delicias cubanas (2003) Parte II

Viñales

Después de tres días en la Habana salí para Viñales. Compartí taxi con varios cubanos y así el trayecto salió más barato. La conversación como siempre fue animada. El paisaje hasta Viñales es precioso. Se ve mucha gente en las cunetas de la carretera haciendo autostop. Lo de transporte parece estar realmente mal en la isla. Se ven pasar camiones cargados hasta los topes de gente. El cielo se va encapotando y en poco tiempo empieza a diluviar. Con los relámpagos puedo ver los esqueletos de mis acompañantes. Con los últimos coletazos de la tormenta llegamos a Viñales.

En Viñales me alojé en Casa de Jorge y Sara, un paraíso de gente amable y cariñosa, tanto que iba para dos días y al final me quedé cuatro. Me sentí como en casa. Sara cocina espectacularmente bien. La primera noche nos quedamos hablando más de cuatro horas en los balancines del porcho, fumando puros y bebiendo cubatas de ron preparados por Jorge.

Al día siguiente alquilé una bici y me fui a ver a los Acuiferos. Jorge me había hablado de ellos. Según contaba era una comunidad que no tomaban otra cosa que el agua de las montañas para curar sus enfermedades. Me imaginé un rollito comunidad amish a lo cubano, con carromatos, gorritos ellas, barba ellos y bailes de organillos y piñatas al son de la Conga todo el día. Cuando al final pude remontar la montaña y llegué a la comunidad de los Acuiferos me di cuenta que, de nuevo, se me había ido la olla. Los Acuiferos no eran ni más ni menos que cuatro casas habitadas por los cubanos más sosos que conocí en toda la isla. Me ofrecieron un refresco, les di un par de dólares, y como veía que no me daban mucha bolilla me fui.

El resto del día me lo pase arriba y abajo con la bici. El paisaje es precioso, verde, salpicado de palmeras y mogotes. No me canso de mirarlo. Me encuentro a un francés y me dice que el Valle de Viñales le recuerda a Laos. El francés parece una persona muy competente y viajada así que yo le hago un gesto que no es ni que sí ni que no, porque no tengo ni idea de cómo es Laos.

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Me alquilo una moto al día siguiente para ir a Cayo Jutía. Soy el tío más patético del planeta conduciendo motos. Pero el cubano no lo sabe y me la alquila. Paso por pueblos como Santa Lucia, Pons, Minas de Matahambre… Comparado con Viñales se ve mucha miseria en esos pueblos. Esta debe ser la verdadera Cuba, la no turística. Me avergüenza un poco pasar con la moto mientras esta gente apenas tienen una bici o unos zapatos para desplazarse.

Cayo Jutía es una playa de postal. Hay muy poca gente. El agua es caliente, transparente, la arena fina y blanca. Un turista saca un langostino del agua. Chapoteo y me aletargo en el calor de la playa. Al cabo de un rato veo a lo lejos un puntito negro, no, es un… pájaro, se acerca y… no, es muy grande… ¡¿será Supercoco?! ¡No… es un avión de combate cubano! Vuela paralelo a la playa con un ruido ensordecedor y pasa a unos cincuenta metros sobre nuestras cabezas. Todos nos quedamos alucinados. Vuelvo a recordar donde nos encontramos. Me doy cuenta que en la playa no hay barcos ni patines como en las playas europeas. Es comprensible. Quizás a las autoridades cubanas no les guste las carreras ilegales de patines hacia Miami. Dicen que aquí hay mucha afición.

De vuelta empieza a llover y me calo hasta los huesos. Me río. Me lo paso muy bien.

A la mañana siguiente hacemos una excursión en bici con la gente de la casa donde me hospedo. Vamos Jorge, sus hijos Jorgito y Duviel, la novia de este, Maibel, y un amigo JuanCarlos. Nos bañamos en el río ‘Resbaloso’. La jornada es feliz. Hablamos, reímos, comemos bocadillos y nos da el sol. ¿Qué más se puede pedir?

La verdad, conviviendo con los cubanos te replanteas ciertas ideas. Hay quien habla del primer mundo y el tercero para definir países desarrollados de los que no lo son. Y quizás se tendría que especificar cuando se habla del primer mundo que se refiere al primer ‘mundo material’: el de los coches de lujo, las casas y cosas de esas… En eso sí que somos el primer mundo. Pero en el ‘mundo de lo emocional’, por decirlo de alguna manera, el de la alegría, la generosidad, el cariño, la amabilidad… creo que en Cuba, como en otros muchos lugares de Latinoamérica, viven en el primer mundo y al menos los europeos, en muchos casos, vivimos en el tercero. Aunque también es verdad que aquí tenemos opción de elegir y allí muchas veces no.

Me levanto el último día de mi estancia en Viñales. Hago una caminata hasta el complejo hotelero de ‘La Hermita’. Desde allí arriba hay una gran vista al Valle Viñales. Pienso que mañana me iré y me siento triste pero contento a la vez. Una vez en el pueblo compro un regalo para la gente de la casa. Visito a Manuela la hermana dicharachera de Sara. Y el resto del día me lo paso deambulando por el pueblo. Veo a los niños corretear:- ¡Compadre, no corras!Y a los cerdos horadar:- ¡Oign, Oign!Desde luego, pienso, dan mucho más juego los niños que los cerdos.Por la noche después de cenar me quedo bebiendo cubatas y hablando con Jorge y Sara.

A las 7:30 nos espera el taxi en dirección a Trinidad. Me despido de Jorge y Sara. Me emociono un poquito pero lo sé disimular.

Parte III - Lunes 15 de Febrero  

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