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Destino a Tokio

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Japón2008: vuelta accidentada

El miércoles por la mañana intentamos que en el aeropuerto de Narita, cerca de Tokio, nos cambiaran la reserva de los vuelos que teníamos para el Londres-Madrid sin éxito porque ambos estaban llenos. Ante esta situación, facturamos todas las maletas con Angela, que llegaba antes a Madrid que yo.

Tras unas once horas agotadoras llegamos a Heathrow deseando que el tiempo pasara muy rápidamente. Sucedió todo lo contrario. Nos encontramos con una aeropuerto gigante, en obras, padeciendo un día nefasto. Llevaban dos días con cancelaciones y retrasos debido al mal tiempo y, por si fuera poco, ese día el sistema de facturación de maletas no funcionaba bien y muchos pasajeros no podían embarcar en los vuelos que sí operaban. Como quedaban algunas horas para nuestros vuelos, nadie nos podía confirmar si se cancelarían o no y pasamos un buen rato preguntando y solicitando información en medio de cierta tensión general (la torre de babel que es un aeropuerto como éste no ayuda mucho).

Angela volvía en uno de Iberia y yo en uno de British Airways, compañía que parecía estar pasándolo bastante mal a juzgar por el número de vuelos con retraso o cancelados desde primera hora de la mañana. Finalmente, el vuelo de Angela anunció su salida desde la puerta 7 de la Terminal 2. El problema es que todavía no sabíamos si mi vuelo, que salía una hora más tarde, tendría la misma suerte. Nos despedimos algo preocupados y volví a la Terminal 1, donde descubrí frustrado que mi vuelo estaba cancelado. A partir de ese momento, el aeropuerto se me apareció no ya como un lugar de paso sino como un pequeño mundo con sus pasillos, normas, vigilantes, empleados, técnicos y muchos, muchos, pasajeros en mi situación.

Seguí las instrucciones del aeropuerto y fui a que me cambiaran la reserva de mi vuelo por otro lo más pronto posible pero aparecí al final de una cola que no veía desde la Expo 92 de Sevilla. Con mi optimismo habitual, aposté por esperar y a la hora de haber avanzado unos pocos metros llamé a Marta y Luiyo para ver si podían ayudarme con un plan de contingencia: reservar un vuelo desde otro aeropuerto, con otra compañía para el día siguiente. Tuvimos suerte y AirComet salía desde Gatwick a las 17.40h, compré a través de Luiyo el billete con seguro de cancelación incluido y me quedé un poco más tranquilo (pensé: diferente aeropuerto, diferente compañía aérea, suena bien). Tras otra hora más de espera en esa cola antológica, empezaron a repartir botellitas de agua. Más tarde llegó personal del aeropuerto repartiendo hojas con información de hoteles y la política de reembolso de British Airways (me imaginé una fotocopiadora echando la bofia unos minutos antes). Me pareció un gesto tardío pero parecía inevitable pues nos aseguraban que en esa cola no conseguiríamos nada. No era mucho dinero el que te prometían devolver pero al menos no cargaría con todos los gastos. La clave era decidir si dormir en el aeropuerto o ir a un hotel. Empecé a llamar a los hoteles y, lógicamente, comunicaban todos, así que volví a tirar de Marta y Luiyo (os lo agradecí en su momento pero no me olvidaré nunca, fue un enlace con el exterior reconfortante y con información útil!) pero no podían reservar en ninguno porque, sorpresa, los portales de reserva de hoteles no tenían previsto el caso de una reserva para esa misma noche cuando ya eran las nueve de la tarde (casos de uso, casos de uso… ejem). Acabé en otra cola de reserva de hoteles dentro del aeropuerto que aunque era considerablemente más corta, avanzaba más despacio porque, entendí yo, los agentes de reserva buscaban los pocos huecos libres que todavía pudieran quedar para cada tipo que se presentaba allí. Yo, por si acaso, seguía llamando a los hoteles y ya, algo desesperado, llamé a un Hilton que sí me lo cogió pero que estaba repleto y me proponía uno en el centro de Londrés. Asustado, le agradecí su información y colgué. Debí soltar un taco en español (hasta entonces, toda mi interacción había sido en inglés, incluso ya empezaba a pensar en inglés) que salió de mi subconsciente peninsular y una chica a mi lado me preguntó si era español. Nos presentamos y ella me dijo que venía de un viaje de la India y que tenía el mismo vuelo cancelado que yo.

Ése fue el punto de inflexión de toda la noche y se debió a una casualidad tan tonta como estar contiguos en una misma cola. Yo seguí llamando, esta vez con dos habitaciones en mente, y ella, en un momento, se acercó al mostrador a hablar con dos tipos que le daban “buena sensación” y que llevaban ya un cuarto de hora esperando algún resultado de los agentes de reserva de hoteles. No entendí muy bien a qué se refería pero el resultado fue lo más importante. Resultó que eran dos alemanes que llevaban varios días en Londrés por trabajo y al ver que en Heathrow no les proporcionaban un hotel en condiciones habían decidido llamar a donde habían estado alojados y solictar una noche extra. En ese momento debió de llegar Nuria (la que venía de Delhi) y consiguió la única habitación libre restante del hotel, aprovechando la misma llamada de los alemanes. Volvió y me invitó a compartir su habitación (de dos camas separadas). Me dijo algo como “no nos conocemos de nada pero somos adultos y la situación es un tanto especial”. Acepté encantado y nos fuimos con los dos alemanes en un taxi hasta el hotel… St. Anne’s Manor, de la cadena Hilton, tómate algo. De camino, llamé a un número de British Airways y conseguí dos plazas para el vuelo de Iberia de las 10.55h del día siguiente.

El hotel estaba a tomar vientos pero ya no parecía importar tanto y menos cuando uno de los dos alemanes nos dijo que él realmente era español, hijo de emigrantes gaditanos, y empezamos a hablar de pescaíto frito, de vejer y la sierra de Grazalema, todo en inglés, para no ser maleducados, hasta la llegada al hotel.

El hotel nos recibió con mucha educación aunque me imagino que no éramos los huéspedes tipo por la vestimenta. Yo no iba del todo inadecuado, vaqueros azules, camisa blanca, una chaquetilla y una mochila compacta de la cámara de fotos. Sin embargo, Nuria era otra cosa. Tras cinco meses de ruta por la India venía con unas sandalias destrozadas, una camisola roja desteñida y suelta y unos pantalones muy amplios, finos y con el tiro muy bajo. Además, la acompañaban dos bultos, uno de ellos una mochila de acampada inmensa a punto de estallar y con aspecto de haber pasado dos guerras. Pero como digo, en el hotel (muy mono, una mansión inglesa rehabilitada sin muchas de las comodidades de los hoteles modernos pero con un ambiente sacado de un libro de Austen) sonrieron muy convincentemente (quizá se imaginaban las circunstancias) y nos dieron una habitación muy agradable en donde pasar la noche.

Aquí fue cuando pude contactar con Angela y comentarle la situación. Ella estaba muy fastidiada por estar sola en casa y yo en Londres, cuando habíamos estado comentando todo el viaje desde Tokio qué haríamos para relajarnos a nuestra vuelta. Al menos se fue a dormir tranquila sabiendo que todo parecía ir sobre ruedas.

Aunque era tarde para los estándares ingleses, cenamos una hamburguesa con cerveza (ella en la India no había tenido oportunidad y yo me solidaricé sin muchos problemas) y nos fuimos a la cama. La situación era un poco incómoda pero la resolvimos bastante bien y nos quedamos dormidos pronto. La noche, sin embargo, fue un espanto entre el jet lag y unos molestos ataques de ansiedad pensando que el despertador no funcionaría y me quedaría en tierra. Me desperté a las 3.00h pensando que eran las 9.00h, completamente desvelado… En fin, un horror, pero al menos descansé un poco y tras desayunar en una salita muy mona y sintiéndonos extraterrestres entre tanto trajecito y señorona le dije a Nuria que seguro que pensaban que éramos unos americanos extravagantes y que nos perdonaban la mala educación. Como ella era rubia y de piel clara le comenté que podía pasar sin problemas por una inglesa rica que había tenido un viaje de descubrimiento personal tras volver de las antiguas colonias en la India. Era la única manera de sacarle partido a la situación, yo con mi barba pelirroja y mi acento de colegio inglés y ella con sus pantalones y macutos de viaje, y reirnos un poco de nosotros mismos y la situación.

La vuelta en taxi al aeropuerto fue tediosa y larga pero cuando llegamos al aeropuerto y facturamos su equipaje, la empleada de Iberia nos dijo que todo parecía ir mucho mejor. Me dijo, eso sí, que muy probablemente yo podía haber ido en el mismo vuelo que Angela porque aunque estaba lleno (de reservas) no todos los pasajeros habían aparecido (Angela se enfadó mucho cuando en mitad del vuelo se dio cuenta de esto). Así que, ya sabéis, en una situación de este tipo, quedaos clavados en algún vuelo que vaya a vuestro destino (o similar) que sí vaya a salir a una hora normal porque probablemente tengáis sitio y no os lo nieguen.

Lo único que quedaba ya era cancelar la reserva del vuelo con Air Comet. Envié un mensaje a través de una cabina de internet y subimos al avión. Aparte de que Iberia sólo nos dio los buenos días en un vuelo de 1h 50′, no sucedió nada desagradable y al llegar a Barajas cogimos las maletas y un taxi hasta mi casa, con continuación hasta la casa de un amigo de esta chica. Nos despedimos con un “hasta la próxima” y me fui a casa para encontrarme a Angela. Estábamos muy contentos y yo salté un “I’m back and well!” al entrar.

Visto con perspectiva, esta historia no tiene nada de especial. Sólo unas coincidencias desafortunadas (no ir en el vuelo con vacantes de Angela) y otras afortunadas (encontrarme con una chica que hizo un movimiento clave al acercarse a los alemanes) pero fue una experiencia muy interesante, con muchísima gente involucrada y en una zona de nadie (ni Tokio, que ya me lo conozco bastante bien, ni desde luego Madrid). Pensé que si este caos sucedía en uno de los aeropuertos más importantes del mundo, qué podría suceder en otros muchos lugares con dificultades reales, con peligro para la propia vida…

Así pues, fin del viaje. En los próximos días publicaré una selección de las fotos más interesantes y con eso habré acabado este diario online.

Gracias a todos por los buenos deseos de vuelta que no se cumplieron del todo pero como al final todo acabó bien, pues con eso me quedo. Tuve también un apoyo muy importante de mi padre, que me aconsejó según su dilatada experiencia de viajero y de Amaya, la hija de un amigo de mi padre, empleada de British Airways y que ya nos ayudó en la ida con un cambio de vuelo.

Por cierto, mientras esperaba para embarcar, vi por la BBC news que tenían puesta que los pilotos de British Airways se preparaban para una huelga en dos semanas. Resulta que a mediados de abril nos vamos a San Francisco con… British Airways… por favor, por favor, por favor, con una vez es suficiente. Comeré desayunos ingleses durante cinco días seguidos si es necesario pero quiero llegar a mi destino sin problemas.