Destino a Tokio
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Japón2008: domingo 17
El domingo nos despertamos ya en el segundo hotel. Salimos a desayunar, como siempre, a alguna cafetería cercana. No fue una sorpresa que nos decepcionara el café con o sin leche. Pensaba yo que el local (Caffé Veloce) era nuevo hasta que descubrí mugre acumulada en un cable de un altavoz cenital. Realmente, cuidan mucho sus establecimientos.
Fuimos en tren hasta la estación de Ryogoku para visitar el Museo de Edo de Japón. El edificio es espectacular y recuerda a un destructor imperial (por la forma y por el tamaño) pero el interior, muy espacioso, no acaba de sorprender aunque tienen maquetas de la vida en Japón desde el 1600 que son una obra de arte.
Lo más interesante fue un concierto de dos japonesas con sendos instrumentos tradicionales (cuerda y viento) que interpretaron piezas antiguas frente a una reconstrucción de un teatro Kabuki japonés.
Tras pasar por la atestada tienda del museo (recordad que los japoneses se comportan igual en su país que en el extranjero) nos volvimos a Shinjuku a comer una especie de VIPs de la zona. Acostumbrados ya a la diligencia y profesionalidad de los japoneses, me empecé a enfadar porque tardaban unos minutos en traerme un postre (cuando vuelva a España me van a detener por alteración del orden público). Curiosamente, aunque yo había sido el que había pedido el helado de fresa con trozos de la misma fruta, la camarera se la colocó a Angela sin dudarlo. Según Angela, los hombres en Japón son muy machotes y no piden helados ni cosas dulces, típicamente femeninas. Supongo que pasé por afeminado mientras me tomaba el helado… aunque supondría una paradoja para los japoneses al verme también con una barba especialmente viril según sus estándares barbilampiños.
Por cierto, en este restaurante (en un séptimo piso de un centro comercial) igual que en otros y en los dos hoteles en los que hemos estado es ya típico que todos los empleados estén equipados con “pinganillos” para recibir órdenes de un supervisor con cámaras de vídeo a su disposición. Ya en el primer hotel vi como un pobre empleaducho frenaba en seco a treinta metros y volvía sobre sus pasos para preguntar si necesitábamos ayuda con algo (estábamos de pie esperando a que nuestros compañeros cerraran la reserva de un autobús al aeropuerto).
Después de comer, nos encaminamos a un ejemplo claro de la cultura juneil adolescente y, por qué no, del sacrificio en aras de la estética. En un puente de la zona de Harajuku se juntan las tardes de los fines de semana chicos y chicas (sobre todo ellas) “disfrazadas” de personajes o de sus alter ego. Juegan al escapismo y las risas cómplices (aunque hoy eran risas que escondían escalofríos por el viento que arreciaba). Hay casi tantos fotógrafos como “modelos” y hay que reconocer que algunos dedican mucho tiempo a su modelito.
Esto sí que es cos-play y no lo que se ve en los expomanga en España. De todas formas, es normal que venga todo lo japonés filtrado y aguado.
Como esta gente se reúne en un parque que tiene sus templitos, nos dimos una buena vuelta sin muchos agobios. Angela, sin embargo, empezó a perder la sensibilidad en sus dedos (y nariz) y nos preguntamos cómo de mal lo estarían pasando los cosplayeros de antes.
La respuesta vino sola al volver. Lo estaban pasando fatal y, de hecho, ya comenzaban a empaquetar sus disfraces y a volver con su atuendo estándar.
Cerca de esa zona se concentran habitualmente grupos de rockabilis japoneses que te dejan alucinado con sus tupés y sus bailoteos garbosos. Los comerciantes de la zona, nada ajenos a la atracción que suscitan, tienen un buen racimo de puestecillos de comida rápida japonesa cerca de estos núcleos… musicales.
Imagino que por el frío, Angela reclamó bien un entrecot de Ávila con sus patatitas o algo dulce. Obviamente, tuvimos que ir a por lo segundo y acabamos, por primera vez en este viaje, en un Starbucks. Evitaré volver a ir al menos en Japón, donde sus otras cadenas de café locales tienen muchísima mejor calidad. Esto nos dio fuerzas para avanzar unas casillas más en las compritas locales. Angela se agenció una Nintendo DS Lite roja (es realmente bonita) y un juego de aprendizaje de Kanjis (aunque ahora en el hotel ha resultado ser un muy útil diccionario pero no un conjunto de tests). A mí los reyes de oriente me han traído una tarjeta de memoria para la PSP, una fundita de cuero y un juego de PSP en plan “oferta de juego antiguo”.
Ahora nos encontramos relajados en la habitación pequeñaja del hotel y ya me estoy viendo a Angela con hambre en pocos minutos. Le he propuesto dos opciones: restaurante italiano del hotel (tienen bistecs aunque no de Ávila) o yakitori (brochetitas de carne) en una callejuela de esta zona. A ver qué me dice…




