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Destino a Tokio

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Japón2008: viaje en avión

Escribo estas líneas mientras el 747 en el que voy sobrevuela la región del este de Rusia, dejando a mi izquierda Siberia y la Planicie de Aldan. Desde que nos despertamos esta mañana han transcurrido 17 horas y quedan otras tres hasta llegar al aeropuerto de Narita, nuestro destino. Se ven muchos portátiles encendidos (gente que prepara sus reuniones de trabajo, sobre todo) pero sin conexión a Internet parece que estuviéramos todos en una pequeña cápsula del tiempo defectuosa. Poco a poco, sus dueños caen en el agotamiento y los farolillos se van apagando uno tras otro.

Nos dirigimos a las montañas Stonovoy, muy cerca ya del oceano y último gran hito antes de llegar a Japón. En España son las 22.37h del sábado mientras que por esta zona calculo que son las 6.42h de la mañana y fuera de la ventana hay una negrura fria y extensa. No he dormido nada (mi cuerpo apenas me lo pedía) pero sé que los síntomas de fatiga llegarán al aterrizar con una hora local en España de las dos de la madrugada en un país en el que ya han desayunado y empiezan el día con energía.

Japón2008: domingo 10

Al aterrizar en Tokio nos dieron una mala noticia; nuestras maletas (todas las del grupo y todas las del vuelo de Madrid) se habían quedado en Londres. British Airways nos dijo que probablemente llegarían con el siguiente vuelo procedente de allí. Hicimos cálculos y nos salía que esa misma tarde las tendríamos en el hotel (llegamos sobre las 10.00h a Tokio).

Aprovechamos el aeropuerto para alquilar dos teléfonos móviles japoneses (preparados para occidentales) y nos fuimos en tren y metro hasta Suidobashi, donde estaba nuestro hotel; Tokyo Dome Hotel (en el complejo Tokyo Dome donde hay un pequeño parque de atracciones y una carpa para deportes y conciertos.

Fui difícil explicar en Recepción que nuestras maletas llegarían más tarde pero más difícil luchar contra la serviciliadad japonesa para indicarles que queríamos usar nuestro equipaje de mano que habían colocado diligentemente en un trolley para subirlo a nuestra habitación más tarde.

En esas horas tempranas todos mirábamos a Angela (no sé si os lo dije pero vamos en un viaje con dos personas del INTA que van al mismo congreso de Angela y se llaman Sergio y… Sergio) y ella se desesperaba intentando acomodar su cerebro al japonés y coger soltura rápidamente.

Tras echarnos una siesta salimos a dar una vuelta y, al haber estado Angela y yo en Japón hacía sólo año y medio, hicimos de guías improvisados y llevamos al resto al barrio “lujoso” de Ginza (como Serrano pero diez veces más grande y alto).

Hacía un poco de frío (allí, además, anochece pronto) pero se estaba muy bien yendo en zigzag por esas calles. Finalmente yo me empeñé en ir a un local de sushi muy bueno que estaba en otra zona de Tokio sin recordar que las distancias aquí son mucho más grandes y que el plano de la guía es muy esquemático. No lo encontramos pero recalamos en otro que nos pareció muy auténtico y con un servicio excelente.