Destino a Tokio
Japón2008: viernes 15
El viernes por la mañana visitamos una tienda sorprendentemente cerca del hotel donde nos alojábamos (gracias por el dato, Héctor). Nos atendió una anciana encorvada y mellada pero con una energía envidiable. Las barreras del idioma desaparecieron con sus gestos y murmuraciones y el tiempo que estuvimos alli fue, sin duda, uno de los mejores de todo el viaje.
Uno de los Sergios compró un cinturón negro con su nombre grabado en grafía fonética japonesa y yo hice lo propio con un traje negro.
Mientras el grupo se dirigía a la Universidad Todai, yo fui al Kodokan Judo, una escuela de renombre internacional en la práctica de esta arte marcial. El edificio tenía ocho plantas y era posible participar en una clase si eras cinturón negro y pagabas unos míseros 5 euros. Me advirtieron, eso sí, que sólo aceptaban judogis (trajes) blancos y que tenían una etiqueta algo diferente a la occidental (todo bien documentado en folios al estilo manga).
Volví al hotel porque me encontraba algo cansado (me paso los días andando por una ciudad enorme y me despierto a la misma hora que Angela, que ha de ir pronto al congreso). Después de comer, quedamos todos en vernos en Ikebukuro, un distrito comercial bastante animado. Allí, Sergio 1 se compró al fin la Nikon D80 con el objetivo Nikkor 18-135mm mientras Sergio 2 coleccionaba Nintendo DS. Por mi parte, dejé casi resuelto mi lista de peticiones de FOSS (la PSP rosa y la Nintendo DS crimson/black).
Al volver ellos tres al congreso para la clausura, yo cargué con las bolsas hasta el hotel y dormí una corta siesta de ésas que te dejan peor que antes.
El plan nocturno era ir a Ginza y cenar por ahí. Como suele suceder en estos casos, nos hicimos varios kilómetros decidiendo el mejor lugar para los cinco (se unió José Manuel, también del Congreso). En ese paseo interminable creo que dimos con una zona de clubes/prostíbulos de nivelazo (me dice Angela que quizá son clubes de compañía sin más). El caso es que mujeres muy puestas (modo bodorrio) daban a la bienvenida a japoneses de media edad y despedían a otros mucho más felices y borrachos. Hasta que el “cliente” no se alejaba mucho dando bandazos hasta el coche con su paciente chófer, la “chica” y su “jefa” no volvían a entrar al edificio. No me atreví a hacer fotos pero investigaré este tema porque nos dejó muy intrigados.
Finalmente encontramos un lugar adecuado en donde tomamos unos menús bastante completos aunque nada excepcionales y volvimos en uno de los últimos trenes al hotel. Fue, para mí, un día bastante tranquilo, con paseos cortos, compras tecnológicas y una cena en el barrio de lujo Ginza.



