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Descubriendo la cultura y costumbres del Japón

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Fecha del viaje : 
11 de Oct de 2008 - 25 de Oct de 2008
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La capital de Japón podría servir de resumen de lo que ofrece el país en su conjunto. A imagen de un orondo luchador de sumo, el deporte-religión nacional, Tokio es una ciudad de apariencia tosca, desmesurada y poco presuntuosa, podría decirse que hasta obesa, pero que al mismo tiempo permite entrever más allá de la grasa acumulada y sus torpes ademanes unos modales exquisitos y una técnica perfectamente depurada producto de muchos años de experiencia. Tokio es, a primera vista, una ciudad descomunal, brutal me atrevería a decir, organizada en una serie de distritos definidos en su mayor parte por una arquitectura vulgar y funcional diseñada con el único fin de dar alojamiento a sus algo más de 13 millones de habitantes. No es fácil recorrerla al completo, ni siquiera visitar todas sus áreas principales sin dejarse alguno de sus rincones más reseñables. No es tampoco una ciudad bonita; quitando algunas zonas determinadas, apenas hay edificios que merezcan ser reseñados por su belleza estética. En realidad, Tokio no está hecha para ser recorrida a pie una vez se abandonan sus barrios más emblemáticos. Su inmensa amplitud hace obligado el uso del transporte público, ya sea su extraordinaria red de metro o de la línea ferroviaria circular Yamamote, esta última recomendable si uno dispone del caro pero indispensable Rail Pass. A pesar de todo, Tokio se convierte en una visita imprescindible si uno quiere acercarse, siquiera superficialmente, a la realidad más telúrica del país, a su idiosincrasia particular. Y es que, como en los espacios más representativos, aquí se condensa lo peor y lo mejor de Japón.

Tokio sufrió dos graves calamidades que arrasaron casi por completo lo que pudo ser la ciudad hasta el siglo XIX. En primer lugar, el terrible terremoto de Kanto de 1923, que echó abajo buena parte de sus barrios antiguos; y en segundo lugar, los bombardeos aliados durante la Segunda Guerra Mundial, que arrasaron por completo con lo poco que todavía quedaba en pie. Asakusa es tal vez la única zona de la capital donde todavía pueden verse algunas construcciones de estilo tradicional. En los alrededores del templo Senso-ji, por ejemplo, queda alguna que otra calle donde aún se mantienen en pie las típicas casas de manera tan caras de ver en otras zonas. Es poco, demasiado poco para el esplendor del que gozó la ciudad en el pasado, pero el atractivo de Tokio no reside en la gloria de sus viejos tiempos, sino en el futuro, en ese avance de ciudad postindustrial que exhibe con orgullo. Shinjiku, por ejemplo, acoge en apenas unas decenas de metros cuadrados la exquisitez arquitectónica de los más modernos rascacielos y de las oficinas del gobierno metropolitano Shinjiku es una de las áreas más fascinantes y vibrantes de Tokiocon la menos exquisita pero imprescindible área de esparcimiento, es decir, los sex-shops, los packinkos (locales de máquinas tragaperras que funcionan con bolitas de acero), los extremadamente cursis hoteles del amor y, cómo no, los inevitables locales de prostitución. Akahibara, el barrio tecnológico, es un mareante maremágnum de tiendas generosamente iluminadas donde se venden los más variados y, a menudo, incomprensibles productos electrónicos, punteado por más y más comercios que ofrecen una ingente variedad de productos manga y donde las bombillas de neón que decoran cada fachada dan lugar a todo un espectáculo de luces y colores. Pero quizá sea Shibuya, el barrio de la diversión, los restaurantes y el consumo desenfrenado, donde mejor pueda apreciarse el ritmo de vida precipitado y dinámico de esta gran ciudad. Aquí se halla el siempre atiborrado cruce de peatones denominado Scramble Kousaten que la película Lost in Translation, de Sofia Coppola, hizo célebre hace unos años. Ayudado por el escrupuloso respeto a los semáforos de que hacen gala los habitantes de este país, resulta sencillamente espectacular observar Shibuya es el barrio de la diversión, los restaurantes y el consumo multitudinariocómo cientos de personas cruzan al unísono la calle en todas las direcciones posibles con una coordinación tal que parece que estuvieran poniendo en práctica una coreografía largamente ensayada. Las grandes pantallas de video que se apostan en varias de las fachadas colindantes con sus altavoces a todo volumen, la variopinta mezcla de personajes –ataviados muchos de ellos con sus estrambóticas indumentarias “tribales”– que aguardan pacientes en las aceras y los chirriantes neones que iluminan de cientos de colores cada calle ofrecen uno de los espectáculos urbanos más atractivos y sorprendentes probablemente del mundo. Yo, al menos, no me cansaba de ver una y otra vez el mismo preciso movimiento de masas como si se tratase de la repetición de una polémica jugada de fútbol.

No entraré en la descripción pormenorizada de todos y cada uno de los barrios de esta inmensa urbe y de las características que los definen (para eso ya están las guías de viaje, mucho más exhaustivas de lo que podrían dar de sí estas modestas líneas). Pero no puedo dejar de recomendar otro de los barrios característicos de la ciudad de Tokio, Ueno, donde, además de situarse uno de los más extensos y agradables parques de la ciudad y un buen número de museos (en uno de los cuales, por cierto, se exhibía una muestra del holandes Veermer y en cuya dirección vimos dirigirse con prisa a una multitud de ciudadanos), se sitúa el mercado callejero de Ameyoko, un vibrante y colorido maremágnum de puestos y tiendas callejeras que nadie debería dejar de visitar, especialmente por la noche. Aquí hay de todo lo que cualquiera puede necesitar en su vida diaria: ropa, restaurantes, alimentación, menaje, mobiliario…, todo a pie de calle y a un precio mucho más asequible que en cualquier otra zona de la ciudad. Como he señalado algo más arriba, nada que envidiar a cualquiera de los mercados callejeros de Tailandia o China.

Tokio se puede visitar fácilmente sin ninguna clase de ayudas externas. Un buen plano de la ciudad y otro del metro son suficientes para no perderse en su intricada y extensa red de callejuelas y para llegar al destino en un plazo de tiempo razonable. Existe, no obstante, un servicio de guías gratuitos que, a cambio de la práctica de algún idioma extranjero, se ofrecen para llevarte por la zona de la ciudad que elijas. No son guías profesionales, pero se toman muy en serio su trabajo. La manera de contactar con ellos es a través de su página web (http://www.tokyofreeguide.com). Nosotros hicimos uso de uno de ellos para visitar un domingo los barrios de Ginza, Harajuku y Shibuya. En principio, hubiéramos preferido contar con un guía de habla hispana, pero dado que ya estaban todos comprometidos para esa fecha, tuvimos que conformarnos con uno angloparlante. Pese a ese pequeño inconveniente, Junko, que así se llamaba la persona con la concertamos la visita, fue cordial, exquisitamente educada y en todo momento se tomó su labor con absoluta seriedad. Nosotros pretendíamos, además de conocer con detalle algunas de las zonas más llamativas de Tokio, tener un contacto directo con algún habitante de la ciudad, poder intercambiar puntos de vista y acercarnos en la medida de lo posible a la mentalidad japonesa. La forma de vestir de los jóvenes nipones resulta a menudo chocante para el gusto occidentalEn un principio, habíamos acordado acotar la visita de diez de la mañana a las tres de la tarde, aunque al final Junko estuvo con nosotros hasta pasadas las siete (supongo que sería señal de que se encontraba a gusto con nosotros, o quizá consecuencia de su ilimitada cortesía). Y tengo que decir que fue una experiencia de todo punto enriquecedora. Junko nos dio toda clase de explicaciones respecto a algunas de las cosas que nos habían llamado la atención en diversos momentos del viaje; con ella recorrimos exhaustivamente la zona de Ginza, donde se concentran las tiendas y comercios más lujosos de la capital y cuya calle principal se cierra al tráfico los domingos por la mañana para acto seguido llenarse de viandantes ansiosos por ocupar un espacio físico que normalmente no les pertenece. Nos habló de las modas que tanto fascinan a los habitantes de este país y de los patrones que rigen su manera de divertirse, de su apego a las novedades y de su tendencia a hacer cola cada vez que un nuevo comercio del tipo que sea se establece en la ciudad (nosotros fuimos testigos, por ejemplo, de las enormes colas que se apostaban a la entrada a una tienda de H&M que había abierto hacía pocas semanas), colas que en ocasiones pueden llegar a superar las dos horas.

A la espera de que el semáforo se ponga en verde en un cruce de peatones en ShibuyaSin embargo, no me sentí con la confianza suficiente para abordar cuestiones más personales. Si bien poco después de conocernos ya sabíamos dónde trabajaba y a qué sector económico pertenecía su empresa, cuando en cierto momento le pregunté sobre sus estudios, creí advertir en ella un cierto reparo en contestarme, como si hubiera entrado yo en algún tema de índole personal que no le resultaba fácil abordar. Sentí -tal vez erróneamente, eso no lo sabré nunca- que había ciertas barreras personales que no iba a ser fácil superar: el concepto que ambos teníamos de lo que puede considerarse parte de nuestra intimidad difería más de lo que yo mismo había pensado en un principio. Una de las jóvenes que se dan cita los domingos en el distrito de HarajukuHabía entre nosotros, a pesar de toda la cordialidad que Junko no dejó ni un segundo de exhibir, una falta de confianza casi crónica que no fuimos capaces de superar en ningún momento. El temor a ofender, a decir algo molesto o inadecuado, tan presente en las relaciones sociales niponas, estaba limitando nuestra propia comunicación. Tampoco es que tuviera yo un interés especial en conocer cosas de su vida, pero creo que me sentí contagiado de ese pudor extremo por no herir al otro, lo que unido a que ni ella ni yo hablábamos un inglés perfecto, cortocircuitó nuestra comunicación de una manera obvia. No obstante, tengo que decir la experiencia con Junko fue sobradamente positiva, porque, aparte de su encomiable labor como guía, vino a confirmar algunos de los tópicos más extendidos que me había traído de España acerca de la mentalidad japonesa (por ejemplo: nada más vernos, le hicimos entrega de un regalo que le habíamos traído desde España; ella, como es costumbre en este país, no abrió el paquete y lo guardó directamente en el bolso sin mostrar un excesivo entusiasmo; por su parte, ella nos dio el obsequio que nos había preparado justo segundos antes de despedirnos).

Alrededor de la estación de metro de Shibuya se dan cita un buen número de jóvenes en busca de diversiónPero volviendo al recorrido propiamente dicho, el plato fuerte fue, cómo no, Harajuku. Esta zona de Tokio se ha convertido en uno de los centros de peregrinación turística más importantes de Japón debido a los grupos de jóvenes que cada domingo se dan cita en el puente de antecede al parque de Yoyogi ataviados con sus características y excéntricas vestimentas. Casi como si se tratase de un auténtico safari fotográfico, numerosos fotógrafos de todas las nacionalidades (japoneses incluidos, por supuesto) se lanzan cada domingo a la caza y captura de los especímenes más singulares, más estrafalarios o más extravagantes que allí recalan, jóvenes cuya diversidad estética y atrevimiento ornamental nunca dejan de sorprender. Ya he hablado al principio de la moda juvenil japonesa, así que no insistiré más en ello. En este caso, además, las fotografías vienen a ser más descriptivas.

La calle Takeshita se llena de adolescentes los fin de semanaEs la calle Takeshita, sin embargo, el centro neurálgico de Harajuko. Esta calle más bien estrecha se transforma los domingos en un auténtico hervidero de adolescentes de toda clase y condición que abarrotan hasta el último milímetro de la misma, una multitud colorida y estrambótica que convierte un simple paseo en una tarea titánica y que busca su dorado momento de esparcimiento entre las tiendas de ropa, los salones de juego y los restaurantes de comida basura que aquí abundan. Sin querer entrar ni mucho menos en un análisis profundo y sesudo de unos modelos de diversión que me son bastante ajenos, creí percibir en todo ello una cierta propensión al gregarismo que llevaría a estos chicos a buscar insistentemente la compañía anónima de otros muchos como ellos, poniendo en práctica un ritual de pertenencia con el que probablemente tratan de romper las tendencias disgregadoras de la industrializada y segmentada sociedad japonesa contemporánea (aunque esto, habría que añadir, no se diferencia demasiado con la situación de los jóvenes de nuestro país).