Fin de Semana en Sevilla
Fin de semana en Sevilla. A celebrar un aniversario de esos redondos. 25 años que C. y yo andamos juntos. En Sevilla. Me dice alguna gente que les parece paradójico que viajando a lugares tan lejanos como solemos nos decidamos a celebrar fecha tan señalada sólo en Sevilla. Sólo en Sevilla, dicen. Yo les digo que es por falta de tiempo y bla bla bla, pero la realidad es que tanto C. como yo sentimos como una inmensa suerte tener una de las ciudades más hermosas del mundo a un tiro de piedra para celebrar la inmensa suerte que tuvimos chocando viceversescamente, por sorpresa, en una esquina de la vida un día en que tuvimos la inmensa suerte de no tener nada mejor que hacer que conocernos. Y eso que yo no creo en la suerte. Y me temo que C. tampoco.
La alternativa entre el AVE y sus veinte minutos y el expreso y su consistente hora y media se saldó a favor de la parsimonia y no sólo por la brutal diferencia de tarifas, sino porque a Sevilla no se debe ir desde Córdoba a celebrar un aniversario como el que va a cerrar un negocio de ida y vuelta, sino en un viaje con fundamento. Pasar por el castillo de Almodóvar con tiempo para verlo pasar, parar en Posadas y su estación de otra época. Palma y Lora, las dos del Río. Por supuesto el río por antonomasia, aunque por la segunda pasa, como dice la copla, hasta tres veces:
El río Guadalquivir
pasa por Lora,
pasa por Lora,
Lora de Río.
Y Sevilla a media tarde, buscando el hotel bajo el sobrio torreón mudéjar de Santa Catalina, hurgando la placita de Los Terceros, rozando la taberna El Rinconcillo, a punto de animarse con el aire protoprimaveral de este raro febrero.
Nos gusta este barrio, barrio de la segunda Sevilla diferente, no la de para los turistas, sino la de donde viven la gente. Pero cerca de puntos matrices en la historia de nuestra sentimentalidad: la casa-palacio donde nació Antonio Machado, la parroquia donde se bautizó Velázquez, el órgano que inspiró a Becquer la Leyenda de Maese Pérez, el modesto hogar donde Niño Ricardo cuajó las mejores falsetas de la guitarra flamenca moderna... ¿Qué más se puede pedir? Amor y cultura. Por una vez y sin que sirva de precedente ¡ casi ná!
Como apunté el otro día C. y yo hemos pasado un fin de semana en Sevilla. Sevilla nunca defrauda y siempre acaba sorprendiendo. Sabíamos que había un par de exposiciones importantes. Las sugerentes esculturas del artista polaco Igor Mitoraj, enormes desnudos mitológicos, que ya causaran cierto escándalo en Granada cuando algunos australopitecos católicos protestaron por su ubicación frente al templo principal donde practican la idolatría virginal, las Angustias. Allí comenzaron su andadura expositiva, que no sé por dónde continuará. Granada tuvo el privilegio del pistoletazo. Ahora están en Sevilla. En Plaza Nueva. La magia de la pieza arqueológica recreada en una textura conceptual de fuerte contenido onírico.
Hablando de australopitecos. Al llegar a Plaza Nueva la misma tarde de nuestra llegada para ver de noche las esculturas nos encontramos la ya hartible manifa pepera ante el Ayuntamiento. Gomina, mucha gomina, niños endomingados impelidos por sus papis al insulto. Señoras de mecha y oro de edad con banderas rojigualda. Cantando el Cara al Sol. Te lo juro por Jose Antonio: can-tan-dol-ca-ral-sol. Mientras los contemplábamos sentados en un banco comentábamos el extraño fenómeno al que se podía asistir en esas manifas. Señoras de pieles de las que toman pacíficamente sus cafeses con pastas en las pastelerías del centro de nuestras ciudades o que pastorean a sus nietos en los cuidados parques de la Zona Nacional que se transforman de repente en verdaderas harpías, en terribles gorgonas que piden cabezas de políticos con caras desencajadas, los ojos desorbitados por el odio.
La otra exposición se titulaba La Utopía Cinética en dos salas del Caja San Fernando y reúne una importante muestra de trabajos de los artistas que usaron el movimiento y los efectos ópticos para crear sus obras. Duchamp, Vasarely, Equipo 57... Me viene la noticia justo cuando acababa de releer el excelente trabajo de mi amiga Marga sobre Víctor Vasarely titulado De la abstracción geométrica a la utopía social que había expuesto hace unos meses en una conferencia por los institutos valencianos.
Paseos, tapas y disfrute del aire de Sevilla. La constatación de que los hosteleros cordobeses deberían llevar parche en un ojo. Aunque practican también el nefando vicio del sintapismo las medias raciones de los bares de Sevilla hacen, salvando algunas honrosas excepciones, por una ración y media de los de Córdoba. Te lo juro por San Tapeo. Eso sí, en Sevilla tienes que degustar las deliciosas pavías frente a las estomagantes toneladas de idolatría cofrade en imágenes de vírgenes lacrimosas y de cristos profusamente torturados que adornan ineluctablemente las paredes de sus bares. Aunque nosotros le encontramos cierta gracia al hecho de que la tumefacción de la carne de los cristos hiciera un precioso juego con las finísima lonchas de ibérico que a veces consumíamos.
Una de las zonas que me quedaban por explorar más hondamente de la Sevilla menos turística es la que va desde la Alameda de Hércules hasta la Macarena por calle Feria y la vuelta por la calle San Luis. En calle Feria, la vivísima arteria milenaria, es una gozada tomarse una caña en el bar del mercado, junto a los muros de una iglesia fernandina, como todas, del siglo XIII, la de Omnium Sanctorum, en un ambiente estrictamente popular, entre todos los olores del pescado, la carne y la verdura. Y al final una visita al lugar del oprobio. Para constatar su realidad. Uno de los símbolos más universales de Sevilla esconde un horror en su seno. Un horror que dice mucho de la institución que lo acoge: la Iglesia Católica. En la basílica de la Macarena, junto a las enhiestas murallas almoravides y frente al Parlamento Andaluz está enterrado, con todos los honores intactos, uno de los peores malnacidos que ha dado este país en cuya Historia tantos malnacidos abundan. El Teniente General Don Gonzalo Queipo de Llano y algunos apellidos más que no me sale del alma enumerar. Aparte de ser responsable de innumerables crímenes de guerra, incitación a la violación de mujeres y torturas atroces, que aún no han sido debidamente detallados por los historiadores, se le debe la responsabilidad directa del asesinato de Federico García Lorca. El hecho está manchado además por un repugnante acto de chulería militar y barriobajera a partes iguales. Cuando el gobernador militar de Granada lo llamó para preguntarle qué hacían con el poeta detenido, el Cofrade de Honor de la Macarena, cuyo fajín aún luce la imagen de la virgen en su procesión del Viernes Santo, contestó: que le den café, mucho café. La leche, la mala leche, ya sabemos que la ponía él.
En la cofradía nunca se higienizaron sus rincones de la contaminación que supone contar en un lugar destacado de su imaginario con un criminal despiadado como ese. Será porque no lo consideran necesario. Lo que dice mucho del propio bagaje moral de ella misma. (1)
Su fantasma se ha reencarnado en la emisora de los obispos. Cada mañana Fedequeipo o Queiperico recupera el espíritu del General frente al micrófono. Siempre lo mismo.
De vuelta ir descubriendo más preciosas iglesias fernandinas y comprobando las diferencias respecto a sus hermanas cordobesas. Las sevillanas presentan un carácter mudéjar mucho más acusado debido a la influencia del gran icono-reflejo del alminar de la Gran Mezquita, después Giralda. El uso del ladrillo frente al del sillar de las cordobesas y un uso más generoso de la decoración almohade, la sebka, que recubre sus flancos son las principales diferencias. La torre de la de San Marcos es una auténtica maravilla que aparece al final de la calle San Luis, después de la de Santa Marina y de la plaza del Pumarejo, donde resiste desde hace años un movimiento de inquilinos de un viejo palacio que no están dispuestos a dejarse expulsar por la presión de la especulación. Frente a la codicia de la propiedad y la desidia de las autoridades.
Un magnífico almuerzo en la taberna más antigua de Sevilla, que acaba de cumplir los tres siglos de existencia, El Rinconcillo, nos reconcilia de nuevo con la ciudad. El nuevo restaurante de la parte alta hace honor a la calidad del tapeo de la parte baja. Sus soldaditos de pavía y sus espinacas con garbanzos están considerados, con razón, los mejores de Sevilla



