San Francisco, California
Ayer volvimos de nuestro salto transoceánico, translingüístico y transcultural. Contrariamente a otras ocasiones, dejé la tarea de escribir el diario de viaje para el final con la esperanza de recordar lo más relevante.
Martes 8 de abril - San Francisco, California
Salimos de mañana en el vuelo de las 7.00 a Londres (Heathrow). Los enormes problemas que acompañaron a la apertura de la nueva Terminal 5 de ese aeropuerto aún coleaban y se unían a la resaca de una ventisca reciente. Podríamos habernos quedado sin (la) maleta pero al final llegamos prácticamente en hora y sin incidentes.
A la llegada a San Francisco nos montamos en una minivan previamente alquilada que nos llevó por carretera hasta el hotel donde nos hospedábamos, Chancellor Hotel, situado en el corazón mismo de San Francisco, en Union Square. El hotel era antiguo (o quizá, anticuado sería la palabra) y aunque la habitación era correcta, el baño suspendía. A todas luces, estábamos pagando por la localización.
Como siempre hacemos tras un vuelo muy largo, dormimos una siesta de una hora e intentamos recomponernos del jet lag dando un paseo. Éste nos condujo, como un excusa, hasta el edificio donde el fin de semana se celebraría el congreso de software libre. Parecía bastante moderno, con tiendas de libros o comics, restaurantes, dos de Sony, un cine IMAX, etc. De esta manera nos hicimos una idea de las distancias en los planos que teníamos.
Para cenar, fuimos a un lugar muy cerca del hotel que recreaba los años 50 (aunque se alargaba fácilmente hasta los 70, creo yo).
Abrazamos la cama felices poco después.
Miércoles 9 de abril - San Francisco, California
Tras desayunar diez veces más de lo habitual en un local próximo, nos fuimos directos a la Oficina de Turismo. Nos impresionó lo bien organizado que tenían todo; panfletos, números de teléfono, guías, ordenadores conectados a internet (unos iMacs seguramente donados por Apple), personal atento, etc.
Decidimos ir a Chinatown, que se encontraba al norte de Union Square y parecía un paseo cómodo. Lo fue, pero tras subir unas cuestas con pendientes de vértigo al inicio. Chinatown, nuestra primera Chinatown, nos dejó boquiabiertos. Aunque las zonas fronterizas parecían más locales turísticos, una vez te dejabas engullir por el barrio, dejabas de ver caras occidentales o escuchar lengua inglesa para ser testigo de una invasión contenida de chinos y letreros ininteligibles (por las semejanzas con la escritura japonesa supongo que Angela entendía algo pero no nos detuvimos a intentarlo). Chinos vendiendo en chino productos chinos a chinos. Creo que lo único que se escapaba al imperio rojo era el dólar, Si hubieran usado el Yuan, podrían haberse independizado fácilmente. Vimos chinos de todas las edades y la pirámode poblacional parecía bastante repartida. Probablemente aquéllos que hayan visitado Chinatown en Nueva York no se sorprendan pero en nuestro caso no había escapatoria.
Pasado Chinatown, más al norte, visitamos Fisherman’s Wharf. Es el barrio pesquero aunque también es el barrio de los “baycruises” turísticos, los yates locales y las tiendas de cámaras de fotos y suvenires.
Visitamos el famoso Pier 39 (Muelle 39) donde descansa una gran pandilla de leones marinos.
Sin embargo, la verdadera atracción ese día no eran ellos, sino un cruce de manifestaciones entre activistas pro-Tibet y partidarios de China. El telón de fondo eran los juegos olímpicos, claro, y es que horas más tarde la antorcha olímpica iba a pasar por las calles de San Francisco, que tiene un 20% de población de origen chino, ahí es nada.
Vimos avionetas con pancartas pro-China sobrevolando la zona. Tanto unos como otros hacían sonar instrumentos improvisados (los pro-China se apoyaban en tamborcitos regalados por Coca Cola). En fin, un pequeño espectáculo que fue motivo suficiente para posteriormente alterar el recorrido original de la antorcha y dejarlo en la mitad de relevos (relevistas compartiendo la antorcha, vaya bajonazo). Nos enteramos de esto último cuando comimos en un restaurante en el distrito gay de la ciudad, The Castro. Nos pareció una zona muy agradable aunque con demasiados locales new-age y espiritualidad barata basada en terapias “alternativas”, muy semejante a lo que vimos en Chinatown, por cierto, aunque sin el “new”, claro.
Para entonces, nos habíamos dado cuenta de que podías comer casi cualquier cosa; tortitas, bocadillos, hamburguesas, pescado, pasta, ensaladas, etc. Salvo excepciones, las raciones eran grandes y los precios, una vez hecha la conversión a euros, razonables.
Al volver de la zona gay, paramos en una tienda de comics por si veíamos algo curioso. Así fue y Angela no dudó en cargar con las primeras compras del viaje (Neil Gaiman, mainly). Sin embargo, fuimos testigos de algo más particular. Al parecer, los dueños de la tienda llevaban tiempo haciendo un experimento. Tenían bolsas de patatas fritas (estilo Matutano) que alguien había insistido en proveerles pero tras meditarlo, decidieron que no podían venderlas con tantos conservantes y colorantes así que, cada cierto tiempo, sacaban media docena y las colocaban encima de una papelera enfrente de la tienda. Después, cada uno apostaba por cuánto tiempo pasaría hasta que alguien las viera y se las llevara. Recuerdo que uno dijo diez minutos y la otra, ocho. La realidad fue que antes de llegar al primer minuto, un vagabundo las había hecho suyas. A ellos les pareció un récord pero a mí me pareció un tanto deprimente. De hecho, no recuerdo haber visto tantos sin-hogar como en San Francisco, pero volveré sobre ello más adelante.



