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Lombardía, Italia

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Fecha del viaje : 
03 de Abr de 2005 - 16 de Abr de 2011
Catedral de Milan - Italia
Tram de Milan - Italia
Plaza de Milan -  Italia

Milán es la capital de Lombardía y unas de las ciudades más importantes de Italia. Estamos también ante uno de los mayores centros industriales de Europa, así como en uno de los centros mundiales de la moda. Tal vez por eso, Milán no es una ciudad cómoda; la polución, el tráfico y la agitada vida de sus calles no se lo ponen fácil al visitante despistado y poco amigo de multitudes. Sin embargo, a mi juicio posee bastante más encanto del que a simple vista pueda parecer, y aparte de sus más conocidos y reputados atractivos, la ciudad alberga muchos otros alicientes no menos significativos.

Plaza del Duomo, centro simbólico de la ciudadEl primer punto por el que empieza toda visita toda visita es la Catedral, el impresionante Duomo, que no obstante durante las fechas de mi visita se encontraba aún en fase de restauración, lo que me impidió disfrutar como se merece de su indudable belleza. El interior podría calificarse como sobrecogedor, y no es difícil adivinar la sensación que sentiría el hombre medieval al cruzar la puerta y encontrarse ante aquel alarde de poder tan imponente: la nimiedad del individuo frente a la inmensidad de Dios.

Pero la magnífica plaza que acoge la Catedral se erige también en el centro simbólico de la ciudad. Merece la pena detenerse durante unos minutos y disfrutar con el animado ambiente que a cualquier hora de del día bulle aquí sin descanso. Imagen del imponente castillo de los Sforza Desde lo alto de la oficina de turismo, la plaza resulta tan majestuosa como tantas veces se ha dicho. En uno de sus laterales, las famosas galerías de Vittorio Emanuele II, con sus figuras levemente humanas bajo sus cristales, sobresale de entre el resto de edificios hasta rivalizar en esplendor con el propio Duomo. Mientras estamos disfrutando de este maravilloso panorama, empieza a llover con fuerza; en pocos minutos la plaza se vacía y las baldosas comienzan a brillar azuzadas por las transparentes gotas de lluvia que caen en tropel, confiriendo al conjunto un aura de romanticismo inigualable.

Enumerar todos los atractivos de Milán se haría casi interminable y superaría con creces los propósitos de esta modesta página, pero a mi juicio el visitante avisado no debería dejar de dar, por ejemplo, un breve paseo por Vía Dante, la avenida peatonal que conecta la plaza del Duomo con el Castelo Sforzesco, sobre todo a la hora del atardecer, una vía flanqueada por majestuosos edificios que dan la medida del pasado glorioso de esta ciudad. Tampoco debería dejar de transitar por los alrededores de la plaza de Brera, zona juvenil y universitaria, y de paso disfrutar de una de las costumbres milanesas que mejor impresión causan al turista: los happy-hours, periodos en los que a partir de las seis de la tarde y a cambio de una sola consumición, el cliente es invitado a degustar cuantas veces quiera unos deliciosos platos y tapas (la traducción en castellano podría ser aperitivo) que en la mayor parte de los bares se colocan en una mesa o en la propia barra. También debería merecer unos minutos de su tiempo la plaza de San Marcos, en uno de cuyos edificios estuvo alojado Mozart en 1770. Interior de las galerias de Vittorio Emanuele IIDe la plaza del Carmen surgen un sinfín de callejuelas que conservan el aspecto de la vieja Milán y en donde abundan los comercios de antigüedades y mobiliario. A pesar de su fama, esta zona permite un paseo relajado y amable para disfrutar de las viejas fachadas de los edificios y de sus balcones siempre adornados con flores y plantas.

La Via Manzoni es la más señorial de Milán. En ella se congregan un importante número de palacios, y en uno de sus extremos conecta con la plaza de la Escala, donde se halla el palacio renacentista que acoge la fundación Nicolo Trussardi, considerado por algunos como el palacio renacentista más bello de la ciudad. La plaza del Mercanti, con el magnífico edificio de la lonja en uno de sus flancos, constituye uno de los centros medievales mejor conservados de Milán, de la que destaca sobre todo el palacio della Ragione, del siglo XIII.. En el centro de la plaza se halla también un antiguo pozo de agua. Un lugar realmente delicioso, un remanso de paz en la abigarrada capital lombarda.

Naviglio aparece surcado por diversos canales, de donde toma el nombreUn buen lugar para visitar al anochecer es la zona de Naviglio, bastante animada el fin de semana y donde abundan bares, cafés y pizzerías. Su nombre hace referencia a los canales que la surcan a modo de viejas vías navegables. Pero el lugar también merece ser visitado de día. Es uno de los puntos donde la vida cotidiana se observa con mayor pureza. De ese modo, al día siguiente, caminamos por Ripa de Porta Ticinese junto al canal en una mañana hermosa y luminosa. Aquí se congregan numerosos ciudadanos de origen latinoamericano, que tienen su punto de encuentro en el mercado de Piazza XXIV Maggio. Proseguimos por Corso di Porta Ticinese, y tras visitar la Basílica de San Lorenzo, cuya planta es del s. IV, y las columnas romanas que flanquean la entrada, nos damos de bruces con la propia Porta Ticinese, puerta medieval construida entre los siglos XII y XIII.

Sólo me queda añadir que Milán ofrece más de lo que a simple vista se podría imaginar. La vida en sus calles y plazas es intensa, y desmiente la leyenda que la sitúa más como una aburrida localidad centroeuropea que como una vitalista ciudad mediterránea. Por si fuera poco, su legado artístico es igualmente encomiable. El único pero que le pondría a la ciudad es la visita al archiconocido mural de La última cena obra de Leonardo da Vinci. En primer lugar, el precio es excesivamente elevado, 6,50 euros por persona, pero además se debe reservar por adelantado, lo cual no sería grave si no fuera porque para reservar hay que pagar otra vez 1,50 euros. Así pues, como no íbamos sobrados de tiempo -y no habíamos hecho la reserva preceptiva-, decidimos dejar su visita para una mejor ocasión.