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Descubriendo la cultura y costumbres del Japón

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Fecha del viaje : 
11 de Oct de 2008 - 25 de Oct de 2008
Mercado en Takayama - Descubriendo la cultura y costumbres del Japón
Plantas - Descubriendo la cultura y costumbres del Japón
Canastos - Descubriendo la cultura y costumbres del Japón
Calles de Takayama - Descubriendo la cultura y costumbres del Japón

Incluimos Takayama en nuestro viaje por varias razones. La principal, obviamente, porque se trata de una ciudad realmente hermosa y acogedora que conserva casi intactas varias calles antiguas con sus tradicionales viviendas de madera. Igualmente, habíamos previsto realizar desde aquí una visita a la cercana población de Shirakawa-go, otra localidad tradicional donde se encuentran cierto tipo de viviendas denominadas “gasho”, las cuales han perdurado hasta nuestros días en perfecto estado de conservación. Se trataba, pues, de adentrarnos en esa parte de Japón, tan cara de ver hoy en día, propia de épocas pasadas de samurais y daymios, tan maravillosamente recreadas en algunas películas de Kurosawa, Mizoguichi o Hideo Gosha. Y hay que decir de antemano que Takayama, a pesar de ser una localidad turística y receptora por tanto de un nada despreciable número de visitantes, fue uno de los lugares más hermosos en donde pusimos nuestros pies.

El hecho de pasar dos noches en Takayama (en el por otra parte encantador y agradable Minshuku Kuwataniya, estratégicamente bien situado al lado de la estación de ferrocarril) nos permitió disfrutar del entorno urbano con toda la calma que merecía. Ya de noche, cuando las legiones de turistas han abandonado la ciudad refugiándose en sus esplendorosos hoteles o ya de vuelta en sus siempre acogedores hogares, pocas cosas resultan más agradables que volver a recorrer el distrito antiguo de Nagamachi, con sus calles ajenas al tráfico rodado y libre de la presencia de viandantes, y disfrutar con toda la tranquilidad del mundo del inigualable encanto de sus edificios de época samurai y de ese atmósfera genuina e indescriptible propia de los lugares antiguos. En una ocasión, incluso tuvimos la suerte de toparnos con una representación callejera que incluía cantos y bailes ancestrales sin que llegáramos a entender el porqué de su celebración. No importa. En realidad, viajar a Japón exige en muchos casos el esfuerzo de ver sin comprender, observar sin la necesidad de analizar, dejarse llevar por las sensaciones y las emociones sin tratar de buscarles sentido, apartar un poco la mentalidad racionalista que nos es propia y permitir que sean los ojos los que dicten nuestras reacciones. Y es en momentos como esos cuando más se puede llegar a disfrutar de este país.

Comer en Japón es mucho más barato de lo que la mayor parte de la gente cree. Si uno se abstiene de frecuentar los restaurantes más distinguidos, es posible comer por tres euros o incluso menos, eso sí, siempre que hablemos de platos basados sobre todo en el arroz o los fideos. Pero incluso cuando se pretende disfrutar de una comida algo más exquisita, es fácil no superar los 6 o 7 euros por persona. Japón posee multitud de restaurantes (solo en Tokio existen más de 300.000 lugares donde comer) y muchos de ellos, generalmente los más económicos, ofrecen en sus vitrinas la reproducción exacta de los platos que se sirven en su interior. Eso, por supuesto, facilita sobremanera la tarea a los asustados turistas que se sienten incapaces de entender el complejo sistema de escritura japonés y convierte la muchas veces esforzada tarea de elegir comida en algo parecido a un divertido juego. La calidad estética de estas reproducciones es también un motivo para disfrutar de ellas (se elaboran en una fábrica de Asakusa, en Tokio, y no son pocos los turistas que las adquieren como recuerdo, aunque su precio, según tengo entendido, es bastante elevado).

Como bien se sabe, unos de los mayores placeres que puede proporcionar la visita a este país es su gastronomía, más aún cuando su coste es perfectamente aceptable para un bolsillo occidental (la terrible crisis que asoló el país en los años 90 del siglo pasado, con su persistente deflación, ha hecho que la vida ya no resulte tan exorbitantemente cara como debía de serlo en décadas anteriores). Sin embargo, hay ciertos platos cuyo coste escapa a esta norma. La carne, por ejemplo. Es mundialmente conocido el buey de Cobe, cuyo sabor, dicen los que lo han probado, se convierte en un placer único. En un segundo nivel de calidad está la llamada ternera de Hida, que es el nombre de la región en donde nos encontramos, razón por la cual decidimos que, En Takayama hay numerosos mercados matinales donde se ofrecen productos típicos de la zonaya que nuestro presupuesto se mantiene bastante por debajo de los límites esperados, ha llegado el momento de permitirnos un pequeño lujo culinario. Así que entramos en el restaurante Suzuya, uno de los más afamados de la ciudad, para probar la referida ternera de Hida. Hay que decir que se trata de una carne extraordinariamente blanda, veteada por unos hilillos de grasa que la convierten en un bocado muy jugoso. El precio, ciertamente, es bastante elevado: una ración de 150 gramos nos vino a costar unos 4.800 yenes (38 euros al cambio, más o menos). Sin embargo, junto a la exquisitez de la comida, verdaderamente sabrosa, al mismo tiempo pudimos disfrutar de la amable compañía del dueño del restaurante, quien, aparte de prepararnos la susodicha carne justo en su punto, trató con más esfuerzo que éxito trabar conversación con nosotros y nos mostró unos cuantos álbumes de fotos donde se veía buena parte de los productos que ofrecía en su restaurante (muchos de los cuales, dicho sea de paso, él mismo se encargaba de cultivar y recolectar). Fue una velada más que interesante, aunque el inconveniente del idioma, como ya venía siendo habitual, nos impidió un mayor grado de confraternización. Una pena.