Descubriendo la cultura y costumbres del Japón
Kioto es por derecho propio el corazón y el alma de Japón. De las grandes capitales del viejo imperio, es la única que no fue duramente castigada por la aviación aliada a lo largo de la 2ª Guerra Mundial. Ha sido también el hogar de los emperadores desde finales del siglo VIII, cuando la corte se estableció definitivamente aquí, hasta la restauración Meiji, en 1868, fecha en que se trasladó a la más moderna Tokio. Aunque el gobierno político hacía tiempo que se había desplazado ya a Tokio (durante el denominado periodo Edo, que era como se conocía entonces a la capital) de la mano del omnipresente shogun Tokugawa, la corte imperial continuó en esta vieja ciudad dedicada a tareas más bien protocolarias y de recreo, pero de poco poder real.
Por todo ello, en Kioto es fácil encontrar amplias zonas urbanas que aún se mantienen tal como eran en siglos pasados (o con escasos cambios, al menos exteriormente). Es este, sin duda, el mayor atractivo de Kioto: la permanencia del tiempo casi inalterado entre sus calles. Hay varias zonas donde uno puede sumergirse, a poca imaginación que se tenga, en la que debió ser una de las capitales más fascinantes y maravillosas del planeta. La barbarie urbanística, como en cualquier otro lugar del país, ha hecho también de las suyas; no obstante, se han respetado numerosas áreas tradicionales y los terribles y feos bloques de edificios se concentran en zonas más bien alejadas del centro. Aquí en Kioto todavía es fácil ver geishas por la calle, especialmente si uno se adentra en el barrio de Gion, uno de sus reductos imprescindibles. A última hora de la tarde, cuando se preparan para salir de sus casas debidamente pintadas y ataviadas con sus vestimentas tradicionales, un aluvión de fotógrafos se hace fuerte en la calle con la intención de inmortalizar alguna de estas exóticas aunque no siempre bien comprendidas mujeres. El espectáculo que ofrece esta pequeña multitud de camarógrafos es casi más llamativo que el de las propias maiko (aprendizas de geisha), involuntariamente protagonistas de todo este tumulto. De vez en cuando, un tanto furtivamente, como en un desesperado intento de escapar a los objetivos amenazadores de los turistas, de una en una o de dos en dos, algunas jóvenes maiko van apareciendo con cierta timidez camino a su destino. Algunas de ellas serpentean por las callejuelas en un intento inútil por esquivar al nutrido grupo de fotógrafos que, a modo de vulgares paparazzis, apenas les permiten caminar en línea recta. La vestimenta de una maiko es mucho más llamativa que la de una geisha, así que su captura fotográfica reviste incluso un interés mayor. No obstante, en todo el tiempo que llevo esperándolas, tan solo veo una geisha auténtica, a quien un lujoso automóvil con chófer incluido ha estado esperando un buen rato a la puerta de su casa. Las demás son maiko, muy jóvenes todas ellas pero espectacularmente vestidas. Dicen que todavía quedan unas 100 maiko en Kioto y algo más de 80 geishas, aunque probablemente esta sea una actividad condenada a la desaparición. Tampoco estoy seguro de si se trata de un empleo que merezca la pena conservarse: tengo que admitir que ignoro el alcance total de las funciones de una geisha, aunque como toda actividad proveniente del pasado, pensar en su final produce una cierta sensación de pérdida irrecuperable.
Kioto puede presumir, asimismo, de poseer un gran número de templos declarados Patrimonio de la Humanidad (http://whc.unesco.org/en/list/688), aunque están tan alejados unos de otros que resulta casi imposible –salvo que la estancia en la ciudad se alargue más de una semana– visitarlos todos. Para no extenderme más de cuenta dando una lista redundante y poco indicativa de templos que-se-recomienda-visitar, yo destacaría sobre todos ellos el llamado Ginkaku-ji, recogido y delicado como pocos (aunque durante nuestra visita su principal pabellón, el famoso Pabellón de Plata, estuviese cerrado por obras) y el espectacular Kinkaku-ji y su maravilloso Pabellón Dorado, más impresionante aún gracias al pequeño lago que lo rodea y enaltece. A partir de aquí, que cada visitante elija en función de su criterio y de sus posibilidades (y de sus ganas de moverse de una punta a otra de la ciudad, claro está).
Kioto alberga un enorme número de espacios absolutamente recomendables, empezando por su espectacular y futurista estación de ferrocarril, una de las más impresionantes que el suscribe ha visto nunca. El diseño, si bien no es rompedor ni excéntrico, sí en cambio ofrece una perfecta muestra de lo que supone conjugar funcionalidad y belleza, además de dar cobijo a un amplio centro comercial y de ocio. En contraste con este espacio moderno pero eficaz, a cierta distancia del centro (es imprescindible usar algún tipo de transporte para llegar hasta aquí) se encuentra el siempre acogedor bosque de bambú de Arashiyama, donde, por lo que cuentan, se han llegado a rodar algunas famosas películas (Tigre y dragón, de Ang Lee, sin ir más lejos). En cualquier caso, si el día acompaña, el paseo por cualquiera de sus dos bien señalizados recorridos puede convertirse en una de las más relajantes actividades susceptibles de llevarse a cabo en la ciudad. Si lo que uno desea es pasar una tarde tranquila y sin sobresaltos, Arashiyama es el espacio idóneo para ello.
Tampoco sería justo dejar de lado el famoso “sendero de la filosofía”, una apacible travesía enclavada en la parte este de la ciudad que enlaza buena parte de sus más interesantes templos. El sendero, si se realiza de norte a sur, es decir, partiendo del templo de Ginkakuji hasta llegar al de Kiyomizudera (ambos absolutamente recomendables), va dejando a su izquierda el viejo canal que antiguamente abastecía de agua a la ciudad y un enorme bosque de cerezos que en primavera depara un maravilloso e incomparable espectáculo visual; y a su derecha, una miríada de casitas de apenas dos alturas que forman una de las más tranquilas y acogedoras zonas residenciales de la capital. Dedicar una jornada entera a disfrutar de este sendero no es en absoluto exagerado; por el contrario, la cantidad de emociones y sensaciones que puede llegar a transmitir compensa con creces el temor a estar dejando de lado otros enclaves igualmente recomendables. El sendero de la filosofía es por derecho propio uno de los lugares más visitados de Kioto. Y, al menos durante nuestra visita, todavía consiente ser recorrido en absoluta calma, sin aglomeraciones ni muchedumbres incómodas, lo que contribuye aún más si cabe a reforzar su extraordinario encanto.
También sería un enorme desatino olvidarse de las concurridas y siempre vitalistas galerías comerciales de Shinyogoku y Teramachi, del bullicioso mercado de Nishiki o de la cercana calle de Shimbashi, lugar éste donde antiguamente residían buen número de geishas y cuyos antiguos edificios se conservan en perfectas condiciones; o del magníficamente conservado y céntrico castillo de los Tokugawa, en cuyo interior, por cierto, está prohibido hacer fotografías; o del majestuoso Palacio Real, cuya visita, no obstante, está limitada –previa reserva– a los extranjeros. La lista, cómo no, podría alargarse indefinidamente si nuestra visita no se hubiera visto reducida a tres escuetos días que por fuerza nos obligaron a escoger solo una parte de lo más representativo. Kioto alberga en su seno tal cantidad de atractivos que únicamente queda remitir a quien pretenda visitarla a cualquiera de las guías que existen a este respecto en el mercado o, si lo desea, a alguna de las excelentes páginas que a día de hoy pueden encontrarse en la red sobre esta indefinible ciudad.
En las breves líneas que anteceden he intentado resumir en la medida de mis posibilidades lo que para un turista poco avezado en las milenarias culturas orientales supuso su primera visita a Japón. En cualquier caso, y como no me canso de repetir siempre que tengo ocasión, cada viaje es único e irrepetible, y las sensaciones y reflexiones que provoca, absolutamente intransferibles. No puedo hacer otra cosa más que invitar a quien lea estas páginas a visitar por su cuenta el país y a obtener sus propias impresiones y, si lo desea, a compartirlas con el que esto suscribe. Solo me queda añadir que probablemente –siempre y cuando uno sea propenso a disfrutar de las múltiples sensaciones que ofrecen los espacios desconocidos y las culturas aún no del todo asimiladas– no saldrá nunca defraudado.




