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Descubriendo la cultura egipcia

Abu Simbel - Descubriendo la cultura egipcia
Interior Abu Simbel - Descubriendo la cultura egipcia
Estatuas de Ramses - Descubriendo la cultura egipcia

Día 3

La partida no se hace esperar, y a las 2,15 de la noche, nos dirigimos hacia el punto de encuentro de los autocares que tienen que desplazarse por el país, pues tienen que ser escoltados por un convoy militar obligatoriamente.

Tras esperar que todo se organice, nos ponemos en marcha y el sueño nos vence mientras circulamos en caravana la mayor parte del tiempo, pues en ocasiones se interrumpe por vehículos que adelantan, a veces por la derecha, otras por la izquierda, dependiendo por el carril que nuestro autobús ocupe.

Frecuentemente abrimos los ojos al interrumpirse la marcha y comprobamos que se tratan de paradas por controles policiales situados cada cierta distancia y que hacen circular a los vehículos en zigzag entre vallas, para reducir la velocidad y controlar la circulación. Estos puestos de control, poseen incluso garitas en alto, donde se resguardan militares armados. En tierra la protección está constituida por robustas planchas de acero, con ruedas, que protege al militar que se oculta tras la negra y robusta protección.

En alguna ocasión, al abrir los ojos y mirar a través del parabrisas delantero, no podíamos contener una exclamación al observar la circulación que, lo mismo se desarrolla por un carril, como por el otro, dando igual que venga otro vehículo de frente o no, que se esté adelantando o que se cruce alguno proveniente de algún camino lateral.

En los poblados que atravesamos, las personas, literalmente, se metían debajo del autocar, siendo frecuente las exclamaciones involuntarias de los que veíamos la situación y que nos temíamos atropellos y accidentes , cosa que no vimos ni uno, y ni un solo embotellamiento de importancia.

El amanecer en el desierto, fue un espectáculo sublime. Un sol inmenso y rojizo empezó a aparecer tras las doradas dunas, segundo a segundo, hasta que iluminó con luz y sombras, la inmensidad del mar de arena por el que nos encontrábamos.

A primera hora de la mañana llegamos a los templos de Abu Simbel, nos dirigimos hacia nuestro nuevo barco, el segundo crucero de este viaje, que nos esperaba atracado en el Lago Nasser.

Mayor que el anterior, y de mejor aspecto, nos acoge en sus camarotes que nos gustan y están muy limpios. Minutos más tarde, una motora nos trae al barco los equipajes que, rápidamente, son distribuidos a cada pasajero.

La decoración interior es mas agradable que la del camarote anterior, y la calidad y limpieza del baño también nos satisface, sólo el color grisáceo de las toallas nos disgusta pero, tras comunicarlo, nos ponen a diario toallas sin estrenar.

Repetimos la potabilización del agua en una botella de litro y medio, para la higiene bucal, y nos proveemos de agua embotellada para nuestro consumo.

Aprovechamos para descansar y ordenar las maletas y, a la 1 del mediodía, acudimos a la cita en el restaurante que nos sorprende con un esplendido buffet, bastante abundante y de mayor calidad que los anteriores.

Algo más descansados, nos proponen visitar los grandes templos de Abu Simbel, a lo que no nos podemos negar por la importancia de los templos y nuestros deseos por visitar esas maravillosas obras realizadas hace unos 3.300 años, rescatadas de ser inundadas por las aguas del nuevo lago, para lo que fueron desplazados, piedra a piedra, a otro nivel superior, a solo unas decenas de metros de su ubicación primitiva.

El camino desde el barco hasta unas escalinatas es primario, en realidad es una pequeña senda en la montaña, llena de piedras, por las que casi hay que escalar, con mucho polvo y dificultades.

Subimos los 280 escalones hasta alcanzar el nivel superior, no sin hacer pausas intermedias y, bordeando la montaña, fuimos paseando hasta que nuestros ojos empezaron a ver, de perfil, la majestuosa obra. Pronto aparecieron ante nosotros los cuatro colosos que flanquean el primer templo. A sus pies, otras estatuas mas pequeñas representan a las esposas e hijos.

El templo de Ramses II construido en el siglo XIII aC. es sobrecogedor. Su altura nos empequeñece y quedamos admirados al encontrarnos ante tan soñado monumento. Casi con temor a cometer un sacrilegio o, al menos, una violación de los sentimientos de sus constructores, nos dirigimos hacia la entrada, despacio, sin poder intercambiar palabra alguna, mirando fijamente a su guardián, con turbante y chilaba blanca inmaculada, y con una gran “llave de la vida” de bronce en la mano. Nos mira sonriente y nos demuestra que la gran llave es la utilizada para la cerradura de las puestas del templo, ofreciéndose a continuación a hacerse fotos con nosotros.

Penetramos lentamente por una galería central, ricamente decorada con enigmáticos jeroglíficos, con grandes columnas y esculturas grandiosas en los laterales que hacen guardia en el recorrido hacia el altar. Distintos recintos laterales se nos muestran perfectamente conservados y profundamente decorados con las escenas de la vida y el tránsito hacia la muerte.

Tenemos el privilegio, creemos que irrepetible, de acceder al templo sin persona alguna en el interior, lo que nos sobrecoge aún más en el silencio y tenue luz de tan famosa catedral.

Vagamos por el interior sintiendo el paso de los siglos y queriendo diluirnos en tanta historia y majestuosidad, y pareciendo sentir las vibraciones que emitían las milenarias piedras.

No muy lejos, entramos en el templo de Nefertari, algo menor en sus dimensiones, presenta las mismas características, riquezas y grandiosidad.

Nuestro asombro de poder ver estos templos prácticamente solos no nos abandona y queremos llevarnos esta sensación en todos nuestros sentidos.

Pasamos de un templo al otro mirando cada pequeño rincón y cada piedra de cada uno, absorbiendo tanta riqueza y tanto arte que nos rodea.

De regreso al barco, unas tiendas ocupan nuestro tiempo y unos pequeños jardines atraen nuestra atención con flores de colores no habituales en nuestras latitudes. El paseo se hace corto y llegamos justo para descansar breves momentos y tomar un té y pastas en la cubierta, mientras algunos aprovechan para tomar un baño en la piscina.

Al oscurecer, nos apresuramos a asistir a la cita con los componentes del grupo para obtener las entradas de acceso que nos permitirán ver el espectáculo de luz y sonido que, a las 19,30, se exhibirá sobre los templos.

Puntualmente comienza el programa en la oscuridad de la noche en el desierto mayor del mundo, el Sahara, y como un manto brillante, luce el cielo luciendo miles de estrellas, destacándose la Vía Láctea en su centro, haciendo un espectáculo difícil de olvidar.

El sonido, fuerte y nítido, comienza, creando un ambiente relajante con un susurro de viento en el desierto, como preámbulo de las proyecciones que iluminaran los templos de Abu Simbel. El sonido de agua, viento y una grave voz escenificando la de Ramses II, majestuosa y en Español, dan comienzo a la narración de la historia de los templos que se alzan ante nosotros, así como las costumbres en el Egipto faraónico y los pensamientos dialogados con Nefertari.

La conjunción del ambiente natural con el espléndido sonido, las proyecciones y el contenido, absorben nuestros sentidos y nos transportan en el tiempo a remotas épocas.

Los efectos son espectaculares. Las proyecciones sobre los templos los convierten en medios de tele transportación hacia el pasado, conducidos por filosóficas conversaciones entre humanos y dioses.

Los 45 minutos pasan en un instante. Las luces de ambiente se encienden e iluminan el camino de salida y todo el mundo queda deseoso de que continuara más tiempo el espectacular acontecimiento.

Iniciamos el regreso comentando lo impresionante de la escenificación y, a la llegada, sólo nos queda tiempo para cambiarnos nuevamente, ahora con trajes, corbatas, vestidos de fiesta, etc. Para la cena fin de año.

A la hora anunciada acudimos al restaurante que se encontraba adornado de fiesta: velas en las mesas, bonitas composiciones con los alimentos, guirnaldas colgando del techo, y unos papiros enrollados y atados con un lazo rojo en cada sitio de la mesa de cada comensal, con el menú para esta celebración, escrito en él.

Abundante y muy vistosos fueron las bandejas y platos que nos sirvieron y nos llamó especialmente la atención, una composición que incluía un tomate ahuecado, o un pimiento, rojo, amarillo o verde, cortado en sus extremos, o una cebolla hueca, dentro de los cuales lucía una vela que resaltaba, por transparencia, el color de su contenedor, lo que resultaba un plato muy original, además de sabroso.

Los postres fueron amenizados con cantes y sonidos de timbales y panderetas, todas piezas típicas locales, interpretados por los operarios de la cocina. Le siguió la famosa danza del vientre y los bailes repetitivos de Los Derviches.

Próxima la media noche, nuestro guía nos comunica que el capitán del barco desea darnos una sorpresa, realizando algo por primera vez, para el paso de año, para lo que se nos pide que subamos a la cubierta. Así lo hacemos y observamos que el barco empieza a moverse de su punto de atraque, en el silencio y oscuridad de la noche, desplazándose suavemente y, con hábil maniobra, se pone en ruta bordeando algunas pequeñas islas, hasta situar su proa frente al lugar donde se encuentran los templos de Ramses II y Nefertari.

Se aproxima lentamente hasta situarse delante de ellos, como en una reverencia respetuosa de admiración que se ve potenciada al iluminarse las enormes fachadas en las que se encuentran las grandes esculturas, y empezar a escucharse una música de fondo que enfatiza la emoción del momento.

Con las uvas rescatadas de los postres en las manos, seleccionadas y cuidadosamente lavadas, esperamos el paso de la media noche para tomarlas al son de las campanadas, con cierto cuidado de no romper lo que podría ser un sueño del que no queríamos despertar, y que no teníamos seguridad de que fuera realidad. La música de fondo, triunfalista, hace de fondo a la imagen de los templos iluminados, en una noche en el desierto con un cielo concurrido por miles de estrellas mostrando su máximo esplendor.

Habiendo transcurrido el paso del año al nuevo, la euforia se apodera de todos y, con champagne unos, y con baños en la piscina otros, se celebra el nuevo año con alegría y con la seguridad de que este momento será imborrable en nuestras vidas.

El barco vuelve a su punto de amarre y los bailes, al son de canciones árabes y otras españolas, se prolongan hasta bien entrada la madrugada.