Egipto » Descubriendo la cultura egipcia - El Seboua, templo de Dekka y templo Maharraka

Descubriendo la cultura egipcia

Crucero por el Nilo - Descubriendo la cultura egipcia
Puerta Templo de Maharraka - Descubriendo la cultura egipcia
Templo de Maharraka - Descubriendo la cultura egipcia

Día 4

A primera hora de la mañana nos avisan para que, desde la cubierta y con los primeros rayos de sol, despidamos nuestra estancia en los templos de Abu Simbel, mientras nos deslizamos lentamente por las tranquilas aguas, y la imagen de la colosal obra se hace cada vez más pequeña, mientras un nutrido grupo de ánsares vuelan rasante sobre la superficie del lago.

Al menos, hoy tenemos la oportunidad de tomar el desayuno sin prisas y, tras organizar un poco nuestras pertenencias, acudimos a las tumbonas de cubierta para relajarnos y tomar el sol, comentando las maravillas visitadas con los componentes del grupo.

A media mañana embarcamos en motoras para llevarnos hasta la orilla y, andando por la fina arena del desierto, llegar a Kasr Ibrim. Observamos que, hasta en aquel remoto y solitario lugar, tiene presencia el ejercito que, bien armado, vela por la seguridad de los turistas.

Mas tarde nos desplazamos hasta Amada, terminando el día visitando el Hemispeos de Derr y la tumba de Penut.

A la hora del almuerzo, instalan una barbacoa en la cubierta de nuestro barco que impregna todo de un agradable olor a carbón y a carnes ricamente especiadas.

En los camarotes y en los pasillos, vuelven a aparecer las ingeniosas esculturas realizadas con colchas y toallas.

Pasamos la noche navegando y, al amanecer, embarcamos nuevamente en las motoras para acercarnos a las orillas con el objeto de visitar El Seboua, templo dedicado a Amon Ra por Ramses II, el templo de Dekka, así como el de Maharraka, cuyo significado actual se refiere a mujer de dudosa reputación.

En poco tiempo empieza a ponerse el sol inundando todo el paisaje de rayos anaranjados que se reflejan en las calmas aguas del sosegado Nilo.

Volvemos a vestirnos “de gala” para la última noche en el crucero y tomar una cena muy especial para celebrarlo. La presentación de los alimentos es esmerada, así como la de los platos en los que se tiene en cuenta tanto los colores, como las formas. A los postres, volvemos a divertirnos con la famosa danza del vientre y los bailes de los derviches, con faldas de vivos colores que lucen al son de repetitivas vueltas sobre sí mismo.

El crucero sigue su curso hacia Aswan y, mientras contemplamos el lento pasar de poblados, campesinos, niños cuidando animales en el campo, ect. damos un paseo hacia la proa donde nos llaman la atención haciéndonos señales desde detrás de un gran ventanal, indicándonos que pasáramos al interior. Era el capitán en su puesto de mando que, amablemente, nos saluda interesándose por nuestra procedencia y, tras nuestra respuesta, señala una foto fijada en la parte frontal indicándonos que está junto a un español.

El capitán se ofrece para que nos hagamos fotos con él, a lo que accedemos y prometemos enviarle copias de las mismas. Nos explica, más bien nos muestra, los instrumentos de navegación, emisora de radio, los mandos para los tres potentes motores y el instrumento de dirección ¡ una simple y pequeña palanca multidireccional ¡ Mientras lentamente nos escribe su dirección, tenemos que indicarle que la aguja indicadora del rumbo correcto, se desplaza fuera de él, a lo que con un simple toque en el “joystick”, corrige la trayectoria.

La amabilidad y simpatía del capitán llegan hasta para contarnos cosas de su familia, de donde vive, de sus horas de trabajo. Fue una experiencia muy agradable.

El trayecto desde Aswan hasta el aeropuerto de Luxor lo hacemos en autobús, lo que aprovechamos para descansar del intenso visitar y de las temperaturas próximas a los 35 º C. A medio camino nos comunican que el vuelo se retrasa 2 horas, lo que nos desagrada en un principio, pero nos sirve para visitar un poco Luxor y así programar la cena antes del vuelo.

En el camino hicimos algunas paradas con objeto de caminar y adquirir algunas bebidas o tomar algún té, de camino visitamos algunas tiendas de especias de penetrantes olores exóticos y brillantes colores. También tenían canastas llenas de dátiles secos de numerosas variedades y tamaño.

En una antigua tienda de ultramarinos adquirimos varios artículos que, al pagar, nos sorprendieron por el bajo costo. En un café, sentados en el porche, tomamos unas bebidas refrescantes, mientras otros probaban el tabaco en pipa de agua, mediante unas boquillas individuales que anteriormente ofrecieron, desprendiéndose un olor afrutado procedente del tabaco aromatizado.

En el camino miramos la franja cultivada a las orillas del río, con grandes palmerales y cultivos de coles de gran tamaño. La circulación es caótica para nosotros, y nos cruzamos con varias furgonetas, que hacen de taxis y que, además de las personas que van dentro, llevan otras que se sujetan en la parte trasera en el exterior, al aire libre.

Llegamos a Luxor y nos trasladan a un Hotel céntrico para estar allí hasta la hora de partida hacia el aeropuerto. En pocos minutos, localizamos los equipajes y quedamos libres para caminar. Comenzamos por una avenida importante donde se ubican muchas tiendas en las que adquirir aquellos regalos y recuerdos que teníamos pendientes.

Pasadas las 7 de la tarde pensamos en cenar y, no viendo ningún establecimiento adecuado, nos ponemos de acuerdo e inspeccionamos el hotel.

Es bastante grande, con cómodos salones, jardines y varios restaurantes, en uno de ellos ofrecen buffet libre, muy bien instalado y con gran variedad de alimentos para escoger. Concertado el precio verbalmente, accedimos al comedor y repusimos fuerzas y calmamos el apetito.

El traslado al aeropuerto se hizo corto, tomamos nuestros numerosos y pesados equipajes y, haciéndonos un grupo compacto, intentamos acceder al recinto.

Una gran masa de personas nos empujábamos las unas a las otras, las maletas se quedaban trabadas, las voces y la impaciencia era el sentir general. Unos ejecutivos intentaron acceder antes que los demás, pero la vociferante multitud se lo impidió.

El avance era milimétrico y se estrechaba hacia una sola puerta equipada con un escáner y donde se procedía al cacheo y revisión de bolsos de mano. El interminable camino de 20 metros se hace eterno, y nuestro esfuerzo por seguir avanzando agota nuestras fuerzas y nos invade la desesperanza.

Al fin pasamos nuestras pertenencias por la cinta transportadora que las introduce en el escáner de equipajes, en su salida no aparece todo lo que entró, lo que provoca reclamaciones, preguntas, desinterés, etc. hasta que aparece un canuto de cartón de un metro de longitud, contenedor de varios papiros que, al parecer, no tenían mucho interés en devolver.

Nos entregan varios billetes de embarque en los que da igual los nombres que figuran, ni el número de vuelo es el definitivo, ni tiene porqué ser el vuelo que anuncian las pantallas informativas, etc. por lo que optamos por preguntar a unas personas del servicio que nos indican la puerta de embarque.

Los intentos de salir al exterior para coger el autobús que nos llevará al avión, son numerosos. Cada rumor, todo el mundo se pone de pié intentando salir sin éxito, por lo que teníamos que volver a nuestros asientos hasta el nuevo intento.

En las pantallas informativas se proyectaban capítulos de una novela interminable, en árabe, ambientada en época antigua y con precarios actores y con muy mala interpretación.

Cuando ya habíamos perdido las esperanzas, se nos invitó a pasar al exterior, por una puerta distinta, para conducirnos hasta el avión. Entramos por una única puerta situada en la parte trasera y, a duras penas, pudimos acomodarnos.

El avión estaba sucio, y no todo en él funcionaba. Algunos asientos estaban bloqueados y no era posible desplazarlos, algunas bandejas para apoyar las comidas, tampoco.

El vuelo no se hizo esperar más y partimos, entre nuestra admiración y duda, hacia El Cairo. La comida que nos ponen no es de nuestro total agrado y, en una hora llegamos al gran aeropuerto de la Capital.

Nuevamente empieza el caos y la búsqueda de nuestros equipajes. Todo aparece y comienza la búsqueda del autobús que nos trasladará al hotel,

El guía desaparece entre la multitud que impide el paso normal de las maletas y relentiza el caminar. Entre un centenar de autobuses, gritos, maleteros que intentan ayudarte por 1 euro, vemos a algunas personas del grupo, lo que nos tranquiliza en algo y nos hace más pacientes hasta el total embarque de las maletas.

Es de madrugada y tenemos que esperar la aprobación, para continuar, por los militares del aeropuerto. Al fin partimos y empezamos a ver una gran ciudad que no descansa, se ve viva, con gran circulación a pesar de la hora, y las plazas y los mercados, llenos de gentes y de brillantes luces. La temperatura ya no es la del sur, hace mucha humedad y se llega a tener 1 o 2 º C por la noche, aunque por el día se llega a 25º C.

El hotel aparece ante nuestros ojos con su gran fachada frontal constituida por un palacio construido en el siglo XIX para albergar a Eugenia de Montijo cuando acudió a la inauguración del canal de Suez y, en los laterales dos edificios de 20 plantas apoyan un gran semicírculo donde se sitúan los jardines, comedores bajo carpas, piscinas, etc. Con casi 1.200 habitaciones y 14 restaurantes y una decoración palaciega, nos encanta el aspecto y, en pocos minutos, nuestros equipajes aparecen en la habitación, mientras tomamos una reconfortante ducha y miramos el paisaje a través del frente de cristal que da acceso a la terraza y que nos deja contemplar desde la planta 7ª, un Cairo distinto de nuestra concepción previa, lleno de rascacielos, jardines, luces y, en primer plano, la torre de comunicaciones con sus 175 metros de altura.