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Descubriendo la cultura egipcia

Esfinge y Keops - Descubriendo la cultura egipcia
Keops - Descubriendo la cultura egipcia
Esfinge - Descubriendo la cultura egipcia

Día 5

Pocas horas tenemos para descansar, pues estamos citados a las 7,30 para visitar la Pirámide de Keops y Pirámide Kefrén, en el distrito de Gizeh.

El hotel es una pequeña ciudad y nos cuesta algún tiempo el llegar al restaurante donde estaba previsto nuestro desayuno. El ambiente es fantástico y muy dinámico, la decoración y el lujo hacen un perfecto marco para el gran buffet preparado, con todo lo imaginable en gran abundancia. Nos llama la atención la preparación de gruesos y apetecibles filetes de ternera a la plancha, a petición del comensal, huevos preparados de diferentes formas, frutas, cremas, fiambres, mermeladas, etc.

Nos apresuramos para cumplir con el horario, caminamos hasta el autobús que nos conducirá hasta los monumentos y nos situamos en él, acto seguido se nos presenta el guía que nos acompañará a las pirámides, con un buen Castellano, con voz femenina graciosa y exagerados gestos. Nos cae simpático y comienza explicándonos la ciudad donde se mueven 21 millones de personas y 4 millones de coches, normalmente muy viejos y con pocos elementos en funcionamiento, y que circulan sin tener en cuenta los semáforos, ni los pasos para peatones, ni encender las luces de noche, ni los sentidos de la circulación....en un caos que dominan tras años y años de experiencias y vivencias en el que no vimos ni un solo atasco ni accidente.

Como todo es a lo grande, nos concreta que el paso elevado por el que circulamos, constituye un puente de 28 Km. de longitud, dentro de la ciudad

Delante de nosotros aparece la silueta de una pirámide que se nos hace de mayor tamaño conforme nos aproximamos.

Al llegar se hace famosa la frase del guía pronunciada con tono forzado y con mucho deje: ¡vamos todos y todas...! Con regocijo bajamos y, estupefactos, no podíamos dejar de levantar nuestra vista para contemplar tan majestuosa obra.

Tenemos delante la Gran Pirámide de Keops, que se levanta 154 metros sobre el suelo, y que su vértice parece clavarse en el Cielo. Constituida por 2,5 millones de bloques de piedra, cada uno de unos 2.500 Kg., se asienta majestuosa sobre la fina arena del desierto y nos impone respeto al pensar sobre su antigüedad, experimentando un sentimiento como si la fuéramos a profanar al acceder a su interior.

En un lateral a la Pirámide de Keops, una construcción auxiliar da cobijo a una de las barcas encontrada en las inmediaciones, de gran tamaño, que transportaría el alma a través de la muerte.

En un segundo plano y con la apariencia de ser más alta, sin serlo, se levanta la pirámide de Kefrén, caracterizada por ser la única que conserva en la zona de la cúspide, el recubrimiento original. La pirámide de Kefrén tiene las primeras filas de bloque de piedra, tallados en granito rojo. En algunos casos, las uniones entre los bloques son perfectas, pero no siempre, pues hay zonas en que la colocación parece que no guarda un orden, por el deterioro padecido a lo largo del tiempo.

Unos policías, montados en camellos, custodian estos lugares, además de otros a pie, todos ellos mostrando sus generalizadas ametralladoras.

Uno se nos acerca y, con simpatía, entabla conversación y se ofrece a que nos hagamos fotos junto a él, ante las pirámides. Accedemos y después nos invita a que paseemos por el perímetro de la gran base sin problemas, lo que agradecemos con caramelos y unos bolígrafos, por lo que nos muestra su agradecimiento.

Al retirarnos para obtener mejor perspectiva, aparece en un tercer plano una pirámide más del grupo, la de Micerinos. Igualmente majestuosa y estática pero de menor altura, se alza recortándose en el azul cielo y completa el conocido conjunto monumental. Pequeñas pirámides de personas próximas al faraón, se aprecian en las cercanías de las mayores.

De nuevo suena la voz: “ ¡vamos todos y todas...!” convocándonos para desplazarnos a ver la Esfinge, mucho más majestuosa en la realidad que en las imágenes conocidas. Las medidas de la base ascienden a 73 x 20 metros habiendo sido tallada en piedras de dos tipos de diferentes calidades, por ello, al ser mas blanda la de la cabeza, se encuentra más deteriorada.

El cielo se nubla parcialmente, lo que confiere una gran belleza añadida al conjunto monumental. Recorremos varios puntos de vista a lo largo de la gran escultura, guardiana del valle, y visitamos el templo del Valle de Kefrén, así como la zona donde se realizaban las momificaciones, no dando crédito a estar in situ, pareciendo que hemos sido transportados en el tiempo a tan sobrecogedor lugar.

Son múltiples las fotografías que tomamos desde distintos puntos y ángulos, mientras unos pequeños niños se nos acercan, insistentes, vendiéndonos pañuelos, postales, figurillas, etc. esquivando las miradas de los militares que, de verlos, los expulsan de malas maneras para que no molesten a los turistas y por temor a un posible atentado, tal como ocurrió en 1.997 en el templo de la reina Hatshepsut, próximo a Luxor, que produjo 59 muertos y que mermó considerablemente la afluencia de turismo y, en consecuencia, los ingresos económicos del país.

A la vos de ¡ vamos todos y todas...! partimos hacia el hotel y, en el camino, nuestro guía para las pirámides, se despide muy educadamente mientras pasamos por barriadas periféricas con edificaciones sin terminar, ya que es costumbre vender los pisos o casas en los ladrillos, sin enfoscar ni enlucir ni pintar, y cuando los compradores van pudiendo, los van terminando o no en el caso de ser inquilinos, con ello se consigue un bajo precio de coste del inmueble y los hacen asequibles a un mayor número de población que, en otras circunstancias no podrían adquirirlos.

Debido a la pobreza, casi nada se tira si tiene alguna posibilidad de futuro uso, por lo que se suele ver grandes masas de muebles en desuso y otros utensilios, amontonados en las azoteas, lo que también sirve para cobijo de aves y roedores. En el camino también vemos viejas tiendas de animales vivos, con altas jaulas de madera con pavos y gallinas en su interior, y carnicerías que muestran su género, corderos recién sacrificados, colgados de las marquesinas en plena calle.

Ya en el hotel, nos hace ilusión el comer en un restaurante de grandes lámparas de cristal, ricos artesonados policromados espléndidamente restaurados, lujosas cortinas, muebles de marquetería y brillantes suelos de mármoles de colores. La comida está en sintonía con el entorno y es muy buena, tanto en calidad como en presentación, y hasta conseguimos que nos hicieran un buen café spresso después de tantos días sin saborearlo.

Aprovechamos el tener algún tiempo libre para cambiar algo de dinero a moneda local (libras egipcias) en el banco abierto 24 horas dentro del mismo hotel, y para pasar la memoria de la maquina de fotos a cd , como seguridad, en una tienda de la galería comercial situada en la planta baja.

Al oscurecer salimos para hacer una visita general de la ciudad en autobús, parando para ver el gran monumento erigido para señalar y recordar la muerte en atentado, mientras presidía un desfile militar, de Mubara, continuando hasta la zona medieval de Khan El Khalili, bajando en la puerta de una mezquita que con las puertas abiertas, lucía un suelo armónicamente alfombrado con colores predominantes como el rojo y el marrón y, colgando de sus bóvedas, cientos de relucientes y brillantes lámparas de cristal. Los fieles oraban en el interior.

Khan el Khalili es un inmenso zoco de estrechas calles, miles de pequeñas tiendas atestadas de mercancías multicolores, zapatillas, pañuelos, pipas de cristal, especias, etc. se sitúan unas junto a otras y miles de personas fluyen por las angostas calles, entre los gritos de los vendedores y los de aviso por llevar pesadas mercancías. Parece imposible el acceder o el trasladarse en tal aglomeración, el asedio de los vendedores de todo tipo de cosas entre miles de luces sobre nuestras cabezas , sin embargo todo fluye armónicamente y, además de todo ello, se encuentran instalados veladores de forja y mármol, en las puertas de los cafés, en plena calle, con sus correspondientes sillas, casi unas encima de otras y donde parece que es imposible hasta respirar.

El acoso por vender cualquier cosa prosigue, mientras ocupamos varias de las mesas de uno de los cafés, entre las que aún caben unas pipas de agua, fabricadas en cristal, muy decoradas con motivos florales, sobre las que guardan equilibrio las brasas, que ponen a menudo, y sobre las que sitúan un recipiente por el que se expone el tabaco al fuego, y cuyo humo es conducido hasta un depósito inferior que contiene agua, a través de la cual, el humo circula tomando humedad y suavizándose, llegando por una larga goma hasta el fumador.

También queda espacio para situarnos una mesa auxiliar, con tapa circular de bronce repujado, sobre la que pronto nos sirven casi una docena de viejas teteras, desconchadas, unas blancas, otras rojizas, algunas decoradas con pinturas, algunas con alambres sujetando las tapaderas, en su interior un oloroso té esperaba en maceración. Sobre la mesa, unos vasos llenos de ramas de hierbabuena y unos cuencos con azúcar, completan el espacio de la pequeña mesa.

Como por milagro, una gran paz se sentía en aquel café y empezamos a gozar contemplando el entorno desde nuestra posición, todo lo que acontecía a nuestro alrededor, sin sentir la estrechez ni el agobio. Era una fantasía lo que contemplaban nuestros ojos, niños con grandes jaulas llenas de panes recién hechos, personas portando en sus manos animales para vender, vendedores de juguetes que se empujaban con otros de joyas o relojes, tal vez de collares, o amuletos, zapatillas o pañuelos.

Nuestra posición pasiva nos permitía empaparnos de tanta vida, color y luz, sin interferir en ello, sintiéndonos como en una burbuja relajante que nos aislaba de tan frenética actividad.

Como si todo fuera normal, vertimos el té sobre las ramas de hierbabuena y azúcar que contenían las vasos, y saboreamos el perfumado líquido, sorbo a sorbo, deleitándonos en el momento que vivíamos, mientras otros fumaban el aromático tabaco con sabores a frutas, y cuyo humo aportaba un dulzón olor al entorno.

Nos levantamos del café El Fishawy, el café de los espejos, miramos hacia su interior para admirar los numerosos espejos, enmarcados en tallados marcos de madera obscura y vieja, y nos llevamos la imagen en nuestras mentes para no olvidar aquel inigualable lugar.

Seguimos caminando por las angostas y concurridas calles, mirando a uno y otro lado, admirando el colorido y la variedad de las mercancías expuestas.

Ya en el autobús, nos dirigimos hasta un local donde, además de cenar, contemplaríamos bailes típicos. En la entrada, una mujer con pañuelo en la cabeza yace sentada ante un horno artesano. Con sus manos amasa una pequeña torta que introduce en el caliente horno para, en unos instantes, sacarla dorada, crujiente y apetecible, es el pan sin levadura, ácimo, que es consumido en todo el mundo árabe, y que nos sirven recién echo en la cena. Los entrantes están compuestos por ensaladas de varios tipos y sopas diversas. Seguidamente carnes al carbón con guarnición de verduras cocinadas y arroz.

La exhibición acompaña a los postres, iniciándose con un grupo provistos de tambores y panderetas que, al son de alegres músicas, hacen las delicias de los asistentes. Les siguen los bailes, acompañados de unos pequeños platillos metálicos que tintinean entre los dedos de los bailarines que dan paso al baile de Los Derviches, con trajes multicolores que se levantan al son de los giros continuados, hasta alcanzar posiciones más altas de la cabeza del bailarín.

Los giros y los sonidos de tambores, se prolongan durante más de 30 minutos, pareciendo imposible que una persona pudiera seguir guardando el equilibrio y tener tanto dominio de sus movimientos. A continuación actúa la bailarina con la danza del vientre, que es muy aplaudida por su actuación y por las bromas con el público.

Cansados por el ajetreado día y por la avanzada hora de la noche, marchamos hacia el hotel pasando con el autobús por iluminadas calles llenas de tiendas y de gentes, por plazas muy concurridas, llenas de vida.

Impresionante fue la visita al exterior de la Ciudad de los Vivos y los Muertos, de gran extensión, con calles obscuras y estrechas, algunas iluminadas con algunas luces tenues procedentes de pequeñas bombillas muy distanciadas, aparentando ser un ciudad de chabolas hechas de cualquier material y, así es, pero compartiendo las edificaciones del cementerio, a las que se les anexionan los precarios cobertizos descritos, conviviendo así entre tumbas y viviendo día y noche con la vida y la muerte.