Descubriendo la cultura egipcia
Día 6
El siguiente día queremos dedicarlo para visitar el famoso Museo Egipcio de El Cairo para lo que, tras el abundante desayuno, acordamos ir caminando.
La temperatura es bastante más baja que en días anteriores, y la niebla da un toque misterioso a los contornos de los edificios de la ciudad.
Para cruzar el brazo del río Nilo que nos separa del barrio donde se encuentra el Museo Egipcio de El Cairo, accedemos a un puente elevado por unas escaleras metálicas que nos conducen a una avenida que necesitamos cruzar, lo cual parece una tarea fácil, pero no es así. Los pasos de cebra no se suelen usar ni respetar, los semáforos están para iluminar, pues no se tienen en cuenta, los coches no se paran cuando tienen delante un peatón, lo bordean y los coches próximos bordean al que cambió de dirección, tocando el claxon casi constantemente para hacerse notar, constituyendo el sonido un elemento de control, además del visual. Hicimos el intento de cruzar sin éxito, pues nuestros esquemas de comportamiento no son tan fáciles de sustituir. Pensamos que un grupo de personas juntas harían más masa y sería más fácil, esperamos a los demás pero, viendo los resultados, empezamos a vociferar para llamar la atención de alguno de los muchos militares que patrullan por todos los lugares. Nos comentaron que algunos se limitaban a reír asombrados por el comportamiento de los extranjeros.
Con alguna ayuda y mucha decisión, conseguimos nuestras intenciones y aparecimos en las inmediaciones del edificio de color rosa que alberga el Museo Egipcio de El Cairo.
Las calles son un hervidero de personas que circulan en todos los sentidos. Cientos de tenderetes presentan sus mejores mercancías y todo el conjunto causa fascinación mientras, a nuestro paso, vendedores ambulantes intentan colocarnos los más diversos géneros.
Accedemos a los jardines del Museo Egipcio de El Cairo reuniéndonos alrededor de una lámina de agua donde lucen erguidos verdes tallos de la flor de loto, como preludio del rico contenido del famoso museo.
El idioma hace difícil comprender las indicaciones pero, al final, conseguimos las entradas y nos obligaron a dejar depositadas todas las cámaras fotográficas.
Antes de contemplar los vestigios físicos que contiene el Museo Egipcio de El Cairo, recordamos que los egipcios, ya en el siglo IV aC., tenían consolidada una organización social encabezada por el faraón, como mediador entre los hombre y Dios, y encargado del control de las crecidas del Nilo y, en consecuencia, de las cosechas que constituían la base de la vida del pueblo, así como también era el responsable de la seguridad del estado frente a posibles invasores, jerarquizando el ejército y a los políticos encargados de la custodia de las leyes y orden. Ya, 700 años aC. Herodoto visitó Egipto y trajo a occidente el actual y vigente, Derecho Romano. Así mismo, inventaron y pusieron en práctica, el derecho fiscal, y también fueron pioneros en el trabajar con la medicina, la astrología y las matemáticas.
La decadencia de este imperio se inició con Teodosio que, en el siglo VI dC. prohibió el culto en todos los templos paganos lo que, junto a la persecución de la religión egipcia y sus dioses por parte de los cristianos, y posteriormente por el Islam, hizo inevitable la decadencia extrema. En el ocaso del esplendor egipcio, los griegos fueron a recoger sabiduría de los templos de las orillas del Nilo, constituyéndose la base cultural de occidente, lo que nos identifica como la continuidad de esta antigua civilización. El estudio metódico de esta civilización (Egiptología) se inició en la época de Napoleón (1.798) y, con los datos obtenidos por las embajadas de estudiosos y las reproducciones de la Piedra Roseta, Champollión descifra los jeroglíficos en 1.822, abriéndose el camino a grandes descubrimientos a lo largo de la historia.
El Museo Egipcio de El Cairo está organizado por periodos, y cada pieza causa admiración por su antigüedad y valor histórico. Hay mucho público y las piezas más conocidas son de difícil acceso. En general, el aspecto y la situación de todos los tesoros dan la sensación de almacenamiento, mas que de exposición. Las etiquetas están en papel de color marrón por el paso del tiempo, y muchas solo están escritas en árabe. Las vitrinas, bastantes antiguas, almacenan piezas valiosísimas unas pegadas a las otras, sin espacio ni separaciones. Sería deseable un museo 10 veces más extenso para albergar tantos tesoros y que se mostraran dignamente.
Impresionante es la sala dedicada a Tutankhamon , iluminada tenuemente, y con fondo negro, realza los preciosos tesoros de esta tumba y resalta la valiosa máscara de oro policromado de 11 Kg. de peso.
Todo el recinto está lleno de joyas arqueológicas que necesitarían mucho tiempo para su contemplación, las momias, los sarcófagos, las esfinges, los adornos, los jeroglíficos...interminables.
Tras adquirir en la tienda de recuerdos un cd sobre la historia local, decidimos buscar un restaurante del que nos llegaron buenas referencias, de nombre Falfelá. El día era diferente, hoy una suave llovizna limpia el aire da un matiz distinto a toda la ciudad. Plano en mano, cruzamos las calles con más soltura que en ocasiones anteriores, aparte de que también se tratan de calles más estrechas, ya que son calles secundarias, lo que no implica que no hubiera riesgo ni emoción en tan osada acción.
Sin demasiados problemas encontramos el rótulo del nombre del restaurante, pero se trataba de un pequeño local de comidas para llevar, pero esa no era la información que poseíamos, por lo que preguntamos y lo encontramos a pocos metros. Amplio, bien decorado y con mucho público, nos acogen recibiéndonos amablemente y orientándonos para que la estancia fuera satisfactoria.
La comida fue servida en un comedor exclusivo para el pequeño grupo, en unas robustas y rusticas mesas de madera y bancos del mismo material, y estuvo compuesta por sopas, servidas en unas cacerolas de cobre brillantes y que, en realidad, eran guisos, pescados a la plancha y distintos tipos de carnes a la brasa, muy bien especiadas, y unos postres muy elaborados y con mucho sabor, predominando los sabores a leche y yogur. El café turco y el té cerraron el agradable almuerzo, propicio para estrechar amistades al amparo de buen sabor de la cocina egipcia.
Para pasar la tarde-noche quedamos citados en la entrada de la zona del mercado de Khan el Khalili para recorrer nuevamente sus calles llenas de tiendas, vendedores, mercancías y una multitud de personas comprando. En esta ocasión descubrimos nuevas calles donde adquirimos algunos recuerdos y nos empapamos de la vitalidad de aquellas gentes, de los olores a especias, a te, a café, a tabaco aromatizado, del colorido y del bullicio ambiente que envolvía todo nuestro entorno.
Agotados de tanta actividad, discutimos con varios taxistas el precio del trayecto hasta nuestro hotel, observando que era bastante superior al del mismo trayecto en sentido contrario, descubriendo que el precio se fija en función del lugar en el que se toma el taxi, dependiendo de la categoría de la zona, el precio será mayor. Una vez concretado los honorarios, circulamos deprisa, tocando el claxon del viejo coche casi constantemente, lleno de polvo, con el volante amarrado con unas cuerdas y con los asientos “ventilados” y móviles.



