Home » Egipto » Descubriendo la cultura egipcia - Lago Nasser y Pueblo Nubio

Descubriendo la cultura egipcia

Excursión Desierto Nubio - Descubriendo la cultura egipcia
Lago Nasser - Descubriendo la cultura egipcia
Pueblo Nubio - Descubriendo la cultura egipcia

Día 2

En el primer instante del amanecer, nos requieren para visitar en Edfú el templo dedicado al dios Horus, igualmente grandioso y con grandes esculturas a las que no nos resistimos fotografiar situándonos junto a ellas para referenciar su tamaño y el material en el que fueron esculpidas (granito).

En este templo, la conservación es perfecta, apreciándose incluso la policromía original, y los cartuchos y escenas son de extrema claridad, enturbiada solamente por las zonas picadas por otras religiones que se ensañaron especialmente con los rostros y las divinidades.

El gran barco hace una parada en Kom Ombo para visitar el templo dedicado a los dioses Sobek y Haroeris. Mas modesto que los anteriores, se encuentran decorados con enigmáticos jeroglíficos y poseen robustas columnas para soportar pesados techos de piedra.

Cuando descendimos a tierra, nos recibió un enjambre de coches de caballos (calesas), en los que, entre gritos y discusiones entre los cocheros y con los guías, y entre la confusión, nos fueron situando en las calesas que se encontraban como entrelazadas las unas con las otras en una maraña de la que parecía imposible salir. Entre voces y carreras empezaron a circular como en un frenético recorrido hacia el templo. Nuestras manos se aferraron a algún hierro del coche y, como si de un milagro se tratara, llegamos sanos y salvos a las puertas del templo, rodeadas de innumerables tenderetes multicolores que pretendían vendérnoslo todo, quisiéramos o no.

Igualmente de insistentes eran los vendedores que se aproximaron al barco en precarias lanchas, y que lanzaban el género hacia nosotros para que les pagáramos introduciendo el dinero en los botes de los carretes fotográficos, y se los lanzáramos a sus barcas.

Tras unas horas de plácida noche, nos desplazamos en autocar para conocer otra faraónica obra, la presa de Aswan, realizada con tecnología y mano de obra rusa y que constituye un elemento fundamental para la producción de energía y para el almacenamiento de una inmensa cantidad de agua en el mayor lago artificial, que es el lago Nasser con sus 540 Km. de longitud, y cuyas compuertas regulan las crecidas del río Nilo que tanta fertilidad suministraron a todo Egipto.

Por motivo de seguridad, toda la presa y sus alrededores están “tomados” por el ejercito que intimidan al verlos con las metralletas en mano, o apareciendo bajo las chaquetas de algunos de paisano.

Posteriormente nos dirigimos a una cantera de granito donde se puede ver un gran obelisco inacabado y que nunca abandonó su lecho, no se sabe muy bien porqué, tal vez se rompió antes de ser trasladado, pero no deja de ser impresionante por su tamaño y la fineza de su talla.

Tras un abundante y especial almuerzo en la cubierta, en la que instalaron una barbacoa que invadió de buenos olores todo el entorno, a carbón y a carnes ricamente especiadas, nos trasladamos a una motora que se deslizó por el Nilo entre grandes rocas graníticas, zonas de abundante vegetación y otras de homogéneas dunas que nos recordaban que pasábamos por pleno desierto. El extraño paisaje nos absorbía y nos tenían que llamar la atención para que tomáramos frutas de una gran cesta que nos obsequiaron situándola en el centro de la embarcación.

En el río observamos pequeños puntos obscuros que, al aproximarnos, identificamos como niños nadando o en cajas con forma de barcas que, incomprensiblemente, se aproximaban a nuestra motora, asaltándola en marcha y quedando enganchados a los neumáticos laterales de la embarcación y con voz alegre y ante nuestro asombro, cantaban desafinados: Poron pon pón...

Sin salir del asombro, se les dio algunos euros y caramelos, y así se desprendieron de la motora mientras nos ofrecían las mejores de sus sonrisas.

Al atardecer pasamos junto al hotel en cuyo café escribió Agata Cristi su famosa obra “Muerte en el Nilo”. ¡Todo es historia!

Llegamos a nuestro punto de destino. La motora se aproxima lo máximo posible a la orilla y, para salvar los 4 o 5 metros que nos separan de la tierra firme, se coloca una estrecha tabla con algunos travesaños para que, haciendo equilibrio, llegásemos sin mojarnos. Para ayudarnos a no caer, un hombre en la motora se apoya en el hombro un largo rollizo y que sustenta otro hombre en tierra, creándose una improvisada baranda por la que deslizamos nuestras manos, dándonos seguridad en el descenso.

Nos reciben, como siempre, cientos de vendedores que nos quieren vender desde estatuillas hasta cocodrilos embalsamados, a toda costa. Los esquivamos mientras hacíamos un gran esfuerzo para subir la gran duna hasta un punto donde había un buen rebaño de camellos esperando, entre los gritos y discusiones de sus cuidadores con los guías, los posibles clientes para trasladarse hasta un pueblo Nubio, para conocer sus costumbres y hábitos.

Algunos optan por rodear la gran duna por agua, con la motora, y encontrarse con los jinetes en una casa determinada del poblado.

A la vivienda se accede por un patio de entrada, en él nos reciben ofreciéndonos diferentes bebidas locales, frías y calientes, y otras multinacionales.

Son muy amables, nos ofrecen asiento y queso con miel de elaboración propia, mientras contemplamos un recipiente con varias crías de cocodrilos que después nos dejan tocar y coger con cuidado, (tienen afilados dientes, mucho nervio y mal carácter), y con los que nos hacemos algunas fotos.

A las mujeres nubias, les llamó mucho la atención las joyas, interesándose por las pulseras y los anillos de tan distinto diseño. Amablemente, una de ellas, se ofreció a dibujarnos unos tatuajes (gena, especie de tinta china hábilmente usada con una punta de madera)que suelen durar unas tres semanas sin borrarse. Con gran habilidad dibujó diferentes motivos a todo el que se lo requirió, entre los que había escorpiones, cobras o pulseras y brazaletes florales, y también los nombres personales escritos en árabe.

A continuación nos ofrecen visitar su casa, compuesta por habitaciones techadas con grandes bóvedas de las que cuelgan recipientes, tal vez de adorno o como despensa inaccesibles a los animales. La cocina es pequeña y los dormitorios muy precarios. A pocos metros, curioseando, encontramos otra parte de la vivienda con habitaciones con solerías de terrazo, enfoscadas, pintadas y con un gran “mamotreto” de aire acondicionado aún sin desembalar. ¡Ah! Y una gran antena parabólica en la azotea.

También visitamos la escuela local, haciendo el camino paseando por la aldea, llena de niñas y niños preciosos, con grandes ojos y bellas facciones y con unas caras de agradecimiento y alegría difíciles de olvidar cuando se les regalaba algunos bolígrafos o bolsitas de caramelos.

En el camino, algunos puestos de especies nos deslumbran con sus ricos coloridos y olores. Nos interesamos por la utilidad de una cantarera de madera, con tres grandes cantaras de barro que observamos en la calle (o mejor, campo) y nos explican que se trata de agua para beber, para lo que, amarado con una larga cadena, un jarrillo de lata sirve de vaso común para los viandantes. Un grupo de mujeres seleccionan hierba buena sentadas en la calle. La escuela es un edificio de una planta, con un alto minarete, un gran patio y clases pequeñas.

Como recibimiento nos sientan en una de las clases y una bella y enérgica profesoras nos da una lección sobre el alfabeto Nubio, vara en mano y repetitivo soniquete. El humor se hace contagioso y pasamos unos momentos muy agradables riendo con las ocurrencias de los adultos pidiendo ir al servicio nada mas empezar la clase, mochila en hombro, y los castigos cara a la pared por no saberse la lección. Nos agradecen mucho la entrega de material escolar para la escuela y la profe posa con nosotros para hacerse algunas fotos para recordar aquellos momentos.

Cansados, ya de noche a las 17,30, regresamos en la motora deslizándose lentamente entre falucas de blancas velas y las luces de las edificaciones próximas, bordeando el extraño aspecto granítico de la isla Elefantina, hacia nuestro barco para prepararnos para la cena de gala anunciada como despedida de este crucero.

Sólo nos da tiempo de una ligera ducha y vestirnos con lucida ropa, mucha de ellas de diseño local ricamente adornadas, y la cena empieza. Servida con la amabilidad habitual, se nos completa con carnes a la barbacoa y grandes pescados al horno.

Un espectáculo con la danza del vientre y el baile de los derviches, nos amenizan la velada que se acaba con la admiración y sorpresa al ver las esculturas realizadas con las colchas y las toallas, en nuestros camarotes.

El transcurrir de nuestro barco a lo largo del río Nilo ha sido, en estos días, lento y relajado, dándonos la oportunidad de contemplar es sus orillas, pequeños poblados, animales, palmerales, algunas barcas pescando con artes tradicionales, y alguna que otra faluca dibujando su forma sobre el rojizo sol del atardecer.

Las noches son propicias para admirar el blanquecino cielo desde la cubierta, echados en las tumbonas hasta que, el pensamiento en la hora de levantarnos, nos hace razonables y descendemos a los camarotes, no para descansar, sino para hacer los equipajes para partir a las pocas horas. Quedamos admirados al abrir las puertas de nuestro camarote y contemplar las esculturas realizadas con las colchas y toallas : cisnes, cobras, flor de loto, etc. adornadas con nuestras gafas y algún que otro pañuelo. Una cesta con frutas variadas y dátiles nos tentaba desde la mesa del escritorio y una de las camas estaba adornada con el año nuevo realizado con pétalos de rosas.

Nuestro agradecimiento se hizo manifiesto mediante la entrega de unos bolígrafos, caramelos y algunas monedas a los responsables de los camarotes, que tan gratamente nos sorprendieron.