Descubriendo la cultura egipcia
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Día 7
Al día siguiente, tras el desayuno, partimos en taxis, previo regateo del importe, dirección hacia La Ciudadela, en cuya puerta de acceso esperamos al resto del grupo y, una vez juntos, adquirimos las entradas para el acceso al recinto.
El aspecto de La Ciudadela es bastante cuidado, así como sus jardines y la limpieza, por lo que no tiene demasiado parecido al resto de la ciudad, está situada en una zona alta y se encuentra amurallada, albergando mezquitas, museo, miradores y la famosa Mezquita de Alabastro que constituye una sobria construcción con esbeltos minaretes y preciosas bóvedas.
En el interior de esta mezquita resaltan las contrastantes ondulaciones del alabastro que recubre todo, el suelo totalmente alfombrado predominando el color rojo, las altas cúpulas ricamente decoradas y las enormes lámparas concéntricas que nos recuerdan el interior de la de Santa Sofía en Estambul.
Con los zapatos en unas bolsas, y sintiendo el frío en nuestros pies del mármol situado bajo las alfombras, recorremos la gran mezquita, su altar, sus capillas y su púlpito al que se accede por una suntuosa escalera recubierta de rojizas alfombras y con artística balaustrada dorada.
En un patio interior, se puede contemplar la restauración de un reloj que nunca funcionó, regalo de Francia a Egipto por la sesión de piezas arqueológicas de gran valor.
Ya en el exterior se puede contemplar una espléndida vista de la gran ciudad y, en la lejanía entre la bruma, la silueta de las pirámides, símbolo de una civilización. Recorriendo La Ciudadela visitamos un museo de armas, con aviones y mísiles incluidos expuestos en un recinto al aire libre próximo al edificio. A pesar de las diferencias referentes a limpieza y organización, los servicios están albergados en una edificación, aún sin terminar, y que para llegar a ellos es necesario hacerlo con linternas o mecheros encendidos, y salir lo antes posible debido al fortísimo e insoportable olor. También visitamos otras pequeñas mezquitas, muy cuidadas y todas abiertas al culto.
El regreso al hotel lo hacemos, tras el rito del regateo, en taxi, igualmente sucio, sin instrumento alguno funcionando y pareciendo un milagro el que aquello funcionara.
En el hotel recorremos diversos salones, todos palaciegos, con techos de maderas policromados o dorados, espléndidos candelabros y lámparas, así como suelos de brillantes mármoles haciendo geométricos dibujos, muebles de época y tapizados de paredes y cortinas a juego. En uno de estos salones, se encuentra uno de los restaurantes, en el que decidimos almorzar, pasando la sobremesa en una confitería donde tomamos café y pasteles locales, situada en una de las galerías del hotel.
Hasta las 6 de la tarde, nos permitimos un descanso en nuestra habitación, para después salir andando para conocer el entorno próximo al hotel, no sin antes abonar las deudas contraídas durante la estancia, para lo que tenemos que cambiar a moneda local (libras egipcias) en el banco, abierto las 24 horas y situado dentro del hotel.
A pocos metros del recinto ocupado por el hotel Marriott, comienza una avenida repleta de tiendas en ambas aceras, no son comercios turísticos, sino locales y habituales para los residentes, contemplándose la venta de aves vivas, pollos, pavos, palomas, etc. en unas altas, artísticas y viejas jaulas.
En otros comercios se presentaban filas de recién sacrificados corderos, colgados en las fachadas como si de una macabra exposición se tratase.
Las tiendas se sucedían las unas a las otras, y las calles transversales seguían presentándose llenas de joyerías, librerías, bares, comestibles, fruterías con cestas llenas de grandes y apetecibles dátiles rojos, así como alguna mezquita, a la que sólo se puede acceder por puertas y a partes distintas, para los hombres y mujeres.
En un comercio, encontramos sustitutas a nuestras maltratadas maletas, y adquirimos dos de gran tamaño y que, no de muy buena gana, nos cobraron en euros. En una joyería compramos recuerdos propios del país y, en una tienda especializada en antigüedades de una de las calles transversales a la avenida, unos bonitos papiros pintados a mano y firmados por sus autores, para regalar, y nos obsequian con ¡agendas magnéticas!
Muy relajante resulta el paseo por las calles y tiendas que se encuentran fuera del circuito turístico, pues se aprecia la diferencia en los géneros y en sus precios, así como la ausencia de los vendedores ambulantes y del acoso constante, pudiéndose pasear y contemplar el verdadero ambiente local.
La temperatura es agradable y en el claro cielo, luce una luminosa luna y cientos de brillantes estrellas que nos acompañan hasta que, de vuelta, recogemos las maletas adquiridas en nuestro regreso al hotel para pasar la última noche en Egipto.
Al entrar pasamos nuevamente por el escáner y nos revisan las nuevas adquisiciones.
Esta noche tenemos previsto cenar en un restaurante, en el interior del hotel, bajo una gran jaima decorada al gusto local, y en cuya entrada hay instalada una barbacoa que propaga exquisitos olores producidos por la preparación de los kebak y otras carnes.
El interior del recinto está iluminado por guirnaldas de luces, y el color rojo predomina en el ambiente. Sobre un escenario, una pareja de cantantes entonan canciones árabes para amenizar la velada.
Con la sensación de estar en una gran tienda alfombrada en el desierto, nos acomodamos y pedimos la cena y, al poco tiempo, nos sirven los platos pedidos, entre los que destacan grandes bandejas con frutas variadas, peladas y puestas artísticamente, otras portan vistosas ensaladas en las que se juega con la colocación de los ingredientes por sus colores, bonitos tazones con calientes sopas y platos con kebab de cordero acompañados de arroz y ensaladas.
A los postres, por sorpresa, se improvisa una tarta con velas y se le celebra el cumpleaños a la menor del grupo que, sorprendida, recibe los regalos y apaga la vela entre canciones egipcias, platos multicolores en la bruma del rojizo color dominante bajo la carpa, probablemente un cumpleaños tan inolvidable como la noche fin de año.
Pasó el tiempo y nos fuimos retirando, dejando detrás nuestros sillones de mimbre, los cantantes, la gran carpa...
La luna desde su posición más alta y el entorno que nos rodea, parecen querer impedir que nuestro sueño se acabe en esta última noche en Egipto, despertando a la realidad, pero no se nos borraran las sensaciones vividas, los olores, la paz del deslizarse sobre las tranquilas aguas del Nilo, las aglomeraciones, los colores del cielo, la arena, los espectáculos, las vibraciones percibidas en las colosales obras, las emociones, sus gentes, sus gestos, sus miradas...ninguna de las vivencias.
Así sentí Egipto.

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