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San Francisco, California

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Fecha del viaje : 
12 de Abr de 2007 - 13 de Abr de 2007
Parque - San Francisco, California
Arbol gigante - San Francisco, California
Russian Hill - San Francisco, California

Sábado 12 de abril - San Francisco, California

Nos fuimos al congreso pero llegamos demasiado pronto y decidimos desayunar en una tetería cercana, dentro de los Yerba Buena Gardens (está lleno de nombres hispanos).

Cuando entramos, pregunté a los de recepción si había más visitantes de Europa y me confirmaron que sí. Efectivamente, esa tarde comprobamos que había venido un tipo hasta de Moscú. Que digo yo… qué ganas ¿no? Espero que hiciera como nosotros y aprovechara para quedarse unos días más.

El programa del congreso prometía bastante aunque de esto nunca hay que fiarse. No todos los que hablan de informática (o software libre) saben hablar bien. En ocasiones, ni siquiera titulan bien sus charlas y fomentan las decepciones (le pasó a Joe cuando fue a una de Power Management pero tenía que intentarlo).

Como casi todo lo patrocinaba Google, había puffs para medio tirarse y relajarse (ya sabéis, mandando mensajes subliminales). También patrocinaba Dice, una especie de tecnoempleo.com de allí, que te daba cerveza gratis si rellenabas un bonito formulario (por cierto, edad mínima para el alcohol: 21). Había puestos de O’Reilly, OpenSolaris, relacionados con OLPC, OpenSuse, EFF y unos cuantos más que no me sonaban mucho.

En esta foto, Angela espera el comienzo de una charla mientras se dispone a escribir en su diario web con uno de los ASUS eeePC (quisimos comprobar que funcionaba, fundamentalmente).

Asistí a varias charlas, todas muy interesantes. La de Ian Murdock sobre OpenSolaris (es el Ian de Debian) fue excelente. Hubo otra sobresaliente sobre interfaces de usuario en software libre a cargo de un tipo de Mozilla. Otra chula versó sobre los diferentes sistemas de empaquetamiento de software (RPM, DEB, etc). También nos gustó “Women in Open Source” de una mujer comprometida con que dejara de llamar la atención ser mujer en el sector informático y, concretamente, en FOSS. Desconozco el número de asistentes pero había siempre tres conferencias a la vez y gente por los stands así que supongo que los organizadores (y patrocinadores) estaban contentos.

Puesto que iba a escuchar y no tanto a hablar, no hice proselitismo ni de la empresa en donde estoy ni a qué me dedicaba aunque alguno hubo que preguntó y siempre salían conversaciones interesantes (el hecho de venir de España ayudaba un poco).

Como último acto del día, los organizadores hicieron un programa en vivo con todos nosotros de público. Reconozco que lo hacen muy bien, arrancándonos risotadas cada poco tiempo y siempre en una línea canalla, que es de agradecer y por lo que son el podcast número 1 sobre Linux y Software Libre, tengo entendido. En el concurso para ver quién había llegado desde más lejos, empataron el de Moscú, el de Kiev y el de Sydney (empezaron a calcular millas y lo dejaron por imposible aunque alguien del público gritaba incansable ¡Google Maps! ¡Google Maps!)

Aunque el público era mayoritariamente masculino, vi más mujeres de las que esperaba. Y no como acompañantes. De hecho, las dos representantes de Google eran mujeres.

Como había “party” por la noche (o sea, alcohol pagado por Google), nos retiramos los cuatro a cenar a un restaurante típico americano, según descubrieron nuestros improvisados anfitriones, debido al número tendiendo a infinito de gorras de beisbol sobre cabezas y cuerpos planetarios. Efectivamente, incluso el Fish & Chips parecía pollo a la barbacoa y nuestras hamburguesas no cabían en el plato. Además, en unas pantallas gigantes se podían seguir varios deportes a la vez, en directo o diferido. Taryn y Joe nos aseguraron que según nos alejáramos de San Francisco veríamos más y más sitios de este tipo.

Volvimos para la fiesta y resultó muy agradable. No lo he comentado antes pero hemos tenido mucha suerte con el tiempo estos días, superando fácilmente los 20 grados todos los días. Así, en una terraza, con unas cervezas californianas en la mano y escuchando conversaciones geeks a más no poder (por ejemplo, Miguel de Icaza a nuestras espaldas hablando de la tecnología Moonlight). De nuevo se presentaron algunos de los organizadores para agradecernos la visita y contarnos sus experiencias (inglesas) en San Francisco.

Tras agotar los vales de Google nos fuimos a buscar un café donde tomar algún postre (Taryn y Angela se mostraban muy entusiasmadas) pero era tan tarde, las 12 un sábado (sic), que al final nos rendimos.

Domingo 13 de abril - San Francisco, California

Viendo el programa, preferimos aprovechar la compañía de Taryn y Joe y nos condujeron a un parque pasado el Golden Gate llamado Muir Woods, que no se pronuncia Muuuiiir, sino Miiiuuur. Dicha esta tontería, lo importante es que se trataba de un pequeño bosque autóctono de árboles coníferos, del tipo secuoya. Al ser domingo, estaba lleno de gente pero una vez te adentrabas en alguno de los muchos recorridos posibles, desaparecían rápidamente de la vista.

Como hacía bueno, disfrutamos muchísimo del largo paseo subiendo y bajando (igualito que en la ciudad, claro) e hicimos muchas fotos. Salvo por los árboles, claramente californianos, el resto se parecía mucho a lo que podríamos encontrar en Gredos y, mezclado con el olor cercano del océano pacífico, nos acercaba a la costa mediterránea. Sólo cuando recordábamos que estábamos a miles de kilómetros lejos de casa volvíamos la mirada extrañados al paisaje anormalmente familiar.

Después de un buen paseo procede una buena comida y así fue. En Sausalito la disfrutamos justo al lado del café que nos había recomendado el agradable lugareño unos días antes. Angela se atrevió con la supuesta hamburguesa de búfalo orgánico (todo muy orgánico últimamente en San Francisco, al parecer) y le pareció que la carne estaba muy tierna y sabrosa (por cierto, me está entrando hambre ahora sólo de imaginarlo).

Finalmente llegó el triste momento de despedirnos cuando nos dejaron en el hotel. Les conocemos sólo de dos congresos pero son encantadores, generosos con su tiempo y con una conversación muy interesante.

Tras decirnos adiós, nos quedamos en el hotel un momento y después fuimos a una librería de la cadena Borders en donde Angela lo compró todo. No sólo eso, sino que además, durante el tiempo que yo estuve buscando algo de Dilbert, un italiano se le acercó e intentó ligar con ella. Con nulo éxito claro pero luego me reclamó entre risas socarronas que tenía que estar más tiempo a su lado para evitar esos incidentes, jum. También estuvimos dando vueltas por algunas tiendas más, intentando sin éxito encontrar algún encargo.

Finalmente, cenamos en un sitio mítico de Union Square, el Sears, fundado por un payaso de circo hace muchos años. Me gustaron mucho los carteles enmarcados en las paredes. La temática era común: reclutamiento de voluntarios durante la Segunda Guerra Mundial. Marineros despidiéndose de mujeres-azafatas y ese tipo de cosas. No era muy específico de este restaurante (los locales en San Francisco gustan de desplegar anuncios publicitarios con aire retro) pero pareció una buena colección. En la carta de menú del restautante tienen un espacio en donde te cuentan la historia del restautante y cómo los empleados que alguna vez lo han sido de él sienten un orgullo especial. Pensé que era la típica parrafada marketiniana pero justo esa noche entró una anciana de origen asiático que volvía, tras más de diez años, al restaurante en donde había trabajado. Ni que decir tiene que todos los empleados cedieron parte de su tiempo para charlar con ella y no le permitieron pagar la cuenta, agradeciendo su visita y haciéndole prometer que vendría más veces. Quién sabe, quizá fue por eso que esa noche el servicio fue un tanto mediocre, ignorándonos como si fuéramos invisibles. De todas formas, la calidad del servicio no es algo que nos llevaremos como positivo de San Francisco. Es lento, se confunde, se olvida de cosas y te obliga a dejar propina. Mala combinación, me parece a mí.