Me fui a leer una novela a El Cairo
El título de esta entrada, tan literario, podría haber sido su primera línea. Si, además, fuese cierto y si esto fuera otra novela y no una entrada de un modesto blog. Porque la verdad es que sólo pospuse su lectura hasta encontrarme en la ciudad en la que se desarrolla, lo que sabía que más tarde o más temprano ocurriría. Casi dos años. Las referencias que había acumulado me insistían en que no me defraudaría y que merecería la pena la espera. Y así fue.
Lo mismo hice hace muchos años con otra novela y la misma ciudad. En aquella ocasión fue El callejón de los milagros de Naguib Mahfuz, que leí en pleno Khan el Khalili, en el balcón del Hotel Hussein, escuchando los sonidos naturales que faltaban al texto. Una guía turística indica el callejón exacto donde se desarrollaba la tremenda novela, pero yo creo que se lo han inventado. Callejones como ese hay miles en El Cairo islámico y nunca escuché que el propio Mahfuz lo señalara. Habrían puesto un café y una tienda de suvenirs en menos que canta un almuédano. La película (1995), magnífica también, mexicana y traspasada a México, de Jorge Fons, me descubrió la enorme belleza de Salma Hayek, en su primer papel importante en la gran pantalla, antes de que se convirtiera en la estrella internacional que es hoy día. Su imagen peinándose sensualmente el húmedo cabello sentada en el borde de una ventana me persiguió inquietantemente durante muchos días.
El edificio Yacobián de Alaa Al Aswany se desarrolla por el contrario en el down town de El Cairo, en la zona del ensanche europeísta, en un edificio real y en unas calles, cafés, bares y cines perfectamente localizables. Y en 1991. Así que lo suyo fue alojarnos lo más cerca posible de él. En el hotel Windsor de la calle El Alfy.
La novela es magnífica, de la estirpe de las novelas corales, como la misma El Callejón de los milagros o La colmena de Cela, perfectamente construida y a través de una tensa trama de alto nivel literario nos permite una lectura política y social de un país y una época. El brutal machismo que impregna a las sociedades musulmanas, que por muchos mecanismos importados de las sociedades occidentales con que se doten sus estructuras políticas no alcanzan a liberarse nunca de la opresión de una religión totalizadora que prima absolutamente los deseos salvajes de los hombres sobre los derechos y la dignidad de la mujer. El retrato de la corrupción policial y, sobre todo, política, mediante unos cuantos, pero exactos, trazos contra los que no claman los portavoces oficiales de esa misma religión si no es para crear otras formas de corrupción y de cercenamiento de las libertades mucho más brutales. La indefensión secular de los pobres frente al sistema piramidal de poder, la homosexualidad... Un magnífico fresco en suma de la sociedad cairota actual, una denuncia clara y contundente del fascismo latente en los gobernantes del país, que lo ha colocado en el punto de mira de la represión. El mismo Al Aswany se considera una especie de coartada que usa el gobierno egipcio para demostrar que en el país existe libertad de opinión. Sin embargo fue la película, la de mayor presupuesto de la historia de la cinematografía egipcia la que puso de los nervios a los políticos egipcios que llegaron a debatir en el Parlamento la necesidad de prohibirla, porque una cosa es contar y otra mostrar. Al final, aunque ha sido prohibida en varios países árabes, entre otros, increíblemente, en Túnez, ha podido ser vista en Egipto.
Yo la he saboreado en tres días visitando seguidamente todos los lugares que aparecían en ella. Un ejercicio de debilidad mitomaníaca. Me produjo especial placer sentarme en la misma mesa del café Excelsior en que Zaky Bey y Busayna desayunan tras su paso por comisaría y desde donde se contempla completo el edificio en la acera de enfrente. Fotografíar el logo del edificio (Talaat Harb, 34) del portal y charlar brevemente con el bawab (portero), de galabeya campesina y turbante popular blanco, que me confirmó que la peregrinación de extranjeros que como yo llegaban hasta allí era incesante. Atravesar la plaza Tawfikiya donde pelaban la pava Taha y Busayna, antes de su separación, mirar las carteleras del cine Metro, tomar café en el monstruosamente renovado A l’americaine, cuya esquina de Talaat Harb con 26 de Julio doblaba cada mañana en su mercedes rojo el Hagg Ezzam...
El Hotel Windsor donde nos alojamos es una reliquia del pasado, un hotel de principios del XX que conserva intacto el aire y el mobiliario de la época, aunque dudo de que este último sea original, porque el hotel fue quemado por las turbas revolucionarias anticolonialistas en 1952, unos meses antes del golpe de estado que encumbraría al poder a Náser, como la mayoría de los edificios vinculados a los ingleses. El Windsor logró recuperarse, pero la joya de la corona colonial inglesa, el vecino Shepheard Hotel fue reducido a cenizas. En el restaurante del Windsor donde se servían los desayunos, decorado con muebles de época y grandes cazos de reluciente cobre se conserva en la pared un gran cuadro con el lienzo quemado. Choca contemplar desayunando semejante escombro hasta que se lee la placa de bronce clavada debajo que explica su significado. El hotel conserva un jurásico ascensor que funciona mediante palanca que puede accionar únicamente el ascensorista, habitaciones con mucho sabor de época y, sobre todo el magnífico Barrel Bar, el antiguo Club de Oficiales Británicos, uno de los más hermosos del mundo, con sus mesas y sillas en forma de barriles, las cabezas de antílopes en las paredes, las fotos recordando gloriosas época pasadas y la tamizada luz filtrada por las cortinas. Tanto el hotel como el bar son objeto frecuente de la atención de las cadenas de TV internacionales, de los directores de cine internacionales y de los realizadores de culebrones egipcios.
Aunque no resulta caro para los estándares europeos (55 €) para el nivel egipcio está sobrepreciado. El trato de los empleados es excepcional y la limpieza, para lo que se estila por aquellos pagos, decente, pero por el mismo precio se puede encontrar mucho más confort en otros establecimiento. Eso sí, renunciando al encanto loco que emana el Windsor.
El hotel se alza majestuoso en la calle El Alfy, en su parte no peatonal y cierra el pequeño laberinto de calles que surgen de la calle Saray Ezbekeya, un delicioso entramado abarrotado de restauantes populares y cafés, algunos tan famosos como el dedicado a Um Kulthum, que ostenta en su puerta unos enormes (y espantosos) bustos de yeso pintados de la diva egipcia y en cuyo interior no dejan nunca de sonar sus temas, o su competencia el dedicado al Abd al Halim Hafez. El olor imperante es el del carbón y la miel quemada de los cientos de shishas (narguiles) que borbotean en manos de paisanos absortos en su tarea, leyendo prensa deportiva o jugando apasionadamente a la tawla. En el centro exacto y como punto de referencia perpetuo para no perderse, una presencia extraña, pero que se reveló un buen día deliciosa: el restaurante chino Pekín.
La última parte de la calle Alfy, la más alejada de los jardines de Ezbekiya, ha sido convenientemente peatonalizada y sustenta el mayor número de bares por metro cuadrado de todo Egipto, si no de todo Oriente Medio, lo que la convierte en el centro de la noche canalla cairota. Eso sí, los bares son no aptos para todos los paladares, como corresponde a una actividad permitida pero semiclandestina y pésimamente vista por la sociedad cada vez más islámica egipcia. Oscuros y estrechos y con mobiliario destartalado son frecuentados exclusivamente por tipos estigmatizados por el vicio incapaces de seguir rectamente el mandato islámico de abstinencia de birras o vinazo. Pero a mí siempre me encantó su compañía.






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