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Viaje a Grecia VI

SANTORINI - IOS

Viernes, 24 de octubre de 2003

Amanece tranquilo. Desde el hotel, tal como hicieron a nuestra llegada, nos dejan en el puerto a las nueve de la mañana. Tenemos entendido que a las once en punto parte un ferry para Ios, y es nuestra intención zarpar en él. Junto a nosotros, varios pasajeros más, todos turistas, esperan la salida del barco. Sin embargo, la camarera del restaurante donde hemos decidido desayunar nos advierte de que hasta las tres y media no sale barco alguno hacia ninguna parte. Los otros turistas que esperan a nuestro lado muestran extrañados sus billetes, donde figura las once de la mañana como hora de salida. Sin embargo, la camarera tiene razón: el primer ferry con destino a Ios y Naxos no parte hasta las tres y media. No conseguimos explicarnos cómo se pueden vender billetes para una línea que no existe: ¿incompetencia de las agencias de viaje? ¿cancelaciones por sorpresa? ¿poca seriedad? Lo cierto es que el malentendido nos obliga a esperar más de cinco horas en un puerto sin vida donde no se puede hacer nada excepto aburrirse soberanamente. La de hoy será sin duda una mañana para olvidar.

Por fin, un ferry de la compañía Blue Star hace su entrada en el puerto a la hora anunciada (las tres y media), el mismo que poco tiempo después nos acercará a la esperada Ios.

Sin miedo a resultar exagerado, tengo que decir que Ios termina por convertirse en la sorpresa mayúscula del viaje. En un principio, habíamos elegido este sitio porque nos pillaba de camino a Naxos y porque queríamos apreciar algo más de cerca la vida en las islas. Ios no se trata de una de las grandes atracciones turísticas del Egeo, y por ello esperábamos algo más modesto y limitado. Sin embargo -y sobre todo en esta época del año-, el encanto de su capital, Cora, supera con creces nuestras más generosas expectativas.

Ya nada más tomar tierra, Margarita, la dueña de una pensión situada en el mismo centro de Cora, nos ofrece alojamiento por 8 euros por persona. Desde el primer momento nos parece un precio más que razonable, pero cuál no será nuestra sorpresa cuando descubrimos que su ofrecimiento consiste además en dos habitaciones individuales y una doble, todas con baño. La cosa, desde luego, empieza con buen pie.

Tras dejar los bártulos en las habitaciones, comenzamos sin mayor demora la exploración de la ciudad. Y casi de repente, apenas damos unos pasos, descubrimos el encanto que rezuman aquellas callejuelas estrechas y blancas pobladas de abuelos pacientes, niños inquietos, madres activas y perros aburridos para quienes representamos su mayor distracción. El cuidado de las calles es extremo; hasta las franjas de cemento que unen cada losa del suelo han sido pintadas de blanco. No vemos más extranjeros que nosotros mismos; a nuestro alrededor, la vida fluye como si no existiéramos.

En la plaza principal, los más viejos beben café y ouzo a la puerta de las tabernas; nosotros nos sentamos a su lado y pedimos unos rakis. Como si nos conocieran de toda la vida, enseguida nos hacen alguna observación o nos ofrecen conversación a su manera. No se me ocurre otra palabra mejor que placidez para definir aquellas primeras horas en Ios: nadie parece tener prisa, y conforme la luz del sol va siendo sustituida por la luz de las farolas, habría que añadir otra palabra más: calidez.

Es Cora una ciudad laberíntica, de calles sinuosas que suben y bajan con el encanto propio de los pueblos antiguos. En una taberna, un grupo de militantes del partido socialista discute con gravedad acerca de asuntos supuestamente trascendentes. En las viejas tabernas, fotos antiguas, presumiblemente de familiares ya fallecidos, decoran las paredes. La taberna es un territorio plenamente masculino; las únicas mujeres que las frecuentan son las encargadas de servir las mesas. Pero por la noche el ambiente cambia por completo. Donde antes había ouzos ahora hay gin-tonic; jóvenes de toda clase y condición ocupan las calles, y la tranquilidad del atardecer se transforma en bullicio (moderado, no obstante). En lo alto del pueblo, la iglesia principal, todavía en silencio, parece observar a sus gentes sin querer intervenir en aquel mundo apacible y ordenado: rutinario, dirían algunos; anquilosado, los más inconformistas. Tiene que haber de todo.

IOS

Sábado, 25 de octubre de 2003

El día amanece ligeramente soleado. Las calles, a esas horas y tras una noche presumiblemente agitada, aparecen vacías. Son las ocho y media, y la taberna Ios Blue, la más madrugadora, se prepara para abrir sus puertas. La atmósfera liviana e inigualable de ayer no ha desaparecido en absoluto. Me dirijo hacia la iglesia principal, en lo alto del pueblo. Por las calles empinadas y estrechas se oyen los cantos y las voces de una celebración religiosa retransmitida por televisión que los lugareños escuchan mientras se entregan a sus quehaceres matutinos.

En los exteriores de la ciudad se conservan algunos molinos, ya en completo desuso, algunos gravemente dañados. Desde esta parte se disfruta de una hermosa imagen de la ciudad, coronada por la blanca e inmaculada iglesia principal. Es el blanco el color que domina, el blanco cicládico, apenas punteado por los azules de las cúpulas y las feas antenas de los tejados.

Las mujeres comienzan sus tareas habituales; los hombres, entre tanto, se preparan para tomar posición en tabernas y ouzerías. Los niños, a veces resueltos, a veces callados, disfrutan como cualquier sábado de un día sin escuela. Las calles continúan aún alfombradas por las buganvillas que han caído durante la noche, pero será por poco tiempo; lenta pero inexorablemente, tenderos y comerciantes las acumulan a los lados en pequeños montoncitos antes de abrir sus negocios. Las voces cotidianas de la vida se escapan por las ventanas de las casas y toman posesión de las calles.

Me permito el lujo de continuar mi paseo con absoluta relajación, viendo y oyendo todo lo que alcanzan a percibir mis sentidos, sin recibir a cambio ningún mal gesto, ninguna leve oposición a dejarse fotografiar ni a la presencia insolente de mi cámara. Utilizo el saludo matinal (kalimera) al cruzarme con los vecinos, saludo que siempre me devuelven acompañado de una cortés sonrisa.

Cuando el sol sube y toma posición en lo más alto, la ciudad resplandece.

Me siento en un rincón de la plaza y miro: cruzan niños con libros en sus manos, puede que a recibir clases particulares; los viejos a la puerta de las tabernas no dejan de manosear sus rosarios para entretener los nervios; algún que otro niño pequeño llora al ser reprendido por su madre.... Resulta extraño este mundo sin tiempo donde todos se conocen, como si todo ser resumiera en una palabra: existir.

A mediodía bajamos al puerto. Es un lugar tranquilo, apenas se ven barcos y alguna que otra barcaza descargando. Miramos en diversos restaurantes, pero ninguno tiene pescado fresco. Parece que sólo hubieran abierto por rutina, porque lo hacen todos los días, aunque muchos ya han cerrado hasta el verano próximo.

Finalmente, nos recomiendan uno situado al final de puerto llamado Aphrodite's, donde encontramos algunos comensales más. Efectivamente, el restaurante bien puede calificarse de excelente, sobresaliente diría yo: las raciones son copiosas, abundantes, y la calidad del pulpo, los calamares y el pescado igualmente encomiable. Por si fuera poco, de postre nos ofrecen una amplia bandeja con yogur que entre cuatro hombres hechos y derechos apenas somos capaces de terminar.

Para terminar como se merece este extraordinario día, por la tarde bajo a la playa de Mylopota, apenas a 3 kilómetros de Cora. La playa no es excesivamente buena, su arena es demasiado gruesa y la orilla aparece cubierta por una tupida alfombra de algas. Sin embargo, la temperatura del agua todavía se mantiene tibia, así que el baño resulta lo suficientemente agradable como para justificar la visita. En un extremo, un buzo ha capturado con arpón un par de pulpos y se entretiene golpeándolos frenéticamente contra las rocas.

Un buen lugar para cenar es el Restaurante Vesuvian, donde preparan unas sabrosas pizzas de cosecha propia aderezadas con un exquisito toque local. Como entrante, se puede disfrutar de una sabrosa sopa de lentejas. Los propietarios son unos tipos agradables y el precio igualmente asequible.

Por la noche, el sábado reclama para sí el ritual de bullicio y alcohol común a todas las culturas de occidente. Las terrazas de los bares se llenan, las cervezas hacen su aparición y los jóvenes se apostan en las calles con cierto simulacro de festejo carnal. Los más viejos hace rato que han desaparecido; es el ciclo de la vida, unos se van y otros vienen.

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