Viaje a Grecia V
Martes, 21 de octubre de 2003
Abandonamos Canea con dirección a Heracleo, ciudad desde donde esta misma tarde zarparemos en dirección a Santorini. De camino, hacemos una nueva parada en Rethimo, primero para desayunar y luego para visitar un comercio donde se fabrican y venden instrumentos musicales, en principio con idea de comprar alguno si el precio es asequible. Los instrumentos son creados allí mismo de manera completamente artesanal. El luthier que los hace nos muestra el que está fabricando en este instante y algunos bouzoukis que tiene colgados en la tienda. Además, nos enseña varias liras y otros instrumentos cuyo origen se remonta a la antigüedad clásica. La delicadeza con que toma cada instrumento es realmente exquisita. Pero lamentablemente, dado el trabajo que hay puesto en cada obra, su precio escapa a nuestras posibilidades.
En Rethimo abandonamos la cómoda carretera que bordea la costa para desviarnos hacia el interior, con intención de llegarnos hasta Spili, un tranquilo pueblecito de montaña. Justo a la entrada del mismo, en el borde de la carretera, se asientan numerosos puestos de recuerdos, ya que el lugar es famoso especialmente por su antigua fuente veneciana de 19 caños. Y la mayor parte de los visitantes se quedan allí, sentados en las mesas de cualquiera de los restaurantes que se han abierto alrededor de la fuente. Sin embargo, si se continúa el camino que parte desde la propia fuente hacia la izquierda, es cuando se accede realmente al pueblo, descubriendo un pequeño pero adorable laberinto de calles empinadas y fachadas blancas que conducen desde la carretera a las casas más elevadas. A esas horas, casi el mediodía, nos vamos cruzando con algunos de sus habitantes, quienes se afanan despreocupados en sus tareas cotidianas: a las mismas puertas de su hogar, una mujer aviva el fuego donde presumiblemente cocinará la comida de ese día; en una terraza próxima, alguien está colgando al sol la última colada; una mujer extremadamente mayor sube lenta pero inexorablemente las duras rampas de una calle hasta llegar a la cúspide del pueblo; otra mujer nos invita a trepar hasta lo alto de su terraza para tener mejores vistas. Son momentos como estos los que sin duda alguna permanecerán más tiempo en el recuerdo, con los que probablemente identificaré mi viaje a Grecia.
Continuamos nuestra ruta a través de un paisaje abrupto y montañoso, plagado de curvas y recovecos, pero plácido como pocos. De camino paramos en Mires sólo para comer. Unos platos de Gyros acompañados de una abundante ensalada griega compondrán nuestro menú: es lo que se presta en un momento como éste.
Llegamos a Cnosos a primera hora de la tarde. Se trata del mayor de los palacios minoicos conservados hasta nuestros días. Sin duda alguna, el valor arqueológico del lugar es incalculable. La mitología sitúa aquí el famoso laberinto donde Teseo se enfrentó victorioso al despiadado Minotauro, aunque en la realidad la compleja distribución de las salas diste bastante de constituir un auténtico laberinto. La visita merece la pena con toda seguridad; todavía se conservan suficientes restos para permitir al visitante lego en la materia hacerse una idea de la magnitud que en sus mejores tiempos llegó a tener el palacio. Sin embargo, la reconstrucción llevada a cabo por Evans a comienzos del siglo XX ha podido desvirtuar algunas características propias del edificio, ya que muchas de estas reconstrucciones se llevaron a cabo a partir de simples suposiciones, no suficientemente bien documentadas. Aún así, las habitaciones privadas de los reyes junto con la gran escalera que da acceso a las estancias constituyen algunos de sus más importantes hallazgos.
Debido a nuestra hora de llegada a Santorini (aproximadamente las 12 de la noche) decidimos reservar ya desde Heraclion el alojamiento en Fira, la población principal de la isla. Y seguidamente, tras devolver el coche tal y como nos lo llevamos, nos embarcamos en el Dedalus -un ferry de la compañía Blue Star con bastante menos comodidades que nuestro añorado Festos Palace- con destino a la más sureña de las Cicladas. El viaje es breve, pero ni la tripulación (un empleado con bastante malos modos quiere hacernos pasar todo el camino en cubierta, negándonos el acceso a los salones interiores) ni el restaurante (apenas hay nada apetecible para comer, parecen más bien los sobrantes del resto de la semana) están a la altura de lo que esperábamos. A nuestra llegada, un coche nos viene a recoger al puerto Athinos para trasladarnos directamente al Blue Sky, un atractivo hotel de nueva construcción, con piscina incluida, donde pasaremos la noche por 25 módicos euros la habitación doble.
SANTORINI
Miércoles, 22 de octubre de 2003
Hoy disponemos de un día tranquilo en Fira. En la actualidad, la isla cuenta con dos puertos: el nuevo, llamado Athinios, donde atracamos ayer, y que está comunicado con el resto de la isla por carretera, y el de la caldera, situado en la parte más espectacular de la costa, donde arriban los cruceros y las pequeñas embarcaciones. A este último puerto no llega carretera alguna; hay que subir al pueblo a pie -por unas empinadas escaleras que zigzaguean por la ladera-, en burro o en teleférico.
El aspecto actual de la isla deriva del año 1628 a.C., fecha en la que el volcán entró en erupción. Así, parte del terreno se hundió bajo las aguas dejando visible el cráter sobre la superficie como amenaza permanente para los habitantes. Ni que decir tiene que las vistas más espectaculares del mismo se obtienen desde la parte de Fira que da a la caldera, y que es también allí donde se encuentran los mejores hoteles (y también los más caros).
Fira es una población que vive básicamente del turismo: las calles principales han sufrido la invasión de decenas tiendas, tenderetes, puestos y restaurantes varios, amén del desfile de turistas que desde los cruceros fondeados junto a la caldera saltan a la isla para tomar sus calles a modo de pacífico cuerpo de asalto. Cuando esto sucede (normalmente a partir de las once de cualquier día), merece la pena dirigirse hacia el noroeste de la isla, hasta Phirostefani, localidad que en la práctica ha llegado a convertirse en una prolongación de Fira, aunque mucho más tranquila y agradable.
De cualquier manera, Fira cumple punto por punto con lo que uno espera encontrar en una isla de las Cicladas: casas blancas, limpias, de cúpulas y puertas azules, con estrechas e irregulares calles que suben y bajan caprichosamente por la ladera. Aparte de su intensiva especialización económica, el otro problema con que el viajero se encuentra -aunque en realidad se trata de una derivación del primero- es lo elevado de sus precios: desde el más simple desayuno hasta la más suculenta de las comidas, el valor de los productos supera con mucho la media de lo que hemos venido pagando hasta ahora. Y si el precio de un restaurante nos parece moderado, lo será por la deficiente calidad de sus platos (teoría que experimentaremos en nuestras propias carnes).
De esta guisa, y dado el extremo calor que golpea la isla al mediodía, decidimos darnos un reparador baño en la piscina del hotel y abandonar por una horas nuestro agotador rol de viajeros impenitentes.
Por la tarde, algo más templada la temperatura, decidimos alquilar un coche para recorrer mañana mismo con tranquilidad el resto la isla. Tras consultar en dos o tres agencias de alquiler de vehículos, por 25 euros conseguimos un Hyundai Atos bastante aceptable. Después cenamos unos Gyros en un puesto de la plaza principal llamado Fast Food 1. Y para finalizar la tarde, y una vez que las turbas de turistas han abandonado el pueblo para regresar a sus cruceros respectivos, nos permitimos el lujo de pasear con total despreocupación por unas calles a esas horas semivacías y apenas reconocibles, libres de tiendas, parapetos varios y puestos de venta. ¡Qué diferencia! La pena es que mañana, a partir de las once, todo este encanto que ahora nos subyuga -dios sabe de qué manera- desaparecerá hasta no quedar ni huella.
SANTORINI
Jueves, 23 de octubre de 2003
Dado que tenemos el coche alquilado desde ayer por la noche, sin perder ni un segundo, a primera hora de la mañana, partimos en dirección a Oia, localidad situada en el extremo noroeste de la isla y cuya visita creemos altamente recomendada, a tenor de lo visto y leído en diferentes guías. De camino, hacemos una parada en Imerovigli, población lindante con Fira pero la cual a esas horas todavía permanece dormida.
La carretera que cruza Santorini se encuentra en muy buen estado. A modo de circuito, la calzada rodea la isla de una punta a otra. De camino a Oia, nos detenemos en un restaurante de carretera a desayunar unos huevos fritos con bacon, para salir de los habituales hojaldres de todos los días. Quizá porque nos encuentra realmente hambrientos o por simple cortesía, la dueña nos obsequia además con una ración de hígado de pollo, un plato cada vez más raro de probar en España.
A la entrada de Oia, nos detenemos para observar las primeras edificaciones. En esta zona abundan los apartamentos y los hoteles pequeños. En uno de estos apartamentos nos encontramos con una arquitecta que habla perfectamente español. Nos cuenta que ella vive aquí en verano, pero que en invierno se traslada a Atenas. "En invierno apenas hay vida en esta parte de la isla", nos cuenta, "el turismo desciende casi por completo y quedan pocas cosas que hacer por aquí. Yo vivo medio año en Oia y el otro medio en Atenas". Nos dice que mañana mismo se marcha a Ios, ya que está construyendo unos apartamentos en aquella isla y quiere ver cómo van las obras. Nosotros, que también tenemos pensado llegarnos hasta allí, nos despedimos de la arquitecta y proseguimos con nuestra propia visita al lugar.
Oia, adonde no llegan los cruceros, es una población mucho más pausada que Fira, pero en modo alguno menos atractiva. A diferencia de la anterior, inmaculadamente blanca, sus casas muestran una mayor variedad tonal, aunque siempre en colores suaves, lo que a mi juicio incrementa notablemente su atractivo. A pesar de que llegan algunos autobuses de turistas, en esta época del año las calles de Oía aparecen casi vacías, apenas transitadas por viandantes ligeramente despistados, sin ningún afán consumista, entregándose al placer de la simple contemplación. Sus callejuelas, como las de Fira, son estrechas e irregulares, y sus comercios, no sé si por la falta de clientes, pasan mucho más desapercibidos.
Volviendo de Oia por la carretera que discurre por el sur nos detenemos en la Taverna Paradiso para comer. No hay ningún otro cliente a esas horas, lo que nos proporciona un servicio especialmente acogedor. Entre otras cosas, probamos una especie de lentejas amarillas conocidas como Faba de Santorini, servidas en forma de crema. La comida es de buena calidad, con ese toque casero tan difícil de conseguir en los restaurantes de Fira, completamente entregados al turismo "acrítico". Una de las cosas que iremos descubriendo poco a poco es que, cuanto más turístico es un lugar, más deficiente es la calidad de su cocina. La confirmación de esta teoría la obtendremos en el barrio de Plaka, en el corazón de Atenas.
El día comienza a hacerse más y más desapacible. Se ha levantado un fuerte viento que en algunos momentos llega incluso a dificultar el movimiento. Nosotros, dispuestos a apurar hasta sus últimos momentos la luz solar (cada vez más escasa), nos dirigimos al otro extremo de la isla, en dirección a las ruinas de Akrotiri.
La entrada al complejo arqueológico se cierra a las tres de la tarde, así que nos quedamos sin poder entrar. En Akrotiri se encuentran los restos de lo que se cree que fue una antigua colonia minoica, la cual desapareció con la famosa erupción volcánica que transformó la isla. Justo al lado se encuentra la llamada Playa Roja, llamada así por el color de su arena, de origen volcánico. Cuando llegamos, la marea alta la cubre casi por completo, aunque la primera impresión es que hace mucho tiempo que nadie se ha acercado por aquí: abundan por doquier los desperdicios, y las barcas parecen haber sido abandonadas a la deriva; los chiringuitos están cerrados en su mayor parte (por no decir dejados a su suerte), y los que aún permanecen abiertos apenas dan sensación de actividad alguna.
De vuelta a Fira, el viento arrecia con más fuerza. Intentamos reservar billetes a Ios para primera hora del día siguiente, pero nos avisan de que los ferrys que debían partir esta noche han sido cancelados a causa del mal tiempo y que tendremos que esperar a mañana para saber si se pueden hacer finalmente a la mar. Las famosas tormentas del Egeo han hecho por fin presencia.
