Viaje a Grecia IV
RETHIMO - CANEA
Domingo, 19 de octubre de 2003
Llegamos a Heraclion, la capital de Creta, a las cinco y media de la mañana, aunque continuamos durmiendo en nuestro camarote hasta una hora después. Todavía no tenemos demasiado claro qué hacer, aunque nuestra intención es alojarnos en la localidad de Canea, antigua capital de la isla hasta 1971 y a priori la ciudad más acogedora de Creta. Preguntamos el precio de los autobuses y al mismo tiempo nos interesamos por el alquiler de un coche durante tres días: sorprendentemente, nos piden 90 euros por un Daewoo Lanos, muy poco más que la suma de los cuatro billetes en trayectos de ida y vuelta. Como de cualquier manera pensábamos alquilar un automóvil por lo menos para un par de días, aceptamos sin dudarlo la propuesta de la agencia (cuyo nombre es Hide Car, y su oficina se encuentra situada justo en el mismo puerto, junto al embarcadero).
Existe una amplia y bien asfaltada carretera que une Sitia, en el extremo este, con Kasteli, justo en el vértice contrario. Es una carretera de reciente construcción, con amplios arcenes para favorecer los adelantamientos (en Grecia, es corriente que los automóviles que van a ser rebasados invadan el arcén para facilitar el adelantamiento; este sistema, aunque en apariencia parece agilizar la circulación, en la práctica sitúa a Grecia a la cabeza de los países comunitarios en accidentes de tráfico, sobre todo a causa de adelantamientos indebidos). Sin embargo, nosotros tomamos la vieja carretera que circula más al interior, para recrearnos con el paisaje montañoso y típicamente mediterráneo de la isla, donde dominan los frutales, las vides y los olivos.
De camino, hacemos una parada en Rethimo, una hermosa localidad costera que, como Canea, fue en tiempos un asentamiento veneciano. La ciudad, a pesar de que estamos fuera de temporada, todavía acoge un buen contingente de turistas. Sin embargo, su visita me produce una sensación contradictora: por una parte, su recogido y coqueto puerto veneciano conserva gran parte de su antiguo encanto; a su alrededor, igualmente, se extiende un atractivo y vivo centro histórico de hermosas y estrechas callejuelas; a lo alto del pueblo, ejerciendo de vigía, la vieja fortaleza parece mantenerse a salvo del paso del tiempo. Pero, por otra parte, buena parte de las fachadas han sufrido un deterioro demasiado obvio, y su acogedor y hermoso puerto pierde parte de su encanto por culpa de las terrazas y toldos que lo inundan sin dejar apenas espacio para el paseo relajado. De esa forma, la vieja ciudad veneciana termina por ofrecer un aspecto decadente y descuidado, poco acorde con el brillo y la majestuosidad de que con toda seguridad gozó en años pretéritos. Son excesivos los edificios antiguos que se encuentran en estado ruinoso, y los que aún se mantienen en pie ofrecen numerosos desconchones y desperfectos. La sensación inmediata es que, si no se pone remedio pronto, en pocos años muchos de ellos habrán desaparecido para siempre.
Pero esta imagen en alguna medida desalentadora desaparece por completo al llegar a Canea. Además de conservar un aspecto mucho más lucido y cuidado que Rethimo, la afluencia de turistas es mucho menor, por lo que permite ser disfrutada con mayor generosidad. Es Canea una de las sorpresas más agradables de todo el viaje. Al igual que Rethimo, posee un hermoso puerto veneciano, si bien bastante más amplio y abierto. A pesar de que también se encuentra inundado de terrazas con sus correspondientes toldos, su mayor tamaño le permite asumir este peaje al turismo sufriendo un menor perjuicio. Los edificios y sus fachadas ofrecen un aspecto mucho más mejorado, y por si fuera poco, las tiendas y los comercios no sólo se muestran respetuosos con el entorno, sino que algunos de ellos contribuyen con su diseño a dotar a la ciudad de una atmósfera sorprendentemente limpia.
Encontramos alojamiento en la Pensión Nora, una vieja casa situada junto al puerto, presumiblemente con algunos siglos de historia, pero perfectamente acondicionada como pensión. Dispone de habitaciones amplias, algunas de ellas con ducha, todas muy bien decoradas. Es el punto de partida ideal para disfrutar de la Canea veneciana como se merece.
La ciudad vieja, similar en estilo y estructura a Rethimo, está recorrida de este a oeste por estrechas callejuelas y salpicada de viejos edificios y numerosos comercios; sin embargo, ofrece una armonía y un cuidado realmente deslumbrantes. Las fachadas, convenientemente pintadas y adecuadamente restauradas, permiten al viajero sumergirse siquiera unos minutos en la atmósfera medieval que siglos atrás le era propia; todavía se mantienen en pie algunos tramos de la muralla que en otro tiempo llegó a rodear por completo la población; el puerto, amplio y grande, como ya he dicho, no por ello deja de poseer esa característica peculiar y especialmente acogedora de los embarcaderos venecianos, e incluso aún se mantiene en pie en uno de sus flancos la vieja mezquita construida bajo dominación turca. Canea da para toda una tarde y puede que más, porque a veces saborear sin agobios de una atmósfera tan peculiar y natural como la de la antigua capital cretense llega a satisfacer más incluso que la contemplación del más imponente de los monumentos.
La mayor parte de los restaurantes y algunos de los mejores hoteles se encuentran en la calle Zambeliou, antigua arteria principal de la ciudad. Y justo en esta calle, antes de llegar a la Puerta Renieri, se halla el que sin duda alguna podemos calificar como el mejor restaurante que encontraremos en todo el viaje: el restaurante Tamam. Acondicionado en lo que fue un antiguo Hamam turco, el lugar es en sí mismo todo un monumento. Pero, además, la calidad de los platos que allí se sirven alcanza unos niveles realmente exquisitos: bien preparados, en su justo punto, se ofrecen raciones generosas y a muy buen precio. Fueron varias las veces que comimos allí, así que sería complicado destacar unos pocos platos; pero por si a alguien le sirve de guía, podría citar el pez espada, los tomates rellenos o las croquetas de espinacas, sin desmerecer platos más clásicos como la ensalada griega, las cremas de berenjenas y de pescado y el pulpo (excelente en salsa de vino). Si tuviera que elegir un lugar donde regresar a comer, sin duda que escogería el restaurante Tamam de Canea.
CANEA
Lunes, 20 de octubre de 2003
Ante el riesgo de que un propósito más ambicioso nos obligue a pasar la mayor parte del tiempo dentro del automóvil, circulando de un lugar a otro, decidimos limitar nuestra excursión a la zona oriental de Creta, un territorio por lo demás todavía a salvo de las incursiones masivas de turistas y por tanto mucho más amable y placentero de ver. Sin embargo, el tramo que discurre entre Canea y Castelo, bordeando la costa, aparece plagado de edificaciones y hoteles, ofreciendo un aspecto que por desgracia nos recuerda a nuestra sobreexplotada y vulgar costa levantina.
Pero nada más dejar Castelo, el paisaje se transforma gratamente: la costa se vuelve más abrupta, las montañas hacen su aparición creando hermosos y accidentados paisajes. De camino hacia el sur, hacemos una parada en el Monasterio de Khryssoskalitissa. Este monasterio en la actualidad está habitado sólo por dos monjas, que son las encargadas de mantenerlo en adecuadas condiciones. No es posible visitarlo por dentro, pero su emplazamiento y la agradable blancura de su fachada le confieren un aspecto sumamente atractivo, sobre todo visto desde la carretera.
Volviendo a nuestro camino en dirección al sur, tomamos un desvío que nos dejará en una de las playas más atractivas de la isla, la playa de Elafonisio. Se trata de una pequeña ensenada donde el agua se amortigua para crear una especie de piscina tranquila, escasamente profunda y agradablemente cálida. Hay varios autocares de turistas estacionados en la entrada, pero aún así la amplitud del espacio nos permite disfrutar del baño sin agobios ni presiones. La arena es suave y limpia, de lo mejor que hemos visto hasta ahora. Dispuestos a disfrutar sin prisas de un día soleado y apacible como éste, decidimos quedarnos un rato, aunque ello nos obligue a recortar aún más nuestro ya de por sí exiguo itinerario.
Llegada la hora de comer, nos dirigimos a Paleocora, una pequeña localidad costera situada justo al sur de la isla. Hoy en día apenas queda ya nada de su antiguo pasado hippy. En la actualidad, es un pueblo tranquilo, que dispone de una buena playa y un nada despreciable número de recursos turísticos. Entramos a comer en el Restaurante Cnosos, que a la postre resulta bastante deficiente: los platos son demasiado simples, escuetos, mal cocinados. Después, animados por la hermosa luminosidad del mediodía, nos entregamos a sus callejuelas estrechas, tranquilas pero vivas. Es temporada baja, lo cual significa que, lejos del agobio turístico del verano, el lugar destina cotidianidad por los cuatro costados. Y ése es, a mi juicio, el mayor encanto que puede encontrar el viajero en este país: la vida que fluye, sin sobresaltos, en cada una de las esquinas y en cada uno de sus habitantes.
Tras abandonar Paleocora, reanudamos nuestra ruta en dirección norte. Aunque dejamos la costa, el recorrido no pierde atractivo. Creta es una isla escabrosa, la carretera sube y baja constantemente, atravesando pequeñas poblaciones de apenas un puñado de casas y rebasando un incontable reguero de cabras que, desperdigadas y sin vigilancia aparente, van apareciendo una tras otra encaramadas a las laderas o paseando por el borde de la carretera. Los olivos se multiplican ante nuestra vista, y a lo lejos, apenas intuido tras los riscos y los montes, el mar no deja jamás de estar presente.
Regresamos a Canea cuando el atardecer se encamina hacia su ocaso. Agobiados por el tiempo, uno de los mayores atractivos de esta parte de la isla, la Garganta de Samaria, ha debido quedar pospuesta para otra ocasión. Esta garganta tiene una longitud de dieciocho kilómetros, lo que exige un buen número de horas si se pretende visitarla por completo. Probablemente hemos renunciado a uno de los espacios naturales más bellos de Creta, pero a cambio hemos disfrutado de otros momentos más intrascendentes si se quiere, pero que nos han permitido acceder de primera mano a cierta manera de entender la vida de la que en las grandes ciudades hace tiempo que nos hemos deshecho. Como siempre que se acomete un viaje, uno se encuentra con la obligación de elegir.
