Viaje a Grecia III
TEBAS - METSOVO - CALAMBACA
Jueves, 16 de octubre de 2003
Hoy va ser nuestro primer día de lluvia. Aunque nunca lo suficientemente intensa para impedirnos salir del coche, lo cierto es que su presencia inquebrantable y la falta de luz han sido una constante a lo largo del día. Abandonado el Peloponeso, enormes campos de algodón han venido a sustituir a los habituales olivares; de hecho, como después comprobaremos, los tejidos de algodón son una de las especialidades de la zona.
Llegamos relativamente temprano a Calambaca, y nos alojamos en el Hotel Meteora, en la calle Ploutarhou, 13, a los pies mismos de las montañas donde se asientan los famosos monasterios. Tras un pequeño regateo, conseguimos que nos rebajen las habitaciones dobles a 30 euros, desayuno incluido.
Cumplida nuestra necesidad de hospedaje, nos dirigimos a la localidad de Metsovo, una afamada población situada en los Montes de Pindo, donde también se halla la estación de esquí más elevada de Grecia. Pero, por desgracia, la niebla no deja de acompañarnos durante todo el recorrido, de manera que apenas intuimos la grandeza del paisaje que nos rodea.
El pueblo, situado en un hermoso enclave del valle, deslumbra a primera vista: desde la plaza principal destaca la aparente homogeneidad de sus construcciones, su estructura escalonada, coronada por los picos de los montes más altos. Sin embargo, al callejear por el interior, se pierde parte del encanto: el influjo del turismo ha hecho lo suyo, y muchas de las casas sólo conservan la apariencia de antigüedad. De cualquier forma, la visita en un día climatológicamente más apropiado habría sido con seguridad más adecuada.
La zona es célebre no sólo por su altitud, sino por acoger las últimas reservas de zorros y osos del país. Asimismo, es típico de aquí cierto queso ahumado que, sin ser exquisito, bien merece una degustación. Aunque se dice que todavía muchos de sus habitantes visten sus trajes tradicionales, lo cierto es que yo no vi ninguno. Quizá la suerte no nos acompañó en Metsovo.
Ya de vuelta a Calambaca, un breve paseo por sus calles nos conduce a una tienda de souvenirs y otros productos textiles, en la calle Dimitriou, 12, donde hacemos alguna que otra compra. Ello nos da pie a conversar con su dueño, Vasilis, el cual, a la salida, nos lleva a un pequeño sótano y nos invita a unos ouzos. No es buena época para el turismo; la mayor parte de las tiendas están vacías, y en esas condiciones, toda venta se agradece más de lo habitual. Pero tengo la sensación que, más que compensarnos por nuestra compra, a Vasilis le apetece hablar con nosotros, mostrarnos toda su simpatía y tratar de que nos sintamos a gusto.
Otro de los lugares imprescindibles en Calambaca es la ouzería situada en la Plateia Riga Fefeno, junto a las oficinas del Banco Nacional de Grecia. El local es el típico café (aunque sobre todo se sirven ouzos, el clásico licor griego inspirado en el raki turco) frecuentado únicamente por varones, pero la amabilidad de su propietario parece no tener límites. Uno puede tomar unas generosas copas de yogur con miel por sólo dos euros, o degustar tranquilamente unos ouzos junco con las exquisitas mezedes caseras con que se acompañan las bebidas. El término mezedes incluye un amplio conjunto de entremeses y aperitivos que muchas tabernas y ouzerías sirven junto con los licores, y que abarcan desde el clásico tzatziki (crema de yogur, ajo y pepino) a los más elaborados yigandes (judías blancas a la vinagreta) o melitzanosalata (crema de berenjena); en algunas ocasiones, un buen surtido de las mismas puede servir de comida frugal. El último día de nuestra estancia aquí, fuimos invitados a una última ronda (incluyendo las mezedes, por supuesto). No es Calambaca una ciudad atractiva (fue arrasada por los alemanes durante la segunda guerra mundial, y apenas quedan edificios anteriores en pie), pero uno puede darse de bruces con algunos de los tipos más entrañables del país.
CALAMBACA - METEORA
Viernes, 17 de octubre de 2003
A diferencia de ayer, hoy la lluvia parece haberse contenido. Pero como tenemos nuestras dudas, decidimos hacer el recorrido de los monasterios en coche en vez de a pie, aunque eso suponga renunciar en alguna medida a la pureza de aquel espléndido paisaje. Hasta el momento, nos hemos mantenido a salvo de los grupos organizados de turistas. Hoy, por el contrario, estamos abocados a encontrarnos cada dos por tres con alguno de ellos: a pesar de que estamos en temporada baja, los monasterios de Meteora son uno de esos puntos obligados que todo tour debe contemplar. Pero la belleza del lugar es tan sobresaliente que, a los pocos minutos, uno consigue olvidarse fácilmente de quienes le rodean para concentrarse en la espectacularidad del entorno y las maravillas arquitectónicas que coronan los espigados pináculos.
He de confesar que no siento ninguna simpatía por la vida monástica. Pienso que es una forma de vida que mantiene a sus practicantes ajenos a la realidad del mundo (representa una actitud evasiva, que no afronta los problemas sino que los esquiva), y su renuncia a los pocos placeres que pueden obtenerse en este mundo me resulta simplemente inexplicable. Sin embargo, la precisión y majestuosidad de las construcciones no pueden dejar de afectarme. Los muros y torres de los monasterios parecen ajustarse con precisión milimétrica a las formas naturales de las rocas, como si se tratara de su continuación natural. El entorno espectacular que les rodea contribuye además a realzar esa majestuosidad tan singular que, querámoslo o no, nos lleva a los humanos a emociones lindantes con la admiración o el sobrecogimiento. Es éste quizá el único rasgo divino que he conseguido encontrar hasta ahora en el planeta: el talento del ser humano para crear belleza.
Desde Kastraki, una pequeña población a escasos kilómetros del primero de los monasterios, se puede observar ya sin dificultad el perfil de algunos de ellos. El primero que encontramos en el camino es el de Agios Nikolaos (San Nicolás), aunque desgraciadamente este monasterio cierra las puertas a las visitas los viernes, lo que nos obliga a tener que conformarnos con admirarlo desde fuera. Sin embargo, aunque su vista exterior no es tan impresionante como el siguiente, el tantas veces fotografiado Rousanou, alberga unos interesantes frescos en su capilla principal atribuidos al pintor cretense Theofanos. Junto al monasterio se encuentran también las ruinas del Agia Moni, abandonado tras un terremoto en 1858.
Así pues, nuestra visita comienza propiamente por el monasterio de Rousanou, construido sobre una roca realmente estrecha, lo que le confiere una imagen de extrema fragilidad. En la actualidad está habitado por monjas, y la visita se reduce a la capilla y al balcón por donde antiguamente se izaba a los monjes hasta el interior. Coincidiendo con la entrada de grupos organizados, una monja hace una demostración del uso de un gong y una tabla de madera que, llegado el momento, se hacían sonar para comunicarse con el exterior de la comunidad.
Tras Rousanou, tomamos dirección al más elevado de los centros monásticos, el Gran Meteora. Es este, efectivamente, el más impresionante de todos y el que permite a los visitantes acceder a un mayor número de estancias. Aparte de su iglesia, en forma de cruz y totalmente decorada con unos hermosísimos frescos, es posible visitar también el antiguo refectorio, el almacén y la cocina. Como curiosidad, se puede observar el antiguo osario, donde reposan las calaveras de algunos monjes felizmente liberados de su estancia en este valle de lágrimas. Si la visita a Meteora tuviera que reducirse a un solo templo, yo recomendaría sin duda alguna el Gran Meteora.
Varlaam, junto al anterior aunque un poco más bajo, es otra maravilla arquitectónica. Es quizá el de más elegante construcción: cada uno de sus muros parece la continuación perfecta de las laderas de la roca. También está habitado en la actualidad, como los anteriores, aunque el número de estancias que pueden visitarse es bastante reducido. Sin embargo, la visión de ambos, de Varlaam y de Gran Meteora, puede que sea la imagen que más firmemente quede grabada en la retina del visitante: ambos son extensos complejos monásticos, y su altitud ofrece las vistas más espectaculares del conjunto.
El monasterio de Agia Triada (la Santísima Trinidad) ofrece desde lejos una visión espectacular (no en vano, ha sido utilizado en algún que otro anuncio televisivo). La roca sobre la que se asienta se encuentra bastante separada de las otras, lo que le hace parecer más inexpugnable incluso que el resto; el acceso, en consecuencia, su acceso resulta también un poco más duro. El interior, por desgracia, desmerece un poco: solo la capilla merece ser visitada. Desde lo alto de la roca se obtienen unas inmejorables vistas del valle y de la población de Calambaca.
Finalmente, el último monasterio de nuestra ruta es el de Agios Stefanos, habitado, como el de Rousanou, por monjas. El acceso al mismo es realmente cómodo, ya que se entra a través de una pequeña pasarela que evita la necesidad de subir escaleras. El interior, una vez vistos el resto de monasterios, sorprende ya poco. Quizá debido a la hora (más allá de las cuatro de la tarde), tenemos ocasión de ver a sus moradoras realizar algunas de sus tareas habituales. Es un monasterio muy bien cuidado, reformado en casi su totalidad. También es el único que puede verse con claridad desde Calambaca (siempre que las condiciones atmosféricas lo permitan).
Hasta aquí nuestra esperada visita a los monasterios de Meteora. Al final, hemos tenido suerte y la temida lluvia se ha privado de hacer aparición. Como curiosidad, en la visita encontramos un fotógrafo japonés, bien pertrechado con una cámara para negativo de 6 x 9 mm. y su correspondiente trípode que, con la parsimonia habitual de los buenos fotógrafos, trata de dejar constancia perenne de toda aquella belleza. Según nos contó, llevaba alrededor de un mes por Grecia y aún tenía intención de visitar algunos otros lugares. A Meteora, por ejemplo, había llegado hace cuatro días y esperaba quedarse un par más. No indagamos más en la finalidad de aquel viaje, pero no pudimos dejar de sentir una inconfesable envidia por aquel uso ilimitado del tiempo. En los viajes, siempre descubre uno que existen mil y una maneras diferentes de viajar.
CALAMBACA - ATENAS
Sábado, 18 de octubre de 2003
Día de tránsito. Salimos pronto de Calambaca con intención de llegar al Pireo al mediodía, sacar los billetes para el ferry (todavía no sabemos a qué dirección) y devolver el automóvil en el aeropuerto como previamente acordamos con la empresa de alquiler. Poco tiempo, pues, para la contemplación.
La mañana amanece lluviosa, lo que nos confirma que, a pesar de todo, estamos teniendo mucha suerte con el tiempo: un día como el de hoy, ayer mismo nos hubiera impedido disfrutar como se merece de los monasterios. El camino de regreso a Atenas, sobre todo tras tomar la autopista en Lamia, se vuelve bastante aburrido. Hasta que no llegamos a la mismísima capital, la lluvia no deja de acompañarnos. Sin embargo, en Atenas el día se abre casi por completo y nos hace confiar de nuevo en que vamos a disponer de unos días soleados en las islas.
Casi por azar, recalamos en la zona del puerto desde donde parten los ferrys a Creta, así que en la oficina de Minoan Lines compramos los billetes correspondientes para Heraclion. Por suerte, nos acogemos a una oferta que ofrece cuatro billetes por el precio de tres. De esta forma, cada billete, camarote incluido, nos cuesta la módica cantidad 31,50 euros. Después, nos dirigimos al aeropuerto para devolver el coche (y anular los 300 euros de señal que tuvimos que dejar en su momento). Y ése es, sin duda, el momento más caótico de todo el viaje. Atravesar Atenas en coche se convierte en toda una aventura: el tráfico es intenso y desordenado, convirtiendo en extremadamente difícil la simple orientación por sus calles estrechas y sucias (por un momento, la comparación con el caos propio de algunas capitales asiáticas casi resulta inevitable). Cruzar desde el Pireo hasta el aeropuerto supone ir de una punta a otra de la ciudad; las señalizaciones, aunque numerosas, encaminan al conductor por un complicado laberinto de calles y avenidas entrecruzadas en el que es extremadamente fácil perderse. Pero, por fin, dos horas después de dejar el puerto, logramos llegar al aeropuerto.
Aquel viaje extraño y confuso tiene el mérito de acercarnos, siquiera en un primer vistazo, a la vida cotidiana de Atenas. Es nuestro primer contacto con la caótica capital griega, y nos confirma el acierto de haber dejado para los últimos días la obligada visita la ciudad.
El Ferry que nos llevará a Creta se llama Festos Palace, y debo decir que lo de "Palace" le va como anillo al dedo: se trata de un ferry casi de lujo, limpio, elegante, con numeroso personal y unos camarotes, si no excesivamente grandes, sí lustrosamente equipados. Para ser la primera vez que paso la noche en un barco, la elección ha sido perfecta. La pena es no disponer de unas horas más para disfrutar de aquel palacio como se merece.
