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Viaje a Grecia II


GITIÓN - VATHIA - STOUPA

Lunes, 13 de octubre de 2003

Comenzamos nuestro recorrido por Mani en Areopolis, un pequeño pueblo que se caracteriza por el empedrado de sus calles y sus bien cuidadas edificaciones de piedra. El nombre de Areopolis proviene del dios de la guerra, Ares, nombre que por otra parte la ciudad se ganó a pulso durante la guerra de independencia. Es una localidad tranquila. A esas horas de la mañana la gente está inmersa en sus labores habituales; se respira una atmósfera liviana, sumamente dócil, que consigue transmitir al viajero cierta sensación de placidez, aderezada por la todavía suave luz solar de primera hora. Es esta una de las sensaciones más fácilmente observables en este país y de la cual disfrutaremos en más de una ocasión.

La península de Mani se caracteriza por sus elevadas casas-torre, cuasi-fortificaciones que en la guerra contra los turcos proporcionaron a los aldeanos fama de duros y aguerridos. De hecho, esta parte del Peloponeso se ha mantenido libre de influencias exteriores en mayor medida que otras.

Así, tras dejar Areopolis en dirección sur, recalamos en Mina, un pequeño pueblo donde sus características casas-torre aparecen ya visibles desde la carretera. Muchas de estas edificaciones se encuentran en mal estado, pero aún así no dejan de mostrarse imponentes, dando fe del carácter férreo de sus gentes. Sin embargo, hoy en día sus habitantes son un pueblo amable que no duda en acercarse al turista para proporcionarle diversa documentación sobre la zona. Nosotros agradecemos realmente estas muestras de simpatía (las cuales, además, nos brindan una excelente ocasión para tratar siquiera superficialmente con ellos), pero los folletos que nos entregan están escritos en griego y por lo tanto no nos sirven de gran ayuda.

Vathia, prácticamente en el vértice sur de la península, es el pueblo más fotografiado del lugar: su imagen aparece siempre en cualquier guía que hable de Mani. Y, efectivamente, en la distancia sus elevadas torres de piedra proporcionan una visión realmente majestuosa, me atrevería a decir que solemne de la ciudad. Pero, por desgracia, Vathia es un pueblo prácticamente deshabitado, y salvo el autobús de turistas ingleses que llega poco después de nosotros y el nutrido grupo de gatos que nos acompaña durante nuestra comida, apenas quedan aldeanos. Vathia permanece casi como un espectro del pasado, de un pasado glorioso si se quiere, pero lamentablemente muerto en la actualidad.

Regresando en dirección norte, hacemos un alto en Kokala, situada en la costa este de Mani, para tomar unos cafés realmente desagradables (probablemente de puchero) y visitar su pequeña playa de piedras, fea pero gratamente coronada por la rojiza cúpula de su iglesia.

No teníamos claro donde dormir esa noche. Ir hasta Kalámata, nuestro siguiente objetivo pero situada en el límite norte de la región, nos obligaba a conducir hasta bien entrada la noche. Casi por azar (y por probar suerte, todo hay que decirlo), hacemos una pequeña parada en Stoupa y descubrimos el enorme número de habitaciones que aquí se ofrecen. Así que, para evitar dilaciones innecesarias, nos decidimos a buscar alojamiento. Un pequeño hotel a pocos metros del mar nos parece suficiente para aquella noche.

Stoupa carece realmente de atractivo; es un mero enclave turístico, poblado de hoteles y restaurantes, aunque aderezado con una bonita playa. Sin embargo, no nos parece mal lugar para tomar nuestro primer baño, y enseguida descubrimos la bondad de sus aguas, limpias y cálidas, justo cuando el sol comienza a esconderse tras el horizonte y tiñe de rojo las puntas brillantes de las olas. Aunque pueda parecer cursi (y probablemente lo sea), este sencillo baño supone uno de los momentos más plácidos de todo el viaje.

STOUPA - OLIMPIA

Martes, 14 de octubre de 2003

A la mañana siguiente, en nuestra habitual parada para desayunar, descubrimos en el aledaño pueblo de Kardamili un lugar a simple vista mucho más atractivo que Stoupa (y probablemente más adecuado para pernoctar). Pero no posee playa de arena, y esa carencia ha contribuido a mantenerlo al margen de la vorágine turística. El viajero avisado, sin embargo, es algo que sin duda agradecerá.

Continuando nuestro recorrido por la costa sur del Peloponeso, recalamos en Pilos, localidad que algunas guías (Rough Guides, por ejemplo) llegan a comparar con Nauplio. Pero lo cierto es que apenas hay semejanza entre ambas. Es Pilos un agradable pueblo costero, famoso por desarrollarse en sus aguas la famosa Batalla de Navarino, uno de los golpes más duros recibidos por los turcos durante la guerra de independencia. La vista que se disfruta desde el puerto es efectivamente sugestiva: las casas van ascendiendo lentamente por la ladera de la montaña, y sus fachadas predominantemente blancas ofrecen un bello contrapunto al intenso azul marino. Pero carece de la armonía de Nauplio, de sus calles elegantes y de sus balcones y casonas. Puede merecer la pena detenerse aquí y tomar una cerveza en alguna terraza (la actividad de su puerto es ciertamente llamativa; algunos pescadores venden directamente sus productos desde las mismas barcas; la plaza principal aparece especialmente viva a estas horas), pero se encuentra demasiado lejos de los hermosos puertos venecianos que veremos más adelante (especialmente en Creta).

Así que proseguimos nuestra marcha. De camino, cruzamos con un indicador que señala el Palacio de Néstor. Sabedores de su valor arqueológico, decidimos llegarnos hasta allí y visitar lo que en la práctica supondrá nuestro primer acercamiento a la cultura micénica. El Palacio de Néstor, descubierto con posterioridad a otros grandes palacios de la época, ha sido restaurado siguiendo unos criterios arqueológicos más modernos. Su distribución cumple a la perfección con la clásica estructura de los palacios micénicos: a través del patio de entrada, flanqueado por las torres de los centinelas, se accede a las salones principales, entre los que destaca la habitación del trono, donde el rey ofrecía sus audiencias, y a las habitaciones privadas y del servicio. Justo al lado, se puede visitar también una antigua necrópolis de la misma época.

En Pilos hemos comprado algo de fruta para aligerar un poco nuestra alimentación. La idea es parar en el camino, preferiblemente en alguna playa solitaria, y comer allí mientras disfrutamos de la siempre reparadora brisa marina. Y es en Tholo donde descubrimos una de las más amplias playas de toda Grecia, y lo que es mejor, prácticamente vacía. La playa de Tholo es larga, incluso diría que enorme, de arena blanca y suave, pero apenas nadie la frecuenta. A nuestra llegada, hay aparcadas un par de caravanas de turistas holandeses justo donde termina el camino, y a lo lejos se perciben varias figuras que pasean plácidamente por la arena. Pero ni hay hoteles, edificaciones ni hordas de bañistas abalanzándose en tropel sobre las olas. Para los que provenimos de España, país ejemplar en la destrucción de costas y entornos naturales, o para cualquiera que haya sido testigo de las masacres cometidas en la costa levantina, contemplar una playa en estas condiciones es algo sorprendente, además de todo un lujo.

Todavía a primera hora de la tarde, llegamos a Olimpia. No es necesario hablar mucho de lo que significa: hoy en día, en su recuerdo se celebran cada cuatro años los modernos juegos olímpicos. Queda poco en pie de lo que fue el santuario y los principales recintos deportivos, aunque uno de los que mejor se conservan es el estadio: todavía hay que cruzar el arco de entrada que los atletas originariamente franqueaban para llegar a la pista de 200 metros y también pueden verse las líneas de salida y de llegada marcadas en la pista, así como los asientos de los jueces. Además del estadio, destacan el Templo de Zeus (que acogía una de las siete maravillas del mundo antiguo, la estatua de Zeus, construida de oro y marfil por el esplendoroso Fidias), el Edificio del Consejo, el pequeño Templo de Hera, la Palestra y el pórtico del Gimnasio.

La moderna Olimpia tiene poco de interés. En realidad, se reduce una larga avenida flanqueada por un sinnúmero de tiendas, todas ellas destinadas a adinerados y compulsivos turistas. Aconsejados por el propietario de uno de los campings donde preguntamos nada más llegar, nos alojamos en la Pensión Poseidon, en Stefanopoulos, 9, por 30 euros la habitación doble, aunque en esta época del año escoger dónde dormir no resulta nada problemático en esta ciudad. Respecto a la comida, fuera de la calle principal pueden encontrarse algunas tabernas donde probar gyros o souvlaki.

OLIMPIA - TEBAS

Miércoles, 15 de octubre de 2003

Puestos en camino, ya en dirección a Meteora, hacemos nuestra primera parada en Langadia, una pequeña localidad de montaña de la que destacan sus casonas de piedra y sus callejuelas empinadas. El pueblo se encuentra situado en un abrupto pero hermoso paraje. La carretera, sinuosa, atraviesa un paisaje boscoso que ya no se deja hasta alcanzar la autopista que une Trípoli con Atenas.

Dependiendo de cómo se desarrollara el viaje, teníamos intención de visitar Micenas en nuestro camino hacia Meteora. Sin embargo, el estado de las carreteras no nos ha permitido alcanzar la media que esperábamos. De esta manera, llegados hasta aquí, debemos elegir entre destinar un día a visitar los restos arqueológicos de Micenas (y el aledaño Teatro de Epidauro, el según dicen mejor conservado del mundo clásico) o continuar nuestro camino hacia el norte y tener tiempo suficiente de devolver el vehículo en el aeropuerto de Atenas el próximo sábado. A pesar del valor histórico y artístico de Micenas, del que en ningún momento dudamos, elegimos proseguir hacia el norte y visitar en el camino, si se tercia, alguna otra localidad de la región de Tesalia.

En Corinto, y tras atravesar su famoso canal (una monumental obra de ingeniería, pero algo aburrida como evento turístico), abandonamos la autopista y tomamos una pequeña carretera costera que nos permitirá visitar otras interesantes poblaciones. De esa manera, llegamos a Loutraki justo a la hora de comer. Y a pesar de la inmensa popularidad de que goza entre los propios griegos como enclave vacacional (alberga un importante balneario), Loutraki no puede sino decepcionar a quienya ha visitado enclaves como Nauplio o Gitión. Mal remedo de cualquier vulgar centro turístico levantino, en Loutraki se concentran un buen número de hoteles y alojamientos turísticos, casi todos ellos situados en primera línea de playa (una playa que, por otra parte, está constituida por guijarros, lo que la hace bastante incómoda). Incluso a la hora de dar con algún lugar sugestivo para comer, encontramos problemas. Sólo la proximidad de Atenas puede explicar su inmenso éxito entre los griegos.

Tal como esperábamos, la carretera que bordea la costa nos depara algunos paisajes realmente admirables. Más al interior, se encuentra la fortaleza de Egósthena, casi olvidada por las guías turísticas. Y sin embargo, acaba convirtiéndose en uno de los emplazamientos más entrañables de esta parte de Grecia. La fortaleza, cuyo origen ignoro, se conserva aceptablemente bien: se mantienen en pie sus dos torres principales y parte del muro protector que la circunda. Además, alberga en su interior una pequeña iglesia, y gracias a su altitud se puede disfrutar de una hermosa vista de todo el golfo y de la aneja población de Porto Germano.

Como la noche se nos echa encima, la proximidad de Tebas nos apremia a buscar alojamiento allí mismo. No es Tebas una ciudad que entre en los circuitos turísticos (por mucho que se sitúe en ella el conocidísimo mito del Rey Edipo), lo cual es de agradecer ya que nos brinda la posibilidad de acceder a una ciudad griega que no posee ningún tipo de aditamento. Tebas sólo dispone de dos hoteles donde alojarse, y los dos se encuentran el uno frente al otro; así que elegimos el más barato, que acaba siendo el Hotel Meteliou (30 euros la habitación doble tras un pequeño regateo).

Tebas a simple vista parece una ciudad tranquila. La calle principal es peatonal, y allí se concentran los hoteles y un buen número de cafés y restaurantes. No hay mucho que visitar, aunque parece ser que dispone de un más que interesante museo, pero a cambio nos ofrece una agradable estampa de cotidianidad que todo viajero agradece. Una buena cena, a base de ensalada griega y gyros, pondrá el broche final a la tarde.

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