Viaje a Grecia I (Paraíso Mediterráneo)
Autor: Carlos Manzano (2003)
La primera exigencia con que se encuentra todo viajero antes de visitar Grecia es la necesidad de elegir: salvo que uno disponga de varios meses, hay que tener más o menos claro qué se va a ver y, por tanto, que se va a dejar inevitablemente de lado (la elección más triste). A pesar de que la extensión de Grecia no es desmesurada, su configuración isleña y su interior montañoso convierten los desplazamientos en largas jornadas que al final acaban por minar el tiempo disponible. Es imposible abarcar todas las islas, e incluso si se quiere elegir las más llamativas (muchas veces las más turísticas) se necesita prever una considerable cantidad de horas de desplazamiento entre unas y otras.
En nuestro caso, decidimos que nuestras tres semanas de viaje se repartirían más o menos de la siguiente manera: una semana para el interior (un breve recorrido por el Peloponeso para llegarnos después hasta los monasterios de Meteora) y dos para las islas (entre las que debían estar, como mínimo, Creta y Santorini, y, si el tiempo nos lo permitía, Rodas, situada en el más oriental de los archipiélagos, y algunas de las Cicladas más importantes). Pero como tampoco nos planteamos superar ningún reto ni dejar nuestra huella en la mayor parte del país, teníamos claro que lo fundamental era disfrutar con tranquilidad de cada uno de los lugares donde recalásemos, lo que a la larga supondría una reducción en el número de islas finalmente visitadas.
Además de las preceptivas guías de viaje (Lonely Planet y Rough Guides), antes de iniciar el viaje, e incluso de decidir el recorrido, cayó en mis manos el libro Corazón de Ulises, de Javier Reverte, lo que me permitió acceder a una visión original (y también limpia) de este país mediterráneo. Además de ser un libro cuya lectura recomiendo a todo aquel interesado en el mundo griego o en el placer de la buena lectura, este relato apasionado ofrece al viajero una perspectiva distinta a la del clásico coleccionista de ciudades, espacios y museos, cuyo discurso camina más próximo a la descripción de sensaciones que a los objetos (por muy bellos que estos sean). La literatura sobre viajes (la buena literatura sobre viajes, quiero decir) transmite puntos de vista personales, huye del terreno neutral para llevar al lector determinados momentos, intensos o no, vividos en primera persona, y de esa forma enseña también a vivir el viaje de un modo más natural y menos afectado.
Con estas premisas, el sábado 11 de octubre de 2003 tomábamos el avión que desde Barcelona nos pondría en la capital griega tres horas más tarde.
ATENAS - NAUPLIO
Sábado, 11 de octubre de 2003
Teníamos la intención decidida de dejar Atenas para los últimos días, así que nada más llegar alquilamos un coche durante una semana con el fin de recorrer el interior del país a nuestro ritmo, sin depender de horarios ni sufrir dilaciones innecesarias. Días antes, a través de internet, habíamos reservado un turismo para cuatro personas, el cual recogimos fielmente en las oficinas de Europcar situadas en el mismo aeropuerto de acuerdo con las condiciones establecidas.
El pequeño retraso con que tomó tierra el vuelo a Atenas nos obligó a demorar hasta las siete de la tarde, ya de noche, la puesta en carretera de nuestro flamante Renault Clio. A pesar del retraso, decidimos seguir con el itinerario que teníamos previsto, así que nos dirigimos a Nauplio, antesala del Peloponeso y punto de partida en nuestro recorrido.
Gracias a la autopista que nos deja a sólo 34 km. de Nauplio, a las nueve y media de la noche ya hemos alcanzado la antigua población veneciana. Sin embargo, nuestro desconocimiento de la ciudad y las prisas por localizar alojamiento nos lleva a aceptar la oferta del único hotel con habitaciones disponibles que en aquel momento encontramos, el Hotel Galini, que a la postre resultará ser el más caro de todos los alojamientos donde pernoctamos: 45 euros por habitación doble. Aparte del precio –muy elevado si tenemos en cuenta que nos encontramos en temporada baja–, las habitaciones son vulgares y el personal no se distingue precisamente por su amabilidad y su atención. Para aquellos que lleguen a Nauplio con algo más de tiempo, recomiendo buscar en las calles aledañas al fuerte Palamedes, ya en la ciudad vieja, donde se ofrecen numerosas habitaciones y pueden encontrarse sin dificultad pensiones a un precio más razonable y bastante mejor situadas.
En contrapartida, nuestro primer encuentro con la comida local no puede ser más satisfactorio. Por casualidad entramos una taberna situada en la calle Sidiras Merarhias, justo frente al parque, y pedimos algunos de los platos más característicos del país: ensalada griega, souvlaki, pulpo y algunas otras especialidades, todas ellas muy bien preparadas. Debo adelantar que, salvo escasas excepciones, la comida a lo largo del viaje será de una calidad más que aceptable. Sin embargo, debo añadir también que, a diferencia de épocas pasadas, hoy en día comer en Grecia no resulta barato; dependiendo obviamente de los platos elegidos, el precio por persona puede oscilar entre los ocho y los doce euros, siempre y cuando uno se modere y no abuse del pescado fresco y evite los restaurantes de nivel medio-alto.
NAUPLIO - MYSTRA - GITIÓN
Domingo, 12 de octubre de 2003
A las siete de la mañana hacemos sonar nuestros despertadores, ansiosos por disfrutar del más que presumible encanto de Nauplio, un encanto que la nocturnidad nos ha negado el día anterior. A pesar de la hora, nada más pisar la calle encontramos un café abierto y decidimos tomar nuestro primer café griego. Y, como suele ser habitual, su textura nos desagrada ligeramente: es un café abundante en posos. Advertimos, no obstante, la existencia de un buen número de tortas y hojaldres –con los que habitualmente se desayunan algunos nativos– que van desde el de queso feta (tyropitakia) al de espinacas (spanakopites), y cuya variedad iremos descubriendo día a día. Además del aporte energético que nos proporcionan, en casi todos los sitios se encuentran recién hechos, o al menos de ese mismo día.
Una vez satisfechas nuestras necesidades alimenticias, nos adentramos de lleno en la ciudad antigua, un entramado de calles paralelas que desembocan en el puerto y que a su vez son atravesadas por otras más pequeñas, todas ellas decoradas por hermosas y en general bien cuidadas fachadas, herencia del dominio que los venecianos ejercieron intermitentemente en la ciudad desde el siglo XIV. A esas horas, recién amanecido el día, las calles se exhiben en todo su esplendor: el silencio les confiere un cierto lirismo, como si los espectros del pasado tomaran cada noche posesión de sus antiguos dominios. Los comercios permanecen todavía cerrados; los restaurantes tampoco han abierto. La luz del alba penetra con dificultad por los pequeños angostillos dibujando sombras afiladas en las fachadas. La plaza Sintagma, amplia y poderosa, parece ejercer de corazón de este ordenado complejo de callejuelas e iglesias. En una de estas últimas, en Panagia, se escuchan los cantos procedentes de la liturgia matutina.
Es Nauplio una ciudad hermosa, con la belleza sencilla de quien no necesita ornamentos, y aquellas dos horas intensas, si bien escasas, nos permiten disfrutarla mucho mejor que si hubiéramos permanecido días enteros sin salir de sus muros.
Con esa sensación penetrante dejamos Nauplio para dirigirnos más al sur, a Mystra, antigua ciudad bizantina declarada Patrimonio de la Humanidad. Mystra, en origen un asentamiento franco del año 1249 que se convirtió rápidamente en una de las principales capitales del imperio Bizantino, sustituyendo en importancia a la cada vez más decadente Constantinopla, por aquel tiempo víctima de continuos asedios por parte de los turcos. La visita puede llevar de tres a cuatro horas, sobre todo por su emplazamiento ascendente, lo que obliga a hacer pequeñas paradas en el camino para tomar aliento. Sin embargo, a mi juicio, es en la ciudad baja donde se concentran los monasterios más atractivos: la Metropoli, que aún conserva extraordinarias pinturas murales en su interior y que alberga un modesto museo, y los de Vrondohion (San Teodoro), con dos interesantes iglesias, y Pantanasa, el único todavía habitado en nuestros días. Pese al esfuerzo que requiere, también merece la pena subir hasta las mismísimas puertas del castillo, entre otras cosas porque desde allí se disfruta de unas extraordinarias vistas de la región.
Con idea de iniciar al día siguiente un recorrido por la península de Mani, situada en el extremo sur del Peloponeso, decidimos pasar la noche en Gitión. Llegamos todavía con las últimas luces del día, lo que nos permite buscar alojamiento con tiempo suficiente. Tras considerar varias opciones, nos decantamos por un hostal situado en la carretera de Areopoli cuyas habitaciones frente al mar nos permitirán mañana por la mañana disfrutar de uno de los clásicos amaneceres mediterráneos. El precio por cada habitación, 30 euros, nos parece bastante ajustado a lo que se ofrece.
Gitión es una localidad costera no excesivamente turística, pero sin embargo resultará ser una de las localidades visitadas más atractivas. Es un lugar tranquilo (al menos en esta época del año), con sencillas casas blancas agolpándose y trepando sobre la ladera de la montaña que, a modo de imponente fortaleza, emerge a pocos metros del mar. Y como sencillo emplazamiento pesquero, ofrece numerosos restaurantes donde probar buen pescado fresco y otros productos marinos. Todavía poco conocedores de la cocina local, una brocheta de pez espada y un buen plato de pescaditos nos convence de las bondades culinarias de estos mares.
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