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Viaje al Corazón de Indochina IV

17. DÍA. DOMINGO 3. SAPA-BAC HA-LAO CAI

El tiempo continua igual: niebla y frío, por lo que nos abrigamos lo más posible con lo poco que tenemos y antes de salir de la habitación, dejamos en la basura un par de Kg de ropa sucia y subimos a la furgoneta con otros turistas para partir hacia Bac-Ha. La carretera está llena de baches, y vamos botando como pelotas durante 2 horas, hasta llegar al mercado que presenta una gran animación; lo más interesante del mismo está en los trajes típicos que visten las mujeres de las diferentes etnias de la zona (Hmong, Phu, Zay, Black Hmong...) y que producen un colorido espectacular27. Deambulamos por el mismo y apenas compramos nada, porque los productos son parecidos a los del mercado de Sapa que visitamos ayer; aquí, lo interesante es ver a la gente y eso es lo que hacemos. Tras la comida, nos llevan a visitar un pueblo de los Homong pero es una auténtica “turistada” y no nos gusta demasiado. De vuelta a Lao-Cai (ciudad muy castigada por el enfrentamiento chino-vietnamita en 1979) y, antes de dejarnos en la estación, nos acercan a ver el puente que hace de frontera entre China y Vietnam, por el que en esos momentos no transita demasiada gente. Recogemos el equipaje, y nos adelantan la hora de salida (es una putada porque llegaremos a Hanoi a las 5 de la mañana), además de que tenemos la impresión de que también nos han cambiado el tipo de tren. Pedimos explicaciones, pero no nos hacen ni caso, así que subimos a nuestro vagón, en el que viajaremos acompañados de Antonio, un jubilado americano de origen italiano que vive en Saigon, y que viaja acompañado de una señora vietnamita; nos comenta que ha viajado por más de 50 países de todos los continentes y la conversación, mezcla de inglés y castellano, se alarga durante un par de horas.

18. DÍA. LUNES 4. HANOI-HALONG BAY

Es todavía noche cerrada cuando llegamos a Hanoi, y nos dirigimos a la estación para hacer tiempo, antes de ir a la agencia donde nos recogerán para ir a Halong Bay; por el camino, oímos como una pareja pregunta por la policía, porque les han robado en el tren. En el interior de la estación, se encuentran dos chicas españolas que también vienen de Sapa y hablamos un buen rato con ellas (que gusto poder expresarnos en castellano) hasta que amanece, momento en que cogemos un taxi, que de nuevo nos hace la “pirula”: circula exageradamente lento (y eso que el tráfico es muy escaso) y comienza a dar un rodeo (sabemos más o menos donde se encuentra la agencia). Le comenzamos a decir de todo mientras el taxista ni se inmuta, pero sí lo hace cuando nos deja en el lugar indicado, y le pago menos de lo que marca el taxímetro. Se cabrea, pero más cabreados estamos nosotros...

Nos vamos a desayunar y a las 7,30, nos acomodamos en una furgoneta que nos llevará a la bahía de Halong, en el Golfo de Tonkin, en un viaje de tres horas junto a una decena de “guiris”. Nada más llegar, subimos a nuestra embarcación en medio de cientos de turistas y con un día neblinoso, que hace que las vistas no sean demasiado atractivas. Por la tarde, y mientras vamos navegando, el tiempo va aclarando, hasta quedarse un día excelente. Visitamos una cueva con multitud de estalactitas y estalagmitas, damos un paseo en Kayak y posteriormente me doy un baño estupendo. Después de ducharnos, tomamos una cerveza en cubierta para ver un lindo atardecer. Durante la cena, compartimos mesa con una pareja de bielorrusos, con los que cambiamos impresiones, hasta que decidimos subir de nuevo a cubierta para disfrutar de la noche; hace algo de frío, pero con el polar se está estupendamente. El espectáculo de la bahía, iluminada por los barcos que, como nosotros, fondean en la misma, es impresionante, con las luces reflejadas en el agua y, al fondo, emergiendo como fantasmagóricos dragones, la sombra nocturna de los mogotes (así se llaman las más de 3000 rocas que “pueblan” Halong). Casi nos quedamos dormidos, por lo que decidimos irnos a la cama, para madrugar al día siguiente y ver el amanecer.

19. DÍA. MARTES 5. HALONG BAY-HANOI

A las 5,30 estamos de nuevo en el exterior, donde el frío de la madrugada, hace que tengamos que subir las mantas del camarote. De nuevo, y al igual que la noche anterior, somos los únicos en cubierta y, a pesar de que está un poco nublado, el amanecer resulta espectacular, y lo disfrutamos con un silencio estremecedor, solamente turbado por el crujir de los mástiles mecidos por el viento. A las 8 h. vamos a desayunar y, al levantarme de la hamaca, se escurre la cámara de fotos, y no cae al agua porque la retiene un salvavidas que hay en un costado (Rosi dice que ha sido el ángel de la guarda, bien sea cristiano o budista. La creo.) Inmediatamente, el barco se pone en marcha y navegamos entre los mogotes, observando las casas flotantes, donde viven pescadores y vendedores de fruta y bebida, los cuales se acercan a los numerosos barcos atestados de turistas, para ofrecer sus mercancías. Abandonamos el barco para subir a una especie de barca bastante andrajosa y dar una vuelta por los alrededores, cuando, a mitad del camino, el motor empieza a echar humo y se para; el barquero tarda un buen rato en arreglarlo y cuando regresamos, nos piden dinero, quedándonos todos sorprendidos por que nos habían dicho que todo, excepto la bebida, estaba incluido en el precio; el guía nos dice que nos había avisado, lo cual es mentira, aunque todos terminamos pagando. De nuevo a bordo, disfrutamos de nuestras últimas horas en ese mar salpicado de pequeñas islas y nos dirigimos al puerto, al que llegamos 2 horas más tarde. Después de la comida en un restaurante cercano, regresamos a Hanoi para alojarnos en el Hotel Vietnam II, situado en el barrio antiguo, por el cual pagamos 20 $ por noche, con desayuno incluido. Después de descansar un rato, hacemos algunas compras y nos damos un homenaje en el restaurante Ópera, por unos 30 €.

20. DÍA. MIÉRCOLES 6. HANOI

Después de desayunar, vamos en taxi (acordando el precio con antelación) a visitar el Mausoleo de Ho-Chi-Min. El lugar es bastante feo, con una fría estética comunista, muy en la línea de los dedicados a otros dirigentes como Lenin o Mao-tse-tung, y está lleno de gente, mezclándose turistas con vietnamitas que, sobre todo estos últimos, muestran un sincero respeto hacia el héroe revolucionario. Tras hacer cola durante un breve espacio de tiempo, nos dirigimos acompañados por un soldado a ver el cadáver embalsamado de la persona que en 1945, durante la ocupación francesa, declaró la independencia de la República Democrática de Vietnam; los franceses no la aceptaron, y tras la batalla de Diem Bi Phu, en la que los “gabachos” fueron derrotados, el país se dividió en dos partes separadas por el paralelo 17, en tanto se preparaban elecciones para su unificación. En el norte se estableció un régimen comunista bajo la influencia China (Vietnam del Norte), mientras en el sur se creaba una república bajo el apoyo y los intereses de Estados Unidos (Vietnam del Sur). No tardó en estallar la guerra que culminó en 1973 con la victoria comunista y la reunificación del país con el nombre de República Socialista de Vietnam, logro que Ho-Chi-Min no pudo disfrutar porque había muerto en 1969.

En el interior hace frío y, como vamos en manga corta, llevo los brazos cruzados, cosa que me recrimina uno de los soldados que custodian el lugar porque significa una falta de respeto; le hago caso y me pongo casi en posición de firmes. Después de rodear el féretro en el que descansa el tío Ho (apelativo cariñoso por el que es conocido), salimos al exterior para visitar el interesante museo en el que se le rinde homenaje, y en el que se muestran diversos objetos que utilizó durante su vida. Después damos un largo paseo para ver la coqueta pagoda del Pilar Único, y el templo de la Literatura, dedicado a Confucio y primera universidad vietnamita. Antes de comer, probamos la Bia-Hoi, cerveza local de barril, que a Rosi no le gusta nada. Después de comer Cha-Ca, una especialidad local con carne, arroz y verduras, que nos decepciona bastante, hacemos algunas compras y caminamos durante toda la tarde pensando en ir a cenar a otro restaurante de lujo (el Four Seasons o el Emperor), pero nos da pereza, y como nos encontramos al lado del Little Hanoi, local que nos causó tan buena impresión el primer día, decidimos repetir.

21. DÍA. JUEVES 7. HANOI-BANGKOK

Es nuestro último día en el País del Agua (nombre que le hemos dado a Vietnam), y lo primero que queremos hacer es darnos un masaje. Pedimos consejo al recepcionista del hotel, y nos recomienda el centro de masajes Tresor, cerca del lago Hoam-Kiem, lugar al que acudimos para disfrutar de una experiencia altamente gratificante, por un precio irrisorio (5 € la hora). Después de sacar las entradas para el Teatro de Marionetas (ayer estaban agotadas), comemos -mejor dicho, como porque a Rosi le da bastante reparo- en un chiringuito de la calle, con un par de vasos de Bia-Hoi y, como no tienen otra cerveza, a ella le consiguen rápidamente una de lata en un bar cercano. Después nos dirigimos al teatro, en el que el espectáculo consiste en la visualización de una historia, a través de marionetas que se mueven sobre agua manejadas con largos palos por personas, ocultas tras el telón; seis o siete músicos, con instrumentos tradicionales vietnamitas, acompañan la representación. Al finalizar, observamos que la pareja que está sentado a nuestro lado es española y, mientras gastamos nuestros últimos dongs bebiendo Bia-Hoi, nos cuentan que son de Madrid y que vuelven a España en Navidad, después de pasar nueve meses viajando por Australia y Nueva Zelanda, viviendo con lo que el chico ganaba realizando tatuajes a la gente. Tras acabar medio borrachos (0,10 € por vaso, seguramente la cerveza más barata del mundo), vamos al hotel a por las maletas y esperar al taxi, que nos trasladará al aeropuerto para coger un vuelo a Bangkok. A pesar de que son 30 Km de distancia, a esa hora el tráfico es fluido, y el trayecto lo realizamos en poco tiempo; al llegar, el taxista (siempre los taxistas) nos dice que le paguemos, cuando ya lo habíamos hecho en el hotel: paciencia...

Después de comprar colonias a buen precio en la duty-free, embarcamos en el avión que nos traslada a Bangkok en menos de dos horas. Después de pasar los trámites aduaneros sin problemas tomamos un taxi, que en 45 minutos nos deja en un hotel de Khaosan Road, zona a la que rápidamente bautizamos como el Benidorm tailandés, ya que la única diferencia con la ciudad levantina, es la presencia de gente con ojos rasgados, siendo todo lo demás muy parecido: guiris por todas partes, restaurantes, pubs... El hotel, en el que habíamos hecho una reserva a través de internet, no se parece en nada a lo que mostraba la página web, pero es demasiado tarde para irnos a buscar otro. Mañana será otro día.

22. DÍA. VIERNES 8. BANGKOK

Nada más levantarnos, salgo en busca de otro hotel por la zona. El calor es muy pegajoso y me enseñan cuatro o cinco habitaciones, que no mejoran la nuestra. Llego a uno con buena pinta, pero está lleno (maldita temporada alta), así que decidimos quedarnos donde estamos. Al salir nos indican que debemos abonar la habitación, pero no tenemos dinero tailandés y les explico que les pagaremos más tarde, cuando cambiemos. Estamos muy cerca del Palacio Real, y hacia allí nos dirigimos andando, en medio de una mega-ciudad, que a pesar del incesante tráfico, nos parece silenciosa en comparación con las ciudades vietnamitas; pronto descubriremos que es debido a que es una urbe más occidental, sin apenas motocicletas circulando, por lo que no hay ruido de claxons, lo más molesto para nosotros. Una vez en el Palacio, y para visitarlo, tenemos que ponernos pantalones largos, que nos prestan en la taquilla. El complejo es inmenso, con una gran cantidad de templos y esculturas, algunas francamente bellas, que si no fuera por el calor, dan para una visita larga. Después nos dirigimos a otro templo, el Wat Pho, donde se encuentra el llamado buda reclinado8, que pasa por ser el más grande del mundo y que realmente impresiona bastante. En el camino, los omnipresente drivers de los tuk-tuk, nos tratan de engañar indicándonos falsos caminos para llegar a la entrada de los edificios (sinvergüenzas), suponemos que con el fin de cansarnos y así contratarlos a ellos. Son las 13,30 y estamos agotados, así que decidimos coger un bus con la intención de ver la ciudad cómodamente sentados con aire acondicionado, y aprovechar para ir a un restaurante recomendado por la Lonely. Después de una hora, nos encontramos en mitad de un impresionante atasco, y todavía nos queda la mitad del camino, así que, en Siam Square, decidimos apearnos del vehículo e ir a comer a otro sitio. Tenemos suerte porque nos metemos en un restaurante Thai, donde comemos de maravilla para posteriormente, darnos una vuelta por un par de centros comerciales de los muchos que hay Bangkok, y acabar en uno gigantesco llamado Pantik Plaza, íntegramente dedicado a aparatos electrónicos. Estamos a punto de comprarnos una máquina de fotos pero nos “tira” para atrás el tema de la garantía y el que el menú de la misma no aparece en castellano. Después de un día agotador, regresamos en Tuk-Tuk al hotel, dónde nos encontramos con la sorpresa de que la habitación está sin arreglar porque, según nos explican, no habíamos pagado la misma previamente; lógicamente, les decimos de todo, aunque les da igual. Por cierto el hotel tiene el rimbombante nombre de Nana Plaza Inn, y desde luego no me volvería a alojar en él ni aunque me pagaran.

Antes de cenar nos vamos a dar un masaje tailandés, que a mi me encanta, aunque a Rosi le parece demasiado duro. Al acabar, vamos paseando para encontrar por casualidad un restaurante dónde asan pescados y mariscos en la calle. Pedimos una buena ración de gambas enormes y un pescado blanco delicioso, acompañados de arroz, verduras y varias cervezas. (10 €). Damos una vuelta por un mercadillo cercano y, después de tomar una copa nos vamos a dormir.

23 Y 24. DÍA. SÁBADO Y DOMINGO 9 Y 10 DE DICIEMBRE. BANGKOK-DOHA-MADRID-ALICANTE

Son nuestros últimos días de vacaciones. Desayunamos en el restaurante de un hotel, en el que el dueño, se “enrolla” con nosotros al comprobar que somos españoles (conoce bastante bien nuestro país) y nos permite dejar el equipaje allí, hasta la hora de partir al aeropuerto. Le preguntamos dónde podemos hacer alguna compra rápida y nos recomienda un mercado. “Pillamos”un taxi (antes preguntamos a un par de conductores de tuk-tuk, pero solo aceptan ir allí o bien por un precio elevadísimo o bien si antes pasamos por alguna tienda de amigos suyos...). El mercado es enorme pero tiene un problema grave: no te dejan probarte la ropa, por lo que no compramos nada y tres horas después, volvemos a Khaosan Road, para darnos nuestro último masaje, esta vez con aceite; Rosi sale encantada pero mi me gustó más el del día anterior, pues era más deportivo y además me lo dio una chica; hoy me lo ha dado un tío y claro, no es lo mismo. Después de comer, recogemos las maletas y vamos a la agencia dónde hemos contratado el transfer al aeropuerto. El minibús, en el que también viaja un piloto valenciano que trabaja para la aerolínea australiana Jet Star y vive en Singapur, parte con retraso y además, no sabemos por qué, nos cambian a otro a mitad de camino, ante la protesta de todo el pasaje. Una vez en el avión, nos percatamos de que viaja un grupo de jóvenes vietnamitas con atuendo deportivo, que suponemos se desplazan a Doha para participar en los Juegos Asiáticos que allí se celebran. Preguntándonos en que deporte participarán, Rosi vuelve a estar ingeniosa y opina, que con la endeble constitución física que tienen, sólo pude ser en el de carreras de tuk-tuk. Nos reímos con ganas...


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