Viaje al Corazón de Indochina III
Temprano vamos a desayunar, y nos encontramos con un buffet digno de un hotel de 3 o 4 estrellas en España. Después alquilamos 2 bicicletas y nos dirigimos a la playa, situada a 4 km y en la que, durante la guerra, al igual que en la cercana China Beach, descansaban los soldados americanos cuando disfrutaban de un permiso. Tras darnos un buen baño en las cálidas aguas, observo una barca de pescadores, que está echando las redes y se va acercando a la orilla. Al llegar a la misma, los pescadores se bajan y comienzan a recogerlas; me acerco a hacer algunas fotos y me ofrezco a ayudarles, lo cual aceptan encantados (o eso me parece, aunque seguramente piensen que soy el típico “guiri” gilipollas). El caso es que no sé si lo hacían adrede o no, pero mis tirones eran como tres de los que daban ellos. Cuando la red llega a la orilla, me llevo una gran desilusión porque “habíamos” pescado poco y además, ejemplares muy pequeños, con la excepción de una especie de pez espada. Rápidamente son seleccionados y una mujer se los lleva a todo correr, supongo que a venderlos. Sobre las 12, volvemos a la ciudad y nos acercamos a un banco a cambiar dinero, con la agradable sorpresa de que el euro ha subido bastante con respecto al dong (1 €/21710 dongs). Charlamos con una pareja de españoles que nos recomiendan hacernos algo de ropa (Hoian es famosa por sus sastrerías, en las que te hacen casi al instante cualquier tipo de ropa, fundamentalmente de seda) y nos aconsejan una de ellas, a la cual nos acercamos para que Rosi encargue un traje y una falda, además de un pañuelo y un par de corbatas, todo por 30 €.
Después de tomar una “birra” al otro lado del río, vamos a comer al restaurante Sao Mai, 48,Bach Dang st., otra recomendación de la pareja del banco, donde probamos una maravillosa comida típica de la zona (el pescado hecho en hoja de banano es insuperable), y practicamos el inglés americano con un matrimonio de San Diego. Al acabar la charla, nos acercamos al hotel para darnos un baño (se agradece mucho una piscina fresquita), hasta la hora de ir a recoger la ropa. Tras comprar algunas láminas, vamos de nuevo a Sao Mai, donde volvemos a pegarnos un verdadero festín, destacando en el menú un plato local llamado la Rosa Blanca, una especie de relleno de pescado, aderezado con una suave salsa, y envuelto en una finísima capa de pasta, cuya presentación guarda cierta semejanza con una flor. Tanto el menú de la comida como el de la cena, nos sale por unos 5 € y para Rosi resultará ser el mejor restaurante de los que conozcamos durante el viaje
12. DÍA. MARTES 28. HOIAN-HUE
Después de un abundante desayuno, subimos a un autobús, como de costumbre lleno de extranjeros, que a una velocidad media de 50 km./h., se dirige a Hue, antigua ciudad imperial, situada al sur del paralelo 17 y que en la guerra estuvo tomada varios días (45 concretamente) por el Vietcong, (la guerrilla comunista creada en Vietnam del Sur por el régimen comunista de Vietnam del Norte, para hostigar al gobierno de Saigón, y que tanta importancia tuvo en el devenir de la contienda), y el ejercito norvietnamita, en la llamada ofensiva del Tet de 1968. Cuando los survietnamitas se mostraron incapaces de desalojar a sus ocupantes, los marines norteamericanos entraron en acción y barrios enteros y parte de la Ciudadela, considerada Patrimonio de la Humanidad, y que originariamente contaba con numerosas construcciones de gran belleza, quedaron arrasados. Al final los norvietnamitas se tuvieron que retirar, pero habían causado un gran golpe de efecto, que quizá precipitó la derrota norteamericana.
El autobús nos deja en la puerta de un hotel (tontos no son...) cerca del centro, donde nos invitan a quedarnos. Echamos un vistazo, y después de regatear dejamos una habitación muy decente en 13 $, y sin comisión a la hora de pagar la cuenta con Visa (fórmula recomendada por mi cuñado Phil). Vamos sin demora a la Ciudadela, cuya construcción fue iniciada hace 200 años por Gia Long, el primer Emperador de la dinastía Nguyen, y que está formada por la Ciudad Imperial, en la que el Emperador y los mandarines llevaban a cabo las tareas de gobierno, y la Ciudad Púrpura, ocupada por los aposentos privados del emperador y su familia y en la que, siguiendo la tradición de otras ciudades prohibidas como la de Pekín, sólo sirvientes eunucos tenían acceso a la misma. Un paseo por su interior nos muestra una inmensa superficie ocupada por la vegetación y algún notable edificio, muestra de su antiguo esplendor. El lugar es un remanso de paz en medio del tráfico de la ciudad, y es difícil imaginar los intensos combates que los vietnamitas libraron, primero contra los franceses, y más tarde contra los americanos. Después de la visita vamos a picar algo a un bar cercano, y posteriormente regresamos al hotel para descansar un poco. Por el camino pasamos al lado de un hospital, en cuyos alrededores los enfermos pasean con sus pijamas como si tal cosa; nos quedamos alucinados. Al anochecer buscamos una lavandería, y tomamos unas “birras” en un “bareto” sin nada especial recomendado por la Lonely, hasta la hora de cenar en la terraza de un restaurante elegido sobre la marcha, por la sensación de frescor que desprendía una fuente cercana a las mesas.
13. DÍA. MIÉRCOLES 29. HUE
Salimos temprano hacia el pequeño puerto (cada uno de “paquete” en una motorbike), para hacer un crucero por el Río Perfume y ver una serie de pagodas y tumbas de emperadores que se encuentran en su orilla; antes compro a unos vendedores callejeros unas mandarinas (de mucha peor calidad que las nuestras) y unos bollitos recién hechos. Embarcamos con siete “guiris” más y al poco tiempo, a una pareja de alemanes les enseñan un menú para la comida, que pagan sin rechistar. Con nosotros y con el resto del pasaje también lo intentan, pero le comentamos a la chica que llevamos incluida la comida, con lo cual comienza a “mosquearse”. El espectáculo río arriba es muy bonito, con un paisaje más montañoso que el que ofrecen las riberas del Mekong, y después de parar al lado de la elegante pagoda de Thiem Mu, desembarcamos para visitar la primera de las tumbas, pero resulta que esta se encuentra a un par de kilómetros, por lo que hay decenas de motos queriéndote llevar hasta ella por 1 $ el trayecto y, cosa inaudita en el país, sin admitir ninguna rebaja. Total, que todos los “guiris” decidimos no pagar e ir andando, (con la excepción de los alemanes que, muy enfadados, deciden abandonar el barco) con lo que, cuando llegamos a la puerta, es hora de volver, cosa que hacemos pensando en visitar otra del recorrido. Regresamos al barco y nos dirigimos a la tumba del emperador Minh Mang, situada en un precioso lugar rodeada de jardines, estelas con figuras de elefantes y mandarines y con un tranquilo estanque. Cuando volvemos nos sirven la comida con bastantes malos modos, por lo que todo el pasaje se amotina y, como protesta, nadie compra bebida, que no estaba incluida en el precio y bebemos agua propia. El viaje continua sin más incidentes, y aprovechamos para charlar con una pareja de italianos y una señora israelí hasta volver a Hue sobre las 14 horas. Después de desembarcar nos dirigirnos al mercado dónde compramos algo de fruta y un coco. Volvemos al hotel en ciclo-taxi para descansar un rato y posteriormente salir a dar un vuelta y cenar en La Carambole, un restaurante de cocina vietnamita-francesa, donde por 12 €, nos tomamos un menú degustación bastante interesante, aunque sin comparación con nuestros anhelados restaurantes de Hoian. Mañana volamos a Hanoi, donde esperamos encontrar un clima más fresquito.
14. DÍA. JUEVES 30. HUE-HANOI
El avión de Vietnam Airlines parte sin problemas del aeropuerto de Hue, el cual soportó también, al igual que el de Danang, un intenso tráfico aéreo durante la guerra, dada su cercanía a la zona desmilitarizada que separaba los dos Vietnam. A las 9,30, estamos en Hanoi, la capital vietnamita que nos recibe con niebla y amenaza de lluvia. “Pillamos” un taxi compartido por 1,5 € cada uno y le decimos que nos deje cerca de la agencia Sihncafé, ya que queremos ver lo antes posible la forma más rápida de ir, primero a las montañas de Sapa, y después a Halong Bay. La Lonely advierte con mucha razón, que se copian las marcas de los establecimientos hecho que comprobamos porque: nos llevan a una falsa, aunque pensamos que por preguntar nos perdíamos nada. Nos sientan cómodamente y nos sirven té de forma muy amistosa, para comenzar a explicarnos los detalles de cada uno de los viajes. Cualquier cosa diferente que proponemos nos la ponen dificilísima, y después de un buen rato les decimos que nos vamos a tomar un café para pensarlo, con lo cual los gestos amistosos se convierten inmediatamente en caras de enfado (realmente les queda mucho que recorrer para ser verdaderos profesionales del turismo). Ante esta situación decidimos marcharnos lo antes posible de aquel lugar, y visitamos otro par de agencias, donde nos dicen que se han agotado los billetes de tren a Sapa para esa noche, hasta llegar a otra en la que, milagro, si tiene billetes. Así que, tras media hora de explicaciones y regateo, contratamos el viaje a las montañas y a Halong Bay. Es hora de comer y nos dirigimos al cercano restaurante Little Hanoi, donde la relación calidad-precio es muy aceptable. Damos una vuelta por la zona, en la que los nombres de las calles, identifican las profesiones que allí se desarrollan: de la seda, del cobre, de las lápidas...(me llama sobre todo la atención en esta última, el que las fotos de los difuntos se muestren en las lápidas que están expuestas al público). El tráfico es intenso entre las estrechas callejuelas, ocupadas las aceras por artesanos o por puestos de venta de productos de lo más variopinto, con lo cual no queda más remedio que ir por la calzada, con el riesgo que ello supone para nuestra integridad física. A la hora acordada volvemos al hotel-agencia, donde nos recoge una furgoneta para llevarnos a la estación de tren y acceder entre una marabunta de personas, fundamentalmente turistas, a un destartalado tren, en uno de cuyos compartimentos nos instalamos junto a una pareja de jóvenes vietnamitas recién casados, en viaje de novios a Sapa. No podemos conversar demasiado porque apenas balbuceaban algo de inglés, por lo que a las 10 de la noche nos disponemos a pasar la noche lo mejor posible en nuestras literas.
15. DÍA. VIERNES 1 DE DICIEMBRE. HANOI-LAO CAI-SAPA
Son las 5 de la mañana y en el tren empieza a haber movimiento. Nos despertamos después de haber dormido razonablemente bien y al poco tiempo llegamos a la estación de Lao Cai, ciudad fronteriza con China, donde decenas de furgonetas esperan a los turistas para trasladarlos a la pequeña localidad de Sapa, que en tiempos de la dominación francesa fue un balneario en plena montaña, utilizado para huir del asfixiante verano de Hanoi. El día amanece bastante gris, y la niebla nos impide ver el paisaje desde la furgoneta en el trayecto que, montaña arriba, nos conduce Sapa. Allí nos trasladan a un hotel para desayunar y darnos una ducha en la habitación del responsable de la agencia, que prácticamente queda inundada debido a la cantidad de personas que hace lo mismo que nosotros. Al poco tiempo nos presentan a la que va a ser nuestra guía durante el trekking, una chica de la etnia black hmong, que va vestida con un traje tradicional precioso, y partimos entre la lluvia, acompañados de 2 chicas israelíes y Luca, un simpático italiano. El recorrido es altamente interesante a pesar de la persistente niebla, y en todo momento nos acompañan multitud de mujeres de la misma etnia que la guía, poniendo con sus vestidos un poco de color a un día excesivamente grisáceo. Nos intentan, y en ocasiones lo consiguen, vender toda clase de productos, en especial unos bolsos hechos a mano y teñidos con índigo y, aunque su inglés es muy básico, les es suficiente para preguntarnos las cuatro cosas que más les interesan: cómo nos llamamos, de dónde somos, si estamos casados y cuantos hijos tenemos. En el camino, además de con lugareños que van y vienen, nos cruzamos con otros grupos de turistas que, como nosotros, se dirigen a pasar la noche en una homestay. Hacia las 4 de la tarde llegamos al lugar que, perdido en mitad de la nada, será nuestro alojamiento durante esa noche. Nos encontramos delante de una construcción de madera de dos plantas que paso a describir, para que cada cual saque sus conclusiones: en la planta inferior, encontramos una especie de salón, con un suelo irregular de tierra, en el que también se encuentran los dormitorios de la familia, separados por cortinas. A su lado, la cocina con un fuego entre las piedras, pero sin chimenea. En la parte de arriba, que será nuestra habitación, hay un almacén con sacos de arroz, y en el suelo, colchones protegidos con mosquiteras. En el exterior, un poco de cemento en la entrada y lo demás, campo, en este caso embarrado, y en la parte trasera, una caseta con una agujero, que al igual que en el lejano oeste, hace las veces de “cuarto de baño”. Las caras de las israelíes son todo un poema, y la frase lapidaria de Rosi es que si su padre se entera de que ha pagado por dormir en ese “cuchitril”, no le volvía a hablar en su vida; sólo puedo asentir sonriendo. A partir de ahí, tratamos de pasar el resto de la tarde-noche lo mejor posible, y creo que lo conseguimos. Hacia las 5 comienzan a cenar los hombres, más numerosos de lo habitual, porque han venido varios parientes a ayudar en la construcción de un nuevo hogar -falta les hace, digo para mis adentros-, y dos horas después lo hacemos nosotros junto a las mujeres, los niños y el hermano menor, que se convierte en protagonista de la velada al ser el único que hablaba un poco de inglés, y por empeñarse en emborracharse (y emborracharnos) con un licor de arroz francamente asqueroso (como echamos de menos un fresquito orujo de hierbas). La cena, aunque básica, es bastante abundante y al finalizar entonamos algún cántico y vemos durante un buen rato el estruendoso Karaoke, aparato estrella no sólo de la casa, sino del vecindario. A pesar de que estamos disfrutando con la velada, hace un frío del “carajo” y nos vamos a la cama para intentar entrar en calor. El aire se cuela por todos los sitios, pero el acostarnos vestidos y el uso de gruesas mantas hace que durmiéramos bastante bien, aunque yo me tuve que levantar en mitad de la noche para ir al “baño”, y fue todo un espectáculo bajar las escaleras con la linterna para descorrer, no sin dificultad, el pesado madero de la puerta, y salir al exterior en medio de la oscuridad y la niebla (me acordé de Jack Nicholson en “El Resplandor”). Por supuesto no llegué al agujero para hacer un pis.
16. DÍA. SÁBADO 2. SAPA
Rosi y yo somos de los primeros en despertarnos en toda la “choza”. Ordenamos las mochilas, y nos lavamos un poco la cara en un tronco de madera vaciado lleno de agua, que a modo de lavabo, hay al lado de la cocina. Tomamos asiento en el “porche” (total, hace igual de frío dentro que fuera) y comienzan a llegar las primeras black Hmongs; a algunas ya las conocemos y están un rato observándonos, mientras la guía nos prepara unas tortitas que rellenamos a modo de crepe, de banana y miel. Después de desayunar y, acompañados por las sempiternas mujeres, iniciamos la marcha. La niebla es todavía más espesa y el terreno está embarrado y muy resbaladizo. Un par de tropezones hacen que meta los pies en el agua, mientras las nativas ayudan a las mujeres a cruzar por los lugares más peligrosos, componiendo un cuadro cuando menos curioso. Circulamos por estrechas sendas entre enormes extensiones de bambú y no es difícil imaginar la dificultad de los americanos en su lucha contra los norvietnamitas. El paisaje, cuando lo logramos ver entre la neblina, es precioso y tras caminar alrededor de 3 horas, llegamos al “garito” donde vamos a comer. Hace bastante frío, pero a pesar de todo, las mesas están en el exterior y la guía nos prepara un Pho con huevos, capaz de resucitar a un muerto, para posteriormente subir a una furgoneta que nos llevará hotel donde haremos noche. Nos damos una bien ganada ducha de agua caliente y, aunque la habitación está bastante bien, no hay calefacción, por lo que nos envolvemos en los mullidos edredones de las camas para entrar en calor. Decidimos no dejarnos caer en brazos de Morfeo y visitar el llamado love market de Sapa (todavía no sabemos el motivo del curioso nombre) y salimos del hotel entre una niebla londinense que lo cubre todo -no se ve a mas de 2 metros- para, en pocos minutos, alcanzar el mercado donde regateamos con ganas. Es temprano pero en vista del gélido ambiente, decidimos volver al hotel para preparar la maleta (es la enésima vez que lo hace Rosi), cenar relajadamente, e irnos a acostar. La cena es francamente buena y el restaurante, muy agradable, con una música de fondo que no es el estridente karaoke habitual. Cuando estamos acabando, nos damos cuenta que hay 2 chicos españoles consultando Internet y acabamos charlando animadamente con estos dos recién licenciados en periodismo, que durante un par de meses han recorrido Camboya (donde aprovecharon para hacer un reportaje sobre las minas terrestres antipersonas, que dejó como herencia el genocida Pol Pot), y Vietnam en bicicleta. Nos vamos a dormir. Mañana visitaremos el mercado más importante de la zona, situado en la ciudad de Bac-Ha.
