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Viaje al Corazón de Indochina II

5. DÍA. MARTES 21. ANGKOR

A las 5 nos recoge Son (esta vez hemos negociado 13 €, porque el recorrido que vamos a hacer es más largo). Aún es de noche y la ciudad se está despertando; la temperatura es agradable a esas horas, y por la carretera ya circulan motos, bicicletas, carros, personas etc.,

Disfrutamos de un amanecer precioso, con el sol reflejándose en las tranquilas aguas y después nos dirigimos al templo de Banteay Srei, a una hora de camino por una carretera infernal, atravesando varias aldeas y observando “in situ” la vida rural en un país tan pobre como Camboya -gente en los arrozales, cientos de niños que van al colegio, otros muchos cerca de las casas sin nada que hacer, animales correteando por todas partes...Las motocicletas de pequeña cilindrada, “motorbikes”, como las llaman ellos, pueden transportar cualquier cosa, desde un par de cerdos, a una enfermo con un gotero puesto. El templo está bien, sobre todo por sus fantásticos relieves, pero quizá no merezca la pena hacer un trayecto tan largo. En el mismo conocemos a Cristina, una americana, que está haciendo un viaje muy similar al nuestro, mientras su novio trabaja en Bangkok. Hasta las 9 de la mañana el ambiente es agradable, pero a partir de ahora, el calor vuelve a apretar y después de “patearnos” cinco o seis templos más rodeados de orientales (ya no sabemos si son japoneses, chinos, koreanos....), nos comienza a atacar el llamado síndrome de Stendhal -una especie de mareo debido a la sobre exposición a tanto arte-. Son las 13 h. y llegamos a la conclusión de que ya hemos visto bastantes templos, así que decidimos irnos a descansar y volver para ver la puesta de sol, además de anular la noche de hotel que nos queda, y marcharnos al día siguiente. Después de comer el plato típico camboyano llamado Amok, consistente en una mezcla de carne con especias y verduras hechas al horno, y que está bastante rico, dormimos hasta la 4 de la tarde, hora en que nos recoge Son para ir a ver un bello atardecer en Angkor Wat. La cena la hacemos en el chino del primer día.

6. DIA. MIÉRCOLES 22. SIEM REAP-PHNOM PENH

Ha amanecido hace poco, y subimos a una furgoneta llena de “guiris” como nosotros, para trasladarnos al barco que nos llevará a Phnom Penh (20€ cada uno). En el trayecto volvemos a observar lo espartano de los hogares, para confirmar que realmente estamos en el Asia profunda. La llegada al embarcadero supone un nuevo caos de chicos queriéndote transportar las maletas y perdemos una de vista, por lo que vivimos un momento de cierta tensión. El fast-boat no es demasiado grande y consta de una parte interior con aire acondicionado, y la cubierta con el techo de forma ovalada donde nos podemos subir. A Rosi le da un poco miedo porque no tiene barandilla de protección, pero le comento que si el barco se hunde, en el interior no hay escapatoria posible, cosa que lejos de tranquilizarla, la pone más nerviosa. El caso es que el viaje transcurre plácidamente (son 6 horas) a través del lago Tonle Sap, que recoge las aguas del Río Mekong, y observando como la naturaleza ha creado un ecosistema realmente increíble que permite la vida de miles de personas (pescadores, agricultores, comerciantes...). Sobre las 13 horas llegamos a Phnom Penh, e inmediatamente cogemos un tuk-tuk para ir a la Guesthouse Capitol, dónde previo pago de 8 € nos instalamos en una habitación bastante decente. Después de comer algo, una ducha reparadora y recolocar las maletas, nos lanzamos a la calle, para visitar un mercado cercano en el que el bullicio y los diversos colores y olores, empapan los sentidos. En una de sus tiendas nos intentan timar con un reloj (vendiéndonos una copia por un original), y después damos un paseo hasta la orilla del río, donde la gente pasa la tarde charlando, comiendo, jugando.... Es difícil cruzar las calles: los pasos de cebra, señales de tráfico y semáforos no se respetan, por lo que lo mejor cerrar los ojos y encomendarse a los dioses (cuanto más mejor) para que los hábiles conductores te vayan sorteando. Tomamos una cerveza, y aunque es temprano, vamos a cenar a un Restaurante Indonesio (Bali) que tiene una terraza muy agradable; la comida, aunque bastante picante, no está nada mal. Después nos tomamos unas margaritas francamente malas, cuyo precio es el mismo que el del total de la cena y a las 9,30 nos volvemos al hotel, con un conductor suicida que circula entre el caos del tráfico, como si fuera Alonso. Zapeando en la televisión, veo los resúmenes de la última jornada de la liga española: el Bilbao no levanta cabeza.


7. DÍA. JUEVES 23. PHNOM-PENH-CHAU DOC-CAN THO

Al igual que ayer, volvemos a coger una furgoneta para ir al embarcadero y cruzar, en un espectacular recorrido, la frontera vietnamita a través del Río Mekong. Este imponente río nace en el Tibet y atraviesa varios países, dónde va tomando nombres diferentes, antes de desembocar en el Mar de China. A su paso por los mismos define límites nacionales, constituye una importante vía de comunicación, abastece de pescado a gran parte de la población e irriga las más fértiles y grandes plantaciones de arroz del mundo. Se estima que más de 60 millones de personas residentes en sus riberas dependen del mismo para obtener alimentos, agua y transporte, y que la pesca anual en este tramo final del río, representa el 20% del total de la captura mundial en cursos de agua dulce.

Al llegar al “embarcadero” (por llamarlo de alguna manera), nos encontramos con una barcaza, de aspecto poco fiable en la que nos acomodamos junto a varias personas, entre las que se encuentran dos catalanas que venían de Laos y con las que vamos charlando durante el viaje por “La Madre de Todas las Aguas”, que es lo que significa Mekong, su nombre más conocido. Nos apeamos para hacer los trámites aduaneros en la frontera, y ya en la parte vietnamita, subimos a otra embarcación, más pequeña aún, con sillas de playa como asientos (eso sí, muy cómodas). Esta parte del río cercana al Delta es espectacular, dividiéndose en 9 grandes brazos y cientos de canales, pasándose a llamar Cuu Long, “El Río de los Nueve dragones”. A las 15 h. llegamos a la ciudad de Chau Doc, donde “pillamos” un ciclo-taxi para los dos, con las maletas encima de nuestras rodillas, componiendo un cuadro que hace que Rosi se fuera partiendo de risa. El problema fue que, en vez de llevarnos a la estación de autobuses para ir a la ciudad de Can Tho (como le indicamos), nos llevó a un taxi privado. Cuando lo descubrimos nos negamos a pagarle y le obligamos a que nos llevará a la bus-station, dónde nos engañan miserablemente, ya que –nos dimos cuenta después- compramos un billete para ir en minibús directo, y nos “meten”en un vetusto autobús de línea regular, que va haciendo continuas de paradas, para tardar más de 3 horas en hacer 100 Km.. El vehículo circula la mayor parte del recorrido por el carril contrario, y un empleado va chillando por la ventana para que las motos y las bicis se aparten. Después de llegar a Can Tho, otro ciclo-taxi nos lleva a un hotel, en vez de a la oficina de turismo como le habíamos dicho (ya no sabemos si es que no nos entienden, o no nos quieren entender); no nos gusta y vamos a otro cercano, donde exhaustos, nos quedamos en una enorme habitación doble, y en la que más tarde descubriremos unos curiosos bichitos, que Rosi se entretiene matándolos, mientras voy a cambiar dinero. Vamos a cenar en tuk-tuk a un restaurante de la Lonely, para volver paseando y acostarnos temprano. Mañana hemos contratado una barca para ver amanecer en el Río e ir a los mercados flotantes.

8. DÍA. VIERNES 24. CAN THO-SAIGON (HO-CHI-MIN)

A las 5 nos despiertan, para poco después bajar las escaleras y encontrarnos que lo que era un restaurante y la recepción del hotel, se ha convertido en un garaje-dormitorio, con varias motos aparcadas y dos personas durmiendo. Una de ellas se despierta y nos abre la puerta, donde ya se encuentra el barquero con nuestro desayuno, consistente en pan y plátanos. Nos dirigimos a la orilla del río, dónde subimos en una pequeña embarcación a motor, y comenzamos a navegar en el momento en que empieza a clarear, asistiendo a un amanecer impresionante, con el sol anaranjado elevándose por encima de las palmeras. Sin apenas darnos cuenta, llegamos al primer mercado flotante donde las embarcaciones –que llevan pintadas en su casco una especie de ojos, para ahuyentar a los malos espíritus que habitan en las aguas-, se arremolinan en una sinfonía de colores realmente atractiva. El tamaño de la barca, hace que nos podamos introducir en el interior del mismo y nos damos cuenta que, al igual que en los mercados “no flotantes” a los que estamos acostumbrados, se puede comprar de todo: fruta, verdura, carne, hielo, recipientes de todo tipo, comida, bebida, etc., etc. Observamos in situ las transacciones que los vietnamitas hacen desde sus vistosas embarcaciones y nos resulta muy auténtico, puesto que no hay “guiris”, disfrutando de algo que jamás hasta ahora habíamos visto. Después nos internamos por pequeños canales, donde la quietud del agua, la exuberante vegetación y un silencio casi monacal (es curioso, pero apenas hay pájaros en los alrededores), sólo interrumpido por el ruido quejumbroso del motor, nos hace recordar todas las películas que hemos visto de la guerra del Vietnam, en especial Apocalipsys Now y hay momentos en que parecen que van a surgir “Charlies” de la jungla. Una hora después llegamos a otro mercado y al igual que el anterior contemplamos alucinados todo lo que ocurre a nuestro alrededor. Son las 9 de la mañana e iniciamos el regreso percatándonos de que la vida fluye en el río: la gente se asea en el mismo, limpia la comida, extrae pescado, transporta mercancías, repara sus embarcaciones....una vida que estamos profanando con nuestras fotografías.

Poco más tarde, cansados de tanta agua, indicamos al barquero (que no hablaba ni “papa” de inglés) que acelerara el regreso, para así gestionar los billetes de avión para trasladarnos a Danang, ciudad situada en el centro del país. Los conseguimos a buen precio en una agencia al lado del hotel Saigon Can Tho (68 euros los dos) para irnos después a por las maletas. A las 14 h. nos recoge una furgoneta con aire acondicionado (como la que deberíamos haber tomado en Chau-Doc, cabrones), que en unas 5 horas y rodeados de vietnamitas, nos traslada a la antigua Saigon, hoy Ho-Chi-Min. Al llegar a la estación, subimos a un taxi, que después de dar vueltas y vueltas en medio de un tráfico infernal (no tiene ni idea de donde está el hotel), nos deja en el mismo. En el momento de pagarle, nos negamos a abonarle lo que indica el taxímetro, y tenemos una bronca colosal hasta que le damos 2 $ más. Cuando se marcha el taxista nos enteramos que el hotel está lleno y vamos a otro cercano (Duc Vuang hotel- 195 Bui Bien Sr. Dist. 1), que tiene buena pinta y en el que nos piden 20 $ por noche; después de ver la habitación, que está francamente bien, lo dejamos en un alarde de regateo, en 17,5 $ con desayuno e Internet gratis. Después de la ducha, cenamos en el restaurante Asia Kitchen, muy cerca de allí y en el que Rosi va a lo seguro, y pide rollitos y gambas en diversas formas. Yo continúo probando cosas, sobre todo platos de pescado, y la verdad es que, como casi siempre, acierto. Otra vez estamos súper-cansados y nos vamos a dormir.

9. DÍA. SÁBADO 25. HO-CHI-MIN

Aunque hoy no tenemos que madrugar, lo hacemos para evitar el calor, aunque a las 8 de la mañana la humedad es ya bastante alta. Para desayunar, me tomo mi primer pho, una sopa contundente con carne, verduras y pasta, que los vietnamitas comen a todas horas. Rosi va adaptándose poco a poco, y se toma una tostada con mermelada.....
Nos lanzamos a la calle para descubrir una asfixiante ciudad de 8.000.000 de habitantes, y que fue capital de la Indochina francesa y posteriormente de Vietnam del Sur. Comenzamos visitando el Palacio de la Reunificación, que en 1975 fue tomado por las tropas norvietnamitas, mientras los últimos norteamericanos huían en helicóptero desde la terraza, en unas imágenes que dieron la vuelta al mundo. Después nos acercamos al Museo de Recuerdos de la Guerra, que aunque con una visión bastante parcial, muestra la guerra en toda su crudeza, desde una óptica vietnamita. Es un buen momento para descansar, por lo que nos acercamos paseando a tomar una “birra” a la terraza del Hotel Continental (lamentablemente ya no se parece en nada a la que ocupaba Michael Caine en “El Americano Impasible”). A continuación, tomamos un taxi para ir a Cholon, el enorme barrio Chino dónde visitamos un par de pagodas en las que los feligreses rezan y queman incienso, ante imágenes totalmente desconocidas para nosotros. Posteriormente nos metemos por estrechas callejuelas, con todo tipo de comercios y tenemos la sensación de que realmente estamos en China. Tras comer en un restaurante de la zona, decidimos irnos al hotel a descansar un rato, y en los alrededores del mismo, compramos una mochila falsa de North Face (10$), porque las maletas las llevamos ya al límite. Por la tarde-noche, vamos a tomar una cerveza a la espléndida terraza del Hotel Rex, lugar de alojamiento de oficiales y corresponsales de guerra durante el conflicto armado. En ella hay un gran buffet, con marisco incluido, pero la verdad es que es temprano y no tenemos hambre, así que decidimos dar un paseo para hacer algunas compras, y acercarnos a un restaurante que me había recomendado mi hermana. En los alrededores, encontramos un pequeño mercadillo, en el que adquirimos camisetas falsas, y donde hay una especie de chiringuitos (parecidos a los que se montan en las ferias españolas), en los que se ven unos manjares muy apetitosos; el contar con fotografías de los platos, añadido a que está lleno de vietnamitas, nos anima a quedarnos a cenar, degustando almejas y unos rollitos rellenos de carne de cangrejo deliciosos. Pedimos 5 platos con varias cervezas y la cuenta suma 5 €. Es hora de volver al hotel.

10. DÍA. DOMINGO 26. HO-CHI-MIN-DANANG-HOIAN

Después de desayunar, llega el taxi que habíamos reservado el día anterior, para llevarnos al aeropuerto y coger un vuelo a Danang, ciudad situada a 30 Km de Hoian, nuestro próximo destino. La “nena” nos había puesto en guardia con respecto a los vuelos interiores, pero la verdad es que el avión de Pacific Airlines se comportó de manera impecable: salió y llegó a su hora, y nos dieron una botellita de agua, ¡más no se puede pedir¡. Al llegar al pequeño aeropuerto (parece sorprendente que en la guerra, fuera uno de los que más transitados), tomamos un taxi con destino a Hoian, (200.000 dongs, unos 10 €) compartiéndolo con un neozelandés y una surafricana (pareja ideal para hablar de rugby). Lo mejor estuvo cuando a unos 5 Km de la ciudad, el listo del taxista para el coche, y encendiendo el taxímetro nos dice que el trato era hasta ese punto, y que a partir de ahora corría el contador. Yo, que estaba en el asiento delantero, estoy a punto de darle una “colleja”, al mismo tiempo que le digo de todo; la surafricana no se queda atrás, así que al “jeta”, no le queda más remedio que continuar el viaje hasta el hotel que le habíamos indicado y que, lamentablemente, estaba lleno. Vemos otros hoteles de la zona, hasta llegar al Hotel Thuy Duong 3, Nhi Trung (new) st., donde nos quedamos en una confortable habitación con vistas a la piscina por 22 € la noche, incluido el desayuno (nos pedían 25). Son las 12 de la mañana y nos adentramos en la coqueta ciudad, que fue un importante enclave comercial durante los siglos XVII y XVII, cuando era conocida como Faifo. Recorremos a pie su interesante casco antiguo, (declarado Patrimonio de la Humanidad) con sus hermosas casas comunales, pagodas y templos, muy bien conservados, que ponen de manifiesto la influencia de chinos, japoneses y europeos que se asentaron en la ciudad. El tiempo parece haberse detenido en este lugar, en el que la ausencia de coches contribuye a crear una sensación de tranquilidad inusual en Vietnam. Comemos muy bien en Hoc Phuc Restaurant, Bach Dai st, la calle que da al río y la cuenta asciende a unos 6 € e incluye rollitos, pescado envuelto en hojas de banano y calamares, todo ello regado con abundante cerveza. Lo más curioso fue que, para subir al comedor situado en la parte de arriba, tuvimos que sortear a un vietnamita que dormía plácidamente en medio de la escalera. Al salir del restaurante, decidimos ir a refrescarnos en la piscina y descansar un rato hasta las 6 de la tarde, hora en que salimos de nuevo a la ciudad para dar una vuelta e irnos a tomar una “birra” a Brothers Café, Phan Boi Chan St. que tiene un frondoso y encantador jardín. Resulta un poco caro en comparación a lo que habíamos visto hasta ahora, pero realmente vale la pena conocerlo. Después de curiosear por algunas galerías de arte, nos vamos a cenar al restaurante Faifo, dónde nos “metemos” un menú degustación de 10 platos por 5 €, que no está nada mal. Tras la cena, volvemos al hotel para antes de irnos a dormir, reservar el viaje en bus hasta Hue, y el vuelo Hue-Hanoi ( en esta ocasión, nos sale por 85 € los dos). Mañana queremos madrugar (que novedad) para ir en bici a la playa.


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