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Destino India y Nepal III

22 de marzo, viernes.

Visitamos Orchha y sus Palacios Mogoles. La vista del paisaje desde los pisos superiores es magnífica, al fondo se aprecia el río con sus puentes y los árboles con sus flores de color rojo. De estas flores se fabrica polvo para tinte y para el kurkúm de la frente.

En el pueblo hay algunos puestecitos bien ordenados y limpios para los escasos turistas que se han acercado a esta remota parte de la India. Aquí, por lo visto, todavía existe el oficio de planchadora, con ascuas dentro de la plancha para calentarla.

Seguimos hasta el Usha Bundela de Kajuraho, donde inmediatamente nos instalamos en la piscina. Para cenar, nos acercamos al restaurante del Jazz Oberoi. El recorrido de un hotel al otro lo hacemos escoltado por una legión de chavales. Algunos hablan bien español; unos lo quieren aprender y otros simplemente pretenden llevarnos a las tiendas de alfombras. El caso es que es imposible pasear tranquilo, no estaría mal si su compañía fuese desinteresada, pero no es así, siempre insisten en llevarnos a alguna tienda, tampoco se les puede reprochar nada, para ellos somos un banco con piernas.

La pobreza en la India alcanza al 95% de la población, sólo un 1% gana más de 1000 euros al año, la mitad de la población es analfabeta y sólo un tercio de la población ingresa las 2000 calorías al día necesarias para una vida normal. Y semejante pobreza parece destinada a perpetuarse gracias a la religión hindú y a su sistema de castas asociado. De acuerdo con el hinduismo, la calidad de la vida actual de cada uno es el resultado de su buena o mala conducta en su anterior reencarnación. O sea, que según esta teoría, un hombre rico y poderoso lo es porque en sus vidas anteriores se ha portado de manera ejemplar. Y los intocables y las castas bajas merecen su miseria, ya que se han comportado de manera deplorable en sus pasadas vidas.

Total, que quien nace en la casta de los intocables debe morir como intocable. Así no hay manera de progresar. Si ha todo esto le añadimos una clase política corrupta hasta decir basta, tendremos un país con pocas esperanzas de salir de la miseria.

23 de marzo, sábado

Nuestro guía pertenece a la minoría musulmana y quiere saber sobre nuestro país. Nos pregunta que si es cierto que la gente toma el sol desnuda en la playa. Opina que en occidente disfrutamos de demasiada libertad y eso no es bueno. Tiene 28 años, piedras al riñón y está acomplejado porque está calvo, dice que la cabeza despejada no gusta a las mujeres. Sus padres le están buscando novia.

Desde el punto de vista de los orientales, las religiones de occidente son curiosas, ya que se practican de puertas adentro y no entienden que algo tan importante como es la religión no esté presente en todos los aspectos de la vida. Para los musulmanes y los hindúes, la religión les dicta normas sobre su aseo personal, su dieta, su ropa, sus relaciones personales, como plantar un árbol o la orientación de unos urinarios públicos. Lo cual parece más lógico, ya que para ellos sus Dioses son lo más importante. De esta manera se comprende que existan estados gobernados por un consejo religioso, como es el caso de Irán. Anteponen su doctrina a la libertad. Parece complicado saber cual es el método correcto, ya que todos somos juez y parte.

Durante nuestra visita a los templos eróticos de Kajuraho, nos encontramos con un español de Cádiz; el tipo va de viajero independiente y como único equipaje lleva una guía del norte de la India. Tiene previsto permanecer cincuenta días en el país, lleva sólo cuatro días por aquí, come en los puestos callejeros y pernocta en hoteles baratos. Su única experiencia en viajes es el Camino de Santiago. Se le ve un tipo sanote y optimista. Que tenga suerte, la va a necesitar.
Volvemos al Jazz Oberoi para comer, de nuevo nos escolta la chavalería. En el restaurante nos encontramos con un grupo de indios de alguna empresa. Tiran del bufé, así que pedimos a la carta. Si el bufé está preparado para ellos está muy claro que la comida no es apta para nuestros estómagos. Usan la mano derecha para comer y se ayudan del Nam para llevarse la comida a la boca. No utilizan el tenedor, la cuchara la emplean tanto para la sopa como para la carne, costumbre común en toda Asia. Comen con rapidez, como si tuvieran hambre. Nos miramos mutuamente con curiosidad.

En Oriente, no utilizan papel higiénico, sino que se limpian con agua – todos los retretes tienen una manguerita o integran una salida de agua a presión – y con la mano izquierda, por eso, la mano izquierda es tabú, no se debe utilizar para tocar la comida ni para señalar a alguien. Algo parecido pasa con los pies, que se consideran la parte del cuerpo más innoble, y no es de extrañar, a juzgar por los sucios que los llevan algunos.

Volvemos a nuestro hotel para tomar el sol en la piscina hasta las cinco. A esta hora nos conducen a los templos jainistas, son muy parecidos a los hindúes, aunque aquí las imágenes eróticas han sido destruidas, no son del gusto de los jainistas, tan castos ellos.

Visitamos un templo jainista activo, todas las figuran se representan desnudas. Nuestro guía musulmán dice que los jainistas no comen animales, sólo lo que crece por encima de la tierra pero muchos jainistas son prestamistas y joden al vecino.

El jainismo lo fundó Mahavira (el gran hombre), contemporáneo de Buda, allá por el 550 a.C. Curiosamente es una religión sin dioses, como el budismo. Son ateos, pero creen en hombres justos que han alcanzado la perfección. Sostienen que el universo es increado e indestructible y está dividido en seres vivos y en cosas inanimadas. Los jainistas hacen cinco votos que equivalen a renunciar a matar a seres vivientes, a mentir, a los placeres sexuales y a los vínculos mundanos. Tienen dos sectas: los digambaras, cuyos sacerdotes van desnudos; y los svetambaras, cuyos sacerdotes visten de blanco.

Tras la visita a los templos, nos dejan en lo que parece el centro del pueblo. En cuanto nos bajamos nos vemos rodeados por ganchos que nos quieren llevar a sus tiendas para turistas. Tardan más de diez minutos en comprender que no tenemos ningún interés en comprar.

Ni tan siquiera nos acercamos a sus puestos para ver la mercancía. Simplemente con tocar una de las mercancías es suficiente para que traten de vendértela a toda costa y si no, te sacan otra parecida de distinto color o dibujo y constantemente te invitan a entrar a su tienda. Lo dicho: una pesadez.

Sobre la acera hay una representación de dos de sus dioses, parece una cuevita con monigotes de trapo, a su alrededor, la gente ha dejado ofrendas. Le pregunto a un paisano que todavía insiste en que veamos su tienda que qué piensa de los occidentales que no creen en dioses. Me contesta sin vacilar que son como niños, que hay que pensar en algo más, que no todo se acaba aquí. Y yo me quedo mirando a sus muñequitos, perdón, dioses...

Regresamos al hotel andando y nunca solos, claro. Dos o tres chavales se nos pegan al lado. El pueblo está celebrando alguna fiesta y hay un mercadillo muy colorista cerca. Nos acercamos. Venden chucherías: brazaletes y pulseras multicolores, muñecos, telas, cacharros, nada que nos pueda interesar. Aquí al menos nos dejan en paz, saben que sus mercancías no nos interesan. Sin embargo, el suelo es de barro y despide un polvo que nos hace difícil respirar, tanto que tengo que sacar un pañuelo para taparme las narices.

Seguimos hacia nuestro hotel. De nuevo nos encontramos con el insistente chaval que a toda costa nos quiere llevar a la tienda de su padre. Es tal su insistencia que accedemos. El tipo es blanco y tiene barbas blancas de chivo. Su principal interés es vendernos alguna alfombra. Nos sentamos en un banco corrido y nos despliegan unas diez o quince en el suelo. Son bonitas y parecen buenas, estilo Cashemira dice, sin embargo, el diseño de los dibujos resulta muy abigarrado, como le digo, irían muy bien en un palacio pero en una sencilla casa con muebles de aristas rectas como son los muebles modernos no casaría una alfombra así.

Retira todas excepto una y nos pregunta que si nos gusta esta. Es la más moderna pero aún así, resulta muy recargada. Lo sentimos, pero no nos gusta. El tipo se desespera, parece que empieza a perder los papeles e incluso, le noto algo agresivo. Se lo hago notar y se tranquiliza. Nos largamos sin comprar nada.

Tienen muy pocos artículos que sean del gusto occidental, la mayor parte de las cosas tienen una estética que parece del siglo pasado. Solamente en los emporios para turistas hay cosas más occidentales, pero claro, también el precio es occidental, así que sólo la gente con un gran poder económico puede permitirse comprar estas cosas que después nunca se va a poner.

Visitamos de nuevo el Jazz Oberoi para cenar. No hay mucha hambre, así que nos instalamos al borde de la piscina con nuestra bebida favorita en India: cerveza con gaseosa bien fría. Los de la empresa de pesticidas, todos hombres, están de juerga. Hay un pequeño escenario con luces donde bailan dos chicas ligeras de ropa, - para su estándar - y algo rellenitas. Aquí estar algo gordo es de buen tono, significa buena posición social.

Sunil, el jefe de camareros, que no es tonto, hace que nos sirvan gratis algunas raciones del bufé, un poco de esto y un poco de lo otro, total, es justo lo que queremos: picar un poco. El tipo busca una buena propina, claro.El ambiente se empieza a caldear, algunos suben al escenario a besar a las bailarinas, otros bailan entre ellos. Un tipo ofrece anacardos picantes a mi mujer, después le invita a cerveza. Hasta los cocineros han salido para presenciar tan erótico espectáculo. Mi compañera es la única mujer entre el público, así que optamos por desaparecer sigilosamente para evitar situaciones incómodas.

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