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Diario de viaje a Bali I

Autor: Mariano Ramos (Junio 2000)

El viaje con Garuda no se nos ha hecho demasiado pesado a pesar de que hemos recorrido medio mundo para llegar hasta aquí.El Meliá es un buen hotel del gueto turístico de Nusa Dua, todo muy cuidado y dispuesto para el placer. No está mal para pasar las primeras horas en la isla y hacer frente al cambio de horario.Para empezar, cenamos en el restaurante asiático del hotel y paseamos por los alrededores, hasta la zona de los tenderetes con chucherías para turistas. Por casualidad, topamos con una agencia de alquiler de vehículos. Está cerrada, sin embargo, mientras echamos un vistazo a los todo-terreno, un hombre sale de no se sabe dónde y nos ofrece a un precio razonable un Dahihatsu Feroza de impecable aspecto. Nos interesa, está muy cerca del hotel y el precio de 25 dólares al día, incluido el seguro a todo riesgo, es mejor de lo esperado. Mañana volveremos para negociar el precio y los detalles


17 de abril, lunes

Tomamos un taxi a Denpasar. El andoba no pone el taxímetro aunque se lo exijo, así que abandonamos el taxi. Nos sigue con el coche y hace señas de que ya funciona.Conducir hasta Denpasar lleva su tiempo, la distancia no es grande, pero el tráfico es infernal. Me sorprende lo poco que avanza el taxímetro. Llegamos al museo de Denpasar por sólo 7000 rupias. El taxista no habla inglés, pero a todas luces se ve que el taxímetro no funciona bien, me pide 25000, unos 2.80 euros. Nos deja enfrente del Museo de Bali, en la plaza Puputan.Denpasar no tiene mucho que ver. El tráfico es tremendo, ruidoso, irrespirable y caótico.Llamamos mucho la atención de los escolares, que nos saludan desde la distancia.Visitamos el mercado de Kumbasari.

Inmediatamente se nos pega al lado una sonriente señorita que amablemente nos sirve de guía. Aquí tampoco hay mucho que ver. En los puestos de especias nos piden precios que nos parecen desorbitados. Se ríen ante nuestras ofertas, mucho más bajas que sus precios. Es difícil saber si son muy buenos actores o realmente el precio que les ofrecemos es bajo, tampoco somos unos expertos en especias.En general, las mercancías están bien presentadas, aunque en el piso inferior, la carne y el pescado echan en falta las cámaras frigoríficas y apestan. El calor de Bali no es buen aliado de la conservación de los alimentos.Ya en la calle, entramos en una tienda de cedés para escuchar algo de música autóctona. Se agradece los ventiladores de la tienda y los vasos de agua encapsulada con que nos obsequian. A pesar de mi buena voluntad de comprar algo, me tengo que marchar de vacío; las canciones son muy comerciales, demasiado almíbar y poca sustancia.La música más característica de Bali es el complejo gamelán. Es una orquesta de percusión compuesta por gons, metalófonos, platillos, tambores y alguna flauta. Suele acompañar a todos los acontecimientos religiosos y teatrales y suena realmente dura para el oído occidental, da la impresión de no llevar ninguna dirección, de total improvisación.Una señora que aparentemente trabaja en el establecimiento nos sigue allá donde vamos. Estamos acostumbrados a estas muestras de amabilidad de los lugareños y aprovechamos para que nos indique dónde se encuentra el banco más cercano. Nos acompaña hasta la mismísima ventanilla.Nos dan un cambio razonable por nuestros dólares y seguimos nuestro camino, con la señora pegada a nuestros talones.

Después de algunos metros más, se da por vencida y se marcha, no sin antes pedirnos algún dinero. Nuestra actitud es la de no fomentar estos comportamientos demasiados interesados, así que le damos las gracias por su amabilidad y se va de vacío.De vuelta al hotel, cenamos en un chiringuito del mercadillo, a 300 m. del hotel. En los travesaños del techo desfilan los roedores, ratas grandes como hacía tiempo no veía. A pesar de los animalitos, encargamos unas langostas para mañana.Después de cenar, paseamos por La Galería. Poquísima gente, a pesar de que el Meliá parece casi lleno.

18 de abril, martes.

Día de descanso total, hay que aprovechar las instalaciones del hotel.

Pasamos la mañana en la playa. Los lugareños aprovechan para vender sus mercancías: pareos, relojes de imitación, conchas marinas, etc. Las playas son magníficas: limpias, poca gente, con forma de concha y protegidas por una barrera de coral. Los animadores del hotel enseñan a una pareja algunos movimientos de una danza balinesa. Me quedo con las ganas, si fuera más lanzado me hubiera metido en el ajo. Desde luego, los movimientos no son fáciles, además de piernas y manos intervienen los dedos, manos, cabeza y hasta los ojos. En origen, los bailes formaban parte de los rituales religiosos, hoy en día, los ancianos se quejan que con las actuaciones para los turistas se está perdiendo el verdadero sentido espiritual.

En Bali existen multitud de danzas pero todas se inspiran en el gambuh, danza utilizada en las cortes javanesas hace más de 1.000 años.La habilidad manual de esta gente no conoce límites; al igual que en Tailandia son capaces de hacer verdaderas obras de arte con flores y frutas, como este mono modelado a partir de la pulpa de una papaya. A las dos nos acercamos a degustar las langostas del chiringuito. Las pedimos al ajillo y resultan muy entretenidas de comer.De vuelta a la playa del Meliá, nos sorprendemos de encontrar una marea tan baja, el agua está a 200 m. Nos quedamos en la piscina hasta que anochece.Cenamos en La Galería, entretenidos por las ratas, las ranas y la lluvia.


19 de abril, miércoles

Ha llovido durante toda la noche y sigue lloviendo. Puntualmente, a las once, nos traen el Feroza. Hay un pequeño problema con el cierre centralizado que deja los intermitentes parpadeando. Nos acercamos por la agencia de alquiler, no tiene importancia, aseguran, se apaga con alguno de los seis pulsadores del llavero. El problema es que cada vez es con uno diferente.Ponemos rumbo a Ubud. El tráfico es muy intenso y algo caótico. Paramos en algunos de los pueblos del recorrido. Cada pueblo está especializado en algún tipo de artesanía: Celuk en piezas de filigrana de plata y joyería; Batubulan en tallas realizadas sobre piedra y antigüedades; Sukawati en artículos religiosos como sombrillas, calendarios y ofrendas; Mas en esculturas de madera y galerías de arte; Giangyar en textiles como brocados o batik, muebles de bambú y madera, etc.

Muchas de las figuras de madera que se venden en las tiendas para turistas no tienen ningún valor artístico, son simples recuerdos. Los pueblos de Mas, Kemenuh y Sumampan sí que tienen algunos artistas de calidad y algunos trabajos son auténticas obras de arte que alcanzan precios astronómicos. Estos artistas se han adaptado muy bien al gusto occidental. El poder del dinero, amigo.Bali necesita tanta madera para sus tallas y muebles que importa cantidades ingentes de otras islas como Borneo o Sumatra. Las maderas que utilizan son la teka, la nanjea, el ébano y el tamarindo. Muchas de estas maderas son caras y algunos recurren a la picaresca de barnizarlas y pintarlas para oscurecerlas y después venderlas como maderas nobles, así que cuidado.

Las carreteras dividen a los pueblos en dos y todas las tiendas importantes están aquí. Las aceras son estrechas y cada pocos metros están levantadas dejando ver el canal del alcantarillado. Un despiste y se va uno derecho a la cloaca. Resulta incómodo pasear por las calles de los pueblos, hay continuos desniveles en las aceras y siempre debemos tener cuidado donde pisamos si queremos volver enteros. La causa es que se considera la acera como parte de la tienda y no de la calle, por tanto, cada propietario decora su trozo de acera según sus gustos: unos con peldaños, otros sin ellos, o ponen macetas de bienvenida o alfombras, etc. El caso es que caminar por las aceras se parece mucho a una carrera de obstáculos. Paramos en Celuk y visitamos alguna tienda de cuberterías de plata. Los precios son prohibitivos, al menos para nuestro bolsillo. Cada pieza, sea cuchara o tenedor, oscila entre los 300 y los 500 dólares, aunque luego el vendedor nos comenta que tienen descuentos de hasta un 80%. O sea, que un cubierto de 300 dólares se puede quedar en unos 60, cifra bastante más razonable, aún así... La plata utilizada por los artistas balineses es en su mayoría importada de fuera de Indonesia excepto una pequeña parte que se extrae cerca de Singaraja.

Me siento un poco alicaído por el calor, así que paramos en un supermercado y compramos unas galletas y agua. La lluvia ha remitido bastante. El aspecto de los supermercados es igual a cualquiera europeo, incluso las marcas de los productos son las mismas. Se imponen las multinacionales, ya se sabe. A este paso, con tantas fusiones sólo habrá un solo banco en el mundo, una sola multinacional de la alimentación, un solo fabricante de automóviles, etc.

Aparcamos en la carretera principal, cerca de un mercado. Un guardia de tráfico con amplia sonrisa nos facilita la maniobra y nos cobra 500 rupias, unos 6 céntimos. éstos están a un paso de instalar la zona azul.En el mercado venden aguacates, salakes, papayas enormes, mangos, durianes, mangostinas, rambután, litchies y otras frutas desconocidas para nosotros que habrá que probar. También vemos unas macadamias enormes que aquí utilizan sólo para condimentar los cocidos.La ropa que venden es de mucho colorido, aunque el diseño y la calidad, para mi gusto, es inferior a la de Tailandia.A las cinco llegamos a Ubud para buscar alojamiento. Hay mucha oferta: cabañas, bungalows, villas. No sé muy bien cual es la diferencia entre ellos. El primer hotel donde lo intentamos es super exótico. Nos recibe la estatua de dos cerdos sonrientes de tamaño natural en pleno coito. Buen comienzo. Las cabañas son realmente curiosas, están elevadas sobre cuatro columnas, y se accede al piso superior por escaleras de madera. La parte baja es la sala y está al aire libre, a la vista de todo el mundo. El piso superior no es de paredes sólidas sino un trenzado de cañas. El baño también está abajo, detrás de una mampara y como casi siempre, al aire libre. Nos gusta el sitio, es muy original y estéticamente llamativo, pero demasiado expuesto a la naturaleza salvaje. O sea, que ofrece pocas barreras físicas a todo tipo de animalitos y no queremos pasarnos la noche pendientes de los múltiples ruidos que escuchemos. Y lo de menos son las lagartijas y los mosquitos.

Las villas del balneario Jalan-Jalan nos ofrecen lo que buscamos. Tiene una piscina realmente acogedora con un mural de piedra en un lateral y un seto de arbustos en el otro. Al lado de la piscina, un jacuzzi al aire libre. Nos enseñan las villas familiares, son inmensas, de dos pisos y llenas de comodidades. Nos decidimos por una villa estándar, la 105, por 60 dólares que se convierten en 30 si nos quedamos más de una noche. Descargamos nuestro escaso equipaje y vamos derechos a la piscina.Para cenar nos acercamos a un restaurante cercano. Hay poca gente. Nos conducen hasta una terraza superior en la que estamos solos, parece una torreta de un castillo.

Pedimos platos asiáticos, nos dejamos aconsejar por la espigada camarera. La presentación de los platos es impecable y el precio irrisorio. Mientras cenamos sigue lloviendo y un motorista da con sus huesos en el suelo. Se levanta un poco dolorido y sigue su camino. Son las diez y volvemos hacia el Jalan-Jalan, no es aconsejable andar de noche por las calles llenas de socavones de Ubud. De camino al Jalan-Jalan, la brisa de la noche trae una sucesión inconfundible de acordes en afinación en sol abierta: Honky Tonk Women. Se trata de una banda que ameniza una fiesta de cumpleaños en un hotel aledaño, de clientela mayoritariamente asiática. Nos acercamos.

No lo hacen nada mal, sobre todo el guitarrista, el sonido es metálico y áspero, la gente baila y desfilan haciendo corros. Falla un poco el cantante, pero el resto de la banda ha machacado mucho las canciones. No le auguro mucho futuro al gamelán. Al regresar al hotel vemos cinco personas metidas en la piscina, con velas encendidas, parecen en actitud mística, como rezando...

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