Viaje a China de Manuel
Comienzo: 28 de septiembre de 2005
Como dos días después de la llegada era el 1 de octubre, Día Nacional y comienzo de las únicas vacaciones oficiales de que disfrutan los chinos,
decidimos contratar el hotel desde el aeropuerto en lugar de buscarlo directamente a base de taxi con una lista en la mano como tenemos costumbre. El primer intento de regateo en el mostrador funcionó. Sórdida
habitación en hotel demasiado aparente por 300 yuanes.
Al día siguiente plano en mano buscamos, encontramos y nos mudamos al Jade Youth Hostel, del que teníamos noticias por los foros de la Lonely Planet en inglés, en un hutong a dos pasos de Tiananmen y de Wuangfujing. Muy recomendable: 200 yuanes previo regateo. SIEMPRE regatear el inflado precio en los hoteles. Para moverte los taxis: 25 yuanes por una distancia equivalente a atravesar Madrid de punta a punta. Aunque todos lo hacen exigid siempre que usen el taxímetro.
El metro también está muy clarito y es baratísimo. Los restaurantes buenísimos todos, tanto los populares como los de lujo. El único problema es que las cartas vienen en chino, aunque algunos menús traen más o menos inútiles fotos. El método es señalar los platos que comen los demás clientes. Divertidas sorpresas aseguradas. Si os traen una carta en inglés desconfiad: los precios serán dobles. Debe ser que las traducciones son carísimas. Así que comprobarlo pidiendo el menú chino. No es difícil comparar. Una vez comparado pedid a través del menú chino y exigid que os cobren con arreglo él. No os cortéis, ellos no se cortan. Nosotros comimos casi siempre en los restaurantes de la calle Fuchanyiyuan que une Wuangfujing con Beiheyan, la avenida de donde arranca el hutong donde se ubica el Youth Jade Hostel, sobre todo en uno baratísimo y buenísimo estatal de grandes cristaleras y camareras de chaquetilla china roja, ubicado hacia la mitad de la calle. De todas formas merece la pena comer alguna vez (o siempre) en un restaurante de lujo, por el precio de unas tapas en España. Un puntazo es cenar de pie en el mercado nocturno de Donghuamen Yeshi, un poco más arriba de la Catedral Católica de Wuangfujing. Puestos limpísimos y lotería asegurada intentando averiguar qué se come en cada momento.
Justo enfrente de la librería Fereign Languages Bookshop, 100 mts al sur de la Catedral Católica hay un cajero automático en el que es posible sacar yuanes con la tarjeta Visa.
A pesar de la incuestionable calidad de la Guía Lonely Planet, algunas informaciones no son demasiado exactas.
El gran problema de viajar por libre por China es la comprensión, centralizado en el idioma. Realmente encontrar a alguien que hable inglés es algo casi imposible. Salvo en los grades hoteles y tampoco es que sepan mucho más allá de saludar y dar las gracias. Yo conseguí un método de Chino llamado Pimsleur que bajé de la red, que introducido en mi reproductor de MP3 me fue de gran ayuda. Las guías de conversación con una amplia colección de frases en chino para mostrar son utilísimas para señalar mostrar lo que se quiere o lo que se busca. De hecho sin ellas sería imposible viajar por China por cuenta propia. De todas formas comprar un billete de autobús en la estación del sur de Beijing para Taiyuan a los cinco días de haber llegado fue una aventura digna de Indiana Jones que llegó a agobiarnos. En la enorme estación nadie hablaba inglés y los horarios estaban absolutamente todos escritos sólo en perfecto chino. Y no queríamos comprar, sólo saber los horarios y la posibilidad de reservar. Y ni con la guía de conversación...Una odisea. Al final conseguimos localizar un panel donde se mostraba un horario (cada media hora) de salidas para Taiyuan. Menos mal que los números estaban en grafía occidental. Lo mismo en Taiyuan para localizar los buses para Pingyao. Nadie te entiende, tú no entiendes nada. Tampoco los chinos se muestran en líneas generales excesivamente colaboradores (es mi experiencia). Ni los taxistas parecían saber dónde estaba la estación aunque todos se ofrecían a llevarte hasta Pingyao ellos. Aunque a veces puede llegar a resultar desesperante al final con tiempo, paciencia e ingenio todo se consigue. Para el tren hay que sacar los billetes siempre con días de antelación. En los hoteles te hacen las reservas, no así para los buses, y a Pingyao es mucho mejor el bus (5 horas por autopista hasta Taiyuan, más otra hasta Pingyao) que el tren directo (nocturno: 11 horas).
Para ir a la Gran Muralla (zona de Badaling, la más accesible, cómoda y restaurada) el gobierno chino ofrece viajes organizados en minibuses para
extranjeros con guía en ¿inglés?. Se contratan en el hotel: SON UNA ESTAFA. Se supone que te llevan a las Tumbas Ming a ver una tienda de jade y a la Muralla.
En realidad la visita a los monumentos es una excusa para obligarte a visitar 4 establecimientos de venta(jade, cerámica, te, medicina china), que consumen la mayoría del tiempo. A la Muralla se llega a última hora de la tarde y se cuenta sólo con una hora para visitarla. De nada sirve rebelarse contra la inmutable guía: son órdenes del gobierno. Así que lo mejor que podéis hacer es buscar otros viajeros en el hotel que quieran compartir un taxi y, por el mismo precio, decidir vosotros el recorrido y el tiempo a dedicar a cada cosa. También se pueden elegir otras zonas más
alejadas, “auténticas” y desturistizadas. Porque lo que es Badaling es siempre una feria. Policías armados de altoparlantes organizan el tráfico de los que suben y bajan por la muralla, fundamentalmente para que las aglomeraciones no provoquen un desbordamiento y la gente no acabe derramándose por encima de las almenas. Sin exageración alguna.
En cuanto a lo que visitar en Beijing, aparte de lo que os recomiende la guía que llevéis yo os recomendaría el templo de Confucio, a dos pasos del Templo de los Lamas, en un hutong ancho y arbolado, un lugar muy especial, tranquilo y serenamente chino. Y las estructuras más lejanos del Templo del Cielo, procurando (casi imposible) que no haya nadie. Aire
especial garantizado. Y, sobre todo, recorrer varias zonas de hutongs diferentes. Antes de que la piqueta de la modernización brutal y la fiebre de los estúpidos Juegos Olímpicos los hagan desaparecer.
El problema de la arquitectura, y del arte chino en general, es su monotonía. Los expertos son capaces de captar matices de diferencia realmente afinados en la forma del ala de un tejado, pero a los profanos casi todo nos parece idéntico. Para mí la manera de disfrutar esa monotonía es concentrarse. Quedarse mucho rato contemplando una estructura y su entorno.
Tratar de relacionar sus partes como elementos de un todo exactamente medido. Nada de mística, pura estética. Disfrute frío y racional de la composición, de la distribución y ensamblamiento de elementos
naturales y artificiales en un orden de elevada sutilidad visual. Todo eso contando con que se consiga un solo minuto de soledad en medio de la vorágine turística que aqueja últimamente a los chinos.
El encuentro más normal en cualquier monumento chino es la de interminables grupos de turistas chinos agrupados por gorras americanas del mismo color y capitaneados por una guía (siempre es una chica) armada de horrísono altoparlante por el que dispara sin piedad dolorosas ráfagas de monosílabos.
Para los aficionados a la arquitectura islámica, como es mi caso, la visita a la mezquita de la Calle de la Vaca es inexcusable. Cuando nosotros fuimos estaba en obras, pero haciéndonos pasar por musulmanes
conseguimos que nos dejaran echar un vistazo. Complemento de la de Xi’an, la verdadera joya del arte islámico chino.
Para matarse a regatear por camisas de Gino Bruni falsas, playeras de diseños delirantes y relojes pa flipar en colores, Hongqiao, el Mercado de las Perlas, frente al Templo del Cielo. Aquí sí: aquí los vendedores hablan español, catalán, euskera y ya mismo hasta bable. Clones de ojos rasgados de los de el Mercado Cubierto de Estambul, el Khan Khalili de El
Cairo o el Hawa Mahal de Jaipur. Encuentros con viajeros organizados de Marsans y Ercortinglé asegurados. Un buen lugar para el trabajo de campo de sociólogos (profesionales y aficionados) de la cultura del ocio contemporánea, del turismo de masas. Comparación de comportamientos entre guiris de diversas nacionalidades europeas. Viaje alucinante hasta la almendrita interior de la codicia... ¡Oh, Dios de todos los dioses!, ¿qué clase de enfermo mental seré yo?
Pingyao. Un alucinante viaje al centro de un trozo de ámbar donde se conserva fosilizado el aire de la China Ming. Aquí los turistas sólo son chinos. Por ahora. Cientos en temporada alta, pero por ser chinos molestan menos. ¿A quién molestan?, bueno, supongo que sólo a mí y a algún pingyagueño bicho raro, al que también molestaré yo mismo. ¿Cuánto tardarán en descubrirlo los diseñadores de circuitos occidentales? Poco. El islamismo radical empuja al turismo cada vez más hacia el Asia continental de ojos rasgados. Pingyao ya está preparado para recibirlo. Mientras puede ser una buena ocasión para conocerlo aún sin Macdonalds y KFK.
Nosotros elegimos ser transportados desde la estación de autobuses hasta el corazón del casco antiguo, a pesar de las maletas, en rickshow a pedales. Los había a motor. Incluso taxis de fabricación japonesa. Pero
hay que guardar las formas ¿no? Pingyao es de las pocas ciudades chinas que guardan la estructura cuadrangular de su fundación. Murallas de ladrillo negro con cuatro puertas correspondientes a los puntos cardinales. Tejados chinos, torres chinas, patios chinos... Yo comparo... Patios chinos, patios andaluces. tejados, linternas rojas, campanas, torres... Mirar las caras de la gente... Comer con palillos... Pedir que te expliquen en chino de qué está compuesto un plato...
Elegimos el hotel Tian Yuan Kui Hotel, de corte tradicional, y elegimos bien. 175 yuanes la doble con baño. Estrechísimas habitaciones pero de marcado sabor tradicional. A dos pasos de la torre que representa el corazón de la ciudad antigua, salir a la calle desde su vestíbulo suponía salir a otra dimensión. Entrar desde la calle a él también. Aunque el verdadero placer está en pasear sus calles, la oferta turística de la ciudad consiste en un pase de 120 yuanes para visitar 20 lugares de interés, templos y casas fundamentalmente. Casi todos iguales, así que no hace falta agotarlos. Frente al hotel un pequeñísimo restaurante (carta en inglés, pero sin estafa) ofrece platos baratísimos y deliciosos. Además los dueños ofrecen una simpatía no demasiado usual. Procurad llevar yuanes a Pingyao porque no hay banco. Aunque en caso de apuro la dueña del hotel, una señora de sonrisa inquietante y aspecto de personaje del Belver Yin de Ferrero, suele ofrecerse a cambiar amablemente los euros.
En la esquina de la calle Oeste con la calle Sur hay un restaurante de corte occidental en el que sirven unos magníficos desayunos. Aunque del café olvidaros. En toda China. Sólo en los hoteles de lujo y a precios exorbitantes.
En el propio hotel Tian Yuan Kui reservan los billetes de tren para salir de la ciudad. Nosotros nos dirigimos a Xi’an en el nocturno llegando a la ciudad de los guerreros de terracota al amanecer. Cometimos la tontería de reservar también desde el hotel habitación en el Han Tang Inn International Youth Hostel (160 yuanes la doble), que resultó un fiasco,
sucio y destartalado y en el que si querías toalla tenías que alquilarla. Se encontraba en la calle Oeste, a 20 metros de los Almacenes Parkson. Al día siguiente nos mudamos al YMCA, en la calle Este, a 100 mts de la Torre de la Campana, justo el doble de precio pero equivalente a un tres estrellas español. En ambos chapurreaban inglés. Entre ambos, un supercibercafé abierto desde las 7 de la mañana, un centro de comida rápida con unos platos increíblemente deliciosos y una librería de 4 plantas repleta de tesoros. Buenas referencias tuvimos también del Xi’an Shuyuan Youth Hostel, situado en la misma Puerta Sur.
Los buses para los Guerreros de Terracota salen de la Puerta Norte. Fuimos hasta allí en taxi y luego señalando una foto de los guerreros a los viandantes conseguimos rápidamente localizar la parada. Naturalmente los usuarios eran turistas chinos y vecinos normales.
Otros atractivos de la ciudad, que está prácticamente reconstruida, son las dos torres que señalan el centro de la cuadrícula amurallada, de estilo Ming y sin demasiado interés, las murallas y la calle Shu Yuan Men, junto a la Puerta Sur, totalmente reconstruida en estilo tradicional y donde se concentran los calígrafos, algunos de mucha fama y muy carísimos.
Imprescindible visita a la Gran Mezquita de Xi’an. Una sorpresa. El excesivamente turístico entorno, donde reinan indiscutiblemente los puestos dedicados a los viajes organizados en manadas de occidentales, también tiene su encanto, aunque sólo sea por la contemplación de la increíble cantidad de bagatelas que pueden llegar a venderse por metro cuadrado. Cenar en la cercana Beiyuanmen comida musulmana china es una obligación.
En cuanto a los Guerreros de Terracota, la verdad es que impresionan. Todo lo que los rodea y ellos mismos como objetos artísticos. Pero sobre todo la constatación de que se está ante uno de los monumentos más extravagantes, jactanciosos e inútiles de la historia de la humanidad. Junto al otro gran monumento chino: La Muralla. Esa enorme y absurda construcción que se hizo para aislar a la población de todo un imperio de las influencias exteriores y que jamás cumplió la misión para la que fue creada.
Existe una tranquila zona de bares de copas en una calle que sale de la Fenxiang Lu, entre la Torre de la Campana y la Puerta Sur. Casi en la misma esquina existe un cajero que permite sacar yuanes con Visa.
De Xi’an volamos directamente a Shanghai. Compramos, mediante el imprescindible regateo, los billetes en una de las agencias ubicadas en la 2ª planta del sovietizante Bell Tower Hotel, frente a la Torre de la
Campana.
SHANGHAI
En Shanghai tuvimos problemas para el alojamiento. Parece que el culpable fue el campeonato ese de carreristas de coches. Después de intentarlo tres veces a golpe de taxi se nos apareció la virgen en forma de un chico colombiano que nos abordó en el mostrador del Captain Hostel en pleno Bund) ya casi desesperados. Nos dijo que podíamos hacer un intercambio de favores. Él había conseguido en el Captain una cama en un dormitorio colectivo, pero aspiraba a algo mejor. Vivía en Henan desde hacía un año, se buscaba la vida como futuro empresario y estaba en Shanghai porque corría esos días un carrerista de coches colombiano muy famoso del que nosotros, frente a su asombro, no habíamos oído hablar. El caso es que él conocía un hotel en la zona de Xitandi, la zona fina de copas (40 yuanes la cerveza de 33 cl. frente a los 12 ó 13 la de 70 cl. en cualquier otro lugar) de Shanghai, con una excelente relación precio/servicio. Al llevarnos a nosotros intentaría conseguir un buen precio por una habitación sencilla para él.
Aceptamos encantados y encontramos una habitación muy bien acondicionada por 300 yuanes. Él no consiguió convencer en su chapurreante chino a su amiga la recepcionista de lo que quería. Ojalá tenga suerte y triunfe. El Holiday Hotel, Taichang Lu (lu = calle), 70, (estación de metro de la Huangpi Lu) a menos de 100 mts del edificio donde se celebró el Primer Congreso del Partido Comunista Chino. Por supuesto un lugar de culto. El restaurante colindante es un excelente lugar para comer comida china de alto nivel. En el Spice Palace, justo en frente, un restaurante indio de excelente comida, fuimos estafados con las cervezas y el agua mineral.
Moverte en Shanghai es facilísimo. En metro o en taxi. Desde luego, como en cualquier ciudad de China es imprescindible llevar siempre encima el Shanghai Tourist Map, el que tiene los nombres de las calles en inglés y chino, para mostrar a los taxistas. Las distancias son enormes, así que lo de ir andando a los sitios de interés es imposible.
Por lo demás dejarse guiar por la Lonely Planet en lo referente a las visitas a realizar o los lugares de compra. Imprescindible una visita al viejo Shanghai, lo poco que queda, un dédalo de callejuelas entre la Jinling Donalu y la Zhonghua Lu, muy cerca de los Jardines Yu, de inexcusable visita, así como el Descacharrante Bazar de los Jardines Yu, donde deberéis disputar cada centímetro de espacio con miles de manadas de turistas occidentales y chinos eufóricamente empleados en una compulsiva, desenfrenada, indescriptible competición por adquirir la bagatela más espantosa. Pero en un callejón lateral, cruzando la Jiujiaochang Lu, se pueden encontrar falsas antigüedades realmente interesantes.
Nosotros, rompiendo nuestra profunda aversión a los zoológicos caímos en la tentación de ir a ver los pandas al de Shanghai. Aparte de las consabidas fierezas enjauladas y de la infinita tristeza pintada en las pupilas de los grandes primates nos sorprendimos con una exposición ¿permanente? de mascotas consistente en una colección de jaulas minúsculas donde se hacinaban parejas de perros y gatos de todas las razas imaginables. A pesar de intentar no establecer una discriminación en la cantidad de pena o indignación a sentir respecto a los otros animales, fue imposible no sobrellevar peor esta visión que las otras. Abstenerse, pues, los amantes más sensibles de los perros. Los gatos lo llevaban con mayor dignidad, como siempre.
El otro lugar de peregrinación para compradores compulsivos es el mercado de ropa de la Xiangyang Lu con la Huaihai (estación de metro Shanxi Lu). Un descomunal mercadillo donde más que regatear hay que batirse en duelo. De todas formas, los aficionados a la antropología bizarra, pueden disfrutar estudiando disimuladamente el comportamiento de los miles de turistas españoles marsanseños o cortinglesistas empleados entusiásticamente en la mostración de sus habilidades torero-mercantiles ante los aviesos vendedores chinos.
Justo enfrente, al otro lado de Huaihai, la otra cara de la moneda. Un sombreado parque acoge cada día a cientos de shanghaineses que practican taichi, grupos de discretos ciudadanos que con los acordes de un radiocassette practican danzas tradicionales con abanicos o claqué, aseados ancianos que dibujan con agua en el suelo preciosos poemas perecederos, etc.
Desde Shanghai realizamos una visita de un día a la cercana ciudad de Suzhou. En ella alquilamos un ciclorickshow para recorrer las aceras de los canales y visitamos uno de los famosos jardines.
La idea de visitar la minúscula isla de Pu tuo Shan surgió de mi deseo, convertido en tradición, de pasar mi cumpleaños en una isla. Tras ver un par de páginas dedicadas a ella dedidimos que era el lugar ideal. Y no nos defraudó. Lugar hiperturístico, pero sólo para los chinos, atraídos por la santidad del lugar, se trata de un lugar realmente encantador y muy fácil de recorrer a pie o cogiendo los múltiples minibases turísticos que la recorren. Cuatro preciosos templos, una magnífica playa y una comida recién salida del mar realmente excelente. Alrededor del estanque del templo Puji hay tres hoteles. Nosotros estuvimos en uno un poco cutre (200 yuanes la doble) que está al final del callejón que sube partiendo de la tienda de fotografía, antes de torcer para el templo.
El problema fue para conseguir encontrar en Shanghai la empresa que realiza el viaje, un combinado de bus y catamarán. Las obsoletas indicaciones de la Lonely Planet fueron el principio de un alucinante viaje por toda la ciudad en su busca. Conservo la tarjeta, así que si alguien está realmente interesado puedo escaneársela y enviársela.
De Putuoshan decidimos explorar la zona de las ciudades acuáticas al sur de Shanghai. Para ello nos dirigimos de nuevo en un combinado de bus y catamarán a Shaoxing, una tranquila y preciosa ciudad de la provincia de Zhejian, cuya capital es Hanzhou. En ella sólo hay que pasear por sus parques y calles al borde de los canales, comer, disfrutar de su delicioso vino de arroz y visitar el muy pintoresco parque del Lago del Este y un lugar que a nosotros nos pareció delicioso: el Pabellón de las Orquídeas. Por otra parte conseguimos una superhabitación en un precioso
hotel de lujo, al que llegamos equivocados (Shaoxing Fandian, al que la Lonely coloca erróneamente en el precio medio) por 300 yuanes. Eso sí, tras un arduo combate regateador con un durísimo empleado ante el lujoso mostrador del vestíbulo. La ciudad nos gustó tanto que consumimos en ella el tiempo que habíamos pensado dedicar a Hangzhou. Como dato curioso: no
vimos ni un solo occidental en varios días.
Preparando el viaje habíamos leído en un foro la recomendación de visitar una pequeña ciudad que ni siquiera venía nombrada en la guía Lonely Planet: Xitang. Como nos pillaba de paso de vuelta a Shanghai nos decidimos a visitarla. Fue todo un acierto y su no inclusión en la Guía del Planeta Solitario, incomprensible. Se trata de una pequeño pueblo perfectamente conservado, aunque bastante descuidado, construido entre canales que atraviesan coquetos puentes. Hay que sacar una entrada para visitarlo y suplementos por cada atracción que se desee (templos, patios...). Como nos coincidió un fin de semana descubrimos que era el lugar favorito de multitud de parejas jóvenes de Shanghai que buscaban un aire de romanticismo y belleza. Y efectivamente, todo estaba preparado para que lo consiguieran. Barcas típicas recorrían los canales, bordeados de linternas rojas, mientras pequeñas orquestas de música tradicional, suave y dulzona, tocaban de vez en cuando en las orillas. Un lugar delicioso, a pesar de la excesiva presión de los turistas chinos. La comida, como siempre deliciosa por doquier. Paramos en el Xitang Holiday Hotel, un tres estrellas en el que conseguimos una doble, tras arduo regateo, por 250 yuanes.Un poco alejado del casco antiguo, pero para eso están los ciclorickshows.
De vuelta en Shanghai paramos en el mismo hotel y nos dedicamos los últimos días a pasear , visitar las últimas atracciones (El Museo de Shanghai es imprescindible) y realizar las últimas (y escasas) compras.
El último punto fue el traslado al aeropuerto en el tren más rápido del mundo: el Maglev Train que alcanza en su máximo pico los 420 kmt/h. Claro que como sólo recorre 40 kmts en sólo 8 minutos tampoco es que te de mucho tiempo a disfrutarlo. Eso sí, a la máxima velocidad produce una atosigante sensación. Descubrimos que la inmensa mayoría los viajeros no
iban exactamente al aeropuerto sino que formaban parte de grupos organizados de turistas chinos que usaban el tren sólo como atracción turística.
