'Brasil no coraçao'
Erase que se era y el bien que viniere para todos sea… un viaje a Brasil.
Mi viaje venia inspirado por los deliciosa novela ‘Gabriela Cravo e Canela’ de Jorge Amado en que…bueno, ¿a quien quiero engañar? Mi patética cultura televisiva me había mostrado hasta la saciedad el Brasil de la samba, el fútbol, las caipirihnas y las chicas en las playas. ¿Quién no quería conocer aquel lugar paradisíaco?
Con los amigos habíamos hablado muchas veces de viajar a Brasil atraídos por los tópicos pero en realidad, en mi caso, había algo mas…Había un secreto inconfesable que me roía desde mi infancia y que me atraía aún más de Brasil: Xuxa, la eterna adolescente. Sí, se me había grabado a fuego aquella imagen de la brasileña Xuxa, en el escenario con sus botines mientras cantaba: ‘¡¡Ila, ila, iré…. Oh. oh, oh…!!’momento cumbre de la bossa nova pop y de la zapatería brasileña. ¡Que botines! Todavía me sorprendía a mis 32 años levantando mis brazos y cantando el coreografiado ‘¡¡Ila, ila, iré…. Oh. oh, oh…!!’ a escondidas en mi cuarto. Y aquel hechizo tantos años después sabía que no era normal… ¿Y si durante mi viaje tenía la suerte de cruzarme con Xuxa, o mejor aún… con los botines de Xuxa? No me lo pensé dos veces. Me conecté a Internet y compré un billete de avión para Río de Janeiro.
Salvador de Bahía
'Viaje a Brasil' de Sónia Graupera, me había dado las claves para el viaje a mi aire. Nada más llegar a Río de Janerio tomo el primero de mis Air Pass hacia Salvador de Bahía. El país es enorme. Si quieres recorrer largas distancias y no tienes mucho tiempo, moverte en avión es la mejor opción. Por poco más de 300 euros puedes realizar hasta 4 vuelos interiores a cualquier ciudad del país. Conocí a viajeros que se lamentaban de que la mitad de sus vacaciones se las habían dejado en los trasportes públicos. Y es que por muy pequeño que se vea en el mapa… Brasil no es Andorra, ni Gibraltar.
Llego de noche al aeropuerto de Salvador cansado y despistado. Empiezo a llamar a hoteles para reservar habitación. Unas gentiles brasileras se ofrecen para ayudarme. ¡La primera en la frente! Acabo en un hotel de quiero y no puedo, que intenta ser de lujo y cuesta bastante caro y donde las gentiles brasileras llevan comisión. Como estoy realmente cansado dejo que me metan el gol por una noche. Me cambio y salgo a cenar. Mi intención es ir al Pelourinho, el barrio histórico de Salvador, pero el taxista me aconseja por seguridad un centro comercial. No sé porque le hago caso. En el centro comercial como algo y acabo en un garito escuchando… country brasileño. Yo soy amigo del mestizaje pero ¿country brasileño? ¿Es necesario? ¿Existe la samba tejana o el tango letón o el flamenco swahili? Si no existe, digo yo, por algo será.
A la mañana siguiente me tomo mi venganza y en el desayuno buffet libre del hotel ingiero alimentos como para mantener a toda la población China en el periodo 2004 a 2009, según datos la ONU. Al fin, la dirección llama a los antidisturbios y me desalojan del comedor. Me dirijo al centro de Salvador y me instalo en el Hotel Maridina que es más humilde, pero también más barato y acogedor y está a cinco minutos del Pelourinho.
El día lo paso paseando por las calles empedradas del Pelourinho, el centro histórico de Salvador, contemplando las iglesias, las antiguas casas coloniales de colores, la casa museo de Jorge Amado. Salvador conserva un fuerte sedimento africano y colonial que descubres en los rostros de la gente, en la arquitectura, en la comida y en la música tradicional. Con el Elevador llego al Mercado Central. Me siento animado y me sorprendo hablando en portugués. Es como el español pero con más cariño. Regateo con los tenderos mientras recorro el mercado.
- ¿Qué preço ten esa figura? Et muito caro… ¡Oh, que bunita camisinha!
La mujer del puesto abre los ojos desconcertada. Un niño negrito se parte de risa. Luego me entero que ‘camisinha’ no es camiseta en portugués, como yo creía, sino condón.
Como en un restaurante de ‘comida do kilo’, gran descubrimiento gastronómico por poco dinero, donde tu mismo te sirves la comida y te cobran por peso. La tarde la paso escuchando música y tomando caipirinhas. Empieza a llover. Estoy bajo un toldo y no me mojo. La música sigue sonando y las caripinhas cayendo como el agua cada vez con más fuerza. La terracita cada vez se parece más a Venecia. Estoy a punto de perder una chancleta arrastrada por la corriente.
Por la noche vuelvo al Pelourinho. La plaza y alrededores esta menos animada de lo que pensaba. Me acerco a un local rasta. Suenan las últimas notas mortecinas del concierto reggae. Se me acerca un mulato y me empieza a explicar que es escritor y que ha inventado el 'Surrealismo mágico latinoamericano', una versión moderna del 'Realismo mágico'. Me dice que esta escribiendo ‘Los mofletes de Carlinhos’ donde cuenta la historia de unos mofletes que traban amistad con Carlinhos, el niño que anda hacia atrás de la ciudad, y que viajan por el país quemando a lo bonzo los bikinis de las turistas. Al final, me cuenta, la amistad se trunca cuando Carlinhos se intenta suicidar metiéndose pajitas por la nariz. No lo consigue y con un estornudo mata a uno de los mofletes.
Yo creo que con aquel argumento el chaval esta en la antesala del éxito, si antes no le da un jamacuco por sobredosis. Porque está claro que aquella historia y aquellos ojos rojos con los que me mira no son precisamente de esnifar Valeriana ni pajitas. Así que antes de que se le vaya más la olla, y me queme el bikini, me despido muy amablemente de él y salgo del local.
A las nueve de la mañana siguiente tomo el catamarán para Morro, una isla al sur de Salvador. El trayecto es un drama. ¡Hay olas de ocho, diez... y hasta más metros! La mitad de los pasajeros acaban echando la graba en unas bolsitas muy monas que nos dan. Yo triunfo dos veces y llego a Morro amarillo como un gusanito de seda que no ha podido hacer el capullo.
Morro con su playas y sus rinconcitos está bastante bien, aunque no parece muy animado. Todo esto se entiende ya que en el verano europeo en Brasil es invierno y eso merma la afluencia de visitantes nacionales. Lo que queda de tarde y la noche lo paso de relax.
Por la mañana, con más gente, hacemos un recorrido por la isla en barco. Es rollo turista guiri pirateo total pero me gusta. Hace un sol fantástico. Nos rebozamos en arcilla roja en una playa, visitamos una isla del tamaño de un comedor que solo emerge con la marea baja, visitamos otra playa paradisíaca. Finalmente comemos en Gamboa, un pueblo no demasiado turístico. Paseo por el pueblo y me río viendo jugar a los niños de una escuela. Empieza a hacerse de noche y regresamos al pueblo, antes de llegar vemos algunos delfines. El día no da para mucho más. Estoy cansado. Ceno y salgo, pero poca cosa, antes de irme a dormir.
Regreso por la mañana a Salvador. Tomo de nuevo el catamarán pero esta vez no vomito. El mar está tranquilo. También, supongo, la tortilla de Biodraminas que he desayunado ayuda lo suyo. Me paso toda la mañana medio zombi. Soy un tío muy flojito para las drogas. Si la Biodramina me pone como me pone, no me quiero imaginar como me podrían drogas más duras o las de diseño.
A media tarde empieza a llover. No sé como, ni cuando, me quedo embobado mirando el puerto de Salvador. El cielo es bajo, de un color blanco y gris. La lluvia cae suave como supongo ha caído antes infinitas veces sobre los edificios gastados y tristes. En el puerto se ve algún carguero medio desvencijado, cansado, oxidado. A pesar de la lluvia, más cerca, mas lejos, llegan los sonidos y la vitalidad de la ciudad. Pienso: que suerte, estoy en Salvador de Bahía.
Salgo en autobús para Praia do Forte al día siguiente. La playa tiene una piscinas naturales y un especie de acuario de no se qué… La verdad, no me motiva mucho. Mientras como una excelente ‘Muqueca’ se me acerca un niño y me ofrece un dulce por un reai, le digo que gracias, pero que no. Al cabo de un rato se acerca la hermanita, una mulatita preciosa de unos cinco años y me ofrece lo mismo. Le pregunto si puedo hacerle una foto. Ella accede y se pone la cestita muy graciosa y pizpireta en la cabeza. Se ve está acostumbrada a posar para los turistas. Me veo obligado a comprarme el dulce. Me cobra dos reais. ¡Joder, parece mentira como sube la inflación en Brasil!
Esa noche me voy a dormir más tarde de lo habitual. Me despido de Salvador con unas Caipirinhas de más.
De Natal a Recife
Próxima parada Natal. Llego sobre las dos de la tarde al aeropuerto. Un taxista me lleva hasta Punta Negra, una zona de complejos turísticos impersonales. La primera impresión es un poco decepcionante. Decido pasar solo una noche allí. Veo partidillos de futbol boley en la playa y me divierto hablando y observando el trapicheo del lugar.
Si se suele decir que por la noche todos los gatos son pardos, en Natal más que gatos son panteras y tigresas, y las hay negras, blancas, mulatas y amarillas. Al calor del turismo de masas crece vigoroso como una enredadera el turismo del sexo. Algunas chicas son jóvenes, demasiado jóvenes, y muchas tienen ya los ojos demasiado tristes como para poder soñar.
La mañana siguiente la paso haciendo una excursión en Boggie. Subimos y bajamos dunas y me lleno de arena hasta las cejas pero es divertido. Entre unos cuantos tomamos un taxi por la tarde y nos vamos a Praia do Pipa, al sur de Natal. Por el camino se ven pueblos muy pobres, como olvidados, transportados muchos años atrás.
Pipa fue en un inicio un asentamiento hippie que creció y se expandió con el turismo. Dicen que es como Ibiza pero en los años ochenta. Pipa, con sus pintorescos diseños y colores, tiene ese típico rollo entre hippie y pijo que intenta ser guay, y que puede llegar a serlo, pero que sale muy caro. Apenas se ven brasileños en el lugar.
Me hospedo en una pousada con un precioso jardín donde se puede dar de comer a los monos. Salimos a cenar y a tomar algo. Salvando distancias, el ambiente nocturno me recuerda al de la Costa Brava y alrededores con la diferencia de aquí yo también soy un guiri.
Me levanto pronto al día siguiente con la intención de alejarme del turismo de masas y de reencontrar al pueblo brasileño. Me compro un mapa y me alquilo un coche. Mi destino: Acarí, un pueblo a unos 300 kilómetros al interior. La noche anterior dos abueletes autóctonos me habían contado que Acarí era uno de los pueblos más bonitos de todo Brasil. El más osado incluso lo bautizo como ‘la cidade mais bonita do Brasil’.
Mientras conduzco, en mis peliculillas mentales, Acarí ya se me aparece como el Macondo de García Márquez pero a lo brasileiro. Es mediodía y el sol cae rabioso sobre la carretera. Entro en el pueblo de ‘Passe e Fica’ y envío unas postales que nunca llegaran. ¿Realmente existió aquel pueblo o todo fue producto de mis sueños febriles? Me compro una docena de plátanos. Como plátanos como un mono. ¿Realmente me comí los doce plátanos? Bueno… por el restriñimiento de los siguientes días yo diría que sí.
Me siento un aventurero ilusionado avanzando hacia mi destino: Acarí. Llevo toda una ilusión alrededor de ese pueblo. Cada vez hace más calor. El paisaje es más seco de lo que había imaginado. Me siento como en 'Apocalipsis Now', pero en vez de remontar un río lleno de peligrosos soldados amarillos, avanzo por una carretera irreal, llena de… de… peligrosos agujeros, algunos grandes como jacuzzis. Se me eriza el bello con aquel enjambre de pensamientos mientras avanzo hacia el remoto Acarí, ‘la cidade mais bonita do Brasil’
Después de muchos sudores y más de cinco horas de viaje, por fin, veo el cartelito de Acarí. Recorro el pueblo. Con el calor no se ve un alma por las calles y sí… no esta mal pero, ¿donde está ‘la cidade mais bonita do Brasil’? Una sensación de decepción, ridículo y sudor frío me empieza a invadir. Como en un restaurante y le pregunto al camarero sobre la fama de Acarí.
- La cidade mais bonita do Brasil…? Non… La cidade mais limpa.
El camarero me cuenta que Acarí tiene fama por ser uno de los pueblos más limpios de Brasil. ¡Joder, para ver pueblos limpios me voy en Suiza! Me siento frustrado y confuso. Pienso con rabia, por un momento, en los dos Marco Polos que me habían hablado de Acarí como ‘la cidade mais bonita do Brasil’. Pero en seguida me doy cuenta de que el único culpable soy yo.
Según va cayendo la tarde y el calor afloja, van saliendo a la calle los acaries –que a mi me suena al nombre de los insectos que se comen la ropa, más que al topónimo de los habitantes de Acarí-. Paseo por el pueblo y sí, se le ve limpio y es majete pero tampoco es un bellezón. Viendo el percal, aunque venia con intención de quedarme hasta el día siguiente, decido volver a Pipa. Me meto entre pecho y espalda otros 300 kilómetros de regreso y llego a Pipa pasadas las nueve de la noche. Ceno y ahogo el cansancio y las penas bebiendo unas caipirinhas. Antes de ponerme a dormir, bajo el efecto helicóptero de la borrachera, me doy las buenas noches con una sonrisa: ‘que tonto eres, amigo, que tonto eres…’
El día siguiente lo paso en la playa recuperando mi autoestima y la pasión por Pipa.
De pronto, veo una rubia de espaladas.
- … Xuxa?! –pregunto en voz alta, emocionado.
Se gira y veo que no, y que de ser familia, debe ser la bisabuela de Xuxa. Sin duda, estoy pasando una mala racha pero no desespero.
Salgo la mañana siguiente de Pipa en dirección a Olinda, a donde llego a primeras hora de la tarde. Las afueras de Olinda se funden con las de Recife, la capital. Olinda es una ciudad colonial preciosa fundada por los portugueses. Fue asediada, más tarde, por un grupo de holandeses que finalmente no la pudieron conquistar. Los frustrados holandeses viajaron entonces hacia el norte y fundaron un pueblecito llamado Nueva York.
Después de deambular embelesado, y un poco sin ton ni son por Olinda, tomo a última hora de la tarde un autobús hasta el centro de Recife. Allí en el ‘Pátio de São Pedro’, me habían contado, había una ‘Festa Negra’. Me paso la noche escuchando ritmos africanos. Y sí, la Festa es negra negra como el carbón.
Por la mañana acompañado de un guía veo Olinda. La ciudad y su barrio viejo son un regalo para la vista. Además el guía, un mulato joven de unos 25 años, salpica las explicaciones con anécdotas curiosas y despierta aún más mi interés. Por la tarde me lleva Porto Galindas, unas playas preciosas al sur de Recife. Llegamos de milagro con el coche de un amigo suyo. El coche tiene los amortiguadores de vacaciones y cabeceaba a cada segundo. Aunque el verdadero poema viene al regreso, ya de noche, sin apenas luces. En la parte de atrás yo encendía el mechero como si estuviera en un concierto para que nos vieran.
Después de cenar fuí al ‘Virgolino’, según decían, el local de moda de la ciudad. Me quedé de piedra al entrar. El local era oscuro, lúgubre, cutre, parecía el bar de una mina biolorrusa o algo así. Los mosquitos gordos como puños agujerean el denso humo y, ¡zas!, te hincaban el diente cuando menos lo esperabas. De pronto, unos abueletes subieron al escenario con una guitarrilla, un acordeón, un triángulo y un no se qué… y empezaron a tocar lo que luego me enteré que era el ‘vertseja’ o un nombre por el estilo, música típica de la región del Pernambuco pero que a mi me sonaba a las estepas rusas. De verdad, todo aquello era trocolor y alucinante. Me moría de risa por dentro. El ritmo era pegadizo, repetitivo. Los lugareños bailaban y se lo pasaban en grande. Los turistas se quedaban a cuadros al entrar. Fue una noche alternativa, me lo pasé muy bien y el ritmo y el local, tras la sorpresa inicial, me encantó.
Belem
Al mediodía del día siguiente tomo el vuelo desde Recife. El avión para en Fortaleza, Teresina y Sao Luis, antes de llegar a mi destino: Belem do Pará, al norte de Brasil. El avión es como un taxi que sube y baja. Me paso el día de aeropuerto en aeropuerto y llego de noche a Belem.
Por la mañana visito la 'Estação das Docas' y el magnífico 'Mercado Ver-o-peso'. Belem es una ciudad muy animada y con mucho movimiento comercial. Entre la bruma de gritos paseo curioso por el mercado. Todo tiene dimensiones enormes: la fruta, los peces, las verduras… Me impresiona también la desembocadura de uno de los brazos del Amazonas. A su lado el Ebro parecería el río de un botijo.
Tomo un autobús pasado el mediodía que me llevará hasta Algodoal. Al cabo de una hora de trayecto son mayoría los lugareños con rasgos indígenas en el autobús. Tomamos una pista de tierra. El paisaje se vuelve más agreste y espectacular. El autobusero parece como si llevara prisa, va rapidísimo y se la juega a cada curva. Paso un miedo terrible. ‘¡Papa, no corras!’, pienso, pero no me atrevo a decirlo en voz alta. Los indígenas van tan panchos en sus asientos, van como dopados. Deben ser una tribu de esas sin miedo a la muerte, una tribu de esas medio de kamikaces, sino no se entiende. Ya de noche, y de milagro, llegamos a Marudá, la última parada. De ahí debo tomar un barco hasta Algodoal. Regateo con el patrón del barco el precio del viaje. El amigo se cierra en banda y me mira como diciendo 'lo tomas o te quedas en tierra'. Como no hay otro barco a aquellas horas acepto.
Ya en alta mar se empiezan a ver las luces de Algodoal y se oyen, a lo lejos, el sonido de los generadores. Cuando llegamos, un chico en la playa se ofrece para llevarme con su carromato al pueblo. Hace una noche muy oscura. No se ve nada. El chico insiste en que me ahorro mucho camino. El precio es razonable y subo al carromato. Unos 100 metros más allá ya estamos en el pueblo. Me siento estafado como un chino y le digo al chavalote que solo le pago la mitad. El chico sonríe y dice que sí, le pago, y de propina, le doy un caponcito alegre. Poco más tarde, cenando, conozco a una pareja de valencianos. Según me cuentan, no hay más turistas en la isla que nosotros.
Me marco una excursión a la mañana siguiente hasta un lago que hay en el centro de la isla. Apenas se ve nadie en la playa. Más adelante la playa queda totalmente desértica, virgen, paradisíaca. Solo se ve muy a lo lejos un niño pescando. Tomo un camino que tuerce hacia el interior y después de poco más de media hora llego al lago. Tumbado en una hamaca, sonriendo, está el superestresado barman. No hay nadie más. Me baño y como allí mismo. El superesteresado barman no prepara platos de diseño, ni toca la cocina francesa. El superesteresado barman prepara platos de arroz, fríjoles, farofa y pescado del mar.
Pasada la media tarde regreso al pueblo. Contemplar el atardecer, oír el mar, dejar pasar el tiempo sin hacer nada, en silencio, pensar en la vaguedad de la vida mientras las olas se llevan las huellas de los pájaros en la arena, es un placer que no se paga con nada, es un momento de felicidad total.
Casi por casualidad, después de cenar, acabo en una casa particular donde se baila el Carimbó, baile típico de Algodoal. Por mucho que lo intentan no acabo de pillar el ritmo. Creo que desde pequeño tengo una especie de dislexia motriz, y hago los patrás palante y palante patrás, sin gracia, sin ritmo, como un topo torpe que se mueve mejor a su rollo que acompañado.
Conozco más tarde en un bar a un vasco pelirrojo. Acaba de desembarcar en la isla. El vasco es un viajero profesional y curtido que lleva seis meses viajando por Sur América. Antes estuvo en Asia y antes por Centro y Norte América… El vasco es uno de esos viajeros que dice me voy y se va, uno de esos viajeros a pelo, que no necesita ni un tatuaje ni un piercing en la nariz para saber donde esta el norte y donde esta el sur. El vasco es un viajero de los valientes, que vive al día y que lleva todo su equipaje, un calzoncillo y un cepillo de dientes, en una mochila del tamaño de un monedero. Me cuenta mil aventuras, siento una envidia sana y se me llena la cabeza de pájaros con sus viajes.
Por la noche, ya en mi habitación, me veo recorriendo el mundo con una mochila como la suya, del tamaño de un monedero. Escribiría historias de mis viajes para sobrevivir y las colgaría en Internet. Y la gente me diría ‘sigue, tu sigue viajando que nosotros curramos como negros y te costeamos los viajes por la cara…’. ¡Que buena es la gente en los sueños! Parece salidos de una jodida película de Frank Capra. Me dormí sonriendo e imaginando paridas de ese tipo.
La mañana siguiente la paso de regreso a Belem. En Belem aún me da tiempo de visitar un mercado de artesanías antes de ir al aeropuerto y tomar el vuelo hacia Manaus.
Manaus
Días antes de mi llegada a Manaus había contratado un pack de dos días de visita por el Amazonas. De modo que, a primera hora de la mañana, ya tenía una Van delante de mi hotel. Vamos a reunirnos con otros turistas y todos juntos, nos dirigimos al lodge situado en medio de la selva.
Cruzamos en barco el río Amazonas. A su paso por Manaus tiene dos tonalidades, una mitad más oscura, la que proviene del río Negro, y otra más clara, la del afluyente Solimoes. Aunque solo estamos en su nacimiento el Amazonas me parece inmenso. Tomamos luego una Van durante media hora y, finalmente, remontamos con una barca otro río, entre densa vegetación, y llegamos dos horas más tarde al lodge, una cabaña circular de dos plantas en medio de un descampado.
Comparto excursión con una pareja de italianos, un alemán, dos austriacos y dos madrileños. Cuando entramos en el lodge ya vamos haciendo bromas. Por un momento me imagino que estamos en una peli de serie B, de esas en las que un grupo de jóvenes ríen al principio y luego acaban devorados por las termitas asesinas o atravesados, como pinchitos morunos, por las flechas de alguna tribu caníbal.
Después de comer, acompañados por el guía, tomamos la barca y remontamos aún más río arriba, buscando remansos en el río. Pescamos pirañas y vemos todo tipo de pájaros y vegetación. De animales terrestres vemos menos. De regreso, rodean nuestra barca un grupo de delfines, algunos de ellos de color rosa. El guía cuenta que es el color de los delfines más viejos. Cuando oscurece, entre la vegetación, se iluminan las luciérnagas como infinitas como gotas de rocío.
Cenamos pronto. Debemos salir de nuevo para ver cocodrilos. Alguien tiene la brillante idea de iluminar con su linterna el techo de hoja seca de la cabaña. El techo está plagado de arañas. Las hay negras, peludas, gordas como manzanas, y las hay con las patas finas y largas como coristas de cabaret. Las hay de todos tipos y colores. Menos Spiderman, las demás especies de arañas están allí.
Salimos de nuevo de expedición. El guía alumbra las orillas del río buscando cocodrilos. Pasamos más de dos horas arriba y abajo pero nada, ni rastro de cocodrilos.
Nos levantamos muy temprano a la mañana siguiente y hacemos una excursión a pié por la selva. Se escucha intenso el concierto bullicioso de la selva. El guía intenta abrir camino con el machete y nos va explicando los diferentes usos medicinales o prácticos que tiene plantas y árboles. Los senderos se borran a nuestras espaldas ahogados por la maleza. Hormigueros que parecen iglús, castañas como melones, hojas como sombrillas… parece como si una mutación nuclear hubiese agigantado todo lo que nos rodea. El calor es sofocante bajo el techo de la selva. Pasamos la mañana embelesados con la variedad y la riqueza del Amazonas.
A media tarde me despido con pena de mis compañeros y regreso a Manaus.
Aprovecho mi último día en Manaus y por la mañana visito el espectacular Teatro de la Opera. Luego paseo por el Puerto y el mercado Municipal que es una réplica del de ‘Les Halles’ de París. Parece mentira como esta ciudad perdida y aislada en medio de la selva pueda albergar este tipo de construcciones y esta vitalidad comercial, y todo traído y llevado por el cordón umbilical del río Amazonas.
Por la tarde tomo el autobús y me dirijo a la Playa de ‘Ponta Negra’ donde me comentan hay ambiente nocturno, pero el panorama parece más desangelado que otra cosa. A medianoche ya estoy en el aeropuerto que ha de llevarme hasta Río de Janeiro, mi última parada en mi viaje a Brasil.
Río de Janeiro
Me pasó toda la noche y la mañana cruzando de norte a sur Brasil. Hago escala en Brasilia, donde debo tomar otro avión que lleva más de dos horas de retraso.
Sobre Río de Janeiro había oído todo tipo de leyendas urbanas, casi todas relacionadas con la inseguridad y la violencia de la ciudad: no tomes el taxi equivocado, no camines solo por la noche porque te seguirán o tu seguirás a alguien, no mires a los ojos de los mininos de la calle porque hacen girar los ojos y te hipnotizan y despiertas luego en Copacabana sin la cartera y con los pantalones hasta los tobillos…
Con referentes de este tipo y con todos los nervios encogidos en mi ombligo aterrizo en Río. Tomo un taxi oficial que me lleva al hotel Las Colinas y salgo a pasear por Ipanema. Hace un sol muy agradable a media tarde. La playa está muy animada. Bikinis de vértigo, Airgamboys cuadrados luciendo palmito, vendedores ambulantes, paseantes de avanzada edad intentando subir a las rodillas el ímpetu juvenil… Se ve gente más desteñida, menos africana que la del norte del Brasil.
Río a primera vista parece una ciudad moderna, dinámica, occidental, pero llena de contrastes y de miedos. Cada edificio parece un bunker, con vallas altas y alambradas de espino. Según se va haciendo de noche, en las montañas que rodean la ciudad, se encienden las luces de las favelas que parecen acechar como un inmenso pesebre de pobreza.
Tomo un taxi a la mañana siguiente para recorrer los lugares más emblemáticos de Río. El taxista me lo había recomendado un amigo. Es la opción más rápida, quizás también la más cara, pero se acaban mis vacaciones y quiero aprovechar el tiempo al máximo. Visito el Cristo Redentor en el Corcovado, el Parque de Tijuca, el Pan de Azucar, las playas de Ipanema y Copacabana, el barrio de Santa Teresa. Río me parece una ciudad mucho más rica en matices y hermosa de lo que había imaginado. Necesitaría mínimo una semana para empezar a conocerla. El taxista anima el recorrido con anécdotas y detalles de la ciudad. El viaje es una gozada.
Por la noche tomo un autobús hacia el barrio de Lapa. Es viernes y hay bastante movida nocturna. Como algo en los puestos de la calle y recorro diversos locales de la zona. En un bar de samba conozco a un californiano y a un suizo. Llevan casi un año de viaje por Sur América. Ahora además se les han unido otros dos suizos de visita. Uno de ellos va muy espitoso. Habla por los codos y es muy divertido. Poco después se queda dormido con el pedo en una silla echado hacia delante. Sus amiguetes se ríen y le colocan una jarra de cerveza en la nuca y, milagro milagroso, se le mantiene durante más de medio minuto hasta que se rompe el equilibrio y le cae la cerveza encima. Al cabo de cinco minutos el amigo ya vuelve a estar frito otra vez. Entonces sus amigos lo levantan con la silla, sin despertarle, y lo dejan en medio del escenario. El suizo espitoso se despierta asustado y perdido en medio del concierto de samba. La noche transcurre entre putaditas, risas, bailes y cervezas. Me lo paso muy bien. Regreso al hotel casi de madrugada.
Me despierto tarde al día siguiente. Salgo a pasear por Ipanema. Estoy espeso por la resaca. Me da palo pensar que en poco más de una hora deberé estar en el aeropuerto. Sin duda, me llevo a Brasil no coraçao. He descubierto un país tan fascinante y tan rico que apenas he tenido tiempo de pensar ni en Xuxa, ni en sus botines.
Mientras camino, empiezo a pensar en la vuelta a casa, en que mi forma de ser y mi vida encajan cuando viajo, en la brevedad de la vida y en lo que estoy haciendo... Quizás la tristeza del regreso me hace pensar cosas de este tipo, quizás la resaca, quizás la seguridad de que siempre hay algo que frena mis deseos de dejarlo todo atrás y ponerme a viajar… Pensando vagamente en mi poco valor para afrontar las cosas, pensando hasta que punto me engaño o no, regreso al hotel haciendo equilibrios ante el minúsculo abismo de un bordillo.
