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Diario de viaje a Estados Unidos: Nueva York

Autor: Jaime (1998)

Días 8 al 11. Nueva York (tres noches). Hotel Salisbury


Lunes, 8 de junio

9'00 horas

Tras un copioso desayuno servido en la habitación, abandonamos el Sofitel, no sin que antes Angela les birle las zapatillas que ofrecían en el cuarto de baño (las usaremos en varios hoteles de Estados Unidos). Un minibus incluido en el precio de la habitación nos lleva al aeropuerto de Barajas.

10'00 horas
Facturamos las maletas en el mostrador de la TWA, con destino a Nueva York; en este mostrador, una joven azafata de rostro agradable nos hace varias preguntas que volveremos a oír cada vez que cojamos un vuelo durante el itinerario: motivos del viaje, si alguien nos ha dado algún paquete, si hemos dejado las maletas descuidadas alguna vez, etc. A la espera de embarcar, paseamos por el aeropuerto y decido comprar una pequeña bolsa-mochila de viaje que pensé que no iba a necesitar y que, nada más comenzar nuestro viaje, empiezo a comprender que me será muy útil.

12'30 horas
El despegue del Boeing 767 se produce exactamente a esta hora (tras dar un paseo por la pista). En el vuelo de la TWA está absolutamente prohibido fumar; incluso en el servicio (lavatory) hay un detector de tabaco y un letrero que informa de la ley federal que castiga al fumador -y a aquel que estropee el detector- (la multa es de 300.000 ptas.); es por eso por lo que decido mascar chicles "Nicorette", que disminuyen el ansia y los deseos de coger un cigarrillo (aunque la amenaza de multa es más disuasoria y efectiva a la hora de olvidar el tabaco).
Nos entregan un par de hojitas de cartón que debemos rellenar durante el vuelo para entregarlas a la llegada. Una de las hojas es una declaración firmada en la que renunciamos al permiso de residencia y nos comprometemos a no asentarnos ni buscar trabajo en los Estados Unidos (parece que ya tienen bastante población); la otra hoja es más divertida; se trata de un cuestionario con preguntas del tipo siguiente: ¿Ha formado parte alguna vez de alguna organización terrorista?, ¿Piensa usted en traficar con drogas en los Estados Unidos?, ¿Ha visitado recientemente alguna granja y ha estado en contacto con animales? (esta última se debe a que en 1971 entró en el país un loro con una enfermedad que produjo una epidemia y la muerte de millones de aves). Las preguntas son todas de tal calibre que al final del cuestionario nos dicen: "Si ha respondido afirmativamente alguna de estas preguntas, es posible que le sea denegada la entrada en los Estados Unidos" (y en cualquier país, añadiría yo). Durante el vuelo ponen dos películas: "La cortina de humo", con Robert De Niro y Dustin Hoffman (en inglés por un canal de los cascos y en español por otro), y otra cuyo nombre no recuerdo (no estrenada en España), con Corbin Bernsen y Lesley Ann Down -el doblaje es en mexicano, de lo más risible-.
Los carritos de bebidas y aperitivos (cacahuetes, galletitas, etc.) desfilan por los pasillos nada más comenzar el vuelo. Más adelante sirven un almuerzo: ensalada, carne en salsa, panecillo con mantequilla,... todo de lo más mediocre. Durante el vuelo, atrasamos nuestros relojes seis horas, para adaptarnos ya a la hora de Nueva York.

14'00 horas (hora de Nueva York)
Tras ocho horas de vuelo, llegamos al aeropuerto JFK de Nueva York. En la aduana, un agente que habla español nos sella el pasaporte, no nos considera sospechosos y nos da vía libre. Hemos entrado, ya estamos en América. Recogemos nuestras maletas que salen de una rampa en movimiento y lo primero que hacemos es dirigirnos a un mostrador de la TWA para confirmar todos los vuelos que vamos a realizar en Estados Unidos, incluido el de vuelta a Madrid; es norma habitual en Norteamérica reconfirmar los vuelos, aunque hayan sido reservados. A continuación, nos vamos a la salida, en busca de un medio de transporte para llegar al hotel. El exterior del JFK ofrece una vista triste, con un cielo grisáceo y una explanada desierta; tan sólo el motor de algunos autobuses y taxis y el ruido de una fábrica lejana rompe el silencio del lugar. Aprovecho para fumar un Ducados mientras intentamos localizar algún autobús que nos lleve directamente al hotel. Sabemos que en Estados Unidos existe el Shuttle Bus, un minibus que funciona como un taxi compartido, y que lleva a sus pasajeros al sitio exacto que ellos quieran (va recogiendo y soltando gente a lo largo de una ruta que está en función de los destinos de los clientes). El intento por pescar uno es infructuoso -habría que llamarles por teléfono y concertar una cita para que nos recojan-. Deseando llegar a Manhattan lo antes posible, decidimos coger un taxi. La tarifa es de 38'5 dólares más la propina (tip); el trayecto es de unos 33 kilómetros, y se tarda en llegar una hora debido al intenso tráfico de Nueva York. El taxista sólo sabe decir en castellano "Muchas gracias", por lo que hablamos con él en inglés durante todo el camino (de Mónica Lewinsky, entre otras cosas); así, recibimos nuestra primera clase de idiomas y nos enteramos de varias cosas de la vida neoyorquina; por ejemplo, del apodo del presidente de los Estados Unidos: "The Big Man", y que en Manhattan todo el mundo está loco (según el taxista). En este trayecto pasamos por un cementerio pequeño y muy bonito llamado Saint Michael, y bordeamos el barrio de Harlem -vemos calles desiertas con pinta de pocos amigos; un grupo de niños negros juegan al baloncesto en una cancha de cemento acordonada por rejas-, y a partir de ahí empezamos a contemplar el perfil de la ciudad con sus enormes rascacielos.
A este primer norteamericano que conocemos le tanteo sobre la propina que debo darle, y me responde algo que será muy extraño de oir en el resto de los Estados Unidos: "Mi tarifa es esta -me la escribe en un papel-, el resto depende de tu propia decisión, no tienes ninguna obligación". Sin embargo, al llegar a nuestro destino le doy cinco dólares (por su simpatía y honradez). Le estrecho la mano, me despido de él y el portero del Hotel Salisbury carga con mis maletas en un carrito hasta la recepción; le doy dos dólares (uno por cada bulto, tal y como he leido en las guías de viaje); tras registrarnos en el mostrador, un segundo empleado nos lleva las maletas a la habitación (otros dos dólares). El Salisbury es un hotel que se construyó en los años 30 y que parece que vivió mejores días que en la actualidad. Su antigüedad se percibe en los pasillos, puertas de las habitaciones y el clásico mobiliario del hall, además de en algunos detalles de nuestra habitación -la puerta del cuarto de baño está un poco rota y no cierra bien-. Sin embargo, posee el encanto y el sabor de un viejo hotel que no ha perdido su elegancia señorial. Y lo mejor de todo, su ubicación en la ciudad: en el centro de la calle 57, entre la sexta y la séptima avenida, justo enfrente del restaurante Planet Hollywood y el Carnegie Hall, muy cerca de la joyería Tiffany -que está en la misma calle- y a sólo dos manzanas de Central Park; la posición es privilegiada, con todas las principales tiendas alrededor y en una zona considerada como muy tranquila y segura -incluso por las noches-. Además, el hotel ofrece (incluido en el precio) un desayuno continental en el comedor de la tercera planta; se trata de un buffet en el que uno puede beber y comer todo lo que le entre en el cuerpo, a elegir entre magdalenas, plum-cakes, tostadas, bagels (unos panecillos judíos que se comen por todas partes y a todas horas), etc.

17'00 horas
Ya hemos deshecho las maletas, nos hemos refrescado un poco y consultamos en la recepción para apuntarnos a alguna gira por la ciudad. Decidimos apuntarnos para el día siguiente a un crucero de tres horas que bordea Manhattan, y a un tour por la ciudad en un autobús para pasado mañana -incluyendo la visita a la Estatua de la Libertad-. Para concertar las excursiones piden un depósito inicial más la tarjeta de crédito como garantía; la "credit card" es imprescindible para viajar por Estados Unidos (nos la pedirán constantemente y será imposible realizar algunas gestiones sin ella).

17'30 horas
Estamos en plena calle, dispuestos a dar un paseo por la Gran Manzana. Por la tarde no hay tanta gente por la calle (al menos, no tanta como se ve en las películas), y tenemos una sensación extrañamente familiar; en un primer momento, Nueva York no nos deslumbra demasiado (me recuerda un poco a pasear por la Gran Vía de Madrid, de hecho la anchura de sus avenidas es similar), salvo cuando uno mira hacia arriba y queda sorprendido por las gigantescas moles de hierro y cemento que parecen estar a punto de caer sobre nuestras cabezas. Y a pesar de ese colosalismo en los edificios, uno se siente acogido instantáneamente por esta gran ciudad; es como encontrar unos zapatos que son de nuestra talla y tan cómodos como si ya los hubiéramos usado; son zapatos que nos animan a caminar y recorrer unas calles que no pueden aburrir en ningún momento al visitante, girando la cabeza constantemente, porque en todas direcciones hay lugares interesantes y atractivos. Y en contra de lo que dicen las guías de viaje, las calles resultan muy seguras y tranquilas; no veo a ningún posible ratero (ni los veré en los próximos días, aún estando con el ojo avizor), ni mendigos en cada esquina (sólo veré dos o tres pedigüeños en los tres días de estancia).
Al salir del hotel, a unos cincuenta metros a la derecha, hay un quiosco en el que compramos una tarjeta telefónica que tiene instrucciones tanto en inglés como en español; la tarjeta no se inserta en las cabinas, sólo hay que marcar una serie de números, una clave impresa en ella y a continuación el código de llamadas internacionales (011), el prefijo de España (34) y el número español al que queremos llamar. Una tarjeta de 25 dólares permite hablar con España durante cerca de una hora. A esta hora temprana de la tarde nos acercamos al Planet Hollywood y preguntamos por la hora de la cena; nos contestan que ya está abierto y que podemos comer cuando queramos; pronto aprenderemos que los americanos están comiendo durante todas las horas del día, según les venga en gana. Decidimos volver más tarde y seguimos paseando.
Pasamos por delante del Motown Café y entramos para probar uno; la compañía discográfica Motown fue la empresa para la que trabajaron gente como los Platter en los años 50, y el local está decorado al estilo de esa época. Nos sentamos en la barra y pedimos un café con leche (coffee with milk); nos sirven una enorme taza llena de café hasta casi el borde (la cantidad equivalente a cuatro o cinco cafés solos en España). ¿Y la leche? Nos la acerca en un platito que contiene varias tarrinas minúsculas del tamaño de un dedo pulgar; el café es tan insustancial que una sola tarrinita de leche -varias gotas- aclaran ese agua sucia completamente. Empezamos a descubrir que los americanos sienten un miedo atroz hacia la leche, la mantequilla y el azúcar -minúsculos sobrecitos con una sustancia que no endulza casi nada-.
A la salida, caminamos hacia Tiffany. La famosa joyería posee siete plantas, aunque no todas ellas a base de joyas; una de las plantas ofrece artículos de cristalería, otra es sólo de atención al cliente, y la mayoría de ellas están atestadas de toda clase de orfebrería vistosamente exhibidas al visitante en urnas y vitrinas. A la salida seguimos caminando hasta Central Park, aunque decidimos internarnos en el parque al día siguiente; de paso, entramos en el Hotel Plaza, sorteando media docena de enormes limusinas aparcadas en la entrada; el interior del Plaza es menos vistoso que su fachada -decepciona encontrar sólo un patio interior, una pequeña galería comercial y un pequeño bar decorado con madera de roble-.

20'00 horas
A pesar de ser las ocho de la tarde en Nueva York, para nosotros son las dos de la madrugada, por lo que ya es hora de cenar y acostarnos. Volvemos al Planet Hollywood y nos sientan en una pequeña mesa del interior; Angela tiene a sus espaldas una fotografía de Macauley Culkin con objetos de la película "Solo en casa"; detrás mía, en una columna, se exhibe el corpiño que usó Tia Carrere en "Mentiras arriesgadas" (¿a quién le importa?); y es que hay demasiados recuerdos que nadie recuerda. El local decepciona bastante, es pequeño y poco espacioso, y demasiado atestado de fetiches cinematográficos -la mayoría son de dudosa credibilidad, como un trozo de moldura del Titanic-. En la fachada hay una pancarta de bienvenida al actor David Carradine -parece que ha estado almorzando ese mismo día, pocas horas antes de llegar nosotros-. Cenamos dos hamburguesas con refrescos al precio de 26 dólares, propina incluida en la factura ("gratuity"); la comida no está mal. Empezamos a familiarizarnos también con el impuesto norteamericano, el omnipresente Tax que hay que abonar en restaurantes, tiendas, cafeterías, taxis, tours, museos,... (prácticamente en todas partes), de tal forma que, por ejemplo, una comida en un buen restaurante nos arrojará una factura final notablemente incrementada con el Tax y la "gratuity", y lo mismo si compramos demasiadas cosas en una tienda (en los precios no se refleja el Tax que luego cobran, y que viene a ser un 8 o 9 por ciento). Salvo en restaurantes de nivel medio, la comida puede resultar muy barata en Nueva York. La Coca-Cola, por extraño que parezca, es más cara que en España -en una máquina hay que depositar 1'25 dólares- y existe una amplia variedad: Coca-Cola light, dietética, strawberry, etc.; la que solemos tomar aquí recibe el nombre de Coca-Cola Classic.
Finalmente, nos alojamos en nuestra habitación y cumplimos una recomendación escrita en una hoja que reposa sobre una mesa: echar el cerrojo de seguridad a la puerta más una cadena de acero. Esto es América y cualquier cosa puede ocurrir.


Martes 9 de junio

8'00 horas
La noche ha sido un sueño a saltos, un tanto desvelados por efecto del llamado "jet lag" -el reloj biológico de nuestro cuerpo nos dice que no es nuestra hora de dormir-. Desayunamos abundantemente en el comedor del hotel y salimos a explorar la ciudad. Tras examinar nuestro mapa, decidimos salir a mano derecha, sobrepasar la séptima avenida y bajar hacia el sur por Broadway, la calle de los teatros; es en ese momento, desde nuestra llegada, cuando empezamos a descubrir verdaderamente cómo es la ciudad: un hervidero de gente de todas las razas, credos y religiones, una multitud que ignora el denso tráfico y que, al cruzar las calles, sortea los vehículos (a veces sin respetar los semáforos).
Lo más impresionante de Broadway es la llegada a Times Square, el cruce entre Broadway, la séptima avenida y la calle 42, una encrucijada de caminos repleta de grandes anuncios multicolores -la mayoría anunciando espectáculos musicales como "La bella y la bestia" y "El fantasma de la ópera"-. También llama la atención la gran pantalla de video colocada en uno de los edificios, con el canal CNN suministrando noticias las 24 horas del día. Entramos en varias tiendas de souvenirs y hacemos algunas compras tras buscar la tienda más barata; antes de comprar hemos comparado precios -los mismos en cuatro o cinco de ellas- hasta llegar a una en la que figuraban los mismos precios sólo que también exhibía un letrero que anunciaba el 50% de descuento en todos los artículos (esta última tienda la encontraremos tras la visita al Empire State, justo enfrente de su entrada principal).
Luego torcemos hacia la izquierda en busca del Empire State, al que ya hemos divisado desde lejos.
El Empire fue el edificio más alto de Nueva York hasta que en los 70 se construyeron las Torres Gemelas en el World Trade Center. El edificio que escaló el King Kong de los años 30 cuenta en su interior con varias tiendas y cafeterías, y para subir a sus dos miradores hay que pagar un ticket de 6 dólares. En el entresuelo hay un cine con asientos movibles que reproducen un viaje en montaña rusa. Ansiosos por subir arriba, no nos detenemos en esa cola (pasamos de ver película) y entramos en un ascensor no demasiado grande que nos lleva al piso 86 en pocos segundos y a una velocidad vertiginosa que no llegamos a notar. El mirador de la planta 86 rodea todo el edificio y sus balcones están enrejados para disuadir a aquel que intente emular a Supermán; la vista es impresionante, y por 25 centavos se puede observar con más detalle la ciudad usando alguno de los múltiples teleobjetivos. Subimos luego al mirador de la planta 102 -hay que guardar una cola que puede durar entre treinta y cuarenta y cinco minutos-. El 102 es pequeño y acristalado, y no merece del todo la pena; la vista es muy similar y se disfruta más en el 86.
Al volver a la planta baja, entramos en una cafetería en la que leemos las palabras "espresso" y "capuccino". Vamos a ver si conseguimos beber un café algo más consistente. El camarero resulta ser latinoamericano y le explicamos que queremos tomar un café de verdad, que en Estados Unidos el café es malísimo, a lo que él nos responde: "Pero ahora estamos en Colombia". Pocas veces nos ha sabido un café con leche tan rico y cremoso como el que nos sirvió este colombiano.
A la salida del Empire, visitamos otros lugares de interés, como el edificio de la Chrysler (coronado por su característica aguja y rodeado por gárgolas), cuyo interior no tiene ningún interés, la Estación Central, la Catedral de Saint Patrick -anacrónicamente situada en el corazón de Manhattan, una preciosa y pequeña construcción rodeada por rascacielos, con vidrieras y preciosos monumentos en el interior-, y el Rockefeller Center, formado por varios bloques, en cuyo centro hay una plaza ocupada por los veladores de una cafetería -en invierno, esta plaza se convierte en una pista de patinaje-; en uno de los edificios del Rockefeller se encuentra el restaurante Fashion Cafe, propiedad de las modelos Cindy Crawford, Naomi Campbell y Claudia Schiffer (hay fotos de ellas por todas partes); entramos a echar un vistazo y comprobamos que mientras la gente toma algo también puede contemplar un desfile de moda por una pasarela que se extiende por la mayor parte del local. También en el Rockefeller se encuentra el Radio City Music Hall, en el que se ofrecen espectáculos televisivos (durante estos días se anuncia un programa especial que van a retransmitir en directo con Billy Crystal, Robin Williams y Whoopi Goldberg).

14'00 horas
Creo que hemos recorrido varios kilómetros, aunque apenas lo notamos -es imposible cansarse mientras uno recorre lugares tan atractivos-. Finalmente, y caminando de vuelta, llegamos a Central Park, y lo primero que hacemos es algo muy característico de la vida neoyorquina: comprarnos un perrito caliente en uno de los puestos ambulantes, regarlo bien con ketchup y mostaza, y sentarnos en un banco del parque a reponer fuerzas -cerca de nosotros hay un yuppie que ha decidido comer hoy de esa forma-. Central Park ocupa una extensión de varios kilómetros de largo por un kilómetro de ancho; parte del parque, en el norte, se adentra en Harlem. Nosotros nos limitamos a recorrer su zona sur, que incluye un lago, bonitas arboledas y puentes de piedra cuidadosamente encajados en el panorama. En este paseo nos topamos con una ardilla, que se acerca a nosotros con cierta cautela cuando agitamos una bolsa de plástico que aparenta llevar algo de comida. El parque puede recorrerse en coches de caballo, a pie, haciendo footing o bordearlo en taxi o autobús. Mucha gente se tumba en la hierba a orillas del lago, en uno de los lugares más preciosos de la zona.

17'30 horas
Tras un descanso en el hotel, nos preparamos para el crucero en yate que hemos contratado para la tarde-noche. La hora de embarque es a partir de la seis de la tarde, por lo que cogemos un taxi que nos lleva al muelle 81, en el lado del Hudson River; vamos convenientemente vestidos para la ocasión, tal como nos han indicado en el folleto publicitario, de chaqueta y corbata y traje de cocktail. El yate se llama Duchesse (Duquesa) y realiza un recorrido bordeando toda la mitad sur de Manhattan durante tres horas, de siete a diez de la noche; se incluye en el precio (70 dólares por persona) una cena y un baile. Antes de embarcar nos toman una foto (luego nos pedirán dinero por ella). A las siete en punto se inicia la travesía -hace algo de frío, y la gente saldrá a cubierta sólo para fumarse un cigarro o en los momentos más interesantes del viaje-. A nosotros nos han acomodado en la mesa más cercana a la proa, con grandes ventanales que nos ofrecen una espléndida vista. El menú presenta muchas opciones para elegir entre los dos platos y el postre que nos van a servir; de primero tomamos una crema de langosta, de segundo yo opto por unos spaghetti y Angela elige un "fillet mignon", y de postre tomamos una riquísima tarta de chocolate; la crema estaba bastante buena, los spaghetti no eran gran cosa, y la carne era tierna y sabrosa.
Para aquellos que piensen en contratar este tour nocturno, habrá que advertirles sobre lo pillos que son los norteamericanos para sacarle el dinero a los turistas de la forma que sea; la cena, tal como hemos indicado, está incluida, y nada más sentarnos nos preguntan qué deseamos beber, al mismo tiempo que nos enseñan la carta; luego nos ofrecerán una segunda bebida, e incluso un licor al terminar el postre; sólo al final nos dirán que la cena -los platos señalados en la carta- está, efectivamente, incluida, pero no la bebida, mientras nos dejan en la mesa una factura de bebidas por valor de 26 dólares, y han estado toda la cena ofreciéndonos de beber con la mayor naturalidad y sin advertirnos, por supuesto, de este truco saca-dinero.
Sigamos con el crucero. El momento más cautivador se produce cuando comienza a anochecer y la ciudad se ilumina, mostrándonos el perfil nocturno que hemos visto tantas veces en las películas; la vista es preciosa, sobre todo cuando bordeamos la Estatua de la Libertad iluminada; también es impactante salir a cubierta en el momento en que pasamos por debajo del puente de Brooklyn y contemplar por encima de nuestras cabezas la enormidad de este histórico gigante de hierro.
Antes de que finalice la travesía, bailamos agarrados en la cubierta inferior, donde una orquesta con solista femenina interpreta canciones melódicas y románticas; el tema que suena no puede ser más apropiado para las circunstancias: se trata de la canción principal de la película "Titanic". Afortunadamente, no se trata de un presagio y llegamos a puerto sanos y salvos.

22'00 horas
El yate atraca y, tal como estaba convenido, a la hora en punto se abre la puerta para desembarcar; la puntualidad en Estados Unidos será una costumbre constante a lo largo de todo el viaje; funcionan a las mil maravillas cuando se comprometen en algo, además de su impecable organización en todos los sentidos -se podrían poner miles de ejemplos-. Al salir, nos muestran la foto que nos hicieron antes de embarcar; nos piden 20 dólares por ella. "No, thank you", ya hemos tenido bastante con el tema de la bebida. Al llegar a la calle, un chofer de color -con gorra y todo- nos ofrece llevarnos al hotel en una gran limousina blanca por 25 dólares. "No, thank you", preferimos coger un taxi que vemos pasar por allí y que nos cuesta sólo 8 dólares. En menos de diez minutos -ahora apenas hay tráfico- llegamos al hotel deseando agarrar la almohada.


Miércoles 10 de junio

9'00 horas
Tras desayunar en el Salisbury, hemos caminado hacia una esquina de Central Park, cerca del hotel Plaza. Es la hora convenida para subirnos a un autobús que recorrerá la mitad sur de la ciudad, a través de sus lugares más conocidos; una guía con ayuda de micrófono y altavoces enumera los sitios por los que pasamos, contándonos alguna que otra peculiaridad o suceso histórico; la guía habla en inglés y traduce a continuación al castellano. El tour, que cuesta 20 dólares, permite bajarse en la parada que uno quiera y volver a coger otro autobús similar para continuar el recorrido.
De esta forma, pasamos por el distrito de los teatros (que ya conocemos), el Soho, Chinatown, las Torres Gemelas, la Universidad, etc., hasta llegar a Battery Park, en el sur de Manhattan, donde se adquieren los tickets para llegar a Liberty Island en un ferry. Existen dos tipos de ferry: uno (por 50 centavos) que sólo efectúa un recorrido alrededor de la Estatua, sin parar en la isla; el otro (por 8 dólares) atraca en la isla y el visitante puede visitar la Estatua por dentro -este último es el que cogemos-. Antes de embarcar, guardamos una cola de unos veinte minutos, mientras que un grupo de negros atléticos entretienen a la concurrencia con ejercicios acrobáticos.
Una vez en la isla, nos colocamos en la fila para entrar en el monumento; dentro del basamento existen dos caminos: uno es en ascensor y sólo llega hasta la parte superior de la base, sin posibilidad de seguir ascendiendo a la corona de la estatua; para llegar a la cabeza hay que elegir el otro camino, que es enteramente a pie -354 escalones-; la cola hasta arriba hace que tardemos dos horas en llegar a la cima; el tramo más interesante y dificultoso es el que sube por el interior de la estatua, mediante una estrechísima escalera de caracol; Angela siente pánico y agobio en esta ascensión -de hecho, se pone fatal e incluso llego a pensar que puede regar con un vómito a los que están por debajo nuestra-; afortunadamente, llegamos por fin a la corona y acaba por calmarse. La cabeza de la estatua puede albergar a unas diez o doce personas, que se apiñan alrededor de los ventanucos; la vista ofrece un detalle de la mano que sostiene la tabla, así como el brazo que alza la antorcha. Tras hacernos la foto de rigor, bajamos al pedestal -el camino de vuelta es mucho más rápido, no hay cola para bajar-. En la parte baja, una tienda ofrece la posibilidad de comprar cualquier cosa relacionada con el monumento. En el exterior, paseamos ya tranquilamente alrededor de la estatua, observándola por todos sus lados, y finalmente, descansamos un rato mientras nos comemos un perrito caliente; la isla es bonita y desde ella se divisa una buena panorámica de Manhattan.
De vuelta al ferry, este realiza otra parada: Ellis Island, donde se encuentra un museo; decidimos no bajar -nos han dicho que el museo no es ninguna maravilla- y continuamos camino hasta bajarnos en Battery Park. Junto a este parque se encuentra un museo, con una exposición sobre los indios americanos; como la entrada es gratuita, entramos un rato antes de coger el autobús del tour. La gira por la ciudad continúa por lugares como el East Village, el antiguo puerto de Nueva York, el edificio de la ONU, Wall Street, etc.

18'00 horas
Llegamos bastante agotados al hotel, cenamos luego en una pizzería cercana y terminamos descansando de tan dura jornada, no sin antes realizar algunas compras, ya que esta es nuestra última noche en Nueva York.


Jueves 11 de junio

9'30 horas
Antes de marcharnos de la ciudad, tenemos tiempo para visitar el Museo de Historia Natural, situado en el lado oeste de Central Park; caminamos hasta Columbus Circle y desde allí cogemos un taxi que nos lleva en línea recta hasta la entrada al museo, que abre a las diez de la mañana y cuesta 8 dólares. Una vez dentro, percibimos que uno podría estar la mañana entera contemplando todo lo que ofrece este museo; nosotros sólo disponemos de una hora y media (la habitación hay que dejarla antes de las doce, y hemos contratado un shuttle bus que llegará al hotel a las doce y media para llevarnos al aeropuerto); por ello, recorremos las distintas salas -distribuidas en cuatro plantas- a toda prisa; e incluso nos quedamos sin ver la parte dedicada al océano y la vida marina, que abre a partir de las doce y que prometía ser una maravilla.

12'30 horas
El shuttle bus ha llegado un poco antes de lo previsto y ya estamos instalados en él, recorriendo Nueva York por última vez mientras recogemos a pasajeros de otros hoteles. Al abandonar Manhattan, la conductora toma una ruta por el distrito de Queens, una zona bastante pobretona en su mayor parte -es la periferia de la Gran Manzana-, y con muchas fábricas que han sido recluidas aquí para no estropear la imagen de la isla.

14 horas
Tras facturar las maletas con destino a San Francisco, almorzamos tranquilamente en el JFK.

16'30 horas
Despegamos rumbo a San Francisco. Durante el vuelo ponen la película "El hombre de la máscara de hierro"; esta vez no hay traducción al castellano. Atrasamos el reloj en tres horas menos.

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