Centro América o en busca de la tortuga perdida
Erase que se era y el bien que viniere para todos sea… un viaje a Centroamérica.
Da un poco de vértigo pensar en como muchas veces las casualidades mueven nuestras decisiones. Pero así es y así fue en mi viaje a Centroamérica. Casi por casualidad, tropecé y me vi atrapado en un mensaje de un foro de viajes con el tema: ‘Centroamérica y el desove de las tortugas’. La gente hablaba maravillas sobre el desove de las tortugas: ‘me cambió la vida’, ‘tuve un orgasmo múltiple esa noche’ o ‘lo más bonito desde mi abducción por los extraterrestres’, eran algunas de las historias que se contaban. Yo también quería vivir cosas de ese tipo (sobretodo el tema de los orgasmos múltiples). Navegué hasta una web de vuelos y compré un billete para Costa Rica.
Costa Rica
San Juan
El avión aterriza con más de dos horas de retraso. Tomo un taxi y a las cuatro de la madrugada llego al hotel que había contratado por Internet. La habitación huele a gato con problemas de vejiga, huele que tira de espaldas. Y no solo eso sino que al rato el gato empieza a maullar como un poseso. Miro por aquí miro por allí pero no lo veo. Es como si fuera el gato de Montecristo y estuviera emparedado al lado de mi cama. Entre el olor y los suspiros del gato no pego ojo.
Tres horas después ya estoy esperando un Van para realizar mi único pack contratado: una visita de un día por el Valle Central de Costa Rica. Voy con cuatro japonesas, dos americanos, y dos alemanes. El guía es muy divertido, todo un showman. Al principio creo que tiene problemas arrastrando la ‘r’ ya que dice ‘Costa Grrrica’ y ‘tugrrrismo ecológico’ pero luego me doy cuenta que el conductor también arrastra la ‘r’ y el señor del bar y en las noticias de la tele… Llego a la conclusión de que, o todos son primos, o es un matiz típico de la forma de hablar de los costarricenses.
Visitamos unos cafetales y el Volcan Poas. Desayunamos el famoso ‘Gallo Picón’. Vemos cataratas, una reserva con colibríes, mariposas, serpientes y ranas, y remontamos finalmente el río Sarapiquí para observar a los monos cara blanca, perezosos y otras especies. El día queda completito de animales. De la colección solo me quedan por ver al Lagarto Juancho y a Calimero. Conozco en un bar junto al río a unos niños tumbados en unas hamacas y me intereso por sus estudios. La hermanita se chiva. Me cuenta muy redicha que su hermano ya ha traído a casa dos ‘recados’ ese curso. El niño, un pieza de unos seis años o así, sonríe pícaro con sus ojos grandes como platos.
Paso la mañana siguiente visitando San Juan, la capital. Visito el Teatro y la Biblioteca Nacional, el Mercado Central y paseo por la Avenida 1ª, la calle comercial de la ciudad. A primera hora de la tarde salgo para Puerto Viejo. El trayecto dura cuatro horas de infarto. El autobusero va como una bala. De las risas nerviosas iniciales, los turistas pasamos a caras de pánico contenido. Yo creo que lo de los autobuseros de Latinoamérica los tendrían que investigar. Para mi que deben tener una especie de competición ilegal continental para ver quien gana más puntos adelantando en las curvas más chungas o, directamente, le dan el Volante de Oro al autobusero que deja frito a más turistas por paro cardíaco.
Puerto Viejo
Puerto Viejo es el paraíso sexual de las turistas. La estampa del negro en bicicleta volteando las rastas y transportando, como un botín de guerra, a una rubia medio desmayada por el furor semental es bastante frecuente. De hecho hay atascos en las salidas del pueblo en horas punta. A nosotros nos costó dos horas largas entrar en el pueblo.
Me dispongo a buscar alojamiento. Tengo suerte y conozco a dos chicas de Barcelona que me recomiendan su hotel, barato y céntrico. Ceno en el restaurante ‘Oro’ regentado por un malagueño jubilado que vino a hacer las Américas unos años atrás. Y me paso, más tarde, por un concierto de Reggae. Es sorprendente ver como la cultura africana ha echado raíces y ha enriquecido toda la parte de Centro América bañada por el Caribe. Estos descendientes de jamaicanos hablan su propio dialecto criollo y cultivan su música y sus hierbas con alegría espiritual. Con el concierto de Reggae se va despertando el espíritu de Bob Marley en el personal aunque con más gracia en los negros que en los blancos. La noche acaban en el Jimmy’s, uno de los locales de Puerto Viejo. Hace un calor tremendo. Por suerte, de tanto en tanto, entra algún negro espectacular y corre el aire a su paso con los suspiros de las turistas.
A la mañana siguiente alquilo una bicicleta a un señor colombiano muy amable y salgo en dirección Manzanillo. El sol cae a plomo. La carretera apenas sube o baja hasta el último trecho. Me marco unas eses espectaculares con la bicicleta. Casi me caigo por listo. Paso por Punta Uva. Las casas desfilan salpicando el paisaje. El resto del día lo paso en Manzanillo saltando de una playa en playa, recorriendo caminos por la selva, observando ranitas, insectos y pájaros, haciendo fotos y bañándome en el mar... De regreso, retumba en la selva el atronador gruñido de un especie de gorila o el padre de King Kong o algo así. El vozarrón asusta. Un lugareño me cuenta que es el mono aullador, un mono de mucho ruido y pocas nueces, que parece se come el mundo pero que es inofensivo y del tamaño de un koala. Al llegar a mi habitación me doy cuenta de que me he quemado con el sol. Estoy rojo como una gamba.
Mis vecinas de habitación me dan información sobre diferentes destinos que voy a visitar en los próximos días. Ellas regresan en breve a Barcelona. Luego el tema deriva hacia temas más personales. Las dos tienen treinta y pocos años, vienen quemadas de relaciones anteriores y salen a lo que caiga aunque todavía conservan la ilusión de recomponer las cenizas del corazón. Se nos pasa la tarde hablando… Cada vez encuentro más fascinante hablar con la gente. Bajo la piel de la gente, si les das confianza… que secretos arrastrados, que ilusiones perdidas, que historias o casualidades puedes encontrar. ¡Es fascinante! Algunos son incapaces de disimular la soledad contra la que están luchando, otros disfrutan con el desorden de ir saltando de flor en flor, otros se entregan a la inercia de un amor eterno correspondido o sin porvenir.
Salgo a cenar y me doy cuenta de que sudo como un corredor de maratón. Supongo, al principio, que mi cuerpo simplemente refrigera la piel quemada durante el día. Pero la cosa va a más. Mi cuerpo parece que está sufriendo una mutación. Sudo a borbotones y noto, como en mi organismo, hasta los globulitos rojos ya no transportan oxígeno sino sudor que arrojan con fuerza por las ventanas de mis poros. En el restaurante me dan la mesa más apartada, junto al lavabo. Deben pensar debo tener alguna enfermedad contagiosa o algo así. La chica del restaurante me toma nota con una mascarilla. Y toda la cena es un continuo vacío y falta de consideración hacia mi persona. Las cosas no mejoran en los locales abarrotados, donde se crea un isla desértica a mi alrededor. Solo falta que me apedreen… Viendo el panorama decido volver a mi habitación, darme una ducha y ponerme a dormir.
A la mañana siguiente ya he dejado de sudar y vuelvo a ser persona. Me despido de mis vecinas y tomo un autobús hacia Sixaola, el último pueblo en la frontera entre Costa Rica y Panamá.
Panamá
Un puente con esqueleto de hierro delimita la frontera. Camino sobre unos listones de madera para llegar al lado panameño. Algunos, como los dientes de un viejo, han desaparecido y puedo ver a gran altura el agua turbia del río corriendo allí abajo. Para una persona con vértigo como yo esto es de gran ayuda. Como también lo son los enormes camiones que pasan rozando. Sin duda, el puente de la frontera entre Costar Rica y Panamá es un bonito poema a la seguridad vial de las obras públicas. Supero los controles aduaneros, y desde Guabito tomo un bus que me dejará en Changuinola, y de Changuinola otro bus hasta Almirantes, el pueblo de la costa donde tomo un bote hasta llegar a Isla Colón, en Bocas del Toro.
Bocas del Toro
Bocas del Toro es un conjunto de islas situadas al norte del caribe panameño que ha crecido en los últimos años como destino turístico. Según cuentan, los gringos han ido comprando grandes parcelas de tierras y han traído la especulación y la subida de precios. Las dos avenidas principales de Bocas dan una sensación de una modernidad superpuesta, como si un huracán hubiese arrancado hoteles, restaurantes y comercios chinos de algún lugar turístico y los hubiese abandonado allí. Me desvío de la zona comercial y descubro un Bocas más mulato, de un ritmo más pausado, de casas humildes de madera, de niños que salen de debajo de las piedras para jugar al béisbol o al fútbol, de gente sentada en los soportales refugiándose del calor.
A la mañana siguiente me embarco en un tour de visita por las Islas. Entre el pasaje va una señora mayor indígena y su nieta. Según me explica emigró hace cuarenta años de Bocas a Estados Unidos. A la nieta se le cae el moquillo.
- Tiene un trancaso – comenta la señora..
Vemos delfines y hacemos snorkel. Comemos más tarde en un chiringuito sobre el mar y visitamos Isla Bastimentos, donde disfrutamos de la playa y vemos ranas rojas del tamaño de una uña. Regresamos a última hora de la tarde.
En el Bar ‘El Refugio’ conozco a Jannine, una brasileña con la que paso la tarde de paliqueo. Me cuenta que junto a su novio madrileño Fran, estuvieron durante seis años recorriendo Sur América en bicicleta. Ahora llevan tres años en Bocas. Viven en una cabaña construida por ellos mismos en la parte continental que da al mar. Después de cenar sigo la ronda en otro garito, la ‘Iguana’. Un bote atraca en la parte trasera del bar que da al embarcadero. Los lunes hay disco en la Isla Bastimentos y la gente empieza a embarcar hasta que el bote se convierte en una patera. Donde caben dieciséis vamos más de treinta. El agua entra como Pedro por su casa en el bote. Tras veinte minutos llegamos al embarcadero discoteca de Isla Bastimentos. La disco es una jaula de grillos, cada uno a su rollo. Se ven borrachos acodados en la barra difuminados por el humo, parroquianos tirando la caña o sudando como becerros con el reggaeton.
Hacia las tres de la madrugada pierdo el bote de regreso. Más tarde me quiere cobrar el doble en otra embarcación. Envalentonado por el calor etílico rechazo la oferta. Finalmente, cuando ya me veía colgado, regreso junto a otros turistas en el bote del capitán Habana Club y sus grumetes Habana 3 y Habana 7, tres negros borrachísimos a los que pago sin rechistar. Ya en Isla Colón uno de los pasajeros acaba en el agua por no pagar el peaje.
El día siguiente lo paso de relax en Cayo Zapatillas, una isla paradisíaca. Azul del cielo fundiéndose con azul de mar, arena blanca, sombra de palmeras sobre el agua, pelícanos pescando, cangrejos tocando las castañuelas y casi una absoluta soledad. Jornada de placer para los sentidos.
Mi último día en Bocas lo paso en la cabaña de Fran, el novio de Jannine. Llegamos al embarcadero en bote y subimos hasta la cabaña de estilo indígena a lo Robinson Crusoe. Tiene dos plantas, paneles solares y depósitos para aprovechar el agua de la lluvia. Todo construido por él. Para una persona como yo, con dedos como chorizos para las manualidades, Fran me parece un ser superior, una mezcla de Le Corbusier y el vasco de Bricomanía: ‘¡Ay, va la hostia!, hoy construiremos una cabaña en la selva con un palito y una broca del ocho!’ La vista a la bahía es fantástica. Al anochecer empieza a llover. Se oyen tropezar las gotas contra la vegetación de la selva, y algo más amortiguadas, contra la tierra.
A media mañana del día siguiente, después de remontar varios ríos, Fran me deja a unos metros de la carretera Panamericana donde tomo el bus de regreso a Costa Rica.
Costa Rica
Cahuita
Después de cruzar la frontera mi intención es llegar a Tortuguero. Finalmente, viendo que se hace tarde, decido hacer noche en Cahuita. Ceno escuchando un concierto de reggae algo desangelado. El grupo arrastra un estribillo que a base de repetirlo queda gravado en el cerebro:
Ooooh reggae night, reggae night,
what a Saturday night,
Ooooh reggae night, reggae night,
what a Saturday nigh…
Un rasta con pinta de náufrago se sienta en mi mesa y empezamos a paliquear. El tío viene puesto como los makokis, con ojos fumados y se rasca con saña. Al cabo de un rato a mi también me empieza a picar todo el cuerpo como si tuviera sarna. Pienso, por un momento, si el rasta no me estará haciendo alguna transfusión de chinches o de ladillas. Como la sensación de picor crece, antes de irme a dormir, me pongo al baño Maria durante tres horas bajo el mar.
Salgo pronto al día siguiente hacía Limón donde tomo un bote que ha de llevarme hasta Tortuguero.
Tortuguero
Navegamos por ríos y canales rumbo a Tortuguero, parando a cada rato para observar los cocodrilos, monos y pájaros que vamos encontrando durante el trayecto. Estoy emocionado. Esta noche voy a cumplir uno de los propósitos de mi viaje: ver el desove de las tortugas. Llegamos a primera hora de la tarde a Tortuguero. El pueblo está en fiestas y me cuesta encontrar alojamiento.
Cuando oscurece un guía pasa a recogerme para ir a ver las tortugas. Nos reunimos con otros turistas y, en grupos de comanches, vamos arriba y abajo en la oscuridad siguiendo la linterna de nuestro guía, que se mueve, según los avisos que los rastreadores de la playa le transmiten por walky talky. Pero la noche está floja y los avisos son mínimos. Y cuando se producen son falsas alarmas. Solo en una ocasión alcanzamos a ver el culo de una tortuga entrando en el mar. Ni desove ni nada. El culo y adiós. Según explica el guía, los fuegos artificiales del pueblo en fiestas deben haber asustado a las tortugas.
Agobiado y decepcionado regreso a mi alojamiento pensando que, sobretodo por los niños, no se debería dejar todo al azar de la naturaleza. Se podían tener preparadas unas tortugas amaestradas por si fallan las tortugas de verdad, o tortugas eléctricas desovando pelotas de ping pong, o tortugas marioneta manejadas por tíos de negro. Si total… los niños se lo tragan todo con la ilusión. Y todos tan contentos. ¿Como le dice una madre a su hijo:‘No, Borja, las tortugas no nos quieren visitar esta noche…’? después de que el niño se ha pasado para arriba y para abajo más de dos horas berreando en la oscuridad… Eso lo sufrí yo en mis propias carnes con el matrimonio que me toco en el grupo. Mi sueño convertido en pesadilla. ¡Vaya nochecita me dieron! Y así se crean traumas. En el niño y en los que te tenemos que aguantar al niño. ¡Joder… poner una puta tortuga eléctrica para el Borja y ya está, con los avances que tenemos hoy! Dándole vueltas a esto, quemado como la moto de hippie, entro en mi habitación. Debo relajarme. Ha sido una mala noche, tan solo eso. Llevo más de medio hora pensando tonterías.
Arenal
A las siete de la mañana salgo de Tortuguero en dirección Arenal. El bote nos deja cerca de una especie de fábrica donde empiezo mi tournée de buses: Cariari, Guapiles, Puerto Viejo (provincia de Heredia, no confundir con el Puerto Viejo anterior, provincia de Limón.) Ciudad Quesada y mi última parada, Fortuna, pueblo a los pies del volcán Arenal. Ya es de noche cuando bajo del autobús. Me quedo embobado el ver el volcán Arenal expulsando la lava. Sin poder evitarlo mi cabeza se puebla de tiernas escenas, casi románticas, como una colegiala a la que empiezan a brotar los primeros granitos de la pubertad. Decido que esa noche voy a aparcar mi mochila de supuesto viajero independiente y me voy a dar un gustazo por la patilla. Media hora después ya estoy como un Pepe en el jacuzzi de un hotel de semilujo gozando de las vistas del volcán. El espectáculo de la naturaleza es impresionante.
Durante la cena el camarero se empeña en arponear mi felicidad: ‘Señor el maitre dice que se nos acabo el filete (…) Señor el maitre dice que el cerdo mejor lo pida hecho (…) Señor, disculpe que le venga a molestar otra vez, pero el maitre dice (…)’ El camarero va y viene a cada momento nervioso como un colibrí. Parece que entre él y el meitre no dan una a derechas. Yo no estoy por complicarle la vida y pongo a todo buena cara.
Acabo la noche en una discoteca donde un grupo costarricense rollo: ’¡mira como bailo, toma que cuerpo, tengo ocho abdominales!’ interpreta un repertorio latino pop adolescente a ritmo frenético. Ni siquiera paran entre canción y canción. ¿Cómo saben entonces si le gusta al público o no? ¿O prefieren no saberlo? Cuando regreso al hotel trabo gran amistad con una cucaracha del tamaño de un melón que encuentro en la bañera. Desde luego los hoteles de semilujo tienen este tipo de agasajos que difícilmente encuentras en hoteles de inferior categoría. Yo al menos no los encontré en habitaciones de quince o veinte dólares.
Tomo un bus al día siguiente para San Ramón. Y de ahí otro en dirección Peñas Blancas, en la frontera con Nicaragua. Durante el trayecto me doy cuenta que quizás, por querer visitar demasiados lugares en tan pocos días, estoy pasado de puntillas por lugares preciosos y me estoy dejando mucho tiempo en el autobús. Pero la cosa ya esta decidida. Voy hasta San Juan del Sur. Ya es de noche cuando llego a la frontera y está cerrada. El autobusero me recomiendo un hostal en el lado costarricense para pasar la noche. El consejo es un acierto. En el karaoke del bar disfruto con las rancheras cantadas por los comensales. ‘¡Ay, ya ya yaííí, pendejo...!’
Nicaragua
San Juan De Sur
Tras pasar de buena mañana los controles aduaneros tomo un taxi hasta San Juan del Sur. De camino, en el lago Nicaragua, puedo ver la Isla de Ometepe con el volcán Maderas y el volcán Concepción, este último en plena actividad. San Juan es un pueblo pesquero con una bahía en forma de herradura reconvertido al turismo a fuerza de dólares.
Me instalo en un hostal cerca de la avenida principal. En la playa conozco a Lucas, un surfero sueco. Me anima a practicar. Soy patético. Se me comen las olas, me caigo una y otra vez pero me divierto. Cuando por fin, tumbado sobre la tabla, consigo que la fuerza de una ola me transporte unos metros me da un subidón de adrenalina. ‘Muy bien… Tienes que saber leer la ola’, comenta Lucas. Yo miro y remiro las olas y no leo nada. ¿Dónde está escrito? En las mías no pone nada. Después de practicar lo que queda del día y el día siguiente, lo que mejor se me da es caminar por la playa con la tabla de surf bajo el brazo. Los atardeceres en la bahía de San Juan son preciosos. Se dibujan inmóviles, como sombras chinas, los relieves de las embarcaciones sobre un horizonte naranja que se apaga lentamente.
Al tercer día en San Juan alquilamos entre unos cuantos un taxi y visitamos Granada y Masaya. Granada es una importante ciudad colonial. La calle es un horno al mediodía pero merece la pena deambular por la plaza Central, por el Mercado, contemplar los edificios coloniales y las fachadas de colores. A unos quince kilómetros esta Masaya, ciudad famosa por su artesanía. Existen dos mercados: ‘El Viejo’, más turístico, y ‘El Nuevo’, más barato. En este último hago algunas compras. Los precios en Nicaragua son bastante más baratos que en Costa Rica. Antes de regresar paramos en el mirador de Catarina y contemplamos una laguna enorme en el cráter de un volcán.
Por la noche interesante conversación con el dueño de la posada. Me da su visión de la situación del país y de la época sandinista.
Isla Ometepe
Salgo al día siguiente hacia San Jorge. De allí tomo un barco que me lleva a la Isla Ometepe, en el lago Nicaragua. El barco es una reliquia de piratas que se cae a trozos. Al capitán solo le falta el loro y la pata de palo. Sacudidos por el oleaje vamos de lado a lado en el barco. Decido tomarme una Biodramina y me sienta como un tiro. Desembarco en isla zombi total y acabo en el primer alojamiento que me ofrecen. Si me hubiesen ofrecido la prisión de Guantánamo también hubiese aceptado.
Paso la mañana mareado, pasmado. Me siento a la orilla de un lago cerca del hospedaje. Los hormigas dibujan caminitos… Los peces irritan el agua con diminutas olas concéntricas… Los mosquitos brillan en el aire como pepitas de oro atravesados por el sol… ¡Madre… que globo con la Biodramina, se me va el perolo con los bichos del lago!
Ya recuperado salgo a patear por la tarde hasta el mirador del Diablo. Por el camino encuentro a Anthony, un niño de unos diez años montado en bicicleta. Viene detrás de un grupo de vacas. Según me cuenta no va al colegio. Tiene que ayudar a su padre con las vacas. Su voz es apagada, su cara triste. Me da mucha pena pensar que no tenga la oportunidad de decidir si quiere estudiar o no. A última hora me acerco al pueblo. La mayoría de casas son muy humildes. En una mísera caseta, que hace las veces de tienda, una chica muy joven, embarazada, me atiende mientras sonríe escuchando en la radio unos sermones sobre Jesucristo. Pone la piel de gallina. Se hace de noche mientras regreso. Me escuecen los ojos, tengo una sensación de tristeza inmensa. Llevo un nudo en la garganta que no me deja respirar.
San Juan del Sur
A media mañana cruzo de regreso en ferry el lago Nicaragua. Ya en San Juan de nuevo caigo en la tentación de ver el desove de las tortugas. Había visto días antes un cartelito que lo anunciaba. Me acerco y hablo con el responsable. Me comenta que se han visto flotas de tortugas llegando a la playa y que hoy es una noche muy propicia. El tío repite tantas veces lo de ‘flotas de tortugas’ que me convence. Cuando oscurece ya estoy en marcha con otros turistas en busca de la tortuga perdida. Vamos en un coche hacia el sur. La conversación con el chofer nicaragüense es muy animada. De pronto me suelta:
- ¿Y usted que piensa de los matrimonios gays?
Yo le cuento que no pienso nada en particular pero que me parece de sentido común que todos tengamos los mismos derechos y deberes: hombres y mujeres, negros y blancos, heteros y homosexuales.
El chofer me mira un momento antes de hablar.
- Quien en España legalizó los matrimonios gays, algún día tendrá que dar cuentas a Dios.
Quedamos en silencio el resto del camino.
En la playa esperamos cerca de una docena de turistas. Yo imagino que lo de las flotas de tortugas será rollo desembarco de Normandía aunque más lento y sin tiros. Pero después de más de cinco horas esperando no desembarcan ni flotas de tortugas, ni de vikingos, ni flotas de nada… ¡Ni siquiera una triste tortuga! Mientras regresamos al pueblo en mi cabeza se atropellan escenas de ‘La Matanza de Texas’, ‘Holocausto Caníbal’, ‘Chucky, el muñeco diabólico’ … y demás cutradas por el estilo. La verdad, solo pido que no me hable el conductor ni nadie de la organización… porque la lío con la linterna y me quedo solo. ‘Flotas de tortugas…’, ¡vaya timada, joder!
Costa Rica Epílogo
Aún me reía en el autobús recordando la escena de la noche anterior. Supongo son imprevisibles las tortugas, ¡que le vamos a hacer! Había salido muy pronto y ya estaba a dos horas de San José. Mañana regresaba a casa. Tras el cristal, no me cansaba de mirar el paisaje verde y montañoso de Costa Rica.
Cada vez más empiezo a disfrutar de todas las cosas. Ver un paisaje que pasa, compartir una conversación, imaginar las vidas de los que esperan o de los que bajan del autobús, escuchar reggaeton en la radio, recordar los buenos y no tan buenos momentos del viaje mientras la lluvia moja los cristales… ¡hay tantas cosas! Alguien decía que el alma humana es como una casa vacía, sino abres las puertas no se llena de vida. Pues eso, espero seguir aprendiendo a abrir puertas y a disfrutar, cada vez más, de todas las cosas.
