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‘Oye mi amol’ y otras delicias cubanas

Autor: 101Viajes (2003)

Erase que se era y el bien que viniere para todos sea… un viaje a Cuba.

Había soñado muchas veces con ir a Cuba. Tenía que ser antes de que muriera Fidel. Después de su muerte todo cambiaria en la Isla. Y lo vi por la tele: ‘… y ese pueblo opresor e imperialista…‘ Y ¡puf!... se desmayo. ¡Fidel se desmayó! ¡Fidel se desmayó en medio de su discurso… y solo llevaba catorce horas de paliqueo! Me dije: ‘Joder, joder… que este tío cualquier día estira la pata y yo todavía no he visto Cuba’. Me conecté a Internet y compré un billete de avión para La Habana.


La Habana

Mi primera alegría en Cuba llego en control de aduanas. El policía levantó la vista de mi DNI y esbozó un sonrisa:
- Que bueno, te llamas Fidel.
- Sí, sí… igual que Franco… Digo, igual que Castro. Mi padre… que es fan de Castro y de Santiago Carrillo.
Y me dejo pasar con una cara como diciendo: ‘Quien será ese Carrillo…’
No sé porqué cuando me ponen nervioso digo este tipo de paridas. La verdad es que sí, mi nombre completo es Pedro Fidel, aunque nadie me llama Fidel. Mi padre tuvo un rapto de nostalgia el día del registro y me puso Fidel por mi bisabuelo al que nunca conocí.

En la Habana me alojé en casa de unos cubanos. Me la había recomendado un amigo. La señora de la casa era medio mulata medio china, estaba su hija, el hijo no sé si medio rapero o medio empanado, y un señor mayor que estaba por allí en medio algunas veces. Les recuerdo con cariño.

Salí la primera noche nada más llegar. La fauna que se mueve en los locales de moda es tremenda. Mulatos y mulatas con cinturas epilépticas, guiris intentando seguir el ritmo como pingüinos, niños que te piden un dólar, policías en cada esquina, gente en los portales desconchados y a oscuras hablando a media voz. El olor en la Habana es… (ahora es cuando tendría que soltar algo así como ‘un pañuelo caribeño al aire empapado en papaya o jengibre’ o un rollo de esos, pero como ando flojito de olores y documentarme no me da tiempo, diré que el olor en la Habana es…) tremendo y pegajoso. Eso, tremendo y pegajoso, je, je, que gran nivel literario el mío.

Cosas que ver en la Habana: la Habana Vieja, el Hotel Nacional, el Museo de la Revolución, el Barrio Chino… y por supuesto el Malecón. El Malecón de día y de noche. Totalmente recomendable comer en los ‘paladares’ o casas de comida particulares. Recomendable también, caminar sin rumbo fijo por el laberinto de calles de la Habana Vieja y el Vedado. No dejéis de subir en el Coco-Taxi. Es una moto con cabina en forma de Coco de color amarillo. De acuerdo… no es el tren bala japonés, pero a mi me gustó y es adictivo.

Con un Coco Taxi me fui una mañana hasta las playas del Este, a unos pocos kilómetros al norte de la Habana. La playa estaba repleta de gente y el mercadeo era implacable.

Tomemos una escena al azar.

Composición de lugar:

A un lado tenemos a un grupo de Mexicanos ¡Adele, pendejo! con la testosterona chorreando por las orejas. Al otro las ilustres y archiconocidas mulatas cubanas ¡Oye, mi amol!.

Una vez nos situamos en la escena dejemos el prólogo y avancemos en la dramatis personae:

Cap I

De cómo los Lozanos Mexicanos (por ende cualquier turista) se agencian los servicios cubanos

Cruces de miradas y el más apuesto de los Mexicanos se acerca a una cubana y parece acordar una cita. Ella hace un mohín que sí, el Brad Pitt que mira al más pequeño de sus amigos y el apuesto gallardo se acerca a la chica y ya solos comienzan a ¡platicar, guey!’. El mexicano pequeño era algo así como un cruce entre Cantinflas y Piolín. Llevaba un minúsculo bañador slip amarillo, tan minúsculo que por arriba dejaba escapar su plumaje rizado apuñalando así cualquier atisbo de estética de surfista competente. La pobre mulata miraba al Piolín a la cara e intentaba sonreír, pero sin querer se le escapaba la mirada al plumaje de abajo y se quería morir. Pero como ya se sabe que a buen hambre no hay pan duro, finalmente el hambre pudo más que el plumaje y la bonita pareja desapareció, al parecer, para comer alpiste juntos.

Hay algo triste, tremendamente triste en las miradas de muchas de estas mulatas, algo de perdida esperanza y algunas veces de rabia mordida y callada por la necesidad. Y esa misma rabia callada la ves en las interminables colas del Copelia, o en las colas del autobús, o en las miradas al blanquito de turno que viene a hacer turismo y se cree con más derechos que el propio cubano. Por eso no es extraño que muchos cubanos nos vean a los turistas como simples dólares con patas.

Pero aún con todos los problemas, los cubanos se adaptan el medio como nadie y parece sobrevivir convirtiendo los dramas cotidianos en comedia. O al menos eso me parece a mi. Dicen que la comedia es drama más tiempo, pues bien los cubanos parecen más vitales y prácticos que el resto porque directamente convierten el drama en comedia.


Viñales

Después de tres días en la Habana salí para Viñales. Compartí taxi con varios cubanos y así el trayecto salió más barato. La conversación como siempre fue animada. El paisaje hasta Viñales es precioso. Se ve mucha gente en las cunetas de la carretera haciendo autostop. Lo de transporte parece estar realmente mal en la isla. Se ven pasar camiones cargados hasta los topes de gente. El cielo se va encapotando y en poco tiempo empieza a diluviar. Con los relámpagos puedo ver los esqueletos de mis acompañantes. Con los últimos coletazos de la tormenta llegamos a Viñales.

En Viñales me alojé en Casa de Jorge y Sara, un paraíso de gente amable y cariñosa, tanto que iba para dos días y al final me quedé cuatro. Me sentí como en casa. Sara cocina espectacularmente bien. La primera noche nos quedamos hablando más de cuatro horas en los balancines del porcho, fumando puros y bebiendo cubatas de ron preparados por Jorge.

Al día siguiente alquilé una bici y me fui a ver a los Acuiferos. Jorge me había hablado de ellos. Según contaba era una comunidad que no tomaban otra cosa que el agua de las montañas para curar sus enfermedades. Me imaginé un rollito comunidad amish a lo cubano, con carromatos, gorritos ellas, barba ellos y bailes de organillos y piñatas al son de la Conga todo el día. Cuando al final pude remontar la montaña y llegué a la comunidad de los Acuiferos me di cuenta que, de nuevo, se me había ido la olla. Los Acuiferos no eran ni más ni menos que cuatro casas habitadas por los cubanos más sosos que conocí en toda la isla. Me ofrecieron un refresco, les di un par de dólares, y como veía que no me daban mucha bolilla me fui.

El resto del día me lo pase arriba y abajo con la bici. El paisaje es precioso, verde, salpicado de palmeras y mogotes. No me canso de mirarlo. Me encuentro a un francés y me dice que el Valle de Viñales le recuerda a Laos. El francés parece una persona muy competente y viajada así que yo le hago un gesto que no es ni que sí ni que no, porque no tengo ni idea de cómo es Laos.

Me alquilo una moto al día siguiente para ir a Cayo Jutía. Soy el tío más patético del planeta conduciendo motos. Pero el cubano no lo sabe y me la alquila. Paso por pueblos como Santa Lucia, Pons, Minas de Matahambre… Comparado con Viñales se ve mucha miseria en esos pueblos. Esta debe ser la verdadera Cuba, la no turística. Me avergüenza un poco pasar con la moto mientras esta gente apenas tienen una bici o unos zapatos para desplazarse.

Cayo Jutía es una playa de postal. Hay muy poca gente. El agua es caliente, transparente, la arena fina y blanca. Un turista saca un langostino del agua. Chapoteo y me aletargo en el calor de la playa. Al cabo de un rato veo a lo lejos un puntito negro, no, es un… pájaro, se acerca y… no, es muy grande… ¡¿será Supercoco?! ¡No… es un avión de combate cubano! Vuela paralelo a la playa con un ruido ensordecedor y pasa a unos cincuenta metros sobre nuestras cabezas. Todos nos quedamos alucinados. Vuelvo a recordar donde nos encontramos. Me doy cuenta que en la playa no hay barcos ni patines como en las playas europeas. Es comprensible. Quizás a las autoridades cubanas no les guste las carreras ilegales de patines hacia Miami. Dicen que aquí hay mucha afición.

De vuelta empieza a llover y me calo hasta los huesos. Me río. Me lo paso muy bien.

A la mañana siguiente hacemos una excursión en bici con la gente de la casa donde me hospedo. Vamos Jorge, sus hijos Jorgito y Duviel, la novia de este, Maibel, y un amigo JuanCarlos. Nos bañamos en el río ‘Resbaloso’. La jornada es feliz. Hablamos, reímos, comemos bocadillos y nos da el sol. ¿Qué más se puede pedir?

La verdad, conviviendo con los cubanos te replanteas ciertas ideas. Hay quien habla del primer mundo y el tercero para definir países desarrollados de los que no lo son. Y quizás se tendría que especificar cuando se habla del primer mundo que se refiere al primer ‘mundo material’: el de los coches de lujo, las casas y cosas de esas… En eso sí que somos el primer mundo. Pero en el ‘mundo de lo emocional’, por decirlo de alguna manera, el de la alegría, la generosidad, el cariño, la amabilidad… creo que en Cuba, como en otros muchos lugares de Latinoamérica, viven en el primer mundo y al menos los europeos, en muchos casos, vivimos en el tercero. Aunque también es verdad que aquí tenemos opción de elegir y allí muchas veces no.

Me levanto el último día de mi estancia en Viñales. Hago una caminata hasta el complejo hotelero de ‘La Hermita’. Desde allí arriba hay una gran vista al Valle Viñales. Pienso que mañana me iré y me siento triste pero contento a la vez. Una vez en el pueblo compro un regalo para la gente de la casa. Visito a Manuela la hermana dicharachera de Sara. Y el resto del día me lo paso deambulando por el pueblo.
Veo a los niños corretear:
- ¡Compadre, no corras!
Y a los cerdos horadar:
- ¡Oign, Oign!
Desde luego, pienso, dan mucho más juego los niños que los cerdos.
Por la noche después de cenar me quedo bebiendo cubatas y hablando con Jorge y Sara.


Trinidad

A las 7:30 nos espera el taxi. Me despido de Jorge y Sara. Me emociono un poquito pero lo sé disimular.

Vamos varios en el taxi hasta Trinidad. Entre ellos está Kate, una turista holandesa. Por el camino me cuenta que la noche anterior un cubano le tiró la caña:
- ‘¿Tienes novio?’, me pregunta. Y yo le digo que sí. Y él: ‘¿Pero está aquí? Y yo le digo que no. ‘¡Pues entonces… mi amol…!’.
La holandesa me explica que se sintió indignada por esta actitud. Desde luego se la ve una chica de ideales muy profundos y sólidos.

Después de 6 horas llegamos a Trinidad. Es un pueblo colonial, de casas de colores y suelos empedrados. Me hospedo en casa de Becky. Con ella viven sus padres, una gente educadísima y amable, y su sobrina Chavelita. Tiene un bonito patio interior tipo andaluz. Kate, la turista holandesa, también se hospeda en la misma casa.

Por la noche y después de cenar vamos a tomar algo a Las Escaleras. Como su nombre indica Las Escaleras pues son eso, unas escaleras, con mesas, música en directo y pista de baile. Kate me explica que con su novio trabajaban en una Fundación en Holanda, que su novio no había podido viajar a Cuba por un problema a última hora, y que ella también trabajaba en la Fundación, y que la Fundación ayudaba a niños de barrios marginales, y que a ella y su novio eran muy felices en la Fundación.

A aquellas alturas de la conversación tenia claro dos cosas. Punto primero: Kate, tenia novio. Punto segundo: Kate, trabajaba en una Fundación con su novio.

Un mulato se acercó y le pidió para bailar a Kate. Ella aceptó.

Los mojitos habían ido cayendo uno tras otro. Entre eso, la música y el tentador baile de las cubanas, el tiempo había pasado volando y ya era bastante tarde. Decidí irme a dormir. Kate me dijo que venía en un rato. En ese momento pensé: esta ha mordido el polvo, ¡esta… ha mordido el polvo!. Adiós Fundación, adiós novio, adiós profundos y sólidos ideales. Bienvenida lujuria, bienvenido mulato, bienvenido folleteo. Pensado cosas de este tipo, riendo y borracho, estuve deambulando un buen rato por el pueblo hasta que encontré una puerta que coincidió con mi llave.

A la mañana siguiente almorcé con Kate. Habíamos quedado para hacer una excursión a caballo. Tenía ojeras. Le pregunté cómo había terminado la noche.
- Bien, estuvimos tocando la guitarra hasta las 6.
¡Sí, y el piano!, pensé yo.
La excursión a caballo estuvo muy bien. En el parque natural Topes de Collantes subimos hasta unas cataratas. Por la tarde salí a pasear por el pueblo. Kate me dijo que había quedado. Cual Rodolfo Valentino en la puerta ya le esperaba el mulato de la noche anterior.

Paseé por las calles antes de ir a cenar. La plaza Mayor, las iglesias y conventos, la arquitectura colonial, el color pastel de las casas y las calles empedradas hacen que me monte la película de cómo debían ser aquellas calles hace muchos años. La verdad, no se mucho de arquitectura, me gustaría saber más, pero sí se lo que me gusta o no y todo aquello me parece sencillamente precioso.

El siguiente día me acerqué hasta playa Ancón. Muy correcto el sitio. Con sus palmeras, sus sombrillas. Tampoco nada del otro mundo. Mientras tomo el sol veo a lo lejos acercarse, cual gaviotas, a Kate y al cubanito. Él la llevaba enlazada por la cintura no sea se le vaya a perder. Ella lo mira con chiviritas en los ojos. Se la ve feliz. Realmente es bonito verlos pasear.

Regreso a Trinidad. Está diluviando. Me refugio en un bar y allí conozco a cuatro tíos de Barcelona y nos reímos un buen rato.

Por la noche salgo para no perder costumbre. En un sector del local en cuestión se impone el ambiente gay. Es divertido verlos bailar. Son unos cracks.

A la mañana siguiente estoy para el arrastre. Me levanto muy tarde, voy a la playa, regreso de nuevo con aguacero y veo con Chavelita, la niña de la casa, Anastasia. Pobre, lo que tuvo que sufrir Anastasia. ¡Y el frío que paso! Comentamos y hacemos con Chavelita una especie de mesa redonda para profundizar sobre Anastasia. Chavelita tiene 10 años o así, pero sus puntos de vista son bastante más maduros que los míos. Ha pillado el mensaje de la película… Joder, a mi se me ha escapado. Sabía que las mujeres son más maduras que los tíos pero no tanto. Me empiezo a preocupar por mi edad mental.

Por la noche tenemos una buena conversación con Becky y sus padres. Hablamos de la revolución. Los pros, los contras, lo que según ellos le quitó al pueblo pero también hablan de los progresos de la revolución en campos como la educación, la sanidad, o la igualdad de razas. Becky sentencia:
- Sí, amigo, los negros tienen que besarle el culo a Fidel.
Es extraño porque llegas a Cuba con unos estereotipos y sales de allí mucho más confuso sobre lo que piensan los cubanos del Régimen. Los hay a favor y en contra. Y sinceramente, yo no sabría dar mi opinión y tampoco creo interese mucho.

El viaje se está acabando y reservo a la mañana siguiente un billete de autobús para Cienfuegos. Haré una parada en esta ciudad antes de llegar a la Habana.

Me despido de la gente de la casa y de Kate. Ella se queda unos días más. Me mira con cara medio de vergüenza y remordimiento. Yo no creo que tenga que avergonzarse de nada aunque no se lo digo.

El Viazul o autobús para turistas es moderno y bastante rápido. Es una buena opción de transporte pero no mucho más barata que un taxi si lo alquilas entre varias personas.


Cienfuegos

En Cienfuegos me hospedo en casa de una señora. Tiene unos 60 años o así y me da que se le va un poco la cabeza. Cuando llego está viendo en la tele los Juegos Panamericanos.
- Los alemanes son los que más medallas llevan - me dice.
Salgo a dar una vuelta por la ciudad. Paseo por el animado Boelebard, veo la Catedral, el Palacio Ferrer, el Teatro Tomas Ferry, el Parque José Martí. Allí me siento a tomar un café y a escuchar música. La tarde la paso conociendo la ciudad. El atardecer es fantástico y me recreo en el puerto y la Bahía de Cienfuegos. Por la noche salgo a una especie de pub y me encuentro de nuevo con los chicos de Barcelona. Pasamos la noche juntos, bebiendo y riendo. Lo pasamos muy bien.

A la mañana siguiente la señora de la casa me ha preparado un bocadillo de varios pisos, solo le falta el ascensor. Le voy a hincar el diente pero aparece bajo el pan un ejercito de hormigas. ¡Madre del amor hermoso, pero si están todas las hormigas del hemisferio norte! No sé si decirle algo a la señora. Ella se gira y me mira.
- ¡Los alemanes ganaron otra medalla, que tíos!
Desisto de mi idea. Al mediodía salgo para la Habana. En el autobús recuerdo que el viaje termina y me siento muy triste mientras veo pasar el paisaje cubano por la ventanilla.


La Habana Epílogo y Barcelona

Unas horas después llego a la Habana. Me alojo en la Habana Vieja, en un lugar céntrico. La habitación parece el plató de una peli porno. Mucho rojo, mucho espejito. En cualquier momento, pienso, saldrá Rocco Sifreddi del lavabo.

Ceno y voy a la Casa de la Música un cabaret típico cubano. El espectáculo es bonito pero huele un poco a viejo, a alcanfor. En el local hace un frío tremendo. Salgo de allí y apuro las últimas horas de la noche cubana.

A la mañana siguiente paso más de tres horas en el Museo de la Revolución. Me encanta. Como y saboreo mi último paseo en Coco Taxi. Por la tarde ya estoy en el aeropuerto con las maletas.

Ya de regreso a Barcelona hace un día triste. Huele a otoño. Hace algo de frío. Pienso que todavía me quedan once meses antes del próximo viaje. Ha sido mi primer viaje fuera de Europa y he sido tan feliz... Y al llegar a mi pueblo no sé porqué me siento raro, como un extranjero, como si algo dentro de mi hubiese cambiado, y empiezo a sentir que mi casa es un lugar de paso y que el mundo es mi casa.

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