Viaje al norte de Marruecos III
Al día siguiente de llegar a Larache decidimos hacer una excursión a Asilah, 42 kilómetros más al norte.. Un espantoso viaje en taxi colectivo, en el que nos sentimos solidarios con las sardinas enlatadas, nos llevó hasta la hermana coqueta y mimada del Sahel norteño. Si hace unos años aún podía encontrarse alguna casa en la medina de Asilah a buen precio y se estaba dispuesto a bregar con la farragosa burocracia marroquí, con la voracidad de los intermediarios y leguleyos y con la desesperante informalidad de los albañiles rifeños, su búsqueda hoy día se revela un ejercicio inútil para bolsillos modestos. Asilah está de moda. Una nueva Mojácar, cuyas casa fueron compradas por extranjeros ricos hace mucho años. Y se nota en la febril actividad reformadora que sacude la medina. Albañiles, carpinteros, fontaneros de toda la comarca encuentran trabajo en las obras de reforma de docenas de casas adquiridas por extranjeros ricos en los últimos años. Las callejas están impolutas y los detalles de las fachadas comienzan a adquirir ese carácter de decorado folklórico que caracteriza el gusto de los nuevos colonizadores.
Quizás está bien que sea así. Toda vez que lo esencial de la ciudad aún permanece intacto. El inigualable mirador marino sobre la muralla, el mercado del foso, el relajado aire que se respira en su medina.
A pesar de haber visitado varias veces la ciudad en el pasado, no llegué nunca a saber que contaba con un cementerio judío. Debía haberlo imaginado, toda vez que las demás ciudades marroquíes cuentan con el propio y que a Asilah vinieron directamente una parte importante de los expulsados por los Reyes Católicos. Pero tuvo que ser una conversación casual en la medina la que nos pusiera en su pista. Y decidimos visitarlo.
Se encuentra unos 100 metros más allá de la esquina de la muralla donde termina el mercado, rodeado por una tapia y al borde de un acantilado que es utilizado como escombrera por los constructores de la zona. Los carros tirados por un burro y cargados de materiales de desecho atraviesan la desportillada verja sin cesar a lo largo del día para arrojar su carga por la pendiente. Varias decenas de tumbas se extienden entre ella y el muro en una superficie completamente invadida por los cardos y la alta maleza salvaje.
Saltando de lápida en lápida conseguí ir leyendo algunos de sus epigramas, la mitad escrita en hebreo y la mitad en español, lo que hablaba de la condición de sefardí de aquella comunidad. La más antigua de 1920 y la más moderna de 1954. La mayoría sólo contenía los normales tópicos funerarios y los datos de sus inquilinos se reducían al nombre y la fecha de su muerte. Benarrosh, Anidjar, Bencheton. Las últimas huellas de una comunidad entrañable, frecuentemente perseguida, hoy extinta en esta tierra que la acogió por 5 siglos.
Pero en una de ellas encontré algo diferente, estremecedor. Estuve a punto de pasar de largo y utilizarla sólo como escala para no caer entre los cardos porque su texto estaba casi borrado, erosionado por el agua y el viento después de tantos años, pero su posición casi marginal, al borde mismo del acantilado, me hizo prestarle atención. A duras penas conseguí leerlo. Me quedé desconcertado y llamé a C. que contemplaba distraidamente el océano para compartirlo. He aquí el texto en castellano, bajo un largo párrafo en hebreo, tal como lo encontré:
SIMI ROIFF
FALLECIÓ 15 TAMUS 5704
6 JULIO 1944
AMARGADA Y DESESPERADA
SE DEJO ABANDONAR POR
SUS INFORTUNIO Y JOVEM AUN
SE DEJO ARREBATAR SU ALMA
El epitafio habla por sí solo y también calla por sí solo. Sólo podemos añadir imaginación y novelería a los datos objetivos del texto. Como en un cuento de Borges o como el arranque de un film de intriga romántica, la visión de la gastada lápida rasga la tela de la normalidad para hacernos entrever un mundo brumoso de inquietantes sentimientos o de vidriosas pasiones. ¿Quién fue esta Simi Roiff de infortunios tan letales? ¿Qué o quién se los causó? ¿Cuántos de los que supieron de ella pueden contárnoslo aún?
Impresionados aún por el hallazgo salimos del cementerio y regresamos a la ciudad. No nos quedó más remedio que dirigirnos a Casa García para, como siempre, rozar un hartazgo de deliciosas gambas blancas y sargo a la espalda regados con un fresquísimo rosado de Beni Slimane. Durante toda la comida estuvimos dándole vueltas y vueltas al texto de la lápida. Ni siquiera el chupeteo de las cabezas de los riquísimos crustáceos consiguió hacer descansar a nuestra imaginación.
Vuelta por la tarde a Larache en otro taxi colectivo, unos de esos Mercedes viejísimos tan abundantes en las carreteras marroquíes. Aunque pagamos un lugar de más para poder salir antes, una vez dentro descubrimos que íbamos tan enlatados como a la ida. Al misterio de la lápida lo sustituyó durante todo el camino el misterio de cómo habría cabido el cuerpo cuyo lugar habíamos pagado.
Vuelta a Larache
La medina de Larache es una verdadera ruina. Un cartel anuncia en su entrada que se está restaurando con dinero de la Junta de Andalucía. Mientras lo leo un abuelo se detiene junto a mí y me comenta que toda la calle ha sido restaurada por la Junta, sobre todo los pasajes cubiertos cuyas maderas estaban podridas y el adoquinado. Pero se trata de sólo un trozo. El resto, muy sucio y descuidado, parece que tendrá que esperar a que algunas migajas del dinero del turismo se inviertan en ella. Bueno, sí hay algo más en lo que se ha invertido: unos marmolillos con la rotulación de los nombres de las calles en español y, en algunos casos, una explicación de quiénes eran los personajes detentadores de los mismos. Algo es algo.
Si se entra por Bab el Khamis (Puerta del Jueves), el arco hispanomorisco de la Place de la Libèration, se accede inmediatamente a la plaza de la Alcaicería, un animado espacio rectangular porticado, en el que siempre hay mercado, diseñado por los españoles que la conquistaron brevemente en el siglo XVII.
A partir de ahí las callejas se entrecruzan teniendo como eje la larga calle principal que va desde la ruinosísima Casbah portuguesa a orillas del mar hasta la aún en pie Casbah española (Fortaleza de La Cigüeña) también construída en el siglo XVII. Una puerta destrozada me permitió entrar clandestina y atrevidamente en las ruinas de la fortaleza. Lo que encontré fue un enorme basural, lo que podría ser un precioso patio de armas porticado pintado de rojo, con el lisérgico aire de un Chirico, unos edificios interiores cayéndose a chorros y unas preciosas vistas desde las almenas. Junto a la puerta principal de la Casbah de La Cigüeña existen dos edificios interesantes. Uno es el llamado popularmente Torre del Judío, un castillete de origen benimerin (S. XIV) con un escudo imperial español en el que antaño estuvo el Museo Arqueológico, hoy cerrado, y el edificio de la antigua Comandancia española (hoy colegio), interesante ejemplo de arquitectura colonial neomorisca pintado de amarillo albero.
Un inquietante mirador, a punto de despeñarse, que domina la desembocadura del río Loukos y el cerro de Lixus, completan los elementos de una plaza que pide a gritos una rehabilitación urgente, una actuación que dignifique los restos históricos pero, sobre todo, la vida cotidiana de los habitantes de la ciudad que han de disfrutarla.
Paseando por la calle principal de la medina pueden leerse aún viejos letreros en español, que parecen hablar de que, al igual que en Tetuán, en ella vivieron puerta con puerta españoles y marroquíes. Y para colmo, en una de las esquinas, encontré una iglesia fosilizada. Ocupando una esquina, se hallaba tan camuflada por el desconchado general que sólo alzando la cabeza y descubriendo la torre pude comprobar de qué se trataba. Aún, no sé por cuánto tiempo más, puede describirse como de estilo neogótico, pero es del todo imposible dictaminar en qué color estuvo pintada. Más tarde leo en una página web que se trata de las ruinas de la iglesia de San José, construida en 1901.
En el otro extremo de la medina, dominando directamente el mar, la enorme Qasbah portuguesa ya no tiene remedio. No es que esté ruinosa, es que ya no existe. Se va a construir un gran hotel en su lugar, supuestamente respetando la estructura original. Sólo media docena de albañiles remueven desganadamente los cimientos.
Aparte de la poco interesante iglesia del ensanche, aún en funcionamiento y cuyo reloj muestra una consecuente ausencia de manecillas, el otro edificio interesante de la ciudad es el mercado, también construido por los españoles en el clásico estilo neomorisco, inmaculadamente blanco, aceptablemente bien conservado y en perfectas condiciones de uso. Un ¡niña, mira qué gambas tengo! dirigido a C. por un pescadero nos proporcionó el placer de echar unas risas con él.
Nos decidimos por segunda vez a visitar el cementerio español. Y no sólo por reverenciar la famosa tumba de Jean Genet, sino para comprobar que lo que habíamos leído de que el gobierno español había subvencionado su limpieza y restauración era cierto. Hace unos años lo visitamos, y salvo la tumba de Jean Genet, que estaba perfectamente blanqueada y arreglada el resto presentaba un lamentable aspecto: sólo eran visibles los mausoleos de los oficiales muertos en el desastre del Annual por su mediana altura, aunque se encontraban en un avanzado proceso de desmoronamiento. El resto de las tumbas a ras de tierra se encontraba oculto por una espesísima jungla de cardos y otras malezas. Cuando fuimos esta vez una buena parte del espacio había sido segado, tarea en la que se hallaba enfrascado el guarda, cuya mujer nos abrió la puerta. Las altas tumbas de los oficiales se hallaban blanqueadas y aquello comenzaba a parecerse a un cementerio.
Jean Genet mostró su deseo antes de morir de ser enterrado en Marruecos. Vivió en Tánger, Fes, Rabat y Larache, donde compró una casa para el hijo de su ahijado, a la que mandó se enviaran todos sus libros. Buscando en Google algo sobre el tema encontré un artículo de Tahar ben Jelloun en el que aclara algunos datos. El caso es que el escritor irreverente, enemigo de las instituciones, profundamente antisistema, reposa hoy en en este cementerio, en una sencilla tumba blanqueada (la única que no lleva cruz) frente al mar, con un sencillo marmolito con su nombre, la cabeza extrañamente dirigida a La Meca, rodeado de miembros de la institución que más odió en su vida: los militares. Y por supuesto su tumba es la más visitada del cementerio.
Existe otro cementerio no musulmán aún más curioso en Larache. Hace años, en nuestra anterior visita buscamos el cementerio español en el coche. La primera indicación que nos dieron nos condujo, equivocadamente, a un pequeño cementerio del que no recuerdo gran cosa. Creo que estaba rodeado de un muro, que se acedía a través de una verja de hierro con un candado que nos abrió alguien que por allí había. Que contaba con altos cipreses y que bajo ellos se disponían regularmente varias decenas de tumbas rotuladas en alemán. Un cementerio alemán. En seguida descubrimos que aquel no era el lugar que buscábamos. Preguntando al guarda nos informamos del lugar exacto del cementerio español y con la confusión no indagamos mucho más sobre él. En esta ocasión, la falta de tiempo y la falta de información nos impidieron revisitarlo con más calma. Lo más curioso es que los sondeos más cercanos que hicimos no dieron resultado: en el hotel no sabían nada de semejante lugar. Y lo mismo en un café colindante. Así que nos quedamos sin saber quienes eran esos alemanes que dormían su sueño eterno en aquella ciudad con la que, que sepamos, no tuvieron nunca mucho que ver.
Nos despedimos de Larache con una pantagruélica comida marina en el sitio más adecuado: el restaurante Pescaport, ubicado dentro del recinto cerrado del nuevo puerto pesquero. Pedimos el mismo rosado de Beni Slimane que tomamos en Asilah. ¿Para qué cambiar?
