Viaje al norte de Marruecos II
Por lo demás paseos por la medina atestada siempre, seguir el río de gente atravesando las diferentes zonas donde se agrupan los oficios como en la Edad Media. El Suq al Huts, pequeña plaza al pie de un castillete es un buen lugar para observar a las yebalíes (de la Yebala, la Montaña), con sus enormes sombreros de paja adornados de cordones de lana azul, tan diferentes físicamente de los demás bereberes del sur y de los árabes. Me fascinan sus rostros rubicundos, a veces hasta pecosos, y sus ojos claros en una gama que va del avellana oscuro al azul cielo. Me reí mucho hace años cuando un estudio, parece que bastante serio, demostró que con quienes más están emparentados genéticamente los yebalíes era con los vascos, lo que desató las desatables iras del iracundo Arzallus. En dicha plaza venden las yebalíes sus tradicionales toallas, piezas de lana listada en rojo que llevan siempre las mujeres a modo de delantal.
Justo debajo del castillete hay un arco de donde sale la calleja que lleva a una zona mucho menos bulliciosa y más interesante que termina en Bab Saida, de la que hablé en la anotación anterior. Siguiendo la calle principal de Suq al Huts se llega al Jarrazin, el zoco de los curtidores, al Suq al Foki, donde el olor a pan lo llena todo y más adelante, y ya casi en Bab al Maqabar (Puerta del Cementerio, de donde procede la palabra española macabro) al de los ebanistas, en donde predomina el penetrante olor de las maderas aromáticas.
La vista de Bab Maqabar desde dentro es uno de mis paisajes urbanos favoritos, los dos arcos enmarcados por el muro blanquísimo, la ropa tendida en las azoteas (incluso disfrutando de la extravagante pincelada de las parabólicas), el trozo almenado de muralla, las pieles de cordero de la tenería colindante puestas a secar sobre las gradillas componen un cuadro de un orientalismo sencillo y natural que me fascina por eso mismo.
Una vez fuera las tumbas se derraman ordenadamente a los dos lados del camino. La entrada desde el cementerio nos enfrenta directamente con la barroquísima fachada de la zaouia El Harrak, a la que perteneció el recientemente fallecido músico Abd al Sadiq al Shaqara, que en España llegó a ser conocido por participar en el espectáculo Macama Jonda que montó José Heredia Maya en los 80 y por el precioso disco en él basado que grabó junto a la Negra (madre de Lole) y parte de la familia Montoya, en el que se fusionaban con sorprendente éxito el flamenco y las nubas andalusíes.
En las décadas anteriores Tetuán gozó de una fama, relativamente merecida, de ciudad infectada de timadores y pesados cazaturistas. Y apunto lo de la relatividad porque en realidad la verdadera culpa fue de la demanda. Durante años miles de turistas, fundamentalmente españoles, que bajaban al Moro con sus propios vehículos paraban en Tetuán en su camino hacia Chaouen y el sur sólo por ser el lugar más cercano a la frontera de Ceuta para pillar el hachís que fumarían el resto del viaje. Ello hizo que muchos buscavidas se aprovecharan de dicha circunstancia y montaran a la entrada una serie de ingeniosas trampas para desplumar a los pobres pardillos nasranis (nazarenos, cristianos). La más común consistió en llevar a los incautos compradores a una casa, en cuyo patio, rodeados de niños y vecinas tendiendo la ropa (lo que en principio alejaba falsamente las sospechas), eran obligados, siempre sin violencia, sólo con la intimidación de hacerlos sentirse en territorio comanche, a comprar una cantidad 20 o 30 veces superior a la deseada, cantidad que era irremediablemente abandonada en la primera esquina tras conseguir salir asustados de la aventura. Al calor de este negocio muchos otros intentaban también hacer de guías comisionistas para las tiendas de artesanía o para los hoteles baratos de la zona..
Hoy todo esto es cosa del pasado y en cuatro días no hemos sufrido ningún tipo de presión de la que era normal hace años en cualquier lugar de Marruecos.
Aunque no hacía tanto tiempo que no volvíamos a Marruecos me fijé especialmente en los avances del integrismo en la vida de la gente en general y la verdad es que no conseguí distinguir demasiados cambios. Algunos barbudos, que ya existían desde hace años, y los mismos pañuelos de siempre, algunos adornando la cabeza de preciosas chicas jóvenes embutidas en ajustadísimos vaqueros que moldeaban una visible masa glutear movida al ritmo sabio de la coquetería. Por ahora los intentos del wahabismo por hacerse con las conciencias de los marroquíes, mediterráneos y un pelín politeistas, como sus vecinos del norte los andaluces, en su tendencia a adorar más a los santos y santas venerados en zaouias y ermitas que al propio Dios Clemente y Misericordioso. De todas formas mi amigo Rachid , aunque nada sospechoso, no ya de integrista sino ni siquiera de religioso, defiende la teoría de que han sido las prédicas de los islamistas, concretamente de Justicia y Caridad las que han moralizado a muchos miembros de las capas populares, enfrentándolos con la contradicción que supone acusar a los gobernantes de corruptos cuando el deporte nacional ha sido siempre tratar de estafarse mutuamente (y no sólo a los turistas) en los precios de los productos. Realmente yo he constatado una moderación sorprendente en la razonabilidad del sistema de precios inusual hace sólo unos años. Pero no estoy muy seguro de que la causa sea la que apunta mi amigo, sino más bien una especie de autorregulación automática e inconsciente por cansancio de la propia sociedad marroquí. Pero él insiste y pone como ejemplo algo que yo mismo le había contado: lo conseguido en Sudamérica por los predicadores evangelistas que han logrado domesticar a miles de borrachos y delincuentes empleados hasta entonces con sus pecados en la destrucción sistemática de sus propias familias. No sé, no sé...
La mellah (barrio judío) de Tetuán es sin duda el más interesante de Marruecos, junto con el de Fes, mucho más aristocrático. Un pequeño barrio adosado a la medina de callejas estrechas pero rectas, con arcos blanqueados y altos escalones en las puertas fue el lugar de residencia de los sefardíes durante siglos, hasta que una compleja serie de factores derivados de la creación del estado de Israel lo fue despoblando a lo largo de las últimas décadas. Hoy no queda ninguno y sus casas están ocupadas por musulmanes.
Otro dato curioso de la medina de Tetuán son los diferentes dibujos de los herrajes de las puertas, que hacen referencia a la diferente procedencia (Córdoba, Sevilla, Granada) de los antiguos andalusíes que repoblaron Tetuán a los largo de los siglos y de varios y seguidos exilios. No conseguí averiguar la exactitud de esa referencia pero sí constaté que las más corrientes son las que muestro en la foto. En la medina de Rabat, tras la roja muralla llamada De los andaluces, se conservan en las puertas de muchas casas unos dinteles con formas renacentistas estilizadas (arcos de medio punto sobre finas columnillas) que llevaron los últimos musulmanes expulsados de España en el siglo XVII y que colonizaron esa zona de la ciudad.
La antigua estación de ferrocarril, construida por los españoles en un candoroso estilo amoriscado está siendo limpiada y puesta en valor por el gobierno español con el fin de que sirva para alojar el nuevo Museo de Arte Contemporáneo de una ciudad que se caracteriza por la calidad de sus artistas, principalmente pintores.
Una mañana nos alargamos en el autobús urbano hasta Martil, apenas a ocho klómetros. Una larquísima playa de arena fina en cuyo borde se abren treinta o cuarenta bares con terraza desde donde disfrutar de la vista. Lástima que en ninguno, en absolutamente ninguno, nos sirvieran una cerveza. Parejas jóvenes y bandas de chicos ocupaban su tiempo sentados ante el inevitable té moruno o los edulcorados refrescos del ramo. La cerveza tuvimos que tomárnosla en el comedor del hotel Estrella de Mar, en la más completa soledad. Menos mal que la costumbre española de la tapa pervive y con una generosidad aún mayor: un plato de paella y dos sardinas nos fueron ofrecidas con la cerveza.
Una estupenda comida a base de pescado y marisco regada con agua Sidi Harazem (y con la inevitable tapa de paella gratuita) en el restaurante popular Hala nos resarcieron de las manías antialcohólicas de esta parte del género humano.
Nos despedimos de Tetuán con una cena en la Casa de España, más por curiosear que por otra cosa. Está justo detrás de la iglesia de la Plaza Primo (plaza del Mahdi) y adosada a ella. El comedor es lúgubre y pretencioso pero disfrutamos de una cena exquisita, típicamente marroquí, aderezada por las anécdotas (en perfecto castellano) de unos camareros, de rigurosa etiqueta, que parecían ser los mismos que sirvieron la cena de despedida el día de la Independencia y a quienes no hizo falta tirarles de la lengua para que se desataran.
Larache, la Novia del Atlántico
Colgada en un acantilado, quizás la que llegó a ser la más española de las ciudades del Protectorado, Larache sufre su hoy su abandono con una dignidad resistente.
Tal vez pronto le llegue la hora como a su vecina Asilah porque ya las multinacionales del ocio la han visitado y han decidido elegirla como el lugar idóneo donde construir un gran complejo de granjas de descanso adocenado para los millones de europeos aficionados a ellas. Como Tenerife, Novo Sancti Petri, Cancún o Punta Cana, pero ahí mismo, muy cerquita. Nos lo comentaba la recepcionista del Hotel España donde decidimos alojarnos. Parece que una empresa belga o suiza ya tiene lista la construcción de una serie de complejos hoteleros en la costa con capacidad para 25.000 adoradores compulsivos de sol. Ya sabéis: esos lugares más o menos alambrados de los que no hace falta salir porque cuentan en su vientre con todo lo necesario para alcanzar el tipo de felicidad que colma las ansias viajeras de nuestros contemporáneos: higiénica piscina, una hamaca, un farragoso best seller de intriga pseudomistérica, pantagruélico bufé libre para la cena y un bar-discoteca donde mover el esqueleto antes de caer tumbado en la cama empapados en gin tonics. Enhorabuena a todos los ciudadanos marroquíes a los que permita vivir mejor este proyecto.
Elegimos el Hotel España finalmente, tras un agradable viaje en autobús desde Tetuán, después de inspeccionar el Riad, que ocupa el edificio de la que fuera la residencia de una aristocrática familia de la rama de los Orleans durante tres tercios del pasado siglo. La historia de esta familia de estirpe real emparentada con el actual rey de España es muy curiosa y la galería de personajes que pasaron por esta modesta y coqueta mansión de paredes blanqueadas y ventanas azules, abundante. Un relato pormenorizado de esta historia se encuentra en la página de la Asociación La Medina de antiguos residentes en Marruecos. En el apartado de Historia bajo el título Larache y la Duquesa de Guisa (Carlos Tessainer y Tomasich). A pesar de ser el mejor hotel de la ciudad está muy descuidado y la habitación que nos mostraron desmerecía demasiado del precio que nos pedían acorde con la supuesta categoría del establecimiento. Merece de todas formas una visita al vestíbulo y a los jardines.
El Hotel España tiene el sabor de los hoteles literarios de otra época. Y salvo los detalles propios del descuido proverbial de la hostelería económica marroquí, las habitaciones son muy dignas. Y si además se consigue una de las cuatro habitaciones que dan a la plaza puede resultar la mejor elección.
La plaza de Larache es una pequeña joya de la arquitectura colonial en su meridiana sencillez. De forma elíptica, su flanco norte lo forma un soportal de arcos blanqueados en el que se abre la alta portada de ladrillo dorado que da paso a la medina. El flanco sur lo forman cuatro fachadas de interesantes edificios. El más occidental, que ha abergado desde siempre el hoy casi descatalogado hotel Cervantes, fue el primero en construirse en la plaza, como muestra la curiosa fotografía aérea colgada en la galería de imágenes de la página de la Asociación La Medina. Le siguen los que albergan a los cafés Lixus y Koutoubia, todos de estilo regionalista amoriscado. Finalmente el Hotel España, un pasteloso representante del modernismo más canónico. La distribución de los edificios parece reflejar la división de la propia ciudad: las sencillas arquerías como fachada de la medina y los edificios de autor de la ciudad administrativa y militar. Sólo un edificio original, en la esquina más occidental, ha sido derribado y sustituído por la irritante fachada amarmolada de un moderno banco: el que distribuye las dos calles que bajan directamente al paseo marítimo. La zona ajardinada del centro y su insulsa fuente completan el panorama que se disfruta desde nuestro privilegiado balcón. La calma del océano al fondo y el chillerío de las golondrinas acuchillando el cielo cárdeno completan el deleite de unos crepúsculos inolvidables.
